
























Tran Minh Khoa clava la mirada en su arrozal desde la orilla del Mekong, con los pantalones remangados y los pies hundidos en el barro caliente. Los n�meros no le salen. "Antes sab�a cu�nto iba a ganar. Ahora solo s� cu�nto voy a perder", suelta. A su espalda, las parcelas verdes se extienden hasta donde alcanza la vista, pero muchas no se han sembrado. Khoa se queja de que el di�sel que mueve las bombas de riego se ha disparado y que los fertilizantes, adem�s de mucho m�s caros, ya empiezan a escasear. Cada decisi�n —regar, sembrar, abonar— es ahora un c�lculo de riesgo por culpa de una guerra que pilla muy lejos a este agricultor vietnamita.
"Sin el fertilizante que ven�a de Oriente Pr�ximo, no hay arroz. As� de simple. La tierra aqu� da mucho, pero porque la alimentamos. Si no nos llega la urea (el fertilizante nitrogenado m�s usado en el planeta), no sembramos. �Para qu�? S�lo perder�amos dinero". Khoa hace una pausa y de repente suelta un an�lisis m�s profundo. "Si nosotros no sembramos, no hay cosecha. Si no hay cosecha aqu�, no es solo un problema nuestro. Vietnam vende arroz a medio mundo. Hay muchos pa�ses que dependen de nuestro arroz para comer cada d�a. Si falla el Mekong, mucha gente va a pasar hambre".
La corriente del Mekong es enga�osamente mansa. La niebla se levanta despacio a primera hora y deja al descubierto un paisaje de palmeras de coco inclinadas sobre el agua, barcazas oxidadas cargadas hasta el l�mite y redes tendidas como cicatrices sobre la superficie. Aqu�, en el sur de Vietnam, todo gira en torno al agua. Conocido localmente como el R�o de los Nueve Dragones, esta v�a fluvial tiene tantos afluentes que es f�cil perderse en su anatom�a. Baja desde el T�bet, atraviesa cinco pa�ses y se abre en un laberinto de arterias que alimentan uno de los deltas m�s f�rtiles del planeta.
Mientras el prolongado bloqueo del Estrecho de Ormuz amenaza con desencadenar una crisis de seguridad alimentaria global, EL MUNDO viaja hasta el delta del Mekong, el granero del Sudeste Asi�tico, para explicar c�mo ese cuello de botella energ�tico se traduce aqu�, en Vietnam, el segundo mayor exportado de arroz del mundo, en combustible inasumible, fertilizantes inaccesibles y agricultores que, por primera vez en d�cadas, se plantean no sembrar. Las consecuencias son devastadoras a largo plazo: si las cosechas no llegan en primavera, las exportaciones se hunden y el pienso se agota; los precios se disparar�n en los supermercados y millones de personas, dentro y fuera de Asia, estar�n expuestas a una nueva ola de hambre. El Programa Mundial de Alimentos estima que 45 millones de personas podr�an caer en la hambruna si el bloqueo de Ormuz se prolonga.

Agricultores trabajando en un campo de arroz a orillas del Mekong.E. M.
A dos horas de Ho Chi Minh, la capital econ�mica de Vietnam, se encuentra Ben Tre, una provincia agr�cola formada por islas y llanuras atravesadas por los brazos del Mekong. "El encarecimiento del combustible nos est� matando", dice el agricultor Le Quang Huy. "Hace unas semanas cultivar mi parcela de r�bano me costaba cuatro millones de dongs (alrededor de 150 euros). Ahora m�s de seis millones".
En el delta, que produce un tercio de los alimentos de Vietnam, viven alrededor de 18 millones de personas, la mayor�a peque�os agricultores con tierras de poco m�s de una hect�rea de la que obtienen dos o tres cosechas al a�o. Su margen de error es m�nimo. Y ahora se estrecha a�n m�s. Huy, sin ser ning�n experto en geopol�tica, es consciente de la raz�n de su angustia: la guerra en Oriente Pr�ximo y el atasco en Ormuz han disparado el precio de la energ�a e interrumpido una de las rutas clave para el suministro de fertilizantes. El efecto domin� es inmediato: menos insumos, menos cultivos. En toda la regi�n, decenas de millones de peque�os agricultores tienen dificultades para encontrar fertilizantes asequibles y el combustible necesario para el funcionamiento de tractores, bombas de riego y sembradoras.
Entre los pueblos flotantes del Mekong hay peque�as aldeas jemer, grupo �tnico camboyano. En una de ellas, una mujer est� cocinando con un fog�n de ladrillo negro sobre una estructura de madera. "Antes us�bamos gas para cocinar", dice, se�alando una bombona medio vac�a. "Pero ahora es demasiado caro. Hemos vuelto a la le�a, como en el pasado", asegura mientras recoge un manojo de ramas secas. No es nostalgia. Es supervivencia. Seg�n organizaciones locales, el precio del gas dom�stico casi se ha duplicado en semanas. Las familias reducen su consumo al m�nimo. "Mi marido trabaja en un servicio de mototaxis en la gran ciudad. El combustible es muy caro y hace menos viajes, lo que significa menos dinero en casa", explica.
En la vibrante Ho Chi Minh, hogar de nueve millones y medio de personas, esa ecuaci�n se ve en cada esquina. Las motos siguen zumbando por todos lados como un enjambre nervioso. Pero Pham Anh Duc, conductor de una aplicaci�n de transporte, es bastante pesimista: "Trabajo 12 horas y gano unos 240.000 dongs (cerca de ocho euros). Pero gasto la mitad en gasolina. A veces no compensa ni salir". En un caf� junto a una avenida saturada, otro conductor interviene: "Muchos se desconectan de la aplicaci�n (Grab, equivalente a Uber) y se van a casa. No vale la pena". La crisis energ�tica ha comprimido el margen hasta hacerlo casi invisible para unos trabajadores que, en su mayor�a, tambi�n sostienen una econom�a informal clave para el pa�s.
Bui Thanh Son, taxista, se indigna cuando se le pregunta por el combustible: "Algunos compa�eros han dejado el volante. Otros han reducido jornadas. Pero eso significa que entra menos dinero en casa. Siempre pierde alguien".
Desde fuera de las calles, la escena se vislumbra como una cadena global tensionada al l�mite. Los analistas energ�ticos del Sudeste Asi�tico lo explican estos d�as sin rodeos: Ormuz no es s�lo una ruta petrolera, es una arteria de fertilizantes. Cuando se bloquea, el impacto en Asia es inmediato porque depende de importaciones para sostener su agricultura intensiva. La regi�n ha construido su seguridad alimentaria sobre energ�a barata, fertilizantes accesibles y mercados abiertos. Si uno de esos pilares falla, todo el sistema se tambalea.

Vista a�rea de las arterias del Mekong, que atraviesa seis pa�ses.E. M.
M�ximo Torero, economista jefe de la FAO, apuntaba esta semana a un riesgo mayor: ante fertilizantes m�s caros o escasos, muchos agricultores optar�n por reducir su uso, una decisi�n racional a corto plazo, pero devastadora en t�rminos de productividad. Menos fertilizaci�n implica menores rendimientos en cultivos b�sicos como trigo, arroz o ma�z. Y ah� entra un segundo efecto domin�: los pa�ses exportadores, temiendo por su propio abastecimiento, podr�an activar restricciones a la exportaci�n, como ya ocurri� en crisis anteriores. El resultado ser�a una tormenta inflacionaria global en los alimentos.
De vuelta en el delta del Mekong, el impacto es inminente despu�s de que ya llegaran los �ltimos cargamentos que salieron del Golfo antes de la guerra. En otra de las aldeas, Phan Viet Long bombea agua del r�o para salvar su cultivo bajo un sol que no da tregua. Cada bombeo funciona con di�sel. "Cada litro me cuesta ahora el doble", explica. El mismo c�lculo asfixia a los productores de camarones, uno de los motores econ�micos de la zona, por culpa del aumento de los precios del pienso. Vo Thanh Nam, que gestiona cinco estanques, no se anda con rodeos: "Los costes han subido entre un 30 y un 40%".
En otra aldea que nace en la orilla del r�o se encuentra una de las granjas de abejas m�s productivas del pa�s. La falta de fertilizantes tambi�n empobrece la floraci�n. Con menos nutrientes en el suelo, las plantas producen menos flores y de menor calidad, lo que limita el n�ctar disponible para las abejas. Eso se traduce en menor producci�n de miel, colonias m�s d�biles y un descenso en la polinizaci�n, un servicio esencial para muchos cultivos. Es un efecto en cadena menos visible, pero igual de cr�tico.
En uno de los islotes tur�sticos del Mekong, el impacto adopta otra forma. Los ingresos complementarios del turismo empiezan a flaquear. "Tenemos menos visitantes. Todo es m�s caro para ellos tambi�n", dice uno de los conductores de barcazas, que se presenta como Jack Sparrow. El hombre se�ala la orilla, donde un trozo de tierra se ha desprendido recientemente. "Y la isla se hace m�s peque�a". La erosi�n es constante en el Mekong. El cambio clim�tico empuja el mar hacia dentro, aumenta la salinidad, debilita los suelos. Un 30% del delta est� ya por debajo del nivel del mar.
En un embarcadero de madera, el se�or Phuc, transportista de 42 a�os, observa su canoa a motor cada vez m�s vac�a. Antes llevaba verduras (y tambi�n turistas) r�o abajo y fertilizantes r�o arriba. Ahora cada vez carga menos. "El problema no es solo que todo sea m�s caro", dice. "Es que el circuito se ha roto. Si los agricultores no compran fertilizante, yo no transporto. Si no hay cosecha, no hay carga. Todo est� conectado". Phuc calcula que sus ingresos han ca�do casi un tercio en dos meses. "El combustible se come lo poco que gano".
El Mekong sigue fluyendo. Las barcas contin�an navegando. Pero el equilibrio que ha sostenido durante siglos a esta regi�n —agua, tierra y trabajo— empieza a resquebrajarse bajo el peso de una crisis que se siente en cada litro de combustible, en cada saco de fertilizante y en cada comida cocinada con le�a.
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