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El Mundo
Pedro Sim�n · 2026-05-26 · via Historias

En el primer día del curso escolar, siempre ocurre lo mismo. Muchos de los alumnos que aparecen de la mano de sus padres llegan preparados para el madrugón de septiembre, para atender a la pizarra, para volver a estar con ese compañero de pupitre que acaso les quite el bocadillo.

Pero no están preparados para lo que viene a continuación: que su maestro sea tan bajito como ellos.

Cuenta el docente con una media sonrisa: "Me ven por primera vez y se agarran a la madre".

Un niño con barba, piensan.

O un papá del tamaño de un hijo, especulan.

O un grande encerrado en un pequeño.

O un maestro chiquito.

Y entonces, poco a poco, cuando se quedan con él a solas y acaba ganando su confianza, los críos de cuatro, cinco o seis años le van lanzando las preguntas con esa incansable cadencia infantil. Sin miedo ya. Sin filtro. Sin necesidad de mirar arriba. Con los ojos a la misma altura. Lo nunca visto en el colegio.

Para saber más

"¿Y tú por qué no creces?".

"¿No creces porque no te dan de comer?".

"¿Eres papá o eres niño?".

De tal modo que la mayoría olvida el asunto y deja de ver algo extraño con el paso de los días, y otros (los menos) le van con un remedio fabricado por la imaginación al cabo de las semanas.

-Tengo una solución para ti, profe. Te voy a construir unas piernas gigantescas para que seas como la profe Carmen.

-Cariño, pero si yo soy feliz así...

-Ah. Entonces nada.

Se llama Carlos Martínez de la Torre, tiene 27 años, formó parte de la primera promoción del doble grado de Maestro de Educación Infantil y Primaria en la Autónoma de Madrid en 2021, fue Premio Fin de Carrera a la mejor nota (9,36), se sacó la oposición a la primera en 2022, empezó dando clases en el centro donde estudió y ahora lo hace en el CEIP Perú, da charlas a madres y padres cuyos hijos tienen acondroplasia, ha escrito un libro para niños, ufff, todo eso hace y más...

Porque se puede medir nada más que 1,30 y que todos en el colegio (alumnos, padres, compañeros) te vean como un tipo inalcanzable.

Uno que también ha practicado fútbol y natación, ciclismo y tenis, pádel y bádminton, uno que ha empezado con la escalada y que, cuando hoy en día juega con sus amigos al ping-pong, siente que no hay piedad.

-Me hacen dejaditas en la red para que no llegue...

-¿Y no les dices que eso no te lo pueden hacer?

-¿Cómo que no me lo pueden hacer? ¿Dónde pone que no me lo puedan hacer? Es la vida, amigo... Te aguantas y sigues.

(...)

La suya empieza en una familia de afectos hondos y cultura robusta. Hijo de un economista y de una doctora en Farmacia, el pequeño de cuatro hermanos tuvo a mano todos los libros y todos los viajes.

"Me sentía superarropado y querido. Sin ser malcriados, a los niños de esa casa nunca nos faltó de nada. Mis padres tenían una pedagogía del sentido común, sin magnificar las victorias ni las derrotas. Así crecí. Mi madre hacía todo lo posible para que no tuviera privilegios, pero sí me posibilitaba ciertas adaptaciones: me refiero a ponerme un escalón para el baño y cosas de esas. Nada más".

De tal manera que para saber que tenía acondroplasia (para ser consciente de que tenía un trastorno genético que hace que las extremidades sean más cortas; el tronco, del tamaño normativo; y la cabeza, algo más grande de lo común), Carlos poco menos que tenía que acudir al diccionario. Porque nadie allí le hacía recordar su diferencia.

"Tengo trabajo, casa, una familia que es la caña, no tengo nada de pobrecito"

Carlos Martínez, maestro de Infantil

Hasta que llegó el instituto, claro. Y lo irremediable sucedió: ese manglar darwinista de miradas, codazos, zancadillas, espejos, comparaciones.

Carlos no blande un discurso victimista, sino justo lo contrario: todo lo malo que ocurriera entonces lo despacha con el mismo ademán que hace quien espanta a una insignificante mosca.

Así: "La adolescencia fue más complicada porque los chavales son más cabrones a esa edad. Era bajito, sí, pero porque el entorno me lo recordaba todos los días. No era bullying, pero sí sufría bromas de mal gusto. El mote de algún estúpido de turno. Sin más".

Quien piense que aquella forma de ser observado tiene que ver solo con el instituto y los 15 años se equivoca. Porque le sucede hoy también a sus 27.

"Lo de la calle es un espectáculo. La gente me hace fotos a escondidas: paso a su lado y algunos sacan el móvil para simular que se hacen una foto, girar el teléfono y sacarme a mí. Eso me ha pasado hoy mismo... Otros se ríen. Otros meten la pata si se toman una copa. Me encanta salir de fiesta, pero a veces me da pereza porque siempre hay alguien que me vacila y mis amigos acaban saliendo en mi defensa y hay bronca. Por ejemplo, una señora me vaciló diciendo: '¿Tú estabas en la fiesta de Lamine Yamal?'... Otros me hacen preguntas incómodas. Como aquel hombre en el bus. 'Yo trabajé con uno de tus compañeros', me dijo . Y yo: '¿Perdón?'. Y él: 'Sí. ¿Tú no eres bombero torero?".

Y de bombero torero, nada.

Y de juguete de futbolistas, tampoco.

Y de mascota, cero.

Hay muchas maneras de comprobar cuánto lo quieren a uno. Por ejemplo: el maestro ha pedido colaboración a los padres y a las madres para que sus hijos posen en la foto y se han desbordado todas las previsiones.

-Es que Carlos es mucho Carlos -nos dice una mujer.

-Los niños lo adoran -dice otra.

"Hace dos años aprendí el significado de la palabra condescendencia", seguimos con Carlos. "Cómo te miran algunos en la calle, con esa cara de pena, enarcando las cejas, como diciendo pobrecito. Pues bien, tengo un sueldo muy guay como funcionario, una familia que es la caña, unos amigos que también... No tengo nada de pobrecito. Me tengo que gastar cierta pasta en adaptar mi coche, la cocina, cosas así, pero pobrecito, no... Cuando alguien me mira como diciendo pobrecito, me digo: pobrecito él".

(...)

Carlos, posando con sus alumnos.

Carlos, posando con sus alumnos.

Por eso, entrar al fin a clase (desembocar en aquel estuario) fue constatar que los niños son una variante mejorada de los adultos, una versión sin estropear: un niño que te pregunta que si es que no comes o una niña que te dice que te va a fabricar unas piernas y arreando.

"Al principio te miran con curiosidad y miedo. Es importante decirles la verdad sobre ti, porque, si no, sus vacíos los rellenan con fantasías: cosas como 'en casa no te alimentan y por eso no te haces grande'... Yo no me invento nada, les digo lo que hay".

Lo dice el maestro que ve el mundo desde su altura.

El que sabe lo que es mirar a la gente desde abajo.

El único que les mira de tú a tú.

"Nunca he querido ir a congresos ni convenciones sobre personas con acondroplasia. Yo sé que soy eso, pero no soy solo eso... Y el hecho de ir a un sitio donde solo hay eso...", argumenta. "Nos estamos cargando la riqueza de lo diverso, es como si todos tuviéramos que ser altos y morenos. Y no".

O sí.

Basta con la prueba de la amniocentesis para saber si una madre alberga un feto con acondroplasia. Es por ello que, en España (donde hay unas 4.500 personas con la particularidad de Carlos), no es habitual ver bebés como nuestro protagonista, algo que sí es más común en países de América Latina (donde la legislación del aborto es mucho más restrictiva).

"Ojalá verme a mí, vacune a mis alumnos contra la intolerancia"

Carlos Martínez, maestro de Infantil

Por eso escribió aquel libro titulado Qué grande eres, pequeño Carlos, junto a su madrina, la pedagoga Pilar Lacadena. "Para explicarles a los niños esta realidad. Ojalá les sirva. Que la pedagogía de la inclusión sea verme a mí. Que verme sea ponerles la vacuna contra la intolerancia".

Por eso no para de abrir los brazos para ofrecerse, aunque tenga una envergadura bien limitada.

"El otro día tuve un encuentro online con un colegio de Zaragoza. Me contactaron porque a una niña con acondroplasia alguien la cogía en brazos igual que a una muñeca... Yo recuerdo lo que odiaba cuando me hacían a mí aquello... No somos peluches para que nos cojan de esa manera, ¿sabes? Una vez me cogió uno de los mayores y me puso boca abajo, empecé a patalear y le di, entonces él me dejó caer de golpe desde arriba. Yo tendría ocho años y él,12. Me hizo bastante daño".

Lo peor de la escalada que ahora ha comenzado a practicar (tan arriba) es que hay veces que los pies y las manos no les llegan a las presas a las que hay que agarrarse, cuenta Carlos entre risas. Lo peor de Tinder (tan adulto) es que hay que poner una foto: "No soy alguien que entre por la vista", sonríe.

Ocurrió no hace mucho. Carlos tenía que ausentarse de clase en breve y allí los niños empezaron a especular con el motivo de su inminente partida. "Tengo que ir al médico", aclaró él. Una niña no le creyó: "Seguro que se tiene que ir a trabajar...".

Otro niño, el pasado mes de abril, un día cualquiera: "Carlos, no me acordaba de que eras bajito".

Otro más, aquel día en que iban de excursión y un crío de otro colegio no paraba de mirar a Carlos: "¡¡Eh, tú, qué haces mirando a mi profe!!".

Se podría tirar un día entero hablando de lo que ha aprendido él.

"A esas madres que tanto se preocupan, yo les digo: 'Mírame, tengo el mejor trabajo del mundo, tengo una casa propia a los 27 años, conduzco, soy profe de niños, hago deporte, qué quieres que te diga... Esto va a ser tu hijo, ¿tan mal te parece? Así que no te preocupes'".