


























Santa Cruz de Tenerife, abril de 1940. Juzgado a puerta cerrada. Margarita Beese Rodríguez, que había pertenecido a la Sección Femenina de Falange y se había codeado con Pilar Primo de Rivera, llega vestida como un varón: camiseta interior, camisa, chaleco y chaqueta; pantalones de pinzas y zapatos de piel. La juzgan por falsificar un documento público. ¿Su delito? Inscribirse en el Registro Civil con otro nombre y otro sexo.
Quería ser un hombre.
No era ni mucho menos una desconocida en la isla. Hija de un alemán respetado, Beese había pasado por Madrid en los años 20, había escrito sobre el papel de la mujer en la nueva España y se había movido en los círculos de Falange cuando el régimen todavía estaba construyendo su propio relato. Defendía un feminismo conservador: educación para las mujeres, sí, pero sin sufragio ni derechos políticos. Mujeres formadas para sostener la familia y parir más hijos para la patria.
Lo curioso es que su propia vida parecía ir siempre un paso por delante de ese ideal que predicaba. Un día decidió hacer algo que el régimen al que había servido no estaba dispuesto a tolerar: presentarse ante el Estado y decir que su nombre ya no era Margarita. Que era Juan Carlos. ¿Fue Margarita una falangista queer? ¿Se puede reconstruir un enigma más de ochenta años después?
Esas preguntas intenta responder la periodista Andrea Momoitio en Farsante. Una historia queer en la Falange (Libros del K.O.), una crónica hecha a base de retazos que ha ido enlazando durante tres años: archivos, expedientes judiciales, textos periodísticos, hemeroteca, cartas, fotografías familiares y los pocos recuerdos que aún sobreviven en la memoria de quienes oyeron hablar de ella.
Llegó al personaje a través de la investigadora Yanira Hermida Martín, que había presentado una ponencia sobre un hombre trans en la cárcel de mujeres de Santa Cruz de Tenerife. Momoitio se quedó con el runrún y tiró del hilo. Escribió a Hermida y ella le compartió lo poco que había logrado reunir y la acompañó en los primeros pasos. "Entre la academia y el periodismo hay una relación compleja, pero aquí encontré una mano tendida", cuenta a este periódico en una videollamada, mientras apura un piti.
Encontró por Facebook a un familiar de Margarita: Bruno, nieto de su padre, don Bruno Beese, por la rama de un segundo matrimonio. "Dibujando vagamente un árbol genealógico con las pocas pistas que tenía, por dónde ponía que vivía, la edad que tenía y cuáles eran sus apellidos, supe que podía ser él. Contacté, me dio su teléfono enseguida y me dijo: '¿Qué me estás contando? Llámame y cuéntame, por favor'", añade.
Resultó que Bruno vivía todavía en la casa familiar y tenía dos habitaciones repletas de recuerdos desordenados. Momoitio viajó hasta la isla, se metió de lleno en la intimidad familiar y rebuscó durante horas hasta que aparecieron las primeras imágenes de Beese.
Como escribe la propia autora en el libro, encontraron dos fotos tipo carné: en una lleva el pelo corto y se adivina un traje más masculino; en la otra mira de frente y sonríe, con un jersey de pico y un pañuelo plisado sobre los hombros. También salieron fotografías más antiguas: un retrato con su padre en un estudio fotográfico y otra imagen junto a una niña a la que nadie ha logrado poner nombre.
Ya que Momoitio estaba en la isla, decidió preguntar por el barrio. Que si "machuna", que si "rara", que si "la alemana", que si de niña se enamoró de una compañera del colegio y le mandaba notitas de amor. Rumores viejos que han sobrevivido más de 80 años, flotando en la memoria del barrio.
Especulaciones o no, lo cierto es que acabó ante un juzgado por querer cambiar su sexo. El proceso terminó con una condena de dos años, cuatro meses y un día de prisión. Su defensa sostuvo entonces que Margarita no era del todo responsable de lo que había hecho. Que lo suyo era una "obsesión", la de ser vista como un varón, y que, en cualquier caso, no buscaba lucro ni ventaja alguna, sino únicamente adoptar tales nombres para nombrar su aspecto masculino.
El fiscal, ante la duda que generaba todo el embrollo, solicitó un reconocimiento facultativo para determinar a qué sexo pertenecía la procesada. Los peritos concluyeron que sus caracteres sexuales primarios eran femeninos, pero que otros rasgos como la voz, el vello o el carácter podían parecer "varoniles". La defensa se apoyó en esas teorías médicas que entonces empezaban a circular, las del doctor Gregorio Marañón, que sostenían que el sexo no dependía solo de los órganos sexuales sino también de hormonas, comportamiento o carácter.
"Los referentes 'queer' también han estado en el lado contrario de la historia"
Para Momoitio, en realidad, los médicos no encontraron nada concluyente en su cuerpo. "No ven nada que permita afirmar sin duda que estemos ante una persona intersexual". Lo que ella cree, por las pistas que ha logrado reunir, es que Margarita sentía atracción por las mujeres. Pero eso no habla de identidad, sino de orientación.
"El hecho de que a Margarita Beese le gustaran las mujeres no nos da ninguna pista sobre cuál era su identidad de género", detalla. "Podíamos estar ante una mujer cis lesbiana, una mujer que se identifica con el sexo con el que nació y que se siente atraída por otras mujeres; podíamos estar ante un hombre trans heterosexual, una persona que nació mujer pero se identifica como hombre y que se siente atraída por mujeres; en realidad, su orientación sexual no nos desvela nada de su identidad de género", continúa.
Y eso, precisamente, es lo que Momoitio no deja de subrayar: que la historia de Beese obliga a convivir con la duda. "El sexo, el deseo, la sexualidad son cuestiones de nuestras vidas que son complejas, que cambian. No son categorías", agrega.
-¿Quería ser hombre o quería tener la libertad y los privilegios que tenían los hombres?
-No lo sé. Con lo que escribe, ni una cosa ni la otra. En sus textos ella se reivindica como mujer, pero desde un feminismo muy conservador. Se declara en contra del sufragio, por ejemplo. Más libertad no parece que quisiera. Pero claro, entre lo que dices y lo que haces hay un trecho. ¿Quiso ser un hombre? No lo sé. Lo intentó, fue al Registro Civil. Ahora, no sé si eso atraviesa toda su vida y define su identidad por completo... Ese interrogante, para mí, nos va a quedar siempre. Es la protagonista de una historia inacabada.
"Era una tía ambiciosa que, a nivel ideológico, encontró una voz en ese nacionalcatolicismo que estaba tomando forma en aquellos años"
Hombre o mujer, lo que Margarita sí parece haber tenido claro era otra cosa: la ambición. "Margarita era una tía ambiciosa que, a nivel ideológico, encontró una voz en ese nacionalcatolicismo que estaba tomando forma en aquellos años", explica la autora de Farsante. El régimen necesitaba cuadros leales, gente que escribiera, organizara y pusiera palabras al relato. Y Beese encajaba. Tenía formación y se movía con soltura en ambientes intelectuales.
Ella misma aseguró en varias ocasiones pertenecer a la Hermandad de la Ciudad y el Campo, una de las regidurías de la Sección Femenina. Era una de esas estructuras con las que el franquismo ordenó la vida pública y el papel de las mujeres en la nueva España.
En diciembre de 1937, la mismísima Pilar Primo de Rivera, que dirigía la Sección Femenina, movió hilos para traer a Beese a Salamanca. Tuvo que pedir permiso al presidente de la Junta Técnica del Estado porque Beese era funcionaria de Correos en Málaga y las licencias estaban restringidas. Primo de Rivera dejó por escrito que sus servicios le eran "imprescindibles" en la Delegación Nacional y que Beese le tenía hechos "estudios" para la Hermandad de la Ciudad y el Campo.
¿Qué papel desempeñaba exactamente Beese dentro del engranaje del régimen? No se sabe a ciencia cierta. El problema aparece con la burocracia: su nombre no figura en los archivos oficiales. "Me llamó mucho la atención lo difícil que ha sido encontrar documentación que la vincule directamente con Falange o con la Sección Femenina", explica Momoitio.
"Margarita estaría ahora en Vox promoviendo discursos racistas, probablemente tránsfobos. Seguiría en el lado malo"
Los documentos que sí la relacionan con ese entorno no proceden de los archivos de la propia organización, sino de informes de la Guardia Civil, documentos municipales o de su propio expediente de depuración como funcionaria de Correos, donde distintas autoridades dan por hecho que formaba parte de Falange. "¿Hubo una voluntad de hacer desaparecer su nombre de su propia historia?", se pregunta Momoitio. "Igual hay algún sitio donde yo no he sabido mirar".
Errar al intentar reconstruir la vida de Beese no le quita el sueño a Momoitio. Abraza la duda y la exhibe sin tabúes a lo largo de todo el relato. "Espero que se investiguen historias similares con la voluntad de que me contradigan, de que me cuestionen", asegura. Lo que sí le inquieta es no haber respetado su identidad de género. ¿Juan Carlos o Margarita? "Le di muchísimas vueltas y, con la información de la que disponía, decidí referirme a ella con el nombre con el que la sentía más cercana. Y, sobre todo, compartir con quien me lea todos los interrogantes".
Lo cierto es que, aunque Momoitio pudiera traer a Margarita al presente, invocarla con una güija y tomarse un par de vinos con ella, muchas cuestiones seguirían sin respuesta. Por mucho que la acribillara a preguntas, hablarían en idiomas distintos. "Es muy difícil acercarnos a una historia y a un personaje así con las categorías de hoy. No podemos entenderla del todo desde ahí y, al mismo tiempo, tampoco es fácil desprendernos de esas categorías", resume.
En el muy hipotético caso de que Beese hubiera nacido en el presente y la tuviéramos delante de nuestros morros, más allá de todo lo que tenga que ver con su identidad o con su deseo, Momoitio cree que habría pesado antes su ideología. Si Beese fuera contemporánea, la escritora no duda ni un segundo dónde la colocaría: "Hombreee, en Vox". Y añade: "Estaría promoviendo discursos racistas, probablemente tránsfobos. Seguiría en el lado malo".
-Si estaba en el lado malo, ¿se merecía una falangista que dedicaras tres años de tu vida a contar su historia?
-Ella probablemente, no. Pero creo que sí nos lo merecemos quienes formamos parte de la comunidad queer. Merecemos conocer nuestros referentes, en mayor o menor profundidad, y saber que han estado en todos los lugares de la historia: en el lado con el que nos sentimos más cercanas, pero también en el contrario, arriba y abajo, en todas partes. Este libro no es un homenaje a Margarita. Es un ejercicio de memoria queer.
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