

























Una calavera al pie de una secuoya en los bosques de North Creek, en el estado de Washington. Un agujero limpio en el hueso parietal y, en su interior, unas monedas doradas tintineando como un sonajero macabro. La Policía concluyó en 1981, dos años después del hallazgo, que la cavidad respondía a la erosión y al clima, ya que no había aparecido bala alguna por los alrededores.
Aquello era todo lo que quedaba de Marcia Moore, desaparecida en el invierno de 1979. Su familia poseía la cadena de hoteles Sheraton. Moore había sido la primera instructora de yoga Sivananda en Estados Unidos y una astróloga reputada en los círculos new age de la costa oeste. En sus dos últimos años se inyectaba dosis diarias de 50 miligramos de ketamina. Soñaba con construir un ashram en California formado por seis edificios hexagonales dispuestos alrededor de un patio circular: la traducción arquitectónica de la fórmula química de la sustancia que la consumía. Su marido, anestesiólogo, contó a la Policía que llevaba meses hablando de desmaterializarse hasta alcanzar otra dimensión.
Esta malograda sacerdotisa del esoterismo lisérgico asoma en Químicas piedades (Cielo Santo, 2026), el ensayo que la investigadora y escritora Marta Echaves (Madrid, 1990) publicó a mediados de abril con prólogo de la teórica McKenzie Wark. El libro reconstruye la biografía improbable de la ketamina, ese compuesto sintético que casi nadie sabría definir y que, sin embargo, atraviesa como un hilo escondido buena parte de la Historia política y cultural del siglo XX. De los laboratorios militares estadounidenses a las raves de Goa, de los hospitales de campaña en Vietnam a las clínicas californianas donde magnates tecnológicos y celebridades de Hollywood se tratan hoy de la depresión, Echaves sigue el rastro de una droga que, escribe Wark en el prólogo, está siendo "gentrificada".
Toda historia de la ketamina arranca con un descubrimiento accidental. En 1956, en un laboratorio de Detroit, el doctor Victor Maddox intentaba sintetizar un nuevo analgésico para la compañía Parke-Davis cuando obtuvo, por azar, la fenciclidina, una arilciclohexilamina que en las calles acabaría conociéndose como "polvo de ángel". El compuesto resultó demasiado salvaje para uso humano: provocaba episodios psicóticos prolongados y, en los hospitales psiquiátricos de San Francisco a finales de los 60, dejó una legión de internados a los que la prensa equiparaba con esquizofrénicos.
Parke-Davis encargó al químico Calvin Stevens, profesor en la Universidad de Wayne, una versión más manejable. En 1962 nació el CI-581, comercializado después como Ketalar. El 3 de agosto de 1964, el doctor Edward Domino administró la primera dosis subanestésica de la sustancia a un preso de 26 años en la Prisión Estatal de Jackson (Michigan). Echaves recoge en el libro el documento clínico original: para medir la pérdida de conciencia, los investigadores aplastaban la piel del pecho del sujeto con una pinza hemostática.
La piel de aquel recluso anónimo era el primer eslabón de una cadena. Cuando hablamos con ella, la autora encuadra el hallazgo en lo que llama, siguiendo a Paul B. Preciado, el régimen farmacopornográfico: la mutación bioquímica de Occidente que arranca con el lavado de cerebro como obsesión psicopolítica de la Guerra Fría. La CIA buscaba un suero de la verdad para responder a la sospecha (casi siempre infundada) de que los soviéticos lo habían encontrado primero. Compró cornezuelo de centeno a las campesinas gallegas durante los años 50 gracias a los Pactos de Madrid, experimentó en el Arsenal Edgewood con más de 7.000 militares no informados y financió durante más de una década el programa MK-Ultra. La ketamina llegó tarde a esa fiesta, pero acabó cumpliendo otra función igualmente útil para el complejo militar: la rapidez.
La CIA buscaba un suero de la verdad para responder a la sospecha de que los soviéticos lo habían encontrado primero
"Este es un libro que se investigó y se escribió a la vez", explica Echaves. La autora reconoce que entró en la historia "en orden cronológico" porque necesitaba entenderla. Solo cuando llegó a los 90, terreno más conocido para ella, se dio cuenta de algo: "Había estado siguiendo en paralelo una Historia del siglo XX, bastante norteamericana. Seguramente se podría haber hecho desde otras coordenadas, pero todo llevaba a Estados Unidos y, posteriormente, al Reino Unido con la llegada a Europa".
La rapidez se volvió virtud cardinal en Vietnam. La ketamina (que no suspende las funciones respiratorias ni circulatorias) permitía operar a soldados heridos en cualquier parte: una camilla, una tienda de campaña, el interior de un Bell UH-1 Iroquois, los famosos Hueys que evacuaban a los heridos. Los llamados Equipos K, formados en su mayoría por enfermeras anestesistas, recortaron a una hora el tiempo medio entre la herida y el tratamiento efectivo. La cifra, recogida por Echaves a partir de fuentes militares, había sido de 10 horas en la Primera Guerra Mundial y de cinco en la Segunda. La ketamina entraba así en la Historia como anestésico necropolítico, un fármaco capaz de salvar vidas en condiciones de austeridad farmacológica máxima. Salía de Vietnam convertida en otra cosa: una sustancia disponible en cualquier farmacia local del Sudeste Asiático.

El relevo lo tomó Goa. La pequeña localidad portuguesa de Anjuna, en la costa occidental de la India, se transformó en los años 70 en santuario de hippies y, después, en epicentro del trance ciberdélico. Cuando Echaves describe el verano de 1984, en que cuatro DJ encadenaron sets que duraban toda la noche, el lector entiende por qué la ketamina europea de los 90 llegó por esa ruta: jóvenes raveros británicos y franceses descubrieron que las farmacias goesas vendían Ketalar sin demasiadas preguntas y aprovecharon la flexibilidad de sus pasaportes para convertirse en pequeños narcotraficantes ocasionales. En mayo de 1992, 40.000 personas celebraron en Castlemorton Common, al sudoeste de Birmingham, una rave de siete días ininterrumpidos. Dos años después el Parlamento británico aprobaba la Ley de Justicia Penal y Orden Público, una norma que prohibía las reuniones musicales basadas en "ritmos repetitivos". La ketamina, el LSD y el éxtasis bailaban entonces juntos en la pista.
El consumo recreativo se disparó después durante la pandemia. Echaves recela del lugar común que ya habla de un cronotopo ketamínico y prefiere otra fórmula: "Para mí la época es la de las químicas piedades: el policonsumo, el salto entre fármacos legales y sustancias ilegales, y la ambivalencia que representa la propia ketamina. Es la época de las multisustancias y del hackeo personal según las condiciones de vida de cada uno".
Más de 12.000 centros de terapia asistida con ketamina han abierto en una década en la costa oeste estadounidense
La autora se resiste a clasificar las drogas como progresistas o reaccionarias. "Si entendemos las drogas como biotecnologías, no son intrínsecamente progresistas o reaccionarias. Depende de sus usos", recuerda. Pero advierte de algo más incómodo: "Todo lo psicodélico conecta ahora con el biohacking, la longevidad y una especie de medicina de ciencia ficción para ricos, vinculada a la ideología del transhumanismo y la búsqueda de la vida eterna. Es una mezcla de psicodelia y nuevas religiones tecnológicas. Además, los psicodélicos pueden detonar este síndrome del elegido, un corte mesiánico donde la persona siente que Dios le ha hablado directamente".
Esa mística mesiánica encuentra arquitectura adecuada en clínicas como las que el libro retrata bajo el nombre de Sea Bliss. Más de 12.000 establecimientos de terapia asistida con ketamina han abierto en una década en la costa oeste estadounidense. El negocio prevé alcanzar los casi 6.000 millones de euros en 2030. En los pasajes más cercanos al reportaje especulativo, Echaves describe lámparas de lava de Arne Jacobsen, biombos de ratán balinés y una fundadora ficticia, Florence Evans, que asegura que "el verdadero viaje no lo crea la sustancia, sino la relación íntima entre el estado mental y el entorno arquitectónico". El imaginario remite a Apple antes que al manicomio: la prótesis ergonómica suplanta al hospital. Un detalle dice más que cualquier diagnóstico. Una dosis de ketamina genérica, cuya patente expiró en los 80, cuesta apenas 50 céntimos. Una dosis de Spravato, el aerosol nasal que Johnson & Johnson patentó como antidepresivo, oscila entre los 500 y los 751 euros. El tratamiento mensual va de los 4.007 a los 5.760; el anual, entre los 25.470 y los 39.054.
Cómo se llegó hasta ahí ocupa el corazón político del libro. Edward Domino observó ya en los 60 que algunos de sus pacientes deprimidos se sentían "normales" durante un par de semanas tras una dosis baja de ketamina, pero descartó la pista. "Mi descubrimiento nunca funcionará. Qué estúpido. Lo cierto es que creí que la idea de drogarse y experimentar un efecto antidepresivo no tenía ningún sentido. ¿Por qué no profundicé más en ello?", recoge Echaves de un testimonio del propio Domino. Tuvieron que pasar 35 años hasta que el psiquiatra de Yale John Krystal retomara la hipótesis.
La autora dedica un capítulo en columnas paralelas a contraponer la versión heroica del descubrimiento (Krystal contra el dogma serotoninérgico) con la versión silenciada: la neurocientífica iraní Bita Moghaddam, llegada a Yale en 1990, que sentó las bases farmacológicas reales del fármaco. En 2008 entró en juego Janssen Pharmaceutical, filial de Johnson & Johnson, y su director terapéutico Husseini Manji. Aislar la S-ketamina (cuatro veces más potente en el receptor NMDA, según Manji) permitió crear un derivado registrable, distinto molecularmente del genérico de 50 céntimos. La FDA aprobó Spravato el 5 de marzo de 2019 con la advertencia de seguridad más estricta posible, la blackbox warning. Seis participantes habían fallecido durante los ensayos clínicos, con casos de suicidio incluidos.
Echaves no toma cartas categóricas en el debate sobre políticas públicas, pero se permite una observación elemental: "Estaría bien que los hospitales públicos no estuvieran comprando Spravato y compraran ketamina barata si tienen los medios para aplicarla. Existiendo una sustancia genérica cuya patente ha expirado, debería haber cierto poder dentro de los comités de los hospitales para elegir qué se compra. Muchos psiquiatras prescriben, pero no hay un gran debate o investigación independiente sobre los fármacos. Sería interesante promover una investigación menos influenciada por las farmacéuticas en la farmacopsiquiatría".
Una historia paralela explica la velocidad de la aprobación. En diciembre de 2016, el presidente electo Donald Trump constituyó el llamado Mar-a-Lago Three, un comité informal integrado por su amigo Isaac Perlmutter (presidente de Marvel Entertainment), el médico privado Bruce Moskowitz y el abogado Marc Sherman, ninguno con experiencia en sanidad pública. El trío rediseñó en la sombra el Departamento de Asuntos de los Veteranos, encargado de atender a los excombatientes con un presupuesto en torno a los 55.000 millones de dólares. En agosto de 2018, Trump cenaba en su club de golf de Bedminster con Alex Gorsky, consejero delegado y accionista de Johnson & Johnson, exoficial de las Fuerzas Armadas. Ese mismo año la farmacéutica gastó 6,6 millones en lobby ante Asuntos de los Veteranos. El 5 de marzo de 2019, la FDA aprobó Spravato; 20 días después el VA ofrecía a sus proveedores la posibilidad de administrarlo. La cita oficial del nuevo secretario, Robert Wilkie, fue casi conmovedora: "Esto refleja nuestro compromiso de buscar nuevas formas de brindar la mejor atención disponible a nuestros veteranos".
Químicas piedades llegó a las librerías españolas pocos días después de que una jueza federal estadounidense sentenciara a 15 años de prisión a Jasveen Sangha, conocida en la prensa como "la reina de la ketamina", por su papel en la sobredosis del actor Matthew Perry en octubre de 2023. La conversación pública sobre la sustancia se ha vuelto, así, casi más funeraria que festiva. La autora no parece especialmente preocupada. La ketamina, observa, sigue siendo una rareza apenas culturizada, escasamente presente en la literatura, en el cine y en la canción.
"Hablé con Juan Carlos Usó, uno de los historiadores de las drogas en España, porque quería hacer una historia española de la ketamina, y me confirmó que apenas hay nada escrito", cuenta. Algo, sospecha, tiene que ver con su origen: "Mi hipótesis es que, como es una droga que refleja los sueños de la Guerra Fría, nos cuesta culturizarla de la misma forma en que nos es fácil asimilar el alcohol en los bares".
Una calavera al pie de una secuoya, monedas de oro tintineando en su interior, una astróloga venusiana que diseñaba ashrams hexagonales para venerar a una diosa molecular. Una sustancia que viajó del Pentágono a Goa, de los reclusos de Michigan a los veteranos de Trump, de los 50 céntimos al spray nasal de 500 dólares. Tenía razón Wark en el prólogo cuando escribía que la ketamina "tiene que ganarse la vida de alguna manera". Lleva 60 años haciéndolo.
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