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El Mundo
Susana F. Marim�n · 2026-05-15 · via Historias

Cuando la vocación llama a la puerta, lo hace a golpe fuerte. No vaya a ser que la pases por alto. A Paul Rosolie le bastó una sola visita al corazón del Amazonas para que eso que llaman vocación lo engullera por completo. ¿Y qué hizo? El gran trueque de su vida: cambió el confort de Nueva York por la incertidumbre de la jungla. El asfalto por árboles milenarios. Los coches por lianas. Un apartamento por una cabaña suspendida en la copa de un árbol.

Con apenas 18 años, el neoyorquino dejó atrás la vida urbanita sin imaginar que, años después, parte de su rutina consistiría en esquivar a narcotraficantes con intención de matarlo. La meta, sin embargo, siempre fue la misma: salvar el Amazonas. El cómo ya lo descubriría más tarde. Hoy, junto a comunidades indígenas, lidera JungleKeepers, la organización que ya ha protegido más de 60.000 hectáreas de selva amazónica. Lo que entonces tampoco sabía era que defender el pulmón del planeta podía costarle la vida.

Rosolie es algo así como un Tarzán del siglo XXI. Del Amazonas, claro. Pero con una causa que lo acerca más a Robin Hood que al héroe selvático: proteger la selva de quienes la saquean. Su misión es sencilla de explicar y casi imposible de ejecutar: salvar el Amazonas. Sus enemigos, en cambio, son muy reales: mineros ilegales, narcotraficantes, grandes corporaciones. Y, por supuesto, como la ironía manda, el propio siglo XXI y todo lo que ello conlleva.

La organización que dirige, JungleKeepers, compra concesiones y derechos territoriales para convertir zonas amenazadas por la tala y la minería en áreas protegidas. Junto a comunidades indígenas del río Las Piedras, han creado un corredor continuo de selva que conecta distintas reservas y actúa como una barrera frente a la deforestación, las carreteras y la actividad ilegal. Los propios habitantes locales trabajan como guardabosques para patrullar y proteger el territorio.

Por vocación, voluntad y por lo que conlleva su trabajo, Rosolie pasa más tiempo en la selva que en la ciudad. En los últimos cinco años ha dormido más noches bajo las estrellas que bajo techo. Busca anacondas gigantes por pura diversión y lo de los narcos… «Da miedo, sí, pero son gajes del oficio», cuenta desde su natal Nueva York. Captura y comparte sus hazañas y vivencias en redes sociales, acercando así su labor a millones de personas.

Retrocedamos. Llega al Amazonas con 18 años. Sin ningún tipo de plan ni intenciones de quedarse para siempre. ¿Qué pasa cuándo llega?
Fui al Amazonas porque quería comprobar si era cierto lo que decían sobre la deforestación. Me planté allí con una cámara, poco más. Allí conocí a Juan José (JJ), un naturalista indígena que tenía formación en ciencia occidental y, por suerte, hablaba inglés. Lo aprendí todo de él. Me contó que había crecido en una comunidad indígena, que no tuvo zapatos hasta los 13 años. También me contó que estaba intentando proteger un río salvaje. JJ vivió el cambio, la muerte lenta de la selva en primera persona. Me contó que de niño veía monos, jaguares, aves por todas partes… pero en 20 años mucho o casi todo había desaparecido. Árboles talados, animales muertos o que huían…

Por eso, JJ, el que más tarde se convertiría en socio, amigo y mano derecha de Rosolie, decidió buscar un lugar completamente virgen para proteger el bosque primario. Así que JJ conoce a Paul y el resto es historia. «Recuerdo mi primera vez en el Amazonas. La cantidad de vida que había era abrumadora. Por la noche no podías hablar sin gritar por el ruido de ranas e insectos. Ese mundo del que tanto me habían hablado era real: hormigas cortadoras de hojas, jaguares, anacondas gigantes. Era Avatar en la vida real. No podía creer que ese mundo existiera» cuenta.
Pronto, esa abundancia perdería su color. La destrucción de la selva era una evidencia que se hacía demasiado latente para el neoyorquino. «Un día le dije a JJ: ‘Tenemos que llamar a alguien’. Él miró río arriba y río abajo y me dijo: ‘¿Ves a alguien más?’».

Hoy, Rosolie y JJ dirigen una organización gigantesca, gestionan millones de dólares, ayudan a cientos de personas y protegen miles de hectáreas. «Antes era aventura, ahora es una responsabilidad», dice. Su día a día se ha convertido en algo así como un todo o nada constante. «Cada día es distinto. A veces patrullamos el río en barca, otras veces trabajamos en tierra. Todo ocurre en plena selva, sin conexión con el exterior. No hay electricidad; usamos Starlink para comunicarnos». Y, a veces, toparse con alguna que otra ingrata sorpresa es… bueno, de esperar. Desde taladores ilegales a pescadores. De mineros ilegales a narcos.

¿Es peligroso toparse con ellos?
Muchísimo. La mayoría están armados y saben que están haciendo algo ilegal. Nuestros guardabosques deben actuar con mucho cuidado. Algunos son ex militares o ex policías y algunos simplemente son personas que intentan ganarse la vida. Pero otros forman parte de cárteles de narcotráfico que talan y queman la selva para plantar coca. Esos disparan primero. Hemos recibido amenazas.
¿Cómo de graves?
De muerte. El otro día encontramos mensajes de WhatsApp en teléfonos confiscados. Decían: «Si veis a Paul o JJ, matadlos». Hace unos meses, un grupo de narcos paró una furgoneta en la que se suponía que íbamos JJ y yo con intención de matarnos. Y no hace tanto nos persiguieron en lancha por el río. Tuvimos mucha suerte de poder escapar.
Amazonas. Paul Rosolie

Paul Rosolie rescatando un mono araña en el AmazonasJunglekeepers

Cada año, en el Amazonas mueren más de 100 defensores ambientales, explica Rosolie. Así que, con el tiempo, temer por su vida ha pasado a ser su segunda naturaleza. «Lo más peligroso de la selva sin duda, son los humanos. Los animales no te persiguen. Un jaguar no te va a matar. Los narcos sí. Es aterrador», cuenta.

Y sigue: «En la selva he estado a punto de morir muchas veces por accidentes –por caer al río, por capturar una anaconda–, pero es muy distinto cuando hay personas con armas que van a por ti». Cuando Rosolie habla de los habitantes de su Amazonas, habla de latidos. Se estima que más de 200.000 personas habitan en la zona de Madre de Dios, en Perú, donde opera JungleKeepers. Quizá por eso, un pilar central del esfuerzo de Rosolie y su equipo se centra en la gente. Y si despuntan por algo, es por dar segundas oportunidades. «Una parte fundamental de nuestro trabajo es que conseguimos que taladores pasen a trabajar para nosotros como guardabosques», explica. «Vamos a los campamentos, nos sentamos con ellos. Les ofrecemos un trabajo mejor; más digno, mejor pagado, con mejores condiciones. Es uno de los ejes fundamentales de la organización».

¿Cómo ha cambiado tu visión sobre estas personas?
Al principio pensábamos que eran el enemigo, luego te das cuenta de que la mayoría no lo son. Son personas muy pobres que hacen un trabajo duro, peligroso y mal pagado. Las grandes empresas –muchas de ellas extranjeras– compran madera u oro, pero estos trabajadores solo intentan sobrevivir.

Muchas de estas corporaciones operan a través de sociedades locales para explotar recursos sin llamar la atención. Pero el Amazonas se enfrenta a mil y una amenazas a la vez: minería ilegal que envenena ríos con mercurio, tala que arrasa árboles milenarios y mafias, narcos y redes criminales que han convertido la selva en un territorio sin ley. Durante siglos, el propio bosque se protegió del fuego gracias a su humedad. La selva generaba su propia lluvia. Respiraba agua. Pero la deforestación ha roto ese equilibrio: cada árbol talado significa menos sombra, menos humedad y una selva cada vez más seca y vulnerable.

El bosque empieza a secarse desde dentro. Y cuando la selva pierde humedad, el fuego encuentra por fin una puerta de entrada. Por eso los incendios que arrasaron el Amazonas en 2014, 2019 y 2024, son la consecuencia directa de la deforestación: «Enfrentarse a eso es muy duro, pero tenemos que documentarlo y compartirlo. Las imágenes se quedan contigo: jaguares quemados, crías intentando escapar del fuego... No tienen a dónde ir. Con las zonas deforestadas pasa igual: ver árboles de más de mil años derribados y toda la vida que dependía de ellos destruida. Es profundamente perturbador. Estamos matando la vida en la Tierra».

¿Cómo defines el éxito en la conservación?
Para nosotros es proteger el río. Hemos alcanzado 160.000 acres [60.700 hectáreas], pero necesitamos llegar a 300.000 [ 121.400 hectáreas] en el próximo año y medio. Si no lo conseguimos, carreteras, narcotraficantes y taladores destruirán el bosque. Sabemos que es posible pero necesitamos financiación. Si lo logramos, habremos protegido una zona clave del planeta y podremos replicar ese modelo en otros lugares.


Allá donde trabaja Rosolie, con las comunidades indígenas Mashco Piro, dicen que el neoyorquino tiene «piel de gringo, corazón de nativo». Para Rosolie, un cumplido monumental. ¿A quién le sorprendería? Después de 20 años viviendo por y para la selva, Rosolie se siente como uno más. «Me ven como un gringo tonto», ríe. «Pero no demasiado. Conozco los sonidos, los árboles los pájaros, incluso diferencio y conozco a cada cocodrilo del río. Me siento mucho más forastero en Nueva York».

Relata un episodio en el que salvó a un mono araña de ahogarse en el río, comunicándose con él imitando los sonidos propios del animal: «Fue apasionante». Uno de los episodios más surrealistas que ha vivido Rosolie ocurrió hace apenas unos años, cuando tuvo un inesperado encontronazo con una tribu no contactada.

«Ellos se comunicaron con nosotros, pedían comida», explica. El encuentro tuvo lugar en una zona remota del territorio que protege JungleKeepers, habitada por comunidades indígenas que viven completamente aisladas del mundo moderno. «Es una interacción muy compleja. Son personas que llevan muchísimo tiempo viviendo aisladas; algunos dicen cientos de años, otros miles. Tienen un estilo de vida extremadamente primitivo y nómada: usan arcos, flechas, no llevan ropa». Rosolie habla del momento con una mezcla de fascinación y cautela. En cierto modo, proteger la selva también implica proteger a quienes aún viven dentro de ella como hace siglos. «Ahora mismo viven en parte del territorio que protegemos y no conocen el mundo exterior. Además de proteger animales, estamos protegiendo una cultura indígena ancestral que no ha oído hablar de cosas como el iPhone, Jesús o la Segunda Guerra Mundial».

¿Qué se siente al estar cerca de estas personas?
Es como una máquina del tiempo. Estás viendo cómo vivían los humanos hace 10.000 años. A un lado del río estamos nosotros, con ropa moderna y cámaras, hablando un idioma común. Al otro hay un grupo de personas desnudas que nunca han visto una cuchara. Intentamos explicarles que estamos allí para ayudar, pero es muy difícil.
¿Cuál es la mayor idea errónea que se tiene de ellos?
Que viven en armonía con la naturaleza, que son libres y felices. Hay violencia, hay conflictos, hay altas tasas de mortalidad infantil. La gente los idealiza como algo noble. Si intentas acercarte a ellos... probablemente te maten.

En plena Amazonía, JungleKeepers ha construido la casa del árbol más alta del mundo, un refugio ecológico desde el que impulsan un modelo de ecoturismo. Quienes trabajan allí, desde cocineros o mecánicos a guías fueron, érase una vez, taladores o mineros ilegales. Hoy son ellos quienes patrullan, cuidan y defienden el bosque.