




















«El cuerpo reconocido corresponde al de una mujer de unos 14 años aproximadamente y que, a su opinión, tiene fracturadas ambas manos, posible rotura de cerebro y costillas, presentando hemoptisis, considerando dicho facultativo que es cadáver. (...) Viste jersey azul marino largo y bragas blancas».
El 19 de septiembre de 1983, una niña de 14 años murió al estamparse su cuerpo en el patio del reformatorio de San Fernando de Henares gestionado por la orden religiosa Cruzada Evangélica. Se precipitó al suelo desde un tercer piso. El informe del levantamiento del cadáver no pasó por alto que «de una ventana de la tercera planta que se encuentra abierta pende una colcha color verde y una toalla amarilla, lugar que sin duda alguna es por donde cayó el cuerpo referido». ¿Fue un suicidio, un accidente o alguien la empujó deliberadamente?
El citado informe quiso despejar dudas sobre dos cuestiones. La primera, que «la interna intentó la evasión por el procedimiento de descolgarse con las prendas antes citadas y que el nudo que hiciera con la sábana con la que cayó y las otras prendas dichas cediera, produciéndose la caída». Y la segunda, que el cadáver no era otro que el de Inmaculada Valderrama Morato, internada en el reformatorio «para reeducación, por haber sido sorprendida por prostitución».
Y aquello ya bastó para enterrarla bajo tierra y sepultarla en el olvido. Cuatro décadas después, Marta García Carbonell, Esther López Barceló y María Palau Galdón rescatan su historia en Inmaculada (Libros del KO). Porque Inmaculada no fue una niña cualquiera. Fue la niña cuya muerte precipitó el fin del Patronato de Protección a la Mujer, la institución para «mujeres caídas» en el vicio que llegó a presidir la esposa de Francisco Franco, Carmen Polo, y que aún sobrevivió 10 años -sí, 10- a la muerte del dictador.
De hecho, a Inmaculada la internaron por primera vez en una de esas «cárceles de mujeres» que se extendieron durante el franquismo, en palabras de López Barceló, en 1982. Fue entonces cuando legalmente dejó de ser hija de sus padres para pasar a serlo del Estado. Es decir, del Patronato.
La Constitución Española echó a andar en 1978. La Ley del Divorcio se aprobaba en 1981. En 1982, el PSOE de Felipe González ganaba las elecciones generales y España acogía el Mundial de fútbol con Naranjito. Eran los años de efervescencia cultural y transgresión de la Movida madrileña y, sin embargo, a Inmaculada la encerraron por aquel entonces sin una resolución judicial. La investigación sobre su muerte duró exactamente 96 días. Y de Inmaculada nada más se supo.
«Nuestro libro es el fruto de una obsesión colectiva por saber qué le pasó a Inmaculada», confiesa Palau Galdón. «Quienes hemos investigado sobre el Patronato nos hemos topado en algún momento con su nombre, pero era prácticamente imposible saber quién fue aquella chica o qué le ocurrió más allá de las tres noticias que se publicaron en prensa». Una y otra vez se toparon con el muro del «vacío documental enorme».
No solo eso, pues las autoras del libro tardaron casi tres años en dar con su familia. Lo lograron finalmente con ayuda de una detective privada. Para ellas, poder hablar con su hermana Pepa lo cambió todo. «Nos pusimos a llorar cuando nos mostró la única foto que conocemos de Inmaculada, porque por fin podíamos ponerle rostro», recuerda López Barceló. Aquella adolescente a la que llevaban tanto tiempo buscando aparecía en una imagen vestida de Comunión. Con su cara inocente y un rosario en las manos. Cuatro años antes de su muerte.
Inmaculada nació en Jerez de la Frontera en 1969 en el seno de una familia humilde. Era la menor de los 12 hijos de Diego Valderrama y Ana Morato. A pesar de ello, su familia le perdió la pista cuando con 13 o 14 años viajó a Madrid con su hermana Antonia. Allí conoció a una tal Begoña, que bien pudo haber sido su pareja. Llevaba su nombre tatuado cuando encontraron su cadáver y en el reformatorio sospechaban que era lesbiana. Por supuesto, Inmaculada no encajaba en el molde de lo que se suponía que debía ser una mujer nacionalcatólica. ¿La mataron por eso?
Lo cierto es que oficialmente se despachó el tema como un suicidio, algo que el propio autor de la autopsia cuestiona. El doctor Alfonso Cabeza, entrevistado por las tres autoras, admitió su extrañeza por el hecho de que la caída provocase a Inmaculada el «estallido del hígado», que está en el lado derecho. Y si esto es así, ¿cómo se explica que Inmaculada cayese de golpe sobre el lado izquierdo?
"No sabemos cuántas niñas fallecieron sin aclararse las circunstancias de su muerte o sin recibir justicia"
Palau Galdón
Hay otro detalle que no ha pasado inadvertido a las autoras. Inmaculada se fracturó las muñecas porque en el momento de impactar el cuerpo contra el suelo apoyó las manos. Pero esto implicaría que no pudo caer cuando se descolgaba por la sábana. Dicho con otras palabras: en una altura de 12 o 15 metros no da tiempo a que el cuerpo se voltee.
«Hay tres posibilidades: suicidio, homicidio o accidente. Pero, sinceramente, suicidio no lo veo. Por lo que me cuentas... pienso más bien en homicidio», les dijo el doctor Cabeza.
En realidad, lo puso también por escrito en su informe de 1983: «Siendo la causa directa de la muerte el politraumatismo sufrido en hígado y en columna cervical, y el ulterior shock traumático, (...) lo que no podemos precisar es la causa etiológica de la muerte, es decir, si fue un accidente, un suicidio o un homicidio». La pregunta que se hacen las tres investigadoras es por qué en la portada del expediente de diligencias judiciales del caso aparece entonces la siguiente frase: «Suicidio de Inmaculada Valderrama».
Tal vez tenga algo que ver lo que dijo curiosamente en su primera declaración ante el juez la directora del reformatorio. La religiosa Feliciana Sánchez insinuó que no era la primera vez que Inmaculada se fugaba: «Su trato era asociable con las demás internas, y dentro del centro había dicho que se marcharía».
El libro deja muchas incógnitas abiertas: «¿Por qué Inmaculada habría intentado fugarse en bragas y descalza? Y, de ser así, ¿de qué -o de quién- huía? ¿Para qué anudó sábanas y toallas, si la autopsia probó que no se descolgó por ellas? ¿Fue ella quien realmente lo hizo o alguien preparó la escena para ocultar un crimen?». Como concluyen sus autoras, «la instrucción judicial pareció más centrada en dar carpetazo al asunto que en comprender las circunstancias en las que murió Inmaculada».
Quizás porque con su muerte algo empezó a moverse. Según García Carbonell, el suceso «tuvo cierto eco en los medios, se produjo una manifestación en el pueblo y los vecinos consiguieron incluso entrar en el reformatorio y hacer pintadas para denunciar que El reformatorio mata».

Grupo de internas de un centro del Patronato en Andalucía.Archivo Histórico de la Junta
«La muerte de Inmaculada es lo que marca un antes y un después, lo que precipita el final del Patronato», subraya. Su disolución, en todo caso, se alargó hasta 1985. Aun así, la historia del Patronato -y lo que para muchas mujeres significó- sigue siendo por lo general desconocida.
En el prólogo del libro, la investigadora Nerea Barjola destaca que «el Patronato de Protección a la Mujer fue una institución creada durante la dictadura franquista para proteger -proteger- a mujeres consideradas inmorales, peligrosas e indignas». En consecuencia, «miles de jóvenes consideradas desviadas fueron forzosamente internadas, castigadas, obligadas a trabajar para el Patronato sin remuneración alguna y sometidas a múltiples formas de violencia, control y disciplinamiento».
En su obra Usos amorosos de la posguerra española, la escritora Carmen Martín Gaite se refirió así al Patronato: «Sobre el papel se habla de que pretendían amparar a las víctimas del vicio, tanto en lo que se refería a la regeneración de las muchachas caídas como a la protección de las vacilantes, mediante la creación de talleres donde las tuteladas encontraran la oportunidad de aprender un trabajo. Pero los métodos que empleaba la Policía para hacer entrar en razón a las prostitutas callejeras poco tenían de persuasivos».
Ni siquiera hay un registro oficial del número de mujeres que pasaron por los centros del Patronato. «Es imposible hacer un cálculo de las niñas que estuvieron durante más de 40 años encerradas en los al menos dos centenares de reformatorios», advierte Palau Galdón. «Siempre denunciamos que no sabemos cuántas niñas fallecieron sin aclararse las circunstancias de su muerte o sin recibir justicia, cuántas adolescentes o mujeres en situación de vulnerabilidad siguen siendo tuteladas o protegidas por las mismas órdenes religiosas y en los mismos espacios en los que estuvieron las niñas que dependían del Patronato».
"Miles de jóvenes consideradas 'desviadas' fueron forzosamente internadas, castigadas, obligadas a trabajar para el Patronato sin remuneración"
Nerea Barjola
En el libro solo se apunta una cifra, que bien vale para hacerse una idea de la dimensión del fenómeno. Solo en el año 1964 estaban recluidas 41.335 mujeres. «Sin juicio, sin sentencia, sin condena». Para López Barceló, «el caso de Inmaculada es paradigmático porque en 1983, con la Constitución ya aprobada, tenemos a una niña internada sin saber el motivo, ya que no existe una resolución judicial que justifique la medida». Es más, está convencida de que, «si se tuviera acceso a toda la documentación de la época, nos daríamos cuenta de que era un problema completamente generalizado».
¿Por qué se sabe tan poco del Patronato? Palau Galdón achaca el desconocimiento a tres causas. La primera: «Muchas de las mujeres que sobrevivieron al Patronato no sabían hasta hace muy poco que estuvieron encerradas en un reformatorio que dependía del Ministerio de Justicia y del Patronato de Protección a la Mujer. Siempre creyeron que las encerraron en las monjas». La segunda: «Al margen de si lo sabían o no, las mujeres tenían ese miedo, esa culpa o esa vergüenza que les inocularon muy adentro mientras duró su internamiento, y que impidió que dieran el paso de salir y contarlo». Y la tercera: «En el momento en que la democracia avanza y el Patronato sigue existiendo, a los responsables políticos les debe dar vergüenza echar la vista atrás y asumir que es su responsabilidad el hecho de que esta institución siga abierta y que a esas niñas se las encierre por los mismos motivos por los que se las encerraba durante la dictadura». Y fue así como se corrió un tupido velo sobre lo que había hecho y lo que todavía hacía el Patronato en aquella España.
La muerte de Inmaculada aceleró lo inevitable. El Patronato quedó sentenciado a muerte con el traspaso a las comunidades de la competencias en materia de protección de la mujer. Ahora bien, Palau Galdón se pregunta:«¿En 1985 cerraron las puertas esos conventos? ¿Abrieron las puertas, salieron las niñas y ya no volvió a entrar ninguna más? No. ¿Qué pasó en 1985 cuando oficialmente desapareció el Patronato? Ojalá alguien pueda contestar algún día esta pregunta».
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