
"Cada vez parece más difícil encontrar vida inteligente"
- Redacción: RICARDO F. COLMENERO





















A medida que los astrofísicos han ido calculando el tamaño del universo, hemos sido más conscientes de lo raro que sería que, en semejante inmensidad, estuviéramos solos. Sin embargo, la biología sigue siendo incapaz de encajar las piezas que originan la vida, por lo que la ciencia ha empezado plantearse si a lo mejor es verdad que estamos solos. Es por ello que el astrofísico superventas Mario Livio se ha aliado con el biólogo molecular y premio Nobel de Medicina 2009, Jack Szostak, para publicar Vida y cosmos: ¿Es la Tierra una excepción? (Editorial Ariel).
-Incluso si nosotros fuéramos una excepción, ¿no es el universo lo suficientemente grande para que haya muchas excepciones?
-La respuesta es sí y no -responde Livio-. En nuestra galaxia puede que tengamos miles de millones de planetas parecidos a la Tierra, y hay hasta dos billones de galaxias como la Vía Láctea en el universo observable. El problema es que habiendo conocido sólo un tipo de vida, no sabemos cuál es la probabilidad de que comience, incluso si las condiciones son adecuadas. No tenemos ni idea. Nos gustaría pensar que hay vida en algún otro lugar, pero tal vez la probabilidad de que surja sea tan pequeña que, incluso con estos números tan grandes, no exista en ningún otro sitio. Por eso intentamos averiguar en un laboratorio si es fácil o difícil crear vida.
-¿Qué haremos primero, crear vida en la Tierra o descubrirla fuera?
-Llegará antes el trabajo de laboratorio -explica Szostak-. Pero será un tipo de vida muy simple, un sistema químico que pueda empezar a hacer evolución darwiniana. Lo que buscan los astrónomos es vida relativamente avanzada en su bioquímica, porque debe transformar el planeta para que sea detectable. Y los retos técnicos son enormes. Hacia la década de 2040 tendremos la capacidad de estudiar como 100 planetas extrasolares en busca de señales de vida, lo que sigue siendo un número pequeño. Y si no encontramos nada podremos decir: «Vale, incluso cuando las condiciones son adecuadas, menos de uno de cada cien desarrolla vida». Pero si tenemos mucha suerte, o la vida es realmente muy común, quizá 100 sean suficientes.
Para saber más

Como dijo en una ocasión el físico Philip Morrison: «La probabilidad de tener éxito es difícil de estimar, pero se reduce a cero si nunca emprendemos la búsqueda». Descubrir si la vida en la Tierra fue un accidente fortuito o es un imperativo químico sigue siendo de momento pura especulación pero, a diferencia de otros objetivos universales como la paz mundial o la cura del cáncer, Livio y Szostak creen que este hallazgo «parece estar a punto de alcanzarse».
Aun con miles de planetas potencialmente habitables, ni siquiera sabemos las probabilidades de que la vida «despegue» químicamente, porque no entendemos del todo ese proceso. Szostak nos pone al día con capítulos en los que mezcla la composición química de la Tierra primitiva con volcanes e impactos de asteroides, para ver cómo podrían desencadenarse las reacciones que dieron lugar a los ácidos nucleicos de los genes, los aminoácidos de las proteínas, y los lípidos de las paredes celulares. «Hay mucha química involucrada», resumen los autores.

De momento, lo que se sabe es que la vida tiene más probabilidades de ocurrir en «escenarios ricos en hierro y fosfatos con ciclos de humectación/secado y congelación/descongelación». Esto convierte las aguas termales de las zonas volcánicas y los cráteres creados por impactos de asteroides en los escenarios más probables para que suceda el milagro.
Los autores también tienen claro que las leyes de la física y la química no han cambiado desde la formación del Sol, por lo que cualquier modelo sobre el origen de la vida debe ser coherente con dichas leyes. Biólogos y químicos han logrado demostrar, por ejemplo, que los componentes básicos de los seres vivos pueden generarse a partir del cianuro, lo cual no dice nada demasiado bueno de nuestra propia naturaleza.
En Vida y cosmos los autores se pegan un buen paseo por el universo, empezando por el sistema solar, para reconocer sus limitaciones para la vida. Marte y Venus, de momento, han sido decepcionantes, pero abrigan esperanzas en los océanos de agua de las lunas de Júpiter y Saturno. Titán posee una atmósfera densa, ríos, lluvia y mares, que aunque son de metano y no de agua, lleva a los autores a imaginar formas de vida exóticas basadas en otros disolventes.
Aunque andamos lanzando sondas y apuntando telescopios hacia otros mundos, para encontrar signos de lo que consideramos «evidencias de vida», los autores reconocen que podría ser muy diferente a la terrestre, e incluso no natural. «Lo antinatural también es natural», resumen los autores citando, no a un biólogo, sino al dramaturgo Johann Wolfgang von Goethe. Más o menos lo que el divulgador Carl Sagan denominaba «chovinismo del carbono».
"Si vemos oxígeno en la atmósfera de otro planeta solo es una posibilidad de que haya vida, no una prueba de vida"
-¿Y cómo encontramos vida no natural?
-De momento estamos buscando la vida que conocemos, la que emerge de la química. La cuestión es que esa vida tiene que haber transformado el planeta, especialmente su atmósfera, para que podamos ver algo, y eso es un problema muy difícil. También hay debate sobre cuál sería la señal correcta. Es decir, si vemos oxígeno en la atmósfera de otro planeta solo es una posibilidad de que haya vida, no una prueba de vida.
La llegada de la IA ha abierto las puertas a la posible existencia de civilizaciones tecnológicas en el universo. Pero el problema vuelve a ser encontrarla. «Hay búsquedas, especialmente en términos de señales de radio, y cosas así», apunta Livio. «Pero si la probabilidad de que exista otra civilización es baja, la probabilidad de que esté en un estado evolutivo similar al nuestro es aún más baja. Es mucho más probable que sea mil millones de años más avanzada o menos avanzada. Ahora bien, si es mil millones de años menos avanzada, no es una civilización tecnológica. Pero si es mil millones de años más avanzada, a lo mejor lo es tanto que, incluso si envían señales para decirnos que no estamos solos, no las entendiéramos, o no reconoceríamos que son señales. Así que es complicado».
-De todos modos parece claro que nuestra evolución tiende a una civilización tecnológica.
-Hay un concepto llamado el gran filtro, que dice que quizá hay un gran obstáculo para las civilizaciones inteligentes, que podría haber estado en nuestro pasado, y que nosotros logramos superar y otros no, y por eso somos muy raros, o incluso los primeros. Pero también existe la posibilidad de que ese gran filtro esté en nuestro futuro, lo que significaría que en algún momento nos destruiremos o algo así. Si miras el mundo hoy, la posibilidad de autodestrucción es posible.
Uno de los aspectos más intrigantes de esta cuestión es la consciencia. Filósofos, psicólogos, neurocientíficos e informáticos han debatido con vehemencia sobre si esta es una propiedad exclusiva de los cerebros orgánicos, como los nuestros, o si las máquinas podrían llegar a desarrollar una «verdadera personalidad». Hasta ahora, no hemos podido averiguar si la consciencia es una propiedad emergente, que cualquier ordenador lo bastante avanzado, sofisticado y complejo acabará adquiriendo en última instancia. «Si esto ocurriera, habría que aceptar su futura hegemonía, tanto en nuestro planeta como en otras partes del universo, como una consecuencia inevitable de la evolución, en el sentido más amplio del término», apunta Livio.
Según los autores, si unos seres posteriores a la humanidad dieran el salto y se convirtieran en mentes inorgánicas, tampoco necesitarían lagunas tibias ni atmósferas para sobrevivir. Incluso podrían preferir un medio carente de gravedad (es decir, el espacio exterior), sobre todo si tienen interés en construir artefactos de gran tamaño. «Buscar formas de vida inteligente en exoplanetas habitables sería una pérdida de tiempo, porque es posible que los cerebros no biológicos desarrollen capacidades en el espacio que los humanos ni siquiera podemos imaginar», dice Livio.
La cosa se complica un poco más si pensamos en los ordenadores cuánticos. «La habilidad, la intensidad y la memoria que puede alcanzar los sistemas nerviosos biológicos, del tipo que poseemos los seres humanos, se verán sin duda ampliamente superadas por las deslumbrantes meditaciones de las que serán capaces las máquinas basadas en la IA», explica Livio.
Es posible que el tipo de capacidades intelectuales orgánicas a las que estamos acostumbrados los humanos sean solo una breve fase en la evolución, antes de que las máquinas se hagan con el control. De haberse producido un desarrollo así en el caso de alienígenas inteligentes, sería muy poco verosímil que lográramos sorprenderlos en el corto lapso en que habrían estado confinados en cuerpos orgánicos. «Por lo tanto, lo más probable es que si conseguimos detectar una civilización extraterrestre tecnológicamente avanzada, conste de seres electrónicos y las criaturas dominantes no fueran de carne y hueso», concluye Livio.
-Y si nos detectan ellos. ¿Serían hostiles como pensaba Stephen Hawking que serían los alienígenas?
-No lo sabemos y Hawking tampoco. Pero nosotros evolucionamos mediante selección natural: la evolución darwiniana. Y eso fomenta la competencia, y cierta agresividad. Las máquinas probablemente no evolucionarán mediante selección natural, así que quizá sean más amables. Pero la evolución darwiniana también conduce a la cooperación, que es una característica muy ventajosa.
-A lo mejor la curiosidad también es un rasgo humano y no les interesamos para nada.
-Creo que ya hay gente intentando diseñar sistemas de IA que sean curiosos e intenten desarrollar nuevas hipótesis, y proponer nuevos experimentos. Eso puede suceder. Lo que aún no sabemos es cómo surge la consciencia. No sabemos si es una propiedad emergente, lo que significa que cualquier sistema lo bastante sofisticado la desarrollará. Si la desarrollan serán curiosas también, pero si carecen de la percepción de sí mismas y del medio que las rodea, no importaría lo inteligentes que pudieran llegar a ser, porque las consideráramos lo que la filosofía llama zombis.
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