


























La cena pintaba apacible. En un restaurante del puerto viejo de Marsella, el fil�sofo y el periodista vien�s repasan la carta. El m�s joven de los dos no es joven: 48 a�os, problemas de coraz�n, 50 pastillas de morfina cosidas al forro del bolsillo por si acaso. Su agon�a mental no es tan poderosa como su necesidad de hacer alarde de intelecto.
- �No le llama nada la atenci�n?
Soma Morgenstern, antiguo redactor del Frankfurter Zeitung, vuelve a estudiar la carta. Repara, por fin, en el due�o del establecimiento. Se llama Arnoux. Pero sigue sin entender. Walter Benjamin, demacrado, mal vestido, aferrado a la literatura como otros se aferran a un crucifijo, resopla:
- �No se acuerda de qui�n se llama Arnoux? �Arnoux es el nombre del amante de Fr�d�ric, el protagonista de La educaci�n sentimental!
Septiembre de 1940. Francia ha ca�do en seis semanas. La burgues�a ilustrada de Berl�n, Viena y Praga, atrapada en el sur del Hex�gono, espera un sello, un barco, un milagro. Benjamin acaba de obtener visados de tr�nsito espa�oles y portugueses. Le falta el permiso de salida franc�s. No llegar� a tiempo. Pero antes de cruzar la frontera todav�a hay tiempo de improvisar una conferencia sobre Flaubert delante de una mesa con pan negro y vino aguado. Falta una semana para la peque�a aduana de Portbou.
Para saber m�s
Esta escena, como otras 70 o 100, est� en Marsella 1940. Los artistas que huyeron del nazismo (Galaxia Gutenberg), del periodista y escritor alem�n Uwe Wittstock (Leizpig, 1955). Wittstock, antiguo redactor de Focus y tambi�n del Frankfurter Allgemeine, ya hab�a firmado un libro sobre el primer trimestre del nazismo, Febrero de 1933. El invierno de la literatura (Ladera Norte, 2025). Aqu� reconstruye d�a a d�a el otro extremo del exilio: el verano y el oto�o de 1940, cuando los escritores alemanes y austriacos que hab�an huido de Hitler en el 33 tuvieron que volver a huir, esta vez de Europa. El t�tulo acaba de recibir el Premio de Literatura de la Resistencia Francesa. Wittstock es el primer autor en lengua alemana que lo gana.
�Existe toda una generaci�n de historiadores m�s j�venes, en torno a la cincuentena, que han hecho suyo este tema y lo est�n investigando con una intensidad sin precedentes�, cuenta Wittstock por videoconferencia. �He trabajado estrechamente con Laurent Joly, a quien plante� preguntas muy concretas sobre el colaboracionismo para asegurarme de que mi relato lo reflejara con exactitud�. Hay, dice, una nueva disposici�n francesa a mirar de frente el periodo de Vichy.
La cifra del desplazamiento es dif�cil de imaginar. Entre ocho y diez millones de personas se echaron a las carreteras durante la campa�a de mayo y junio. Wittstock lo describe como �el mayor movimiento migratorio que Europa haya vivido nunca en un tiempo tan corto�. Entre la masa que hu�a de los Stuka, unos pocos miles ten�an un problema a�adido: ya hab�an huido una vez. Eran los exiliados alemanes y austriacos refugiados en Francia desde el 33. El armisticio del mariscal P�tain inclu�a la cl�usula 19: el r�gimen se compromet�a a entregar a las autoridades alemanas a quienes Berl�n reclamara. Heinrich Mann, Anna Seghers, Hannah Arendt, los Feuchtwanger, los Werfel: todos en la lista.
�Por qu� tardaron tanto en escapar de Francia? �En el fondo, estos autores segu�an siendo figuras del siglo XIX�, explica Wittstock. �Ten�an una fe inmensa en la estabilidad de la cultura y en su trascendencia. Para la barbarie del r�gimen nacionalsocialista no exist�a ning�n precedente�. Se conoc�a el terror bolchevique de 1918, recuerda, pero los grandes cr�menes de Stalin apenas empezaron a documentarse desde el 33. �No era posible para ellos concebir hasta qu� punto un r�gimen totalitario pod�a llegar a ser tan cruel y destructivo�.
El segundo eje del libro es un americano larguirucho, severo, vestido siempre con traje de costa este, gafas sin montura y corbata. Varian Fry, periodista, nacido en 1907, hab�a estado de visita en Berl�n en julio del 35 cuando se top� por casualidad con un pogromo de las SA en la Kurf�rstendamm. Vio a las cuadrillas de uniforme blanco arrancar a los jud�os de los autobuses, partir parabrisas, escupir a un hombre de pelo blanco que sangraba. La polic�a miraba sin actuar. Aquella tarde, seg�n narra Wittstock en el libro, decidi� que dedicar�a su vida a hacer ruido sobre el r�gimen de Hitler.
Cinco a�os despu�s, en agosto del 40, vol� a Lisboa con 3.000 d�lares pegados a la pierna con cinta adhesiva y una lista de 200 nombres confeccionada en Nueva York por el comit� de rescate de emergencia, el ERC. La lista se hab�a hecho a distancia. Thomas Mann hab�a suministrado los nombres literarios; el director de un museo neoyorquino, los pl�sticos. �Estos expertos tomaron sus decisiones desde la distancia, sentados en despachos, lo que provoc� que muchas de sus elecciones fueran err�neas�, admite Wittstock en la entrevista. �Incluyeron a Andr� Gide, considerando que deb�a ser rescatado, cuando en realidad no ten�a ninguna intenci�n de abandonar Francia�. Sobre el terreno, Fry y su equipo improvisaron a la desesperada. Acabaron rescatando a casi 2.000 personas.
Su cuartel general fue el H�tel Splendide, en el bulevar d'Ath�nes, justo enfrente de la escalinata monumental de la estaci�n de Saint-Charles. All� mont� el Centre Am�ricain de Secours, que de d�a repart�a socorros y de noche fabricaba pasaportes falsos con la ayuda del c�nsul checo Vlad�mir Vocho y de un dibujante vien�s, Bil Spira, capaz de imitar sellos consulares con una destreza que desconcertaba a los expertos. Para financiar la operaci�n fue decisivo el dinero de Mary Jayne Gold, una heredera de Chicago llegada a Francia con un avi�n privado y obstinada en quedarse cuando vio que las fronteras se cerraban. Era la �nica caja del operativo.
El papel de las mujeres recorre el libro y centra parte de la entrevista. Gold puso el dinero. Miriam Davenport, una estudiante de arte de 25 a�os, dirig�a el centro mientras Fry estaba fuera y plant� cara, sola, a una redada policial en el vest�bulo del Splendide para impedir la detenci�n del poeta Walter Mehring. Lisa Fittko, comunista austriaca de 31 a�os, abri� y patrull� la ruta a trav�s de los Pirineos por la que pasar�an cientos de fugitivos.
�Sin ellas, en ning�n caso se habr�a logrado�, resume Wittstock. �Entre los refugiados se daba una din�mica muy particular: los hombres segu�an anclados en el idealismo propio del siglo XIX, mientras que las mujeres ya hab�an aterrizado en el siglo XX y se encargaban de la supervivencia pr�ctica. Eran ellas las que bajaban a la realidad y se preguntaban: �d�nde vamos a encontrar comida? �d�nde vamos a dormir?�. Es una de las afirmaciones m�s rotundas del libro y de la conversaci�n. Lo confirma una escena memorable: Lion Feuchtwanger, despu�s de cruzar la sierra y de perder de vista a su mujer Marta, olvida la cita en la agencia Cook de Portbou y se sienta a comer en el restaurante m�s caro del pueblo. Cuando ella aparece, exhausta, le dice: �Si�ntate y come�.
El n�cleo tr�gico del libro lo ocupa Walter Benjamin. El 24 de septiembre del 40 llam� a una buhardilla min�scula en Banyuls-sur-Mer. Le abri� Lisa Fittko. �Estimada se�ora, le ruego que disculpe la molestia�. Lo acompa�aban una fot�grafa, Henny Gurland, y su hijo de 17 a�os. Ten�a visados de tr�nsito que expiraban en cuesti�n de d�as. Llevaba un portafolios de cuero que proteg�a como si fuera el cuerpo de un hijo. �Es mi nuevo manuscrito�, le dijo a Fittko. �No puedo perderlo. El manuscrito tiene que ser salvado. Es m�s importante que mi persona�.
Cuatro d�as antes, en Marsella, Benjamin se hab�a citado con Hannah Arendt para confiarle una copia de sus Tesis sobre el concepto de historia, terminadas aquella primavera, por si �l no lograba salir de Francia. Aquella copia se salv�. La que iba en el portafolios de Portbou no volvi� a aparecer. El inventario levantado por el juez despu�s de la autopsia mencionaba un reloj de caballero, una pipa, seis fotograf�as, una radiograf�a, unas gafas y �algunos papeles m�s cuyo contenido se desconoce�.
Cruzaron al d�a siguiente la route L�ster, 15 kil�metros entre vi�edos y rocas. Benjamin, con el coraz�n fatigado, marcaba sus propias pausas. �Con este m�todo llegar� hasta el final. Paro a intervalos regulares, tengo que hacer la pausa antes de estar agotado. Uno nunca se puede entregar del todo�. Lisa Fittko y el joven Gurland le pasaban el portafolios y, en una vi�a empinada, lo subieron en volandas. Bajaron a Portbou. En la peque�a aduana espa�ola los retuvieron: ese mismo d�a hab�a llegado de Madrid una orden de devolver a Francia a quien no llevara permiso de salida franc�s. Aquella noche, en un hotel sencillo, Benjamin tom� la morfina.
�Yo mismo he recorrido a pie la ruta que hizo Lisa Fittko guiando a los refugiados, y es un trayecto f�sicamente extenuante�, cuenta Wittstock. �Hay que tener en cuenta que Benjamin estaba enfermo del coraz�n, carec�a de preparaci�n f�sica y llevaba un calzado inadecuado. Tardaron unas cuatro o cinco horas bajo un calor asfixiante, por lo que lleg� al final de sus fuerzas, completamente exhausto. A eso se le suma la desesperaci�n: cuando est�s en una situaci�n extrema y tienes a mano los medios para quitarte la vida, la tentaci�n de rendirse es inmensa�. La conmoci�n por la muerte del fugitivo oblig� a las autoridades de Portbou a dejar pasar al resto del grupo al d�a siguiente. Y, 48 horas despu�s, la orden de Madrid qued� revocada.
Aqu� entra Espa�a, casi siempre como decorado en los libros sobre esta historia y esta vez, mejor explicada que de costumbre. �La reuni�n de Hitler y Franco en Hendaya, en el oto�o de 1940, lo explica todo�, dice Wittstock. �Hitler presion� a Franco para que Espa�a entrara en la guerra. Franco se neg�. Argument� que el pa�s hab�a quedado incapacitado tras la Guerra Civil y su intenci�n era mantener a Espa�a neutral. Evidentemente, no se lo expres� a Hitler de una forma tan directa para evitar enemistarse con �l, pero en la pr�ctica actu� manteniendo esa neutralidad. Las instrucciones del gobierno en los puestos fronterizos espa�oles fueron las de actuar de forma neutral frente a quienes cruzaban�.
El cat�logo de personas a las que esa neutralidad puso a salvo asombra incluso a quien conoc�a la historia. Pasaron Heinrich Mann, septuagenario, encogido entre Werfel y Alma Mahler en el Col de Belitres, comprando aduaneros con cartones de Gauloises. Pasaron Hannah Arendt y su marido Heinrich Bl�cher. Pasaron los Feuchtwanger, escoltados por un pastor unitario llegado a Marsella con saludos personales de Eleanor Roosevelt. Pasaron Marc Chagall, Andr� Breton, Max Ernst, Anna Seghers. Alma Mahler arrastr� por la sierra una bolsa con los manuscritos originales de su primer marido, Gustav Mahler, y de Anton Bruckner. En cada paso fronterizo, los manuscritos cruzaron envueltos en ropa interior, escondidos en una maleta que ella se hab�a jurado no perder bajo ninguna circunstancia.
Fry se enfrent� al Departamento de Estado tanto como a la polic�a de Vichy. El c�nsul americano en Marsella, Hugh Fullerton, le pas� un d�a por encima del escritorio un telegrama de Washington: �Este Gobierno no puede aprobar las actividades que se atribuyen al Dr. Bohn y Mr. Fry, as� como a sus colaboradores, que eluden las leyes de pa�ses con los que Estados Unidos mantiene relaciones de amistad�. Wittstock matiza, en la entrevista, la imagen del bur�crata como simple villano. �La burocracia tambi�n puede servir de apoyo para proteger la libertad. En este caso espec�fico, el c�nsul estaba bajo una enorme presi�n para emitir el menor n�mero de visados posible. Pol�ticamente, en Estados Unidos no era el momento deseado para acoger refugiados; exist�a un fuerte rechazo hacia la llegada de intelectuales de izquierda y, adem�s, un evidente antisemitismo�.
En septiembre del 41, Fry fue deportado de Francia. Volvi� a Nueva York en un Clipper de la Pan Am. Su matrimonio se rompi� al a�o siguiente. Encaden� despidos en redacciones. Trabaj� como redactor publicitario para Coca-Cola y como profesor de Lat�n en un instituto de Connecticut. Ning�n reconocimiento oficial le lleg� hasta el oto�o del 67, cuando Francia le entreg� la Legi�n de Honor. Muri� pocos meses despu�s, a los 59 a�os. El Yad Vashem le concedi� en 1994 el t�tulo de �Justo entre las naciones�.
�Mis libros no pretenden establecer comparaciones directas, porque la historia no se repite exactamente igual�, advierte Wittstock al final de la entrevista, cuando se le pregunta por la subida del voto a la AfD entre los j�venes alemanes y a Vox entre los espa�oles. �Lo que busco es lanzar una advertencia. Intento mostrar qu� puede suceder cuando se dan determinadas circunstancias, acercando a los lectores la absoluta desprotecci�n del refugiado�. La lecci�n, seg�n �l, viene del agotamiento de las grandes ideolog�as del siglo XIX que se materializaron en el XX. �Hoy, en pleno siglo XXI, hemos visto que el comunismo fracas�, el socialismo se observa con mucho escepticismo y la democracia liberal est� retrocediendo y siendo fuertemente presionada. Posiblemente nos encontremos en una etapa de transici�n a la espera de que surja algo completamente nuevo�.
El libro evita esta clase de extrapolaciones. Termina, en cambio, con una imagen privada: la �ltima carta de Fry a su antiguo brazo derecho en Marsella, Daniel B�n�dite, fechada en Lisboa antes de embarcar. �Preferir�a el oscurecimiento�, escribe el rescatador, �incluso cambiar�a alg�n bombardeo ocasional por lo que me espera en Am�rica. Pero tengo que ir a casa, a la dura geometr�a de Nueva York�. Es el rev�s de la otra escena que cierra el c�rculo: Heinrich Mann, septuagenario, despu�s de un �ltimo almuerzo en Marsella con rosado ligero y Borgo�a del 12, mira por la ventana a la ma�ana siguiente y dice, con su acento del norte de Alemania: �Y ahora tengo que irme a Am�rica. Seguro que all� s�lo hay restaurantes de comida r�pida�.
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