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La tiranía del Mundofiltro: por qué todas las series y ca...
BERNARDO DÍAZ · 2024-05-09 · via Futuro

El conocido como rostro de Instagram es un canon de belleza femenino de raza blanca, pero con rasgos ambiguamente étnicos. Representa a una chica que luce ojos de gata, pómulos altos y labios muy carnosos que es ya modelo de referencia de muchas clínicas de cirugía estética. La voz de TikTok es un término surgido para denominar la forma de hablar apresurada que usan tantas influencers en la voz en off de sus vídeos. Y el streambait es un género melódico diseñado por Spotify que ha sido descrito como un pop cursi y melancólico y tiene el objetivo de que el consumidor se olvide de lo que está escuchando y siga conectado.

Las plataformas digitales son los grandes árbitros de la cultura en el mundo. Y eso no es una buena señal.

«Cada plataforma genera su propio estilo genérico con su tipo de estética, que es mimética y replicable», explica Kyle Chayka, en una cafetería del centro de Madrid recién llegado de Nueva York. «Hemos dejado de buscar en los artistas una gran visión del mundo, sólo nos interesa una réplica cercana de nuestras vidas. Esto ha provocado que se escriba una ley de la jungla de la cultura vigente: llama la atención lo más rápido e intensamente posible».

Chayka (Portland, 1988), periodista del New Yorker especializado en tecnología y cultura digital, lleva años tomándole el pulso a la sensación de inquietud que surge cuando un algoritmo nos interpreta erróneamente o más aun cuando lo hace con precisión quirúrgica y parece un dios que sabe todo lo que nos gusta. Su nuevo libro Mundofiltro. Cómo los algoritmos aplanaron la cultura (Ed. Gatopardo) explica cómo las plataformas manipulan nuestros gustos personales y deciden no sólo las lecturas y las películas que consumimos, sino también lo que comemos o la ropa que llevamos.

El término Mundofiltro, ideado por el propio Chayka, representa la vasta y difusa red de algoritmos que influye en nuestras vidas y condiciona nuestro consumo cultural. «Las recomendaciones automatizadas son filtros que hacen una criba entre lo que genera atracción y lo que pasa desapercibido y, de la misma manera, deforman de manera sutil las cosas, sea aumentando o disminuyendo su importancia», apunta Chayka. «Esto nos lleva a una cultura homogénea que se reduce a lo más simple». Y recalca: «Los algoritmos construyen una mediocridad que nunca ha sido propia de las creaciones más sobresalientes de los seres humanos».

Esta repetición de taladradora universal del arte afecta especialmente a la cultura popular. Esta, sin duda, es representada mejor que nadie por la artista más exitosa de la música, que como es lógico es también la favorita de los algoritmos. «Taylor Swift se ha apoderado de todos los espacios de comunicación en EEUU y en el extranjero lleva el mismo camino», dice Chayka. «Esto, de alguna manera, representa que donde hay un personaje principal, hay un tema y todo lo demás gira alrededor suyo».

La tesis de Chayka tiene mucho en común con el estudiado fenómeno de lascafeterías genéricas. Las redes sociales han generado un tipo determinado de local cuqui para hipsters amantes del café que se ha reproducido en todas las ciudades del mundo. Estos sitios tienen amplios ventanales, mesas de madera, paredes blancas y mucho cappuccino caro. Todo se debe a las plataformas digitales y su influencia estética en todos los que han abierto uno. En la cultura pasa lo mismo. Por eso a todos nos gustan las mismas canciones, las mismas series y la misma prenda de Zara.

«En menos de dos décadas, los algoritmos han vaciado de influencia al editor literario, al DJ de la radio y al galerista de arte, personas en cuyo criterio confiábamos para que nos hicieran una recomendación innovadora o poco usual», añade. «En su lugar, las empresas tecnológicas pueden guiarse por otras prioridades e intereses, que pueden ser, por ejemplo, la publicidad». Esto supone un frenazo grande a la creación artística o al menos a su difusión.

Aunque a muchos les gusten las recomendaciones de las máquinas -a Chayka se le pregunta por la última recibida de un algoritmo, una gastrónoma americana que vive en Italia, y reconoce que le ha gustado- nos hacen más pasivos y faltos de imaginación. Y no sólo eso, nos convierten en víctimas de la ansiedad algorítmica, que es algo así como la frustración que provoca interactuar con un algoritmo todopoderoso que no sabemos cómo funciona y los criterios que sigue.

«Este concepto de ansiedad se acuñó por Airbnb, cuando se descubrió que había anfitriones de esta app de alojamientos que se volvían histéricos cuando el algoritmo no recomendaba sus casas. Así que intentaban todo tipo de estrategias locas, como renovar todo el rato sus fotos, para que su apartamento apareciera antes o fuera más valorado». Este estrés nace porque no hay ninguna conexión con el algoritmo de estas plataformas, ningún teléfono de atención al cliente que avise por qué esta noche Netflix nos va a proponer ver La casa de papel, el criterio que hace que Instagram nos muestre una cuenta de una foodie neozelandesa amante de los postres o YouTube nos coloque un vídeo de 15 segundos con un corte de un comentarista deportivo con el análisis del Real Madrid-Bayern de Múnich de ayer.

"Hay que implementar en la cultura el movimiento slow food"

Kyle Chayka

Para Kyle Chayka lo más aterrador de este mundofiltro es lo que les pasa a los creadores. «La autopromoción de los artistas es una consecuencia de que el éxito depende de los seguidores, no del contenido», dice. Son muy pocos los que pueden triunfar por un canal independiente. Casi nadie. Pero regresamos a la gran diva: «Sólo Taylor Swift podría hacerlo, desconectarse sin que le provocara el más mínimo perjuicio a su carrera».

A pesar del panorama, derribar el mundofiltro no es imposible para el autor. Detecta el impulso juvenil del desapego de las redes sociales y más regulación antimonopolio en internet. No sólo es optimista, sino que presenta una estrategia original: «Hay que llevar a la cultura el movimiento slow food, que fue una reacción a la agricultura industrial que surgió en los años 90 y abogó que el consumidor tuviera en cuenta de dónde procedían los alimentos y cómo se preparaban». Lo mismo con el arte y sus creadores. Y eso requiere «un acto de voluntad muy firme por parte de todos».

Pero, el primer paso para el periodista de New Yorker, es el de cualquier adicto que busca recuperar su libertad perdida: «reconocer que estamos atrapados».

Mundofiltro. Cómo los algoritmos han aplanado la cultura

Kyle Chayka

Editorial Gatopardo. 334 páginas. 22,95 euros. Puede comprarlo aquí.