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Google y Facebook quieren ser tus nuevos caseros: "Su salto al mercado de la vivienda abre escenarios distópicos de hiperdependencia y desprotección"
RODRIGO TERRASA @rterrasa Madrid ILUSTRACIONES: RAÚL ARIAS @raul · 2024-01-07 · via Futuro

Actualizado

El 12 de octubre de 1956 se entregaron las llaves de las primeras viviendas que la Empresa Nacional de Autocamiones S.A. (Enasa) había construido para sus trabajadores en el distrito de San Blas-Canillejas de Madrid, justo en el punto kilométrico número 10 de la A-2. Ellos serían los primeros habitantes de lo que pronto se conocería como Ciudad Pegaso, un espacio residencial con nombre de camión ideado para que los empleados de la fábrica pudieran vivir cerca del trabajo con unos alquileres simbólicos que no superaban las 400 pesetas al mes (poco más de dos euros) y con unos servicios casi fantásticos para la España color sepia de los años 50.

Ciudad Pegaso tenía su propio colegio, enormes instalaciones deportivas con piscina, cine, parroquia, consultorio médico y amplias zonas verdes alrededor de cada edificio. En los bloques vivían los empleados rasos de Enasa. Las viviendas unifamiliares, cada una con su propio jardín, estaban destinadas a los técnicos cualificados y cargos intermedios de la empresa. Y los chalés más grandes se los quedaban los ingenieros y altos directivos.

Aquella particular metrópoli, que emulaba un proyecto similar puesto en marcha por la Fiat en Italia, fue perdiendo la marca cuando la empresa cambió de dueños y la mayor parte de las viviendas pasaron a ser propiedad de los inquilinos a precio de saldo. Pero el experimento sobrevivió como uno de los casos más curiosos en nuestro país de las llamadas ciudades corporativas.

Olivetti, la fábrica de máquinas de escribir, improvisó la suya en los años 30 en Ivrea (Italia). La marca de chocolates Cadbury levantó su propio pueblo en Reino Unido. También Milton Hershey, el de las barritas de chocolate Hershey, fundó la ciudad de Hershey. Y mucho antes el industrial textil Francis Cabot Lowell dio nombre a la ciudad de Lowell. Su empresa incluso regulaba los ritmos de vida de los habitantes con disciplina militar y Lowell disponía hasta de un sistema policial propio y una red de espías que controlaba la conducta de los trabajadores fuera de la fábrica.

Hoy la ciudad de Lowell o la de Cadbury, el pueblecito de Hersey, incluso nuestra Ciudad Pegaso, tienen nombres tan exóticos como North Bayshore o Willow Village. Se llaman Middlefield Park o Snailbrook. Y detrás ya no hay empresas de camiones, ni máquinas de escribir o deliciosas barritas de chocolate sino, una vez más, los omnipresentes gigantes de la industria tecnológica.

Tras dominar nuestro ocio y nuestra información, hasta nuestra salud, lo que compramos, lo que comemos, lo que escuchamos, cómo nos comunicamos, dónde viajamos y cómo nos movemos, las grandes compañías de Silicon Valley quieren aprovechar la monumental crisis de la vivienda en medio planeta para ser también nuestros caseros.

Bienvenidos a Googlelandia, a VillaFacebook de Arriba o Amazon de la Frontera.

"Al igual que ha ocurrido con la entrada de las grandes tecnológicas en otros sectores, su irrupción en el mercado de la vivienda puede ser disruptivo", alerta el arquitecto español Víctor Muñoz Sanz, profesor de Diseño Urbano en la Universidad Tecnológica de Delft, en Países Bajos.

North Bayshore tendrá 7.000 viviendas nuevas, y como en aquella Ciudad Pegaso de Madrid, habrá tres vecindarios diferentes y más de cinco kilómetros de carriles bici, unos 100.000 metros cuadrados de zonas verdes, tiendas, restaurantes, galerías de arte y lo que ellos llaman "ambientes inclusivos". También paneles solares fotovoltaicos y estaciones de carga de vehículos eléctricos en cada edificio. Las imágenes virtuales que recrean hoy cada uno de los espacios son idílicas como una escena de El show de Truman.

El Ayuntamiento de Mountain View, en el condado de Santa Clara (California), aprobó el pasado verano el plan urbanístico. Pero detrás no hay solo una constructora o una gran inmobiliaria. Detrás está Google.

Facebook promete otras 1.700 viviendas al sur de San Francisco, en una nueva ciudad bautizada como Willow Village, pero conocida ya popularmente como Zucktown (en honor a Mark Zuckerberg). Walt Disney planea 1.400 casas más a pocos kilómetros de su parque de atracciones de Florida. Y hasta LinkedIn anunció en 2017 una inversión de 10 millones de dólares para construir "vivienda asequible" en Silicon Valley.

Google tiene en marcha cinco proyectos urbanísticos en Silicon Valley y otros tres en Munich, Dublín y Nueva York

Google tiene actualmente otros cuatro planes urbanísticos en California, pero en la sección inmobiliaria de su página web (sí, tienen su propio departamento de real estate) se habla igualmente de proyectos en Munich, Dublín o Nueva York. El pasado mes de noviembre Google abandonó también un ambicioso plan para construir otras 15.000 viviendas en San Francisco y en plena pandemia canceló un megaproyecto en la costa este de Toronto para construir una futurista área residencial en la que los robots se encargarían de recoger la basura, el transporte se haría en vehículos eléctricos autónomos y los residentes pagarían sus compras sólo con su reconocimiento facial.

La excusa oficial para abortar el plan fue la crisis del coronavirus, pero detrás estaban también la desconfianza de los vecinos, las críticas de las asociaciones civiles de Toronto y la alarma de los expertos. "Google quiere dirigir las ciudades sin pasar por las urnas", escribió entonces en The Guardian Jathan Sadowski, profesor de Ética de la tecnología. "Construir un futuro urbano inteligente no puede significar también allanar el camino para que los multimillonarios tecnológicos cumplan sus sueños de gobernar las ciudades. Si es así, ese no es un futuro en el que deberíamos querer vivir", censuró el profesor.

¿Existe un riesgo real de que Bezos, Musk, Zuckerberg y compañía dominen también el mercado inmobiliario en todo el mundo con la promesa de abaratar los costes o sólo pretenden (al menos de momento) retener al talento cerca de sus oficinas?

"Las grandes empresas tecnológicas son conscientes de los retos que plantea el mercado de la vivienda para sus empleados y para el público en general, y la construcción de nuevas viviendas podría ayudar a generar una atención positiva hacia ellos", explica a través del correo electrónico James Rodríguez, periodista inmobiliario en Business Insider. "Ofrecer viviendas, sobre todo en mercados caros, puede ser otra forma de que las empresas se diferencien de sus competidores. Silicon Valley es una opción natural porque estas empresas tienen una gran presencia allí, pero sin duda esto podría repetirse en otros lugares del mundo".

En marzo del año pasado The Wall Street Journal reveló los planes de Elon Musk, CEO de SpaceX y Tesla y dueño de X (antes Twitter), para edificar su propia utopía en un terreno de unas 1.400 hectáreas a las afueras de Austin, en Texas. Se llamará Snailbrook y será, según la idea del magnate, una ciudad con alquileres por debajo del precio del mercado para los empleados de las distintas compañías de Musk.

Favorecen la captación y retención del talento, así como la protección de la propiedad intelectual, gracias al aislamiento de los trabajadores

Andrés Conejero, arquitecto

The Wall Street Journal publicó también que a lo largo de los últimos tres años, entidades vinculadas a las empresas de Musk o a sus directivos han adquirido en la misma zona terrenos de una extensión equivalente a cuatro veces el Central Park de Nueva York para sus proyectos urbanísticos. En el condado de Bastrop, también en Texas, los empleados de la compañía Boring, fundada por Elon Musk, pueden acceder a viviendas de hasta tres habitaciones por 800 dólares al mes. El alquiler medio allí ronda ya los 2.200 dólares.

"Estas empresas no sólo hacen negocio inmobiliario respondiendo a la demanda creada por sus propios empleados, sino que mediante estos proyectos favorecen la captación y retención del talento, así como la protección de la propiedad intelectual -gracias al aislamiento de los trabajadores en el territorio-, la imagen de la compañía o el sentido de pertenencia", explica Andrés Conejero, arquitecto y urbanista experto en el futuro de las ciudades.

Conejero, autor de un completo trabajo sobre la influencia en la estructura urbana y el mercado del suelo de las ciudades corporativas, distingue entre el modelo tradicional de ciudad que conocemos en Europa y el modelo urbano del sprawl americano. Es decir, esos territorios urbanos de baja densidad, expandidos como manchas de aceite por cientos de kilómetros cuadrados, dependientes del vehículo privado y las grandes infraestructuras viarias y caracterizados por su falta de cohesión social. "Las sedes corporativas americanas, en concreto las de Silicon Valley, son un fenómeno directamente ligado al modelo del sprawl, y se deben analizar en ese contexto", apunta. "Su entrada en el mercado inmobiliario residencial podría ser beneficiosa siempre que ayuden a subsanar defectos concretos del lugar y el momento en el que actúen".

-¿Vivir en una ciudad de Google o de Meta no dispararía aún más nuestros niveles de hiperdependencia de las grandes tecnológicas?

-Yo no veo el riesgo concreto. Al fin y al cabo, una buena parte de los bienes inmobiliarios a nivel mundial pertenecen a grandes fondos de inversión capaces de dictar el devenir del mercado y el precio de la vivienda. La dependencia de las grandes tecnológicas ya existe, los humanos hemos aprendido a vivir con el constante apoyo de la tecnología, en gran parte controlada por empresas como Google, Meta o Amazon. ¿Cuánto más poder tiene sobre nosotros nuestro casero que ellas? Trabajamos, nos conectamos, nos relacionamos gracias a estas empresas y sus invenciones. Su radio de acción es tan extenso que, sin participar activamente del mercado residencial, ya influyen en dónde vivimos y trabajamos, cómo nos transportamos, cuándo viajamos...

Víctor Muñoz es menos optimista. "Al fin y al cabo, lo que estas empresas aspiran es a encontrar nuevas maneras de extraer y capitalizar el Big Data, y el mercado de la vivienda abriría nuevas fronteras para ello", advierte.

Estas empresas buscan nuevas maneras de capitalizar el Big Data, y el mercado de la vivienda les abre nuevas fronteras

Víctor Muñoz Sanz, profesor de Diseño Urbano

Tras esos renders paradisíacos de jóvenes ingenieros paseando en bicicleta por oficinas rodeadas de cafeterías cuquis y parques con columpios de madera, tras las promesas de alquileres bajos en una ciudad inteligente repleta de servicios "gratuitos", se esconde, según el arquitecto español, "simplemente, el consentimiento del residente para la cesión y uso de datos que hasta entonces habrían quedado en la esfera más íntima".

"Una de las grandes diferencias con respecto a otros modelos inmobiliarios es que los propietarios o arrendatarios en cierta manera pasarían a ser usuarios de una plataforma", explica Múñoz. "Con este punto de partida, uno puede contemplar varios escenarios un tanto distópicos que hablarían de formas de hiperdepedencia y desprotección".

"¿Tendrían los usuarios acceso a más o menos servicios, o a un precio de alquiler mayor o menor, en función de los datos que cedan a la plataforma?", se pregunta el profesor de Diseño Urbano. "¿Se podría acceder a una vivienda si no se consiente la cesión de datos? ¿Existiría algo parecido a la moderación de usuarios al igual que ocurre ya con Facebook o X? Es decir, si el comportamiento, público o privado, de algún residente se desmarcase de las normas o valores de la compañía, ¿se aplicarían políticas punitivas o directamente se retiraría el privilegio de formar parte de esa comunidad? Por supuesto, estoy seguro que esos acuerdos de política de usuario aparecerían en textos muy largos y farragosos escritos en letra muy pequeña y que luego muy poca gente se molestaría en leer en profundidad".

Las intenciones de las grandes firmas tecnológicas -insistimos: al menos de momento- no pasan por competir en el mercado inmobiliario tradicional, ni por extender aún más la captación global de datos, sino por exportar los modelos de oficina de Silicon Valley a los barrios de su entorno para retener a sus ingenieros más cotizados. "Las compañías tecnológicas se hicieron famosas por crear entornos de trabajo amigables dentro de la oficina y ahora empiezan a preguntarse qué pasa con sus empleados cuando están fuera de esa oficina y por eso están creando ecosistemas autosostenibles en las inmediaciones de sus campus para que la gente pueda vivir cerca", explica el arquitecto Javier Haddad, que diseñó alrededor de una treintena de Apple Stores en todo el mundo.

Sin embargo, incluso esa fórmula de proximidad de la que habla Haddad genera controversia.

"La historia de las ciudades-empresa está plagada de cuentos con moraleja sobre empresas que acaban abusando de su considerable poder y explotan a sus trabajadores", recuerda James Rodríguez.

¿Tendrían los usuarios acceso a más o menos servicios, o a un precio de alquiler mayor o menor, en función de los datos que cedan a la plataforma?

Víctor Muñoz Sanz, profesor de Diseño Urbano

"Si tomamos como referencia antecedentes históricos de ciudades corporativas, u otros actuales, como las viviendas para temporeros, el acceso a la vivienda podría no estaría regido por un contrato de alquiler o propiedad al uso, sino que la vivienda sería muy posiblemente un servicio ligado a la relación laboral con la corporación no sujeto a leyes de vivienda vigentes", comparte Muñoz. "El empleado sería siempre consciente del vínculo firme entre el devenir de su vida y la de su familia con su desempeño laboral y su sometimiento a las demandas de la compañía. Históricamente, las ciudades fundadas por empresas ofrecían la posibilidad de extender el control de la empresa sobre la vida de los trabajadores e incluso crear un nuevo orden social fundamentado en la ideología de los dueños de la compañía".

Volvamos un momento a San Blas-Canillejas, a nuestra Ciudad Pegaso. El reglamento de El Poblado -así se hablaba de la urbanización en los textos oficiales de los años 50- prohibía, por ejemplo, tener aves o animales domésticos en casa, evacuar basuras en la calle, sacudir alfombras después de las nueve en invierno y las ocho en verano, cantar o discutir en alta voz a horas avanzadas de la noche o "producir escándalos y ofensas al decoro moral público". Cualquier incumplimiento de las normas podría ser sancionado con multas de entre 10 y 500 pesetas o castigarse directamente con el desahucio.

Imaginen ahora un reglamento similar en manos de Google o Facebook. Es el retrato del neofeudalismo del que alertaba hace tres años la politóloga estadounidense Jodi Dean, convencida de que las más grandes compañías tecnológicas son ya más poderosas que la mayoría de los países del mundo: "Las plataformas digitales son los nuevos molinos, los billonarios los señores feudales y sus miles de trabajadores y millones de usuarios los nuevos campesinos".

Álvaro Santana-Acuña, profesor en la Universidad de Harvard y de Sociología del Big Data en la Universidad de Whitman, comparte la visión de ese nuevo (e inquietante) escenario. "Por primera vez en la Historia, empresas privadas como Meta saben más sobre ti que el propio Estado", sostiene el sociólogo español. "Y la clave fundamental por la que el Estado Nación no corría peligro hasta ahora era porque Facebook, Google o Amazon no tenían territorio. Que ahora estas empresas entren en el sector inmobiliario es un claro indicativo de que nos adentramos en una nueva batalla. El control del espacio es un desafío fundamental porque ahora se pueden crear las condiciones para que muchas personas decidan abandonar su Estado para trasladarse a territorios gestionados por compañías tecnológicas".

Hardy Green, editor de BusinessWeek y autor en 2012 de The Company Town: The Industrial Edens and Satanic Mills that Shaped the American Economy (La ciudad de empresa: los edenes industriales y las fábricas satánicas que dieron forma a la economía estadounidense) distinguía entonces -como dice el título de su libro- entre los ideales de ciudad paternalista y utópica con escuelas, hospitales y parques para los más pequeños y lo que él llamaba "exploitationvilles", territorios pensados para exprimir las ganancias a expensas de los empleados/vecinos: "Lo mejor y lo peor del capitalismo estadounidense".

¿Dónde encajan ahí los planes inmobiliarios de los gurús digitales? "En el caso de las empresas de Silicon Valley, parece que la escasez de viviendas asequibles es la principal motivación y no creo que por ahora se dirijan a otro público que no sean sus empleados", explica a través del correo el propio Green. "El mayor peligro es que los suyos sean sólo proyectos de vanidad, destinados principalmente a halagar a ejecutivos multimillonarios cuyos egos exigen cada vez más atención de la prensa. A finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el capitalismo del bienestar estaba vivo y gozaba de buena salud, algunos proyectos tenían auténticos beneficios para los trabajadores aunque masajearan también el ego de sus ejecutivos. Pero, ¿de verdad alguien encargaría hoy una casa nueva en Amazon?".

-No lo sé... ¿Usted aceptaría que Google fuera su casero?

-Bueno... ¿Por qué no? Mientras los electrodomésticos parlantes no me contesten, ni me avisen cuando se me acabe la leche...