
"Hay filósofos que se comportan como estrellas del rock con un gran tirón mediático"
- Redacción: VANESSA GRAELL (Texto)
- Redacción: JOSETXU L. PIÑEIRO (Ilustraciones)




























Como si se tratase del escenario de una gira de los Globetrotters, en el último año y medio ha pasado por España lo mejorcito del pensamiento contemporáneo. Brevemente: la socióloga israelí Eva Illouz y la politóloga estadounidense Wendy Brown coincidieron en la edición inaugural del Festival de las Ideas; el botánico italiano Stefano Mancuso y la Nobel alemana de Literatura Herta Müller participaron en los Encuentros de Pamplona; el pensador surcoreano Byung-Chul Han vino a recoger el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades; el filósofo francés Jacques Rancière departió en la Bienal de Pensamiento de Barcelona; el historiador estadounidense Timothy Snyder habló en la Fundación Rafael del Pino; el neurocientífico argentino Mariano Sigman se dejó ver en el Espacio Fundación Telefónica; el antropólogo galo David Le Breton se desplazó -no necesariamente a pie- hasta el Foro de la Cultura de Valladolid; otros ilustres visitantes fueron Peter Sloterdijk, Carlos Moreno, Slavoj Zizek, Johan Norberg, Hartmut Rosa, Pankaj Mishra, Michael Ignatieff, Yascha Mounk, McKenzie Wark, Rob Riemen, María Ressa...
Semejante desfile de celebrities de las ideas en nuestro país confirma: 1) que el pensamiento ha traspasado el ámbito académico y se ha convertido, sobre todo después -o por culpa- de la pandemia, en una opción más de infoentretenimiento o consumo pop para un público curioso capaz de llenar centros culturales y plazas al aire libre; y 2) que los intelectuales globales se empiezan a sentir de verdad en casa en España ahora que ya no acuden sólo por el buen tiempo y la comida. De hecho, el filósofo estadounidense Michael Sandel reside en Madrid medio año desde que consiguió la nacionalidad gracias al origen sefardí de su esposa.
Cuando se cumple una semana de la muerte de Jürgen Habermas, considerado la conciencia crítica de Europa, las preguntas surgen naturalmente. ¿Cuáles de las mentes españolas que trabajan específicamente con el logos se mueven en el mismo circuito que Pascal Bruckner, Susan Neiman y Markus Gabriel? ¿Muestran Alemania, Corea del Sur o Estados Unidos algo parecido al interés recíproco? En definitiva, ¿le importa a otros lo que podamos discurrir nosotros acerca de los principales asuntos del presente y el futuro?
Javier Gomá, Premio Nacional de Ensayo 2004, lo tiene clarísimo: no.
Hace unos días, el filósofo -nacido aquí o no- que más a fondo ha reflexionado sobre la idea de ejemplaridad, a la que ha dedicado media docena de libros, publicó en EL MUNDO un breve pero contundente artículo de opinión sobre la relevancia del sabio local más allá de los Pirineos. Lo tituló Concepto español.
"España no participa de la conversación cosmopolita, el pensamiento español no cuenta en la opinión pública internacional. De nosotros se esperan cocineros, bailaores, toreros, tenistas, actores, incluso novelistas, pero pensadores, no. El concepto sigue siendo germánico, anglosajón, italiano o francés y ahora, cuando lo occidental ha perdido su carácter normativo, también oceánico y subsahariano, pero no español", lamentaba Gomá en su minicolumna de los domingos.
Y concluía el director de la Fundación Juan March: "Nadie quiere de nosotros la luz de la razón, sino la del sol que calienta nuestras playas. Nosotros los leemos a ellos y ellos no a nosotros. Nos colonizan los ensayos extranjeros, traducidos a granel y premiados a la diabla, y nos aplicamos sumisamente las categorías con que ellos nos entienden: la española es una cultura festiva y recreativa. De esta autoconciencia servil nace nuestra devoción papanatas: preferimos citar a un senegalés à la page que a uno que estudió en nuestras mismas aulas. Mejor alienarnos en inglés que pensar en nuestro idioma".
Para saber más

La corná de Gomá, como la trágicamente famosa de Pozoblanco, tiene dos trayectorias: una hacia fuera y otra hacia dentro. La primera apuntaría a la "relación problemática" que España ha mantenido con la modernidad. Una fricción que él achaca a los tres déficits -burguesía empresarial, ciudadanía plena y sujeto autoconsciente- que el país presentó durante siglos. Y que no empezó a paliar casi hasta el final del XX, con la Transición. Para entonces, sin embargo, el boquete ya era un agujero negro: el discurso filosófico de la modernidad se había escrito sin la aportación de obras en español.
"No encontramos en nuestra literatura tratados como los de Descartes, Spinoza, Hume, Kant o Hegel, con los que se formó, extramuros, la conciencia europea moderna, perfectamente autónoma sin el ingrediente hispánico. De esta constatación dimana un arraigado prejuicio histórico que todavía hoy perdura", había denunciado el filósofo en 2024 en una conferencia titulada Las lecciones del maestro. En ella ya esbozaba la idea-fuerza de su columna: "El mundo sólo espera de nosotros sensualidad, fiesta, pasión, juego y lecciones sobre el arte de vivir, pero nunca trabajo en el concepto".
No será por falta de materia gris. El legado de Miguel de Unamuno (1864-1936), Julián Marías (1914-2005), Eugenio Trías (1942-2013) y, por supuestísimo, José Ortega y Gasset (1883-1955), convive en la actualidad con las ideas de Emilio Lledó, Marina Garcés, Daniel Innerarity, José Antonio Marina, Adela Cortina, Gregorio Luri, Santiago Alba Rico, José Carlos Ruiz, Jorge Freire, Ernesto Castro...

La presencia de los pensadores en periódicos y revistas también es abundante. Diego S. Garrocho escribe en El País y en Ethic, Iván Caja Hernández-Ranera es coordinador editorial de la Revista de Occidente y Pedro García Cuartango ha hecho de su Tiempo recobrado en Abc (y antes en EL MUNDO) un espacio imprescindible para la reflexión sobre las pequeñas grandes cosas.
En la esfera política resulta que hay más filósofos que nunca. Ángel Gabilondo, Defensor del Pueblo y ex ministro de Educación, fue catedrático de Metafísica en la Universidad Autónoma de Madrid. Salvador Illa, presidente de la Generalitat de Catalunya, se licenció en Filosofía en la Universidad de Barcelona; lo mismo que Manuel Cruz, ex presidente del Senado y ex director de la colección Pensamiento Herder.
Y volviendo al territorio de la filosofía pop, el humorista Ignatius Farray se animó a reunir en Meditaciones (Temas de Hoy, 2022) el corpus de su pensamiento, en absoluto risible.
Nada de esto ha calado fuera, donde insisten en vernos con la mano en la raqueta, en el micro o en la sartén antes que en el mentón. La pensadora y activista Elizabeth Duval reconoce que "existe el prejuicio de que España no es un país de filósofos" y que el problema tiene que ver con el mismo "déficit histórico" al que apunta Gomá. A lo que añade la tendencia a sobrepensar unamunianamente España como problema. Resultado: "A diferencia de Italia, no existe una Spanish Theory ni escuelas bien articuladas, quizá también por la tendencia de parte de los pensadores a quedarse dentro del ámbito universitario".
"El pensamiento español no cuenta en la opinión pública internacional. De nosotros se esperan cocineros, bailaores, toreros, tenistas, actores, incluso novelistas, pero pensadores, no"
Javier Gomá
La segunda corná se refiere a las consecuencias que tiene para la calidad del debate público la masiva importación de ideas tanto por parte de la industria editorial como por entidades que invitan, citan o premian a cerebros foráneos... en detrimento de los autóctonos. Algo que en alguna ocasión Gomá ha sufrido en carne propia. Y que, al mismo tiempo, ha detectado Victoria Camps, la gran pensadora española de nuestro tiempo y una voz imprescindible en el campo de la Ética.
"Es verdad que para dar una conferencia llamamos antes a un extranjero que a un español", observa la autora de El gobierno de las emociones (Herder, 2011) y La sociedad de la desconfianza (Arpa editorial, 2026). "Además, traducimos muchísimo ensayo, quizá más que ningún otro país europeo. A un filósofo español le cuesta más publicar en España que a un francés, un alemán o un italiano. Que te traduzcan en Francia es dificilísimo; en cambio, a los franceses los traducimos enseguida. Nos falta autoestima", añade la catedrática emérita de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Barcelona.
El caso es que se cumple medio siglo desde que España inició el viraje de la dictadura a la democracia y el país, como generador de nuevos puntos de vista de puertas para fuera, parece estar donde estaba entonces: en la intrascendencia, cuando no en la más absoluta invisibilidad. Todo lo contrario de lo que ha logrado en otras disciplinas creativas. O en el deporte, donde sí se comporta como una potencia mediana en lo individual y en lo colectivo.
"Rosalía puede triunfar en el mundo entero, pero un filósofo español no", se reafirma por teléfono el autor de Dignidad (2019) y Universal concreto (2023, ambos en Taurus).

"A mí me llaman de fuera muy poco, aunque en Portugal e Italia sí he estado. En Francia alguna vez, pero nada comparable con lo de Alain Finkielkraut o Gilles Lipovetsky, que van a todas partes", comparte Camps también al otro lado de la línea. A Duval le sorprendió que su ensayo Después de lo trans (La Caja Books, 2023) fuera traducido en Alemania, país con el que no tiene ningún vínculo personal. De su pensamiento se hicieron eco los principales periódicos germanos, y no los suplementos literarios.
No hay muchas excepciones a la filosofobia española. El sevillano David Pastor Vico, experto en Ética de la comunicación, ha adquirido estatus de rock star en México como divulgador del pensamiento crítico a raíz de instalarse allí. La hispano-mexicana Carissa Véliz se ha proyectado desde Oxford como referente de la Ética aplicada a la tecnología. Mención especial merece el burgalés formado en Francia Paul B. Preciado, reclamado orbi et orbe por sus aportaciones a las políticas de género y las transformaciones contemporáneas del cuerpo y la subjetividad.
¿Por qué, supuestamente, no nos quieren (más)? Por lo pronto, y aunque suene a Perogrullo, porque no nos prodigamos lo suficiente en la lingua franca internacional. "Para ser cosmopolita y optar a premios hay que escribir en inglés, aunque publiques desde tu pueblo; si lo haces en español serás considerado provinciano", alega Gomá.
"A un filósofo español le cuesta más publicar en España que a un francés, un alemán o un italiano. Que te traduzcan en Francia es dificilísimo; en cambio, a los franceses los traducimos enseguida"
Victoria Camps
El filósofo Javier Moscoso es uno de los españolitos que mejor conocen el conceptódromo global. Por dos motivos: ha estudiado y trabajado en Londres, Berlín, Harvard y Chicago; ha departido en foros de tres continentes sobre las pasiones humanas -principalmente la ambición, los celos, la envidia y el resentimiento- y codirige el Festival de las Ideas desde su nacimiento hace un par de años.
Moscoso compra parte de las tesis expuestas. "Gomá denuncia que hay cierta xenofobia académica hacia el pensamiento del Sur, y eso me parece innegable", subraya el autor de Historia cultural del dolor (Taurus, 2011). "Existe una especie de complejo de superioridad histórico que de alguna forma nos coloca en una posición subsidiaria, como si los españoles sólo pudiéramos hablar de nuestras cosas mientras otros se atribuyen el derecho, a veces muy inmerecido, de hablar en nombre de todos. Éste creo que es el verdadero debate... Por cierto, ese desdén hacia España también se da desde España hacia América Latina".
En lo que sí se desmarca es en lo que tiene que ver con la actitud del pensador español. No detecta exclusión, sino -como Duval- automarginación. Y aquí reaparece la barrera idiomática. El filósofo local no tiene interés en conversar en el contexto internacional. "Cita a gente que no le lee y él tampoco hace un esfuerzo en establecer comunicación. En consecuencia, se queda aislado", remarca el profesor de Investigación de Historia y Filosofía de la Ciencia en el CSIC.
Con todo, el debate acerca de la irrelevancia del concepto español no es nuevo. A finales de los 80, Manuel Reyes Mate afrontó como director un proyecto editorial para que el que le hizo falta algo más que arremangarse: la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía. Sobre los hombros de este pensador reconocido por su trabajo sobre la memoria y la filosofía después del Holocausto recayó la responsabilidad de cribar a los autores hispano y lusoparlantes que merecían una entrada. Para hacerse una idea de la magnitud de la empresa basta recordar que la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía (Trotta) consta de 35 volúmenes.
Por cierto, la experiencia acumulada le sirvió a Reyes Mate para publicar Pensar en español (Libros de la Catarata, 2021). En su alegato, sostenía que nuestra forma de pensar se expresa mejor en ensayos que en tratados y en la literatura y el arte que en discursos filosóficos convencionales. Algo que el propio Gomá había defendido en su mencionada conferencia Las lecciones del maestro. Ejemplos de ese modo literario (no científico) de pensar serían las Coplas de Manrique; las canciones de San Juan de la Cruz; El arte de la prudencia, de Baltasar Gracián; La celestina; La vida es sueño...
Y así llegamos a la línea de meta: la posteridad. Los crujientes laureles. Los chisporroteantes likes. Moscoso se remonta al legendario intercambio epistolar que mantuvieron el filósofo Diderot y el escultor Falconet -uno de los debates estéticos más intensos del siglo XVIII- y a la ausencia de los grandes tratados de Rousseau en la lista de bestsellers de su época para relativizar la importancia de la gloria. Y tomando distancia incluso consigo mismo, en un viaje para que el que no hace falta hacer check-in, concluye: "Los filósofos tienen la manía de pensar que son ellos los únicos que piensan".
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