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Con un móvil apoyado en el espejo, dos bellezones se dirigen a cámara -al mundo- mientras se aplican intensamente eyeliner. «Hola, somos Niedziela y Emily, más conocidas como las Hermanas Raluy. Vivimos y trabajamos en el Circo Raluy Legacy desde que nacimos». Cuando dicen Legacy, el tono cambia y el gesto también. ¿Por qué? Lo sabremos después. Desde su camerino, un carromato circense de principios del siglo pasado, comparten en redes sociales sus peripecias como integrantes de un espectáculo que ha recibido premios como Big Top Label (el Oscar del circo) en 2023 y la Medalla de Oro de la Academia de Artes Escénicas de España en 2025.
Las hermanas empezaron a subir contenido a redes sociales a rebufo de tales éxitos. Fundamentalmente, vídeos en los que relatan no sólo cómo es la vida en un circo clásico e itinerante, sino también qué significa formar parte de la cuarta generación de una saga circense, los Raluy, que se remonta a comienzos del pasado siglo. Hasta los tiempos de Luis Raluy Iglesias, más conocido como El tigre de Sant Adrià (al principio), el hombre bala (después) y el artífice de espectáculos únicos que revolucionaron las carpas de medio mundo en los años 50. Por ejemplo, el triple salto mortal con automóvil y el doble cañón humano, que ejecutaba junto a su mujer, Marina Tomàs Jorba. Nacido en 1911, el patriarca comenzó a entrenar acrobacias en solitario en la Barceloneta de la década de los 30. Hasta que llamó la atención de Los Keystone, una troupe europea muy popular entonces que le dio la oportunidad de trabajar después para circos de renombre.
Pero atención: el algoritmo de TikTok ha detectado que el vídeo de las Raluy genera interés. Ya sea por la puesta en escena -entre espontánea y cuidada-, por el maquillaje llamativo o por las vistosas prendas de la pareja. En el contenido de las hermanas se mezcla la nostalgia y la ilusión prospectiva. Sus creadoras hablan del amor en el circo, de cómo estudian allí los niños -ya ha nacido la quinta generación- y de qué supone mover en un día decenas de carromatos antiguos y tráileres por la costa mediterránea. El timeline vuelve a hacer chiribitas y muestra un vídeo similar al anterior. Tan parecido que provoca confusión entre sus espectadores (¿son las mismas hermanas del otro día?) y polémica en redes sociales (¿cuántos circos Raluy hay en realidad? ¿cuál es el auténtico?).
Como en la primera story, dos mujeres jóvenes, maquilladas de forma espectacular, hablan a cámara. «Hola, familia de TikTok. Somos Kimberly y Jillian, la cuarta generación de la familia Raluy», se presentan. «Para quien no lo sepa, los Raluy somos una familia dedicada al circo desde hace más de 100 años. No somos muy de hablar en redes sociales. De hecho, es la primera vez que lo hacemos. Pero esta es la mejor manera de explicar este asunto. Hace muy poquito que creamos contenido en esta plataforma, y muchas personas nos han hecho llegar las mismas preguntas: si hay otras hermanas Raluy, si utilizan nuestro mismo apellido... Incluso nos han llegado a comentar que hay otras hermanas Raluy, las originales», comentan con un ligero gesto de desaprobación en sus rostros tras pronunciar esta última palabra.
Había una vez... un circo. O dos.
Para saber más

Kimberly y Jillian explican en su vídeo las razones por las que, desde hace una década, dos circos pasean por España el mismo apellido. El mencionado Circo Raluy Legacy... y el Circo Raluy Histórico, su mellizo. Los calendarios de uno y otro parecen concienzudamente diseñados para evitar coincidir en la misma ciudad. «No nos tocamos», confirman las dos integrantes del Histórico antes de una función en la Plaza Nueva de Terrassa (Barcelona), precisamente justo cuando se cumplía una década de la escisión del clan. Y, en cierto, modo, mostrando la herida: antes de la ruptura, la carpa común había recibido galardones como el Premio Nacional en 1996, el Premio Max de las Artes Escénicas en 1999 y la Creu de Sant Jordi en 2006.
«Sí, sí, fue justo hace 10 años, el 14 o 15 de mayo», rememora esta pareja de artistas especializadas en lo que se conoce como juegos icarios: una disciplina de circo clásico basada en la acrobacia y los malabares y en la que los artistas no usan objetos, sino que se malabarean entre sí empleando la fuerza de sus piernas.
Kimberly y Jillian debutaron con 14 y 12 años, respectivamente. Son internacionalmente reconocidas por haber protagonizado el primer número de juegos icarios realizado por dos mujeres. No tienen reparo en abordar motu proprio el asunto de la escisión tanto en sus redes sociales como en un encuentro con Papel en su vagón cafetería de 1925. Niedziela y Emily, por su parte, guardan silencio.
Pasen y vean: con la irrupción de las dos ramas de la cuarta generación de los Raluy en las redes sociales, el enfrentamiento familiar se ha convertido en objeto de interés para miles de personas que, quizá, aún no conocen sus espectáculos pero se cuestionan «cuál es el circo de verdad y cuál la copia».
Tras verse abrumadas por la polémica, Jillian explica en el mismo vídeo de TikTok que «el Legacy y el Histórico son dos circos independientes». «No mantenemos ninguna relación, ni laboral ni personal, desde la separación en 2016», añade.

¿Qué pasó exactamente para que partieran peras? ¿Por qué la historia del Circo Raluy original, premiado en Asia, Latinoamérica y hasta en lugares alejados de España como Isla Reunión, terminó en divorcio? Constituido entonces por casi un centenar de carromatos -repartidos entre las ramas familiares al 50% llegado el momento-, su movilización era tan compleja que en ocasiones llegaban tarde a sus estrenos en Barcelona, según consta en la hemeroteca del Centro de Documentación de Artes Escénicas y de la Música (CDAEM).
Genís Matabosch, fundador del proyecto Circusland, galardonado en 2021 con la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes y responsable de comunicación del Circo Raluy a finales de los años 90, aporta algunas pistas sobre las causas de la separación. Cuando era un pipiolo, como él mismo cuenta, les organizó su primera rueda de prensa. Entonces, aclara Matabosch, los dueños y directores del Raluy eran los abuelos de Kimberly y Jillian (nietas de Carlos, fallecido en 2019) y de Niedziela y Emily (nietas de Luis, fallecido en 2021). Carlos y Luis eran los primeros hijos de los cuatro que tuvo El Tigre de Sant Adrià.
«La separación de 2016 es un tema triste. Es hasta tabú, porque hay cuestiones en los tribunales y, ya sabes: los abogados siempre recomiendan, en estos casos, no hablar del asunto», confirma Matabosch sin entrar en mayores detalles, pero admitiendo esa capa de secretismo que sobrevuela dos de las carpas de circo más importantes de nuestro país. Ambas, además, con el mismo objetivo: defender un legado centenario, reivindicar un modo de vida nómada... y tratar de ir siempre un poco más allá que la competencia en sus números. Tanto en lo relativo a la dificultad técnica como en cuanto a horizontes artísticos.
«Podría resumirse en que, con el cambio de generación, afloraron idiosincrasias distintas. También recelos y envidias derivadas de ser muy diferentes», prosigue Matabosch. Se refiere, en concreto, a la generación que hoy dirige ambos circos, enteramente femenina: las hijas de Luis Raluy, Louisa y Kerry, son las responsables del Legacy, mientras que la hija de Carlos Raluy, Rosa, lo es del Histórico. Fueron las primeras mujeres en dirigir un circo clásico o de cámara en Europa, aunque han dejado la comunicación en manos de sus hijas.
Las figuras maternas resultan cruciales para entender no sólo por qué dos circos se llaman prácticamente igual, sino también en qué se diferencian, estéticamente, el uno del otro. Ambos mantienen intacta la idea original de su fundador: la de un circo-museo al estilo clásico. Sin embargo, el Legacy ha incorporado elementos contemporáneos. Basta con decir que su gran espectáculo en la actualidad se titula Cyborg. En cambio, el mayor show del Histórico es Terra.

La hemeroteca y también distintas personas que conocieron a los hermanos Luis y Carlos corroboran que estos se dividían las tareas salomónicamente. El primero era un erudito matemático que atesoraba una impresionante biblioteca en uno de sus carromatos, en el que también había primeras ediciones de El Quijote, su libro preferido. Luis fue durante décadas el payaso Carablanca del circo, una figura imprescindible del imaginario circense tradicional.
Por su parte, Carlos se ocupaba de la gestión empresarial, las relaciones públicas, los contratos y la logística de las giras internacionales. En pista, también era el maestro de ceremonias. Juntos conformaban una dupla imbatible que prosperó y supo entenderse hasta 2016, cuando el número de integrantes del circo aumentó considerablemente. Con el incremento, llegaron asimismo las dificultades para mostrar el talento de todo el clan bajo una única carpa.
Cuenta Matabosch, a su vez presidente de la fundación cultural sin ánimo de lucro dedicada al circo Circus Arts Foundation, que a menudo ejerce de organizador de encuentros del sector a los que ambas ramas Raluy están invitadas, que «cuando se ven se matan con las miradas». Pero este veterano sitúa el problema no tanto entre las actuales directoras de los circos, primas, sino en sus madres: las viudas de Luis y Carlos.
La primera, Louisa Randall, nacida en Liverpool, fue secretaria de los Beatles. Este periódico pudo saludarla minutos antes de que empezara la función del Legacy en Murcia a finales de abril, así como constatar que no tenía muchas ganas de hablar. La segunda, viuda de Carlos, es Melita Chy, más conocida como Militta. Vive en el Histórico y pertenece a una dinastía de artistas circenses. De origen chino, nació en Alemania y formó parte de la troupe Chy Bao Guy. Desde muy joven destacó en las pistas gracias a su altísima disciplina y dominio técnico en los números de acrobacia tradicional asiática.
Ya sea por tabú o por precaución, o tal vez por respeto al centenario legado común, ninguna de las ramas ahonda demasiado en los pormenores del divorcio. Las hermanas Raluy del Histórico representan la única excepción y califican precisamente de «histórico» aquel cisma de 2016. Lo explica Kimberly, cuya pareja y padre de su hijo, el equilibrista italiano Omar Marton, trabaja con ella bajo la misma carpa.
«La cosa ya iba mal. Mucha familia, muchas mujeres y muchos desacuerdos venían de años atrás. Los hijos empezaron a crecer y ya éramos muchos para un sólo circo. Se hacía complicado que fuéramos todos en una misma dirección», revela. No tiene problema en hablar con franqueza: «La realidad es que no nos llevábamos bien, no había buen rollo. Aunque la primera que pidió la separación fue la prima de nuestra madre, Louisa Raluy», matiza.
Cabe destacar que, según otros expertos en artes escénicas como Cristina Santolaria, autora del ensayo Más difícil todavía, una crónica del circo en España (1940-1975), «es común que las sagas circenses se disgreguen de esta manera al crecer las familias y evolucionar las idiosincrasias». Como todos los especialistas en circo consultados para este reportaje, Santolaria señala que la familia Raluy «ha conseguido dividirse de forma que se multiplica la oferta de un arte a menudo considerado menor en nuestro país».
El problema original, más allá de las especulaciones, reside en que tanto para unos como para otros el padre del Raluy es su propio antepasado. Es decir, Luis y Carlos. Para la rama de Louisa y Kerry fue el erudito, el matemático, el Carablanca de corazón infinito. Para la de Rosa, el artífice del éxito sería el empresario, el hombre que, según recoge la prensa del año 2000, sufría de «cirquismo», dicho por él mismo.
Este orgullo paternal devenido en cainismo, como el de la ficción Balada triste de trompeta, corre por las venas de las dos ramas. Para entender este poderoso sentimiento de apego basta saber que todas las hermanas Raluy dicen «sentirse del circo». No de un país, ni de una provincia o una comunidad. Del circo. Y eso teniendo en cuenta que el padre de Emily y Niedziela es el ingeniero polaco Jerzy Swider, responsable, entre otras cosas, de la seguridad del Legacy; y el padre de Kimberly y Jillian es el italiano William Garibaldi, experto malabarista y maestro de ceremonias en pista.
A todos ellos, descendientes y familia política, les dedica un apasionado homenaje uno de los grandes expertos de este país en Historia del circo. Juan José Montijano es el autor de Los circos de nuestra infancia. El mayor espectáculo del mundo en España (1950-1990), publicado por Diábolo Ediciones en 2023. «El circo en España precisa de ayuda, que lo cuiden, que lo mimen y protejan, que lo conviertan en un Bien de Interés Cultural», reclama por correo electrónico. Y argumenta: «Enmarcados en estas afirmaciones hay casos particulares y únicos como el de la familia Aragón o los Raluy, que constituyen los Quijotes del siglo XXI, pues siguen apostando por el circo más clásico, a través del cual se enseñan y transmiten valores fundamentales en nuestra sociedad como la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto... y la familia en sus distintos modelos». Nunca mejor dicho.
Montijano cree que «los Raluy han sabido guardar, conservar y transmitir la historia de varias generaciones de esta inigualable familia a través de sus espectáculos y de su patrimonio». Y continúa: «Constituye un caso único en nuestro país al que debería prestársele mayor atención y dedicación a todos los niveles (social, político, cultural, económico) para que, generaciones futuras, puedan seguir disfrutando de un legado inigualable».
Considera este especialista que la familia -en su acepción más plural- ha sabido dar con las claves del éxito y no parece darle demasiada importancia a que, para conseguirlo, haya tenido que dividirse. «Creo que ahí se encuentra el verdadero valor: en la trasmisión de espectáculos que conserven la idiosincrasia del circo en su forma más clásica, tamizada por el valor de las nuevas generaciones, que vienen pisando fuerte».
Tan fuerte como para conseguir que dos circos con increíbles paralelismos que ofrecen, sin embargo, opciones diferentes, funcionen. Juntos, aunque sea sin tocarse, engrandecen y perpetúan el legado mientras dan trabajo a decenas de profesionales de distintas partes del mundo y entretienen a espectadores de varias generaciones. En las dos carpas, acróbatas y trapecistas se despiden uno a uno del público en la salida. En ese momento simbólico sí hay unión. A pesar de la distancia.
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