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El Mundo
Raquel R. Incertis · 2026-05-17 · via Historias

Son las seis de la tarde de un viernes y en media España empieza un ritual no escrito: cerrar el ordenador portátil, mirar al compañero de al lado y lanzar la pregunta de rigor: ¿una caña? Por qué no, parece un buen plan. Pero tan inocente propuesta puede dar pie a una extensión inadvertida de la jornada laboral. En eso se basa la cultura del afterwork: ese limbo entre el trabajo y la vida personal donde lo que parece un momento de asueto no termina de serlo. Digno de un episodio de la serie Separación, vaya.

«Yo al trabajo no voy a hacer amigos, pero sí es verdad que se crea una conexión involuntaria con un grupo con el que luego, si me apetece, me puedo ir a tomar algo y a cotillear», afirma Mari Carmen, recepcionista de un hotel en Malasaña, uno de los barrios más céntricos y hipsters de Madrid. «Pero no me gusta hacerlo obligada. A veces se nos olvida que, cuando acabas tus ocho horas y te piras a casa, es cuando empieza tu vida de verdad».

En España, lo de tomar algo después de currar lleva siglos practicándose. La diferencia es que ahora no se trata solo de desconectar, sino de -abramos comillas- «fortalecer vínculos», «ampliar contactos» o «hacer equipo». Un espacio donde rebajar tensiones y humanizar relaciones que durante el día transcurren entre correos y videollamadas. Especialmente en entornos urbanos y en profesiones cualificadas, ha ido ganando terreno una liturgia importada del mundo anglosajón. Algo evidente desde su nomenclatura: afterwork, networking, team building... En definitiva: alargar la jornada en clave informal. 

Estas prácticas post-laborales no surgen de la nada. Son endógenas a culturas corporativas como las de Silicon Valley, donde gigantes como Google o Netflix llevan años difuminando la frontera entre trabajo y tiempo libre: oficinas con aperitivos gratis, zonas de descanso con sillones de masaje y mesa de ping-pong, piscina, gimnasio... La idea es que si estás a gusto, produces más. 

Y es ahí cuando se enciende la primera alarma: ¿estamos instrumentalizando la desconexión?

«Como dentro de cualquier sistema que no nos termina de encajar pero del que no podemos permitirnos salir, intentamos encontrar posturas que nos lo hagan un poco más cómodo. No nos queda otra», sostiene Laia Castel, periodista, podcaster y autora del libro Afterwork (Espasa). «Si no se nos permite cultivar un ocio que realmente relaje y aleje del ritmo laboral, lo tenemos que encajar dentro del espacio que nos queda libre en el día. Para la generación que aún no tiene hijos a los que ir a dar la cena o padres que les esperen en casa, muchas veces ese espacio es tomar algo por la tarde al salir de trabajar». 

«A mí me ha servido para abrirme más, porque soy el más joven y al principio me costaba hablar con gente con mucha diferencia de edad. Si te vas a tomar una caña con unos compañeros de curro puede estar muy guay, pero es muy probable que los temas de conversación sean todos o el 90% relacionados con cosas que hayan ocurrido dentro del trabajo», cuenta Carlos, trabajador de la Filmoteca Española.

Aquí entra en juego uno de los grandes elefantes en la habitación: la presión social. La asistencia, aunque no obligatoria sobre el papel, se da por hecha, y el que se queda hasta la última ronda suma puntos invisibles en esa suerte de contabilidad de carisma que rige muchas corporaciones. Frente a una cerveza y un pincho de tortilla es donde mejor se negocian afinidades y antipatías. 

«Habrá gente incapaz de negarse por miedo a represalias o porque no sabe poner límites en el trabajo», opina Mari Carmen, quien recuerda también su etapa trabajando como coordinadora de producción en rodajes: «Hay profesiones creativas que, por el ecosistema en el que se desarrollan, favorecen más este tipo de ambientes. O te incluyes, o mueres, así que te obligas a ti misma a pasar por el aro». 

"Algunas empresas quieren dar vibras de modernas e inclusivas y la realidad es que son los carcas de siempre"

«La socialización es ahora muy performativa, hemos perdido la capacidad de comportarnos de manera auténtica y sin amoldarnos a lo que se espera de nosotros», apunta Mar Manrique, periodista y autora de Un trabajo soñado (Península), ensayo que indaga en las bondades y los hándicaps del teletrabajo. 

En este tira y afloja aparece otro ingrediente clave: el alcohol. Durante años ha sido el pegamento social por excelencia del afterwork, la excusa para desinhibirse y olvidar las jerarquías. También, una fuente inagotable de conflictos porque, con la tercera copa de vino, la lengua empieza a soltarse.

«Creo que estos espacios hacen que a la gente le salga un poco el lado más sindicalista y menos serio. Con dos cervezas de más te pones a comparar salarios y a criticar al jefe», dice Manrique, que aboga por «activar ciertos mecanismos de privacidad» en las redes sociales si queremos evitar sustos: «Hay que tener cuidado con lo que se comparte, sobre todo si eres un personaje público. Hoy en día la marca personal lo es todo, e Instagram puede ser un escaparate tan relevante como LinkedIn, aunque intentemos separar lo personal de lo profesional».

«Me parece una forma divertida de conocer mejor a la gente, de saber quién te cae bien y quién no, como en la vida misma. Incluso de trabajos de mierda puedes sacar grandes amigos, porque une bastante estar mal por lo mismo», comenta Beatriz, que trabaja en el mundo de la consultoría estratégica enfocada a la banca. Lo malo, señala, es cuando te vuelves demasiado workaholic, otra palabreja anglosajona para definir esa obsesión enfermiza con los compromisos profesionales que ilustra tan bien El diablo viste de Prada. «Algunos prefieren estar en cualquier parte antes que en su casa con su mujer y sus hijos, ya sea trabajando o trabajándose a otros».

"Es probable que el 90% de las cosas de las que se hablen tras el trabajo estén relacionadas también con el curro"

Más allá del copeo, existen otras fórmulas para convertir el curro en algo más. En Froggy Events, la organizadora de planes de team building mejor valorada de España, plantean un menú lúdico completo: desde talleres de cocina estilo Masterchef hasta gincanas temáticas como El juego del calamar. Escalada, recreativos, karaoke, concursos televisivos, pruebas de ingenio y agilidad mental, escape rooms... Las hay para todos los gustos. 

«Lo que más nos piden son las actividades de cocina porque es la opción comodín que nunca falla: encaja tanto con perfiles técnicos como creativos, con grupos jóvenes y también sénior, con compañeros que ya tienen confianza como con equipos que se acaban de crear, con personalidades extrovertidas y también con los más tímidos...», explica Laura Hernández, responsable de producción de eventos. «Cada uno participa de la manera que se siente más cómodo y muchas veces salen a la luz facetas de los participantes que en el día a día de la oficina no te imaginarías, como un jefe chocando los cinco con los becarios».

Cada evento se diseña completamente a medida y el presupuesto depende de las necesidades de cada empresa, macro o pyme: «Depende de si se busca únicamente una dinámica de un par de horas o si necesita que le organicemos una jornada corporativa integral que comience con un desayuno, incluya sesiones de trabajo, actividades de entretenimiento y finalice con una cena o evento nocturno», aclara Hernández. 

«No voy a generalizar y a decir que todos son un fraude buenrollero. Pero me parece totalmente instrumentalizado cuando pasa a ser algo que se organiza directamente desde arriba. Un poco de pan y circo», dice Castel. «Seguro que hay empresas donde entienden que es importante que la gente respire, pero espero que entonces también estén al día en términos de conciliación laboral, igualdad salarial... Si en eso vamos mal, pero hay torneo de beerpong los miércoles por la tarde, lo considero postureo».

«Algunas empresas quieren dar vibras de modernas, de inclusivas... y luego la realidad es que son los carcas de siempre pero con gente nueva y dinámicas incluso peores, de esas que chocan en pleno 2026», concuerda Beatriz.

La brecha generacional también añade matices. Para muchos boomers, esta práctica no deja de ser una evolución natural de algo que ya existía. Para la generación Z, el asunto se complica. Por un lado, buscan socializar y generar comunidad en entornos laborales híbridos. El teletrabajo, los horarios flexibles y la hiperconectividad han desmontado el esquema clásico de jornada cerrada, y el afterwork aparece como un intento -más o menos exitoso- de reconstruir espacios de socialización. De recuperar algo parecido a la vida de oficina, aunque sea fuera de ella.

Sin embargo, arrastran cierto cansancio ante la idea de estar disponibles todo el tiempo, incluso para pasarlo bien. «Tengo amigas que dicen que si te vas a la montaña un finde con tus compañeros de trabajo, volvéis más unidos. Pero yo no quiero estar más unida a nadie; lo que quiero es que me dejen en paz», resume Mari Carmen. 

Según Hernández, de Froggy Events, estas dinámicas han pasado de ser un capricho corporativo a «una necesidad real» de los departamentos de Recursos Humanos a la hora de mejorar el bienestar y reducir los niveles de estrés. «Las nuevas generaciones valoran mucho lo que llaman el salario emocional y un ambiente de trabajo positivo, así que hoy en día invertir en este tipo de experiencias de calidad es una de las herramientas más potentes que pueden utilizar las empresas para retener y fidelizar el talento».

Pero no es algo para todo el mundo. ¿Y si, en lugar de un fin de semana en una casa rural con el tipo de la mesa de al lado, prefiero simplemente tirarme en el sofá? «Los mismos compañeros con los que te vas de afterwork o de team building pueden ser aquellos que, cuando hay un problema serio en el curro, escurren el bulto y te echan la mierda a ti. Si no me pagan por ello, no voy a ir», zanja Mari Carmen.

«Yo he hecho alguna escape room con un compañero, pero hemos ido por libre y sin jefes. La intención luego era echar el rato de cañas comentando la jugada, un poco de mamarracheo y de cachondeo, nada serio», agrega Carlos.

"Si crecer dentro del sector o de la firma es una prioridad para ti, estar presente en estos sitios es algo imprescindible"

«Pasamos muchas horas frente a la pantalla, solas y en pijama, mandando mensajes de Slack, conectándonos por Zoom. Estamos sedientos de relaciones interpersonales», explica Manrique. «Pero esta clase de vínculos son mucho más volátiles. Al dejar a algunas personas entrar en esa parte de tu vida, se pueden confundir incluso los términos de amistad y de trabajo. Cuando quedo con mis amigos, puedo hablar un momento del trabajo porque tengo un problema, pero luego vamos a reflexionar sobre el amor, sobre la vivienda, a hablar sobre el concierto al que vamos a ir... y eso sí que es socializar».

Coincide con ella Castel, para quien practicar el afterwork con tus compañeros es, sencillamente, hacer trampas: «Afterwork es la vida que nos queda después del trabajo. Es algo que no debemos perder ni dejar que nos maquillen con tendencias», sentencia. «Son tus horas libres, qué menos que intentarlas proteger de lo que al sistema le interese que hagamos con ellas... Aún podemos elegir con quién las compartimos, a quién nos llevamos a ese otro escenario».

Ambas periodistas hacen referencia al networking: esos espacios de intercambio que convierten cualquier conversación con un desconocido en un contacto potencial, en una posible oportunidad futura. En ellos, la espontaneidad se bate con la conciencia de estar siendo permanentemente analizado. «Siempre oigo decir que los mejores negocios no se cierran en las reuniones sino en las cenas, pero no todo el mundo asiste a esas cenas, así que debe ir un poco por ahí... Yo voy mal de networking, la verdad», reconoce Castel.

Para Beatriz, en cambio, el networking es fundamental: «Yo no quiero sentir que me pierdo cosas, aunque creo que depende mucho del sector y de lo que tú quieras conseguir. Si crecer dentro del sector o de la firma es una prioridad para ti, estar presente en estos sitios es imprescindible. Si solo es una vía para conseguir ingresos, no necesitas hacer networking, aunque siempre está bien, porque realmente nos necesitamos unos a los otros».

En el fondo, detrás de todo esto late una duda incómoda: si el trabajo ya ocupa ocho horas -o más- de nuestro día... ¿por qué seguimos regalándole también el aperitivo?

«Conozco a personas que se llevaban muy bien tanto dentro del trabajo como fuera, que eran muy íntimas y, tras un malentendido o una movida que ocurriese fuera de la oficina, no se quieren ni mirar», concluye Carlos. «La clave es saber diferenciar muy bien lo personal de lo laboral y saber hasta dónde puedes llegar».