




















Al levantarse esta mañana, tal vez haya sentido una punzada en el costado. O la sensación de que el corazón le daba un vuelco. Podría ser también una tos insistente o un crujido en la rodilla. Para la mayoría, cualquiera de estas molestias pasan casi desapercibidas en la rutina diaria. Apenas capturan unos segundos de atención mientras se prepara el café o se apura a los niños para que por fin se vistan.
Para otros, en cambio, pueden suponer un punto de inflexión: el gatillo que dispara un verdadero calvario.
La hipocondría hace que personas como Laura, Amanda, Belén o Andreu a menudo interpreten cualquier síntoma banal como el inicio de un destino aciago, el primer signo de una enfermedad segura. Esa preocupación, que puede volverse constante, es capaz de arrastrarles a una espiral de angustia que llega a paralizar sus vidas.
Lo ha comprobado muchas veces Laura Honrubia, que ha perdido la cuenta de todas las enfermedades que en algún momento de su vida ha estado convencida de padecer. Lleva más de tres décadas lidiando con la hipocondría, un trastorno que ella compara con la adicción. «Vives esclava. Vas de un médico a otro, pero nunca es suficiente. Cuando resuelves un síntoma, saltas a otro diferente. Vives a medias, con temor, con lágrimas a medianoche, siempre imaginando el dolor físico o emocional que te espera, sintiendo que te queda poco tiempo en esta vida. Te imaginas incluso despidiéndote de tus seres queridos. Yo he sentido muchas veces que me moría», relata.
Recuerda tener esa ansiedad por enfermar ya desde niña, con apenas siete años. «Si me dolía un poco la tripa o estaba cansada, ya pensaba que tenía algo grave», recuerda.
Ese temor, que siempre la ha acompañado y ha marcado su vida en varias épocas, alcanzó el paroxismo durante la pandemia de Covid, cuando se desató una «tormenta perfecta» para su hipocondría: una enfermedad desconocida, dificultades para acceder a la atención médica, contacto restringido con los seres queridos y un escenario de incertidumbre.
«En los primeros días del Estado de alarma ya me autodiagnostiqué. Sentía todos los síntomas que iban diciendo por la tele e iba constantemente a Urgencias», recuerda. Además, en paralelo, empezó a tener otro tipo de molestias no relacionadas con una posible infección: dolor opresivo en el pecho, dolores de cabeza, problemas urinarios, parestesias en brazos y piernas... «La ansiedad es capaz de imitar cualquier enfermedad y yo sentí que tenía Covid, esclerosis, cáncer de vejiga, infartos... absolutamente de todo».
Esta educadora social de profesión se tomaba la tensión más de 10 veces al día y se ponía el termómetro otras tantas. «Me gasté miles de euros en resonancias, análisis, ecografías... Consultaba a diferentes médicos de la misma especialidad porque nunca me tranquilizaba», rememora. «Todos mis pensamientos volvían una y otra vez a lo mismo».
Según explica José Luis Carrasco, jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Clínico San Carlos de Madrid, la hipocondría, también denominada trastorno de ansiedad por enfermedad, es un trastorno de tipo obsesivo caracterizado por una preocupación excesiva o desproporcionada por padecer una enfermedad grave.
Quienes la padecen presentan un grado elevado de ansiedad acerca de la salud, hasta el punto de que puede bloquear su vida.
«El miedo a la muerte o a la enfermedad es un rasgo muy humano, muy antropológico. Todos lo tenemos, lo que ocurre es que la mayoría lo tenemos metido en un cajón, no estamos todo el día pensando en ello», explica. En las personas con hipocondría, en cambio, ese cajón se queda abierto, lo que hace que el miedo pueda llegar a tapar todo lo demás en su vida. «Cuando hablamos de enfermedad hipocondriaca hablamos de un trastorno que puede no dejarte vivir ni disfrutar y puede paralizarte completamente».

VICTÒRIA ROVIRA
"Cuando notas cualquier cosa, como que te suben las pulsaciones, ya piensas que te está dando un infarto"
Andreu Martínez, 39 años
Se estima que su prevalencia media alcanza hasta el 4% de la población, sin diferencias significativas entre hombres y mujeres.
«El término de hipocondría se tiende a usar, de forma cotidiana, para designar el estado de una persona a la que le preocupa la enfermedad más de lo que se supone que debería, pero esto no siempre es acertado», apunta Manuel Oliva, psicólogo clínico y miembro del Colegio de Psicólogos de Madrid. «Hay personas más sensibles o aprensivas con respecto a la enfermedad, pero ello no siempre implica que tengan un diagnóstico real», explica. Quienes verdaderamente sufren un trastorno ven muy condicionada su vida porque toda su atención se fija en la preocupación por padecer una enfermedad grave a pesar de no tener síntomas de importancia. «Esa circunstancia altera el comportamiento de la persona, que observa excesivamente su organismo, hace comprobaciones acerca de su estado de salud o visita con frecuencia al médico».
Esas visitas, además, «no logran, por regla general, tranquilizar a las personas que sufren este trastorno, por lo que comienzan a pedir segundas o terceras opiniones y van cambiando incluso de especialidades médicas sin llegar a quedarse nunca tranquilos», coincide Carrasco.
Amanda Delgado conoce bien ese bucle de pensamientos que puede disparar completamente sus niveles de ansiedad y generar incluso sensaciones físicas. Por culpa de esta espiral se ha autodiagnosticado todo tipo de enfermedades: desde un infarto a un cáncer, pasando por un ictus.
Cualquier cosa puede servir de gatillo. «Puede ser un síntoma propio, como que notes alguna molestia o algo diferente en tu cuerpo, pero también algo externo. Una noticia en la tele, un comentario en redes, alguien que te cuenta lo que le pasó a su vecino... Algo hace clic en tu cabeza y ya empiezas a pesar que a lo mejor eso también te está pasando a ti», explica.
Para acabar de alimentar ese bucle de pensamientos, «a menudo tiendes a buscar en Google o en ChatGPT sobre esos síntomas o esa enfermedad pensando que te va a ayudar, pero es justo lo contrario. Nunca encuentras tranquilidad ahí. Lo que consigues es caer más en la espiral obsesiva de 'estoy preocupada, busco en internet, me sobreanalizo, así que me preocupo el doble y sigo buscando'», señala esta canaria de 25 años, quien subraya que «de ese bucle es muy difícil salir».

ARABA PRESS
"Una noticia, un comentario en redes, lo que le pasó al vecino... Algo hace clic en tu cabeza y crees que te está pasando a ti"
Amanda Delgado, 25 años
Lo sabe bien el editor y escritor británico Will Rees, que asegura que, mientras estaba en la universidad, dedicó el mismo tiempo a su carrera de Literatura y Filosofía que a consultar páginas de internet sobre las supuestas dolencias que creía tener. Cada vez que tenía un síntoma nuevo, corría a buscarlo en la red para recibir siempre una respuesta lúgubre. Sus preocupaciones sobre su estado de salud eclipsaron su vida cotidiana durante cinco años, una vivencia que acaba de plasmar en Hipocondría (Alpha Decay), un libro que también indaga en la historia de este trastorno y en las figuras que trataron de comprenderlo, como Kafka, Virginia Woolf, Kant o Susan Sontag.
Escribir no ha sido para él un exorcismo, asegura, aunque sí ha encontrado «cierta satisfacción en coger esta experiencia, una experiencia que fue larga, aburrida, atemorizadora y vergonzosa, y convertirla en un libro que otras personas quieran leer», sostiene.
Para Rees, «existe cierta ironía estructuralmente inherente a la experiencia misma de la hipocondría». El hipocondriaco, explica, es «alguien que tiene perspectivas contradictorias sobre su condición». Por un lado, está convencido de tener una enfermedad física real y, por otro, también alberga esperanzas y tiene cierta consciencia, porque así también se lo han hecho saber, de que es posible que todo esté solo en su cabeza.
Durante cinco años, Rees vivió bajo ese yugo. «Hubo días en los que sentía que no tenía vida más allá de la espera de los resultados de un análisis o una prueba, ni un futuro más allá del horizonte de las malas noticias que esperaba recibir de manera inminente», cuenta en el libro.
Belén Giménez recuerda haber sentido esa misma ansiedad por enfermar desde bien pequeña, una experiencia que «ha sido muy incapacitante» en algunos momentos de su vida. «Yo iba directamente a Urgencias si en los resultados de una analítica veía algún asterisco y no tenía cita con mi médico de cabecera hasta cuatro o cinco días después. Me ponía en lo peor», recuerda.
Esta física que trabaja en una empresa de ingeniería aeroespacial subraya que en su caso particular lo que más ansiedad le genera es «la incertidumbre». Por eso, como Laura, también la pandemia del coronavirus supuso para ella un antes y un después en su patología. «Tenía una ansiedad terrible. Fui de especialista en especialista, me hice decenas de pruebas. Hasta que finalmente pedí ayuda psicológica porque ya no podía más».
En cambio, para María, que prefiere no dar su apellido ni aparecer en las fotos de este reportaje, el Covid no fue el causante de sus mayores sufrimientos. «He tenido épocas mucho peores», subraya. En su caso, la hipocondría no la lleva a visitar frecuentemente al médico, sino que le provoca el efecto contrario: intenta evitar o retrasar al máximo las consultas por temor a recibir un diagnóstico grave. Su mente, no obstante, rumia constantemente el bucle de preocupación y angustia, convencida de que esa enfermedad que teme ya crece en su interior.
Y cuando finalmente se somete a una prueba médica para disipar sus dudas, la tranquilidad es apenas momentánea. «Es perverso. Porque si me hago una resonancia para descartar que tenga un tumor cerebral, lo que mi mente piensa es: 'Vale, no tenías cáncer en el momento en que te hiciste la prueba, pero ¿y si has empezado a desarrollarlo entre ese día y hoy que te han dado los resultados?'», plantea.
En su caso, su hipocondría afecta a su propia salud y también a la de sus hijos.

ÁNGEL NAVARRETE
"Sientes que nadie entiende la angustia que sientes. Entonces te callas y llevas tu sufrimiento en silencio"
Belén Giménez, 41 años
«La mayoría de las personas se preocupan lo justo cuando sus hijos tienen una infección de garganta o un dolor de cabeza. Piensan que no es grave y que ya se pasará. Pero mi cabeza se va a la peor de las posibilidades y no salgo de ahí. Además, tengo que intentar disimularlo para que no lo noten y no acaben copiando este mismo patrón de pensamiento, que es una tortura», relata.
«Yo siempre me pongo en el peor de los escenarios. En mi cabeza me he muerto de un ataque al corazón miles de veces. Si me empieza a doler la cabeza, lo primero que pienso es que es un cáncer. Es un horror vivir con esta ansiedad», añade.
También Andreu Martínez ha experimentado muchas veces esos picos de ansiedad generados por un pequeño síntoma o un simple comentario. «En cuanto notas cualquier cosa, por pequeña que sea, como que tus pulsaciones van más rápido porque estás subiendo una cuesta, lo que piensas es que igual te está dando un infarto. Como ese latido del que estás pendiente ya no es el habitual, automáticamente te pones en el peor de los escenarios y al momento siguiente ya te parece que hasta te está doliendo hasta el brazo también».
Lo peor, subraya Andreu, es que «normalmente, cuando compartes este tipo de preocupaciones con otras personas solo encuentras incomprensión o a veces incluso burla, por lo que llega un momento en que te callas y no lo dices porque sabes que no va a servir de nada. Entonces el sufrimiento es aún más grande, porque es un sufrimiento que tienes que vivir en silencio», expone.
«Me da vergüenza contarlo, porque muchas veces lo que genera es mofa», coincide María. «Siempre se hacen muchas bromas y mucho chiste con los hipocondriacos, quizás porque todos han podido sentir en algún momento puntual de la vida esa hipocondría, esa preocupación tremenda por la salud. Luego a la mayoría se les pasa y les parece ridículo que algunos lo primero que pensemos si nos da un pinchazo en la cabeza es que tal vez se nos ha roto una arteria. Pero la realidad es que a muchas personas nos genera un tremendo sufrimiento esta manera de pensar. Nos paraliza la vida».
También Belén reconoce que durante muchos años llevó en silencio el problema. «Sobre todo en los años de la universidad me hacía sentir mal la posibilidad de que se me viera como la pesada que está siempre con si me muero o no me muero. Sientes que nadie comprende la angustia que sientes. Entonces te callas y lo llevas en silencio».
En aquella época, asegura, le hubiera gustado «ver testimonios de gente que pasara por lo mismo». Por eso decidió contarlo en sus redes (beligim_ig en Instagram), un paso que también dieron Amanda Delgado (amandadelgadoo_) y Andreu Martínez (tatandreu). Por el mismo motivo, Laura Honrubia (laurahonrubia) decidió autoeditar un libro -Cuando abracé la hipocondría-, contando su experiencia y la de algunos de los profesionales y amigos que la han acompañado en este tiempo.
«Cuando decidí escribir el libro iba en un taxi. Salía de una cita con un tercer neurólogo de la que no le había hablado a mi pareja porque me daba vergüenza decirle que iba a consultar de nuevo a otro especialista. Me sentía como una adicta volviendo de obtener su dosis de tranquilidad momentánea y pensé que tenía que hacer algo diferente. También pensando en otras personas que tienen hipocondría y quizás no cuenten con los apoyos que yo tengo. Sentí que tenía que compartir mi experiencia con otros. Ayudar y así ayudarme también a mí misma», afirma hoy, satisfecha con el resultado.
La hipocondría, recuerdan Carrasco y Oliva, se puede tratar. Además de algunos medicamentos, la terapia psicológica de tipo congnitivo-conductual ha demostrado su utilidad frente al trastorno a la hora de reducir la ansiedad, los pensamientos repetitivos y las conductas de comprobación y autoobservación.
«En algunos casos es importante tener en cuenta acontecimientos traumáticos que han vivido esas personas y han podido desencadenar esa angustia», apunta Carrasco. Por ejemplo, Laura y Andreu, que de niños perdieron a varios familiares cercanos, están convencidos de que su experiencia y la gestión de esas emociones ha tenido mucho que ver con su hipocondría.
A día de hoy, todos ellos están estables, han aprendido a detectar los primeros signos de las crisis y tienen herramientas para controlarlas. Aunque también tienen muy claro «que la hipocondría siempre va a estar ahí, como un talón de Aquiles, aprovechando las épocas más complicadas para intentar salir».
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