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Silicon Valley quiere editar al bebé 'perfecto': que no pueda enfermar, obediente, superdotado y que quiera vivir en Marte
Ricardo F. ColmeneroTexto Raúl AriasIlustración TextoIlustración · 2025-12-18 · via Futuro

En el instante en que nací lo sabían todo sobre mí», empieza diciendo Ethan Hawke en Gattaca (1997), la película sobre un mundo distópico en el que una sola gota de tu sangre puede determinar a qué edad morirás, con quien deberías casarte o qué trabajo deberías desempeñar, porque es el más apropiado para tu constitución genética. Un mundo distópico en el que una base de datos separa a los ciudadanos válidos, concebidos artificialmente mediante selección embrionaria, de los inválidos, concebidos de forma natural y más susceptibles a sufrir trastornos genéticos.

Un mundo distópico en el que la eugenesia es la norma. Un mundo distópico contra el que la sociedad está a punto de estrellarse.

Todo empieza con un blastocito. Cinco días después del encuentro decisivo entre un óvulo y un espermatozoide todos tenemos el tamaño de un grano de arena en el que cabe un universo de 46 cromosomas, miles de genes y unos seis mil millones de pares de bases de ADN. El manual de instrucciones para ensamblar a un ser humano único. «Mi verdadero currículum estaba en mis células. Nunca entenderé por qué mi madre puso su fe en manos de Dios y no de su genetista local», se lamenta el personaje interpretado por Ethan Hawke quien, por su origen natural, nunca podría cumplir su sueño de viajar al espacio. En su lugar, el guion visionario de la película le puso a limpiar las oficinas del millonario conglomerado de vuelos espaciales privados Gattaca Aerospace Corporation.

Ahora, casi 30 años después del estreno de Gattaca en la gran pantalla, quizá estemos a 30 años de su estreno en el mundo real. La élite turbocapitalista de Silicon Valley --de la mano de multimillonarios como Peter Thiel, cofundador de PayPal; Sam Altman, CEO de Open AI; Brian Armstrong, CEO de Coinbase, o el inevitable Elon Musk- está entrando de lleno en la industria de la fecundación in vitro (FIV), del diagnóstico genético preimplantacional (DGP) y de la ingeniería genética. Su objetivo, ni más ni menos, es inventar la tecnología que nos permita diseñar la sociedad del futuro.

Tras ellos se encuentran las compañías Genomic Prediction, Orchid, Nucleus Genomics, Preventive o Herasight. Orchid cobra 2.000 euros por hacerle pruebas genéticas a nuestro embrión y darle una puntuación de riesgo para enfermedades como el Alzheimer, el trastorno bipolar, la diabetes, 87 tipos de cáncer, e incluso la esquizofrenia. El lema de su fundadora, Noor Siddiqui, de 31 años, es el siguiente: «El sexo es para divertirse; Orchid y la selección de embriones son para los bebés».

Pero son Nucleus Genomics y Herasight quienes más se han adentrado en el controvertido terreno de la optimización genética de la inteligencia, el comportamiento o la apariencia. «La esperanza de vida ha aumentado drásticamente en los últimos 150 años», afirma Kian Sadeghi, fundador y CEO de Nucleus Genomics. «Las pruebas de ADN para predecir y reducir las enfermedades crónicas pueden hacer que esto vuelva a ocurrir».

El 12% de los españoles ya nacen por fecundación in vitro, y la selección embrionaria amenaza con convertirse en un paso rutinario. Desde los años 90, los padres que se someten a esta tecnología han podido examinar genéticamente sus embriones antes de elegir cuál implantar. Un tipo conocido como PGT-M puede detectar trastornos como la fibrosis quística, la distrofia muscular de Duchenne, enfermedad de Huntington o la anemia falciforme. La prueba PGT-A puede determinar el sexo, e identificar anomalías cromosómicas como el síndrome de Down, de Edwards, o de Patau. La PGT-SR ayuda a descartar embriones con cromosomas duplicados, faltantes y un largo etcétera, acompañado, por supuesto, de sus márgenes de error.

Muchos padres recurren a estos servicios para evitar que se sigan transmitiendo trastornos genéticos en el seno de sus familias. Y, sin duda, otros muchos estarían dispuestos a pagar decenas de miles de euros si les prometieran optimizar la inteligencia de su futuro hijo, o definir su apariencia y personalidad.

Por unos cuantos miles de euros, estas start-ups ofrecen a los padres tablas y gráficos que clasifican sus embriones por coeficiente intelectual, y sus probabilidades de desarrollar esquizofrenia, ansiedad, TDAH, trastorno bipolar, insomnio, depresión, alcoholismo, o incluso de quedarse calvos. Y eso que la comunidad científica no acaba de creerse las promesas de estas empresas. «Hay muy pocas evidencias», sentenció el American College of Medical Genetics and Genomics en una declaración oficial en 2024. «Desafortunadamente, hasta la fecha, no se ha publicado ninguna investigación clínica que evalúe de forma exhaustiva la eficacia de esta estrategia», expresaba un artículo del Journal of Clinical Medicine del pasado mes de mayo, expresando sus dudas sobre cualquier cribado que no estuviera relacionado con enfermedades genéticas.

Sin embargo, estas dudas científicas no impiden que la demanda de padres dispuestos a creer lo posible y lo imposible por la salud de sus hijos crezca al ritmo de los inversores interesados. Orchid afirma tener miles de clientes potenciales en lista de espera. Nucleus asegura que más de 40 clínicas estadounidenses han mostrado interés en ofrecer sus servicios. Herasight ya empieza su expansión por Europa y América Latina.

Pero más allá de las dudas científicas, las compañías están siendo acusadas de revivir una ideología perturbadora: la eugenesia. El término acuñado en 1883 por el antropólogo, inventor, meteorólogo, psicólogo y estadístico británico Francis Galton estuvo inspirado por el trabajo de su primo Charles Darwin. La palabra griega significa «buen origen», y ha servido de justificación para algunos de los capítulos más oscuros de la historia moderna, desde el Holocausto hasta las leyes de esterilización forzada.

«Estos emprendedores no se dedican a las enfermedades genéticas», ha dicho Fyodor Urnov, director del Instituto de Genómica Innovadora de la Universidad de California, Berkeley. «O mienten, o deliran, o ambas cosas. Estas personas, armadas con fajos de billetes, se están dedicando a la mejora de bebés».

De hecho sus promotores no sólo no ocultan este propósito, sino que lo promocionan. Brian Armstrong, responsable de la start-up Preventive, incluso citó Gattaca en su cuenta de X para describir cómo será la clínica FIV del futuro: no sólo incluye la edición de embriones, sino también el uso de úteros artificiales que eliminen el riesgo y la carga del embarazo: «Hay mucho trabajo por delante, pero esto acelerará la evolución, que es un proceso muy lento, y que optimiza la supervivencia», afirmó.

Armstrong incluso usó esa misma cuenta de X en junio para convocar a los científicos que, en la práctica, estuvieran interesados en cometer un delito: editar embriones humanos. La tecnología ya permite cortar, editar e insertar ADN, pero su uso en humanos está prohibido en setenta países del mundo, además de que ninguno de los demás lo permite explícitamente. El riesgo, asegura la comunidad científica, es muy grande: todavía no acabamos de comprender el genoma humano y cualquier edición transmitida a las generaciones futuras tendría consecuencias impredecibles.

Hasta el momento, solo se conoce un caso de nacimiento de niños a partir de embriones modificados. Lo protagonizó el biofísico chino He Jiankui, quien en 2018 conmocionó al mundo anunciando que habían nacido un par de gemelas, Lulu y Nana, a las que había modificado genéticamente para hacerlas inmunes al VIH. China le condenó a tres años de prisión por ejercer ilegalmente la medicina. Aunque la identidad de las niñas está protegida legalmente, He Jiankui afirma que siguen sanas. Ahora Armstrong promete seguir el camino del científico chino para crear niños menos propensos a enfermedades cardíacas, sin problemas de colesterol y los huesos más fuertes para prevenir la osteoporosis.

«A nivel legal se puede hacer muy poco o casi nada, estamos yendo muy lentos en temas regulatorios, especialmente en la Unión Europea, donde la toma de decisiones es lenta y no siempre eficaz», se lamenta Marc Güell, investigador principal del grupo de Biología Sintética Translacional de la Universidad Pompeu Fabra (UPF). «En el caso de Alzheimer, del colesterol y de las enfermedades cardiovasculares hay una buena colección de alelos bien caracterizados. Si pudieras coger un embrión y quitarle esas tres cosas no veo por qué tiene que ser malo, el incentivo es muy grande, porque podemos reducir de manera muy importante enfermedades que hoy en día provocan mucho sufrimiento».

El escenario más optimista imaginado por los defensores de esta tecnología es uno en el que la mayoría de las enfermedades hereditarias graves serán prácticamente eliminadas. Investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) creen que esto podría ocurrir sin necesidad de editar genes ni alterar el ADN: bastaría con usar selección embrionaria generalizada durante varias generaciones.

Potencial destructivo

Güell tampoco vería un dilema en usar la tecnología para introducir mejoras en el ser humano. «Aquí se me escapa un poco esta componente ética. ¿Qué es el human enhancement (en castellano, la llamada mejora humana)? A ver, ya hacemos deporte, que también es human enhancement, y nos aplicamos vacunas para no tener muchas enfermedades», afirma. «Aun así, necesitamos un poco más de tiempo para medir los riesgos de modificación de la línea germinal, para que no nos pasen cosas raras, porque la biología tiene un potencial destructivo innegable».

Kian Sadeghi, el fundador de Nucleus Genomics, se diferencia de sus competidores en la amplitud de lo que afirma ofrecer a los clientes. No sólo afirma poder predecir la futura inteligencia de un niño por una biopsia a su embrión, sino también su destreza para las matemáticas o su creatividad, si son más propensos a ser zurdos y cuáles podrían terminar con acné severo o alergias estacionales.

La empresa ha captado la atención de figuras de la llamada intelectual dark web y de influencers del mundo tecnológico, quienes resuelven que la sociedad debería aceptar las diferencias genéticas entre grupos humanos, y utilizar la biotecnología para mejorar la especie en su conjunto. «Esto puede producir una deriva eugenésica, sin necesidad de coerción estatal», apunta el filósofo Jonathan Anomaly, autor del ensayo Creating Future People (2020). «El peligro no es que un dictador obligue a la gente a seleccionar embriones. El peligro es que el mercado lo haga». La socióloga australiana Melinda Cooper apunta peligros en la misma línea: «La promesa de la meritocracia pierde todo su significado cuando la meritocracia se convierte en un proyecto genético financiado por élites».

Aunque quizá el debate de la desigualdad ya esté muy presente en nuestros días. El acceso a una FIV ya está profundamente estratificado por clase social. Su coste en España va de los 3.500 a los 7.000 euros por ciclo, y eso usando óvulos propios. Con selección embrionaria todavía se dispara más el precio. Si los padres con mayores ingresos pueden permitirse seleccionar embriones con menor riesgo de enfermedades crónicas, o incluso con rasgos supuestamente vinculados a un mayor rendimiento educativo, la brecha social se ampliaría todavía más. Incluso de forma irreversible.

Aunque no lo ve tan fácil Marc Güell: «Incluso aunque me salte la ética y lo quiera hacer, creo que todavía nos falta mucho». Pero aunque reconoce el papel de la IA para saltarnos ese «mucho» y convertirlo en cuestión de años. Lo que no ve probable es que algún gigante tecnológico, o incluso nación, pudiera hacer un gran descubrimiento a este respecto y mantenerlo en secreto, pero sí saltarse cualquier legislación a la hora de probarlo en humanos.
«No podemos negar que es una posibilidad, aunque no nos guste», afirma. «La biología es, por naturaleza, descentralizada, no está encriptada, los genomas son abiertos, cualquiera puede leer un genoma. Es un poco como poner puertas al campo y, a diferencia de la energía nuclear, por ejemplo, la inversión que necesitas no es muy alta, con unos pocos centenares de miles de euros tienes todo el equipamiento necesario».

Pero, ¿qué pasaría si lo hiciera un país y comenzara a diseñar ciudadanos perfectos u óptimos para sus intereses? Es teóricamente imaginable que en el futuro lejano se puedan modular también rasgos como la agresividad, la ansiedad o la impulsividad. Estudios de EEUU, Reino Unido y Alemania establecen incluso ciertas correlaciones ideológicas en rasgos heredados. Así, las personas con mayor aversión a la incertidumbre tienden ligeramente a posiciones conservadoras, mientras que las personas con mayor apertura a la experiencia tienden ligeramente a posiciones progresistas y las personas con mayor percepción de amenaza pueden apoyar opciones más autoritarias.

Aunque el debate geopolítico no advierte tanto sobre la posibilidad de crear votantes de derechas o izquierdas, sino de fomentar sociedades más obedientes, con menor propensión a la agresividad y más cooperativas. El concepto ciudadanos perfectos aparece en informes estratégicos y bioéticos como un escenario de riesgo geopolítico donde un país utilizaría la ingeniería genética para aumentar la resistencia a enfermedades de sus ciudadanos, optimizar su capacidad cognitiva, mejorar su fuerza o la resistencia, reducir sus predisposiciones a trastornos psicológicos e incluso controlar sus rasgos físicos o biológicos útiles para el ejército o la productividad.

Aunque no existe ningún país que oficialmente lo esté haciendo, algunos avances están empezando a generar sospechas a la vez que se convierten en un incentivo. Académicos de Harvard University y del MIT ya analizan escenarios en los que la biogenética se ha convierte en un recurso de poder similar a la energía, la industria o la IA. Aunque el departamento de defensa de EEUU ya dispone de programas de Human Performance Optimization (HPO), relacionados con la resistencia y la cognición, lo que incluye implantes, interfaces cerebro-máquina y biología sintética, lo cierto es que los ojos del mundo están puestos en China, por lo que no sabemos qué hace y, especialmente, por lo que sí sabemos que hace.

La Chinese Academy of Sciences publica más investigación en edición genética que cualquier otro país del mundo. Documentos militares occidentales del National Counterintelligence and Security Center (NCSC) de EEUU o del mismísimo FBI, señalan que China podría incluir biotecnología avanzada en sus planes estratégicos a largo plazo para buscar ventajas biológicas en sus futuras generaciones.

"Si pudieras coger un embrión y quitarle Alzheimer, el colesterol alto y las enfermedades cardiovasculares no veo por qué tiene que ser malo"

Marc Güell, investigador principal del grupo de Biología Sintética Translacional de la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

Desde principios de este siglo, China está creando una base de datos forense de ADN gestionada por el Ministerio de Seguridad Pública para apoyar, presuntamente, la investigación criminal. Un informe del instituto ASPI (Australian Strategic Policy Institute) estimó que la base de datos ya podría contener más de 140 millones de perfiles genéticos... y creciendo.

Además de vigilancia, control social y categorización genética de sus poblaciones, el plan también le permite robar el ADN de sus visitantes. Un informe de 2021 del NCSC advierte de que esta recolección de datos genómicos y de salud de ciudadanos de EEUU «supone riesgos a la privacidad, seguridad nacional y economía estadounidense». En 2024, el ex ministro británico Iain Duncan Smith declaró que los datos genómicos de ciudadanos del Reino Unido podrían ser usados por China para desarrollar «armas biológicas dirigidas».

Aunque el informe más completo es Genomic surveillance: Inside China’s DNA dragnet (en castellano, ‘Vigilancia genómica: dentro de la redada de ADN de China’) elaborado el Australian Strategic Policy Institute (ASPI), en el que advierte de que se están «inscribiendo deliberadamente a decenas de millones de personas sin historial penal, incluidos niños en edad preescolar». «La combinación de este sistema genético con otras herramientas de vigilancia», concluye, «aumentará el poder del Estado chino y facilitará la represión doméstica bajo el argumento de mantener la estabilidad social».

Aunque tampoco parece que se pueda hacer gran cosa por evitarlo, como señala Marc Güell: «Si quisieran robarle los genes a cada persona que entra en China es muy fácil: cuando pones el dedo allí para identificarte, dejas tu ADN, así que debemos coexistir con esta cuestión». Incluso ve algo positivo que se podría sacar de este sistema de vigilancia: «permitiría hacer una planificación para mejorar la eficiencia de un sistema de salud público».

Michael Sandel, el célebre filósofo de la Universidad de Harvard, ya publicó en 2007 su ensayo Contra la perfección: La ética en la era de la ingeniería genética (Debate), una crítica anticipada a la idea de que los padres puedan seleccionar o diseñar mejor a sus hijos. Sandel sostiene que cuanto más intentemos controlar los resultados de la reproducción, más debilitamos los vínculos morales que sostienen a la sociedad. «El problema con la mejora no es que exprese una voluntad de dominio, sino que expresa una voluntad de dominio de un tipo particular, que tiende a marginar a los no mejorados y a depreciar el carácter dado y los logros humanos», escribió.

El dilema ético de jugar a ser Dios choca de frente con el dilema de la voluntad de Dios. Gattaca comienza citando el texto bíblico de Eclesiastés 7:13: "Mira la obra de Dios; porque ¿quién podrá enderezar lo que él torció?". Y a continuación cita al psiquiatra Willard Gaylin: "No solo creo que alteramos a la Madre Naturaleza, creo que la Madre Naturaleza quiere que lo hagamos". Aunque por mucho que lo intentemos, quizá haya algo que no podamos cambiar nunca: como explica el personaje de Ethan Hawke, «no existe un gen para el espíritu humano».