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Marsella, 1940: el puerto donde se jugó la última partida de la cultura europea contra el nazismo
Colección KPA · 2026-05-28 · via Portada

La cena pintaba apacible. En un restaurante del puerto viejo de Marsella, el filósofo y el periodista vienés repasan la carta. El más joven de los dos no es joven: 48 años, problemas de corazón, 50 pastillas de morfina cosidas al forro del bolsillo por si acaso. Su agonía mental no es tan poderosa como su necesidad de hacer alarde de intelecto.

- ¿No le llama nada la atención?

Soma Morgenstern, antiguo redactor del Frankfurter Zeitung, vuelve a estudiar la carta. Repara, por fin, en el dueño del establecimiento. Se llama Arnoux. Pero sigue sin entender. Walter Benjamin, demacrado, mal vestido, aferrado a la literatura como otros se aferran a un crucifijo, resopla:

- ¿No se acuerda de quién se llama Arnoux? ¡Arnoux es el nombre del amante de Frédéric, el protagonista de La educación sentimental!

Septiembre de 1940. Francia ha caído en seis semanas. La burguesía ilustrada de Berlín, Viena y Praga, atrapada en el sur del Hexágono, espera un sello, un barco, un milagro. Benjamin acaba de obtener visados de tránsito españoles y portugueses. Le falta el permiso de salida francés. No llegará a tiempo. Pero antes de cruzar la frontera todavía hay tiempo de improvisar una conferencia sobre Flaubert delante de una mesa con pan negro y vino aguado. Falta una semana para la pequeña aduana de Portbou.

Esta escena, como otras 70 o 100, está en Marsella 1940. Los artistas que huyeron del nazismo (Galaxia Gutenberg), del periodista y escritor alemán Uwe Wittstock (Leizpig, 1955). Wittstock, antiguo redactor de Focus y también del Frankfurter Allgemeine, ya había firmado un libro sobre el primer trimestre del nazismo, Febrero de 1933. El invierno de la literatura (Ladera Norte, 2025). Aquí reconstruye día a día el otro extremo del exilio: el verano y el otoño de 1940, cuando los escritores alemanes y austriacos que habían huido de Hitler en el 33 tuvieron que volver a huir, esta vez de Europa. El título acaba de recibir el Premio de Literatura de la Resistencia Francesa. Wittstock es el primer autor en lengua alemana que lo gana.

«Existe toda una generación de historiadores más jóvenes, en torno a la cincuentena, que han hecho suyo este tema y lo están investigando con una intensidad sin precedentes», cuenta Wittstock por videoconferencia. «He trabajado estrechamente con Laurent Joly, a quien planteé preguntas muy concretas sobre el colaboracionismo para asegurarme de que mi relato lo reflejara con exactitud». Hay, dice, una nueva disposición francesa a mirar de frente el periodo de Vichy.

La cifra del desplazamiento es difícil de imaginar. Entre ocho y diez millones de personas se echaron a las carreteras durante la campaña de mayo y junio. Wittstock lo describe como «el mayor movimiento migratorio que Europa haya vivido nunca en un tiempo tan corto». Entre la masa que huía de los Stuka, unos pocos miles tenían un problema añadido: ya habían huido una vez. Eran los exiliados alemanes y austriacos refugiados en Francia desde el 33. El armisticio del mariscal Pétain incluía la cláusula 19: el régimen se comprometía a entregar a las autoridades alemanas a quienes Berlín reclamara. Heinrich Mann, Anna Seghers, Hannah Arendt, los Feuchtwanger, los Werfel: todos en la lista.

¿Por qué tardaron tanto en escapar de Francia? «En el fondo, estos autores seguían siendo figuras del siglo XIX», explica Wittstock. «Tenían una fe inmensa en la estabilidad de la cultura y en su trascendencia. Para la barbarie del régimen nacionalsocialista no existía ningún precedente». Se conocía el terror bolchevique de 1918, recuerda, pero los grandes crímenes de Stalin apenas empezaron a documentarse desde el 33. «No era posible para ellos concebir hasta qué punto un régimen totalitario podía llegar a ser tan cruel y destructivo».

El segundo eje del libro es un americano larguirucho, severo, vestido siempre con traje de costa este, gafas sin montura y corbata. Varian Fry, periodista, nacido en 1907, había estado de visita en Berlín en julio del 35 cuando se topó por casualidad con un pogromo de las SA en la Kurfürstendamm. Vio a las cuadrillas de uniforme blanco arrancar a los judíos de los autobuses, partir parabrisas, escupir a un hombre de pelo blanco que sangraba. La policía miraba sin actuar. Aquella tarde, según narra Wittstock en el libro, decidió que dedicaría su vida a hacer ruido sobre el régimen de Hitler.

UNA RED CON MANO FEMENINA

Cinco años después, en agosto del 40, voló a Lisboa con 3.000 dólares pegados a la pierna con cinta adhesiva y una lista de 200 nombres confeccionada en Nueva York por el comité de rescate de emergencia, el ERC. La lista se había hecho a distancia. Thomas Mann había suministrado los nombres literarios; el director de un museo neoyorquino, los plásticos. «Estos expertos tomaron sus decisiones desde la distancia, sentados en despachos, lo que provocó que muchas de sus elecciones fueran erróneas», admite Wittstock en la entrevista. «Incluyeron a André Gide, considerando que debía ser rescatado, cuando en realidad no tenía ninguna intención de abandonar Francia». Sobre el terreno, Fry y su equipo improvisaron a la desesperada. Acabaron rescatando a casi 2.000 personas.

Su cuartel general fue el Hôtel Splendide, en el bulevar d'Athènes, justo enfrente de la escalinata monumental de la estación de Saint-Charles. Allí montó el Centre Américain de Secours, que de día repartía socorros y de noche fabricaba pasaportes falsos con la ayuda del cónsul checo Vladímir Vocho y de un dibujante vienés, Bil Spira, capaz de imitar sellos consulares con una destreza que desconcertaba a los expertos. Para financiar la operación fue decisivo el dinero de Mary Jayne Gold, una heredera de Chicago llegada a Francia con un avión privado y obstinada en quedarse cuando vio que las fronteras se cerraban. Era la única caja del operativo.

El papel de las mujeres recorre el libro y centra parte de la entrevista. Gold puso el dinero. Miriam Davenport, una estudiante de arte de 25 años, dirigía el centro mientras Fry estaba fuera y plantó cara, sola, a una redada policial en el vestíbulo del Splendide para impedir la detención del poeta Walter Mehring. Lisa Fittko, comunista austriaca de 31 años, abrió y patrulló la ruta a través de los Pirineos por la que pasarían cientos de fugitivos.

«Sin ellas, en ningún caso se habría logrado», resume Wittstock. «Entre los refugiados se daba una dinámica muy particular: los hombres seguían anclados en el idealismo propio del siglo XIX, mientras que las mujeres ya habían aterrizado en el siglo XX y se encargaban de la supervivencia práctica. Eran ellas las que bajaban a la realidad y se preguntaban: ¿dónde vamos a encontrar comida? ¿dónde vamos a dormir?». Es una de las afirmaciones más rotundas del libro y de la conversación. Lo confirma una escena memorable: Lion Feuchtwanger, después de cruzar la sierra y de perder de vista a su mujer Marta, olvida la cita en la agencia Cook de Portbou y se sienta a comer en el restaurante más caro del pueblo. Cuando ella aparece, exhausta, le dice: «Siéntate y come».

El núcleo trágico del libro lo ocupa Walter Benjamin. El 24 de septiembre del 40 llamó a una buhardilla minúscula en Banyuls-sur-Mer. Le abrió Lisa Fittko. «Estimada señora, le ruego que disculpe la molestia». Lo acompañaban una fotógrafa, Henny Gurland, y su hijo de 17 años. Tenía visados de tránsito que expiraban en cuestión de días. Llevaba un portafolios de cuero que protegía como si fuera el cuerpo de un hijo. «Es mi nuevo manuscrito», le dijo a Fittko. «No puedo perderlo. El manuscrito tiene que ser salvado. Es más importante que mi persona».

Cuatro días antes, en Marsella, Benjamin se había citado con Hannah Arendt para confiarle una copia de sus Tesis sobre el concepto de historia, terminadas aquella primavera, por si él no lograba salir de Francia. Aquella copia se salvó. La que iba en el portafolios de Portbou no volvió a aparecer. El inventario levantado por el juez después de la autopsia mencionaba un reloj de caballero, una pipa, seis fotografías, una radiografía, unas gafas y «algunos papeles más cuyo contenido se desconoce».

Cruzaron al día siguiente la route Líster, 15 kilómetros entre viñedos y rocas. Benjamin, con el corazón fatigado, marcaba sus propias pausas. «Con este método llegaré hasta el final. Paro a intervalos regulares, tengo que hacer la pausa antes de estar agotado. Uno nunca se puede entregar del todo». Lisa Fittko y el joven Gurland le pasaban el portafolios y, en una viña empinada, lo subieron en volandas. Bajaron a Portbou. En la pequeña aduana española los retuvieron: ese mismo día había llegado de Madrid una orden de devolver a Francia a quien no llevara permiso de salida francés. Aquella noche, en un hotel sencillo, Benjamin tomó la morfina.

«Yo mismo he recorrido a pie la ruta que hizo Lisa Fittko guiando a los refugiados, y es un trayecto físicamente extenuante», cuenta Wittstock. «Hay que tener en cuenta que Benjamin estaba enfermo del corazón, carecía de preparación física y llevaba un calzado inadecuado. Tardaron unas cuatro o cinco horas bajo un calor asfixiante, por lo que llegó al final de sus fuerzas, completamente exhausto. A eso se le suma la desesperación: cuando estás en una situación extrema y tienes a mano los medios para quitarte la vida, la tentación de rendirse es inmensa». La conmoción por la muerte del fugitivo obligó a las autoridades de Portbou a dejar pasar al resto del grupo al día siguiente. Y, 48 horas después, la orden de Madrid quedó revocada.

Aquí entra España, casi siempre como decorado en los libros sobre esta historia y esta vez, mejor explicada que de costumbre. «La reunión de Hitler y Franco en Hendaya, en el otoño de 1940, lo explica todo», dice Wittstock. «Hitler presionó a Franco para que España entrara en la guerra. Franco se negó. Argumentó que el país había quedado incapacitado tras la Guerra Civil y su intención era mantener a España neutral. Evidentemente, no se lo expresó a Hitler de una forma tan directa para evitar enemistarse con él, pero en la práctica actuó manteniendo esa neutralidad. Las instrucciones del gobierno en los puestos fronterizos españoles fueron las de actuar de forma neutral frente a quienes cruzaban».

El catálogo de personas a las que esa neutralidad puso a salvo asombra incluso a quien conocía la historia. Pasaron Heinrich Mann, septuagenario, encogido entre Werfel y Alma Mahler en el Col de Belitres, comprando aduaneros con cartones de Gauloises. Pasaron Hannah Arendt y su marido Heinrich Blücher. Pasaron los Feuchtwanger, escoltados por un pastor unitario llegado a Marsella con saludos personales de Eleanor Roosevelt. Pasaron Marc Chagall, André Breton, Max Ernst, Anna Seghers. Alma Mahler arrastró por la sierra una bolsa con los manuscritos originales de su primer marido, Gustav Mahler, y de Anton Bruckner. En cada paso fronterizo, los manuscritos cruzaron envueltos en ropa interior, escondidos en una maleta que ella se había jurado no perder bajo ninguna circunstancia.

Fry se enfrentó al Departamento de Estado tanto como a la policía de Vichy. El cónsul americano en Marsella, Hugh Fullerton, le pasó un día por encima del escritorio un telegrama de Washington: «Este Gobierno no puede aprobar las actividades que se atribuyen al Dr. Bohn y Mr. Fry, así como a sus colaboradores, que eluden las leyes de países con los que Estados Unidos mantiene relaciones de amistad». Wittstock matiza, en la entrevista, la imagen del burócrata como simple villano. «La burocracia también puede servir de apoyo para proteger la libertad. En este caso específico, el cónsul estaba bajo una enorme presión para emitir el menor número de visados posible. Políticamente, en Estados Unidos no era el momento deseado para acoger refugiados; existía un fuerte rechazo hacia la llegada de intelectuales de izquierda y, además, un evidente antisemitismo».

UNA INGRATA RECOMPENSA

En septiembre del 41, Fry fue deportado de Francia. Volvió a Nueva York en un Clipper de la Pan Am. Su matrimonio se rompió al año siguiente. Encadenó despidos en redacciones. Trabajó como redactor publicitario para Coca-Cola y como profesor de Latín en un instituto de Connecticut. Ningún reconocimiento oficial le llegó hasta el otoño del 67, cuando Francia le entregó la Legión de Honor. Murió pocos meses después, a los 59 años. El Yad Vashem le concedió en 1994 el título de «Justo entre las naciones».

«Mis libros no pretenden establecer comparaciones directas, porque la historia no se repite exactamente igual», advierte Wittstock al final de la entrevista, cuando se le pregunta por la subida del voto a la AfD entre los jóvenes alemanes y a Vox entre los españoles. «Lo que busco es lanzar una advertencia. Intento mostrar qué puede suceder cuando se dan determinadas circunstancias, acercando a los lectores la absoluta desprotección del refugiado». La lección, según él, viene del agotamiento de las grandes ideologías del siglo XIX que se materializaron en el XX. «Hoy, en pleno siglo XXI, hemos visto que el comunismo fracasó, el socialismo se observa con mucho escepticismo y la democracia liberal está retrocediendo y siendo fuertemente presionada. Posiblemente nos encontremos en una etapa de transición a la espera de que surja algo completamente nuevo».

El libro evita esta clase de extrapolaciones. Termina, en cambio, con una imagen privada: la última carta de Fry a su antiguo brazo derecho en Marsella, Daniel Bénédite, fechada en Lisboa antes de embarcar. «Preferiría el oscurecimiento», escribe el rescatador, «incluso cambiaría algún bombardeo ocasional por lo que me espera en América. Pero tengo que ir a casa, a la dura geometría de Nueva York». Es el revés de la otra escena que cierra el círculo: Heinrich Mann, septuagenario, después de un último almuerzo en Marsella con rosado ligero y Borgoña del 12, mira por la ventana a la mañana siguiente y dice, con su acento del norte de Alemania: «Y ahora tengo que irme a América. Seguro que allí sólo hay restaurantes de comida rápida».