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Caroline Darian: "Sé que mi padre me violó. Soy la gran o...
JOEL SAGET · 2026-03-18 · via Historias

«Me cuesta un poco llegar a todo en este momento pero creo que es necesario que siga hablando. Intento no hacerme demasiadas preguntas, afortunadamente». Caroline Darian eligió como apellido para su nombre de guerra una contracción de los nombres de sus hermanos, David y Florian. Fue una forma de protegerse, sí, pero también una declaración de intenciones. La hija de Gisèle y Dominique Pelicot no tuvo que renunciar al apellido de su padre cuando decidió dejar de llamarlo así, ya había adoptado el de su marido al casarse, pero se construyó un alter ego empoderado por el amor fraternal para afrontar su reconstrucción y, de paso, convertir su gesta personal en algo útil para la sociedad.

Bajo ese alias ha publicado en España su segundo libro, Para que no se olvide (Seix Barral), un análisis pormenorizado del juicio que cambió para siempre la percepción sobre la sumisión química; también, un manifiesto fundacional de su asociación contra la violencia sexual M’endors pas (no me duermas); pero, sobre todo, un grito de auxilio agravado por la incertidumbre. «Un infierno perpetuo», lo definió Gisèle Pelicot en una entrevista con EL MUNDO.

La familia de Caroline Darian saltó por los aires el 2 de noviembre de 2020, cuando su madre descubrió que durante una década había sido el juguete sexual durmiente de medio centenar de hombres incluido su marido, erigido en director de orquesta del horror por medio de una página de contactos. La vida de Caroline Darian, la paz mental de una madre de familia con una carrera profesional exitosa y un día a día moderadamente feliz, terminó de derrumbarse al día siguiente, cuando fue a ella a quien mostraron dos fotografías tomadas entre 2016 y 2019 de una mujer inconsciente y semidesnuda encontradas en los archivos eliminados del ordenador de su padre, dentro de una carpeta titulada Mi hija en pelotas.

Supo inmediatamente que Dominique Pelicot la había violado también a ella. «No se limitó a hacerme fotos. Estoy absolutamente convencida. Teniendo en cuenta lo que le hizo a mi madre, esa barbaridad a la que la sometió, ¿quién esperaría algún tipo de moderación respecto a su hija?», se enerva ante la cámara del ordenador. Caroline Darian responde a la videollamada desde algún lugar de la Región parisina, en una sala sobria y poco iluminada, entre reunión y reunión. «Todo este ajetreo es un poco abrumador. Pero bueno, consigo gestionarlo». El rictus de esta mujer de 47 años es severo. Su lenguaje es duro y directo y no oculta que está muy, muy enfadada. «Quiero que se me reconozca como víctima de mi padre», sentencia.

En esa ardua batalla contra el muro infranqueable de la falta de pruebas se encuentra inmersa, de momento, a la espera de que prospere la denuncia que interpuso contra él hace un año en el mismo juzgado de Aviñón que lo sentenció a 20 años por el caso que lo bautizó como el monstruo de Mazan. «No tenemos noticias. Declaré por última vez el 25 de noviembre y, desde entonces, no he vuelto a saber nada», lamenta. «Mi impresión es que la Fiscalía de Aviñón se volcó en el caso de mi madre, en el que sí había pruebas suficientes, y no considera prioritario el caso de la hija. Dada la magnitud de la investigación, aquel fue el juicio de Gisèle, no el de Caroline. Soy la gran olvidada de este caso».

El pasado verano, Dominique Pelicot rechazó de pleno una posible visita de su hija en prisión: «Puesto que ya no existo para ella, ella tampoco existe para mí… Frente a frente y mirándola a los ojos, le repetiría exactamente lo mismo: no le hice nada. Tal como ella dijo en la audiencia, que me deje morir como un perro». La nota que le hizo llegar a través de su abogada cayó como un jarro de agua fría en la única esperanza que guardaba Caroline de encontrar la paz en la certeza. «No tiene el valor de enfrentarse a mí. Nunca ha dado una explicación racional para esas fotos. Nunca. Primero, dijo que no recordaba haberlas tomado. Después, que eran fruto de un chantaje. Incluso sembró la duda: ‘¿Quién dice que esa sea mi hija?’. Y ahora se niega a verme. Lleva cinco años encerrado en nueve metros cuadrados pero, de alguna manera, también me ha encarcelado a mí. Es una forma de seguir teniendo el poder. Él es el único que sabe lo que ocurrió. Pero yo no soy la vecina de enfrente, soy su hija. Y él está ganando de nuevo».

–¿Qué significa Dominique Pelicot para usted hoy?

–Es un cobarde, un monstruo. Y además, un manipulador. No lo digo yo, sino las siete evaluaciones psiquiátricas que le han hecho. Todas destacan su frialdad, su falta de empatía. No se puede hacer lo que hizo con un disco duro normal. Y estoy convencida de que el caso de mi madre es sólo un árbol que tapa un bosque de horrores.

"Mi madre no estuvo ahí para mí cuando la necesitaba. No sólo sufría ella. Aún no ha asimilado con quién estuvo casada"

El relato que Caroline Darian hace de un juicio que, considera, no hizo justicia, es a ratos durísimo con su propia madre, de quien ha estado alejada prácticamente dos años hasta que se han reencontrado, primero, en largas conversaciones telefónicas y después, en persona con el 8-M como simbólico telón de fondo. «Creo que, finalmente, ha entendido que no estuvo ahí para mí. Le llevó tiempo comprender que no sólo sufría ella», dice. «Somos muy diferentes. En su lugar, creo que yo no seguiría viva».

–Quiere visitar a su ex marido en prisión. ¿La acompañará?

–Cree que Dominique Pelicot le dará respuestas, pero se engaña. Mi madre ha estado manipulada 50 años. Ha disociado su vida de este episodio y no va a conseguir nada. Él no tiene ningún interés en aliviar nuestro sufrimiento.

–¿Cree Gisèle que su padre abusó de usted?

–Se centra en las pruebas, y por el momento, no las hay. Así que supongo que, para ella, es mejor concluir que no sucedió. Sería mucho más difícil mirar de frente a la verdad y admitir que no pudo proteger a su hija. No ha asimilado del todo con quién estuvo casada.

El principal punto de fricción entre ambas gira en torno al concepto de víctima: Gisèle lo rechaza una vez cerrado el caso; Caroline teme no poder alcanzarlo jamás. «Llevo cuatro años diciendo alto y claro que soy víctima de mi padre y nadie me reconoce como tal. Ni siquiera, él», dice. «Y es mi padre, me lo debe».