






























Fricativa velar sorda. Este es el sonido que ayer ensayaban sin mucho éxito, todo sea dicho, parte de los periodistas ingleses, franceses y portugueses. Para los alemanas y, especialmente, para los holandeses, ningún misterio. La J, consonante fricativa velar sorda, de Los Javis continuó su imparable ascenso desde el alfabeto fonético hasta solo sabe dios dónde. No hay límite. ¿Los Oscar? Sin duda. Apenas el cineasta Diego Céspedes leyó la cartulina de la categoría a mejor dirección en la que aparecía los nombres (en este caso tres, los de Javier Ambrossi, Javier Calvo y el del polaco Pawel Pawlikowski, pues fue mención ex aequo), la explosión que se desencadenó hace un par de días en el Gran Teatro Lumière con La bola negra experimentó una nueva réplica. Algo menor, claro, pero réplica. Y las que quedan. "Por todos los homosexuales que en el pasado han sufrido y por que ese dolor no pase a las generaciones sucesivas", dijo Javier emocionado y Javier le contestó con otra emoción mayor: "El arte es un vehículo de empatía, de reconocimiento del otro". Ambrossi primero, Calvo después. Por el camino, se acordaron de Sorogoyen y Almodóvar. Y así, uno y otro, Javi sobre Javi, Fricativa velar sorda sobre fricativa velar sorda, quedó claro, por si aún había alguna duda, que una de las revelaciones de la edición presente de Cannes viene firmada por una pareja fonéticamente peculiar, cinematográficamente tan enfática como ambiciosa, brillante siempre y con una forma de hablar, gesticular y moverse no tan intraducible como pudiera pensarse por la jota y su laberinto fricativo velar sordo.
La bola negra, la epopeya lorquiana que reivindica la figura del poeta desde la intimidad tanto tiempo prohibida, censurada o velada de su sexo, se convirtió así y por orden: a) en la única de las tres películas españolas en competición --todo un récord-- que entró en el palmarés; b) en el relevo natural al gran triunfo del año pasado sobre este mismo escenario de Sirat, de Oliver Laxe, y c) la confirmación de que, como dijo el director del Festival Thierry Frémaux tiempo atrás, algo se mueve en el cine español. La asignatura pendiente de la Palma de Oro sigue sin aprobarse desde 1961, cuando Buñuel la hizo suya con Viridiana, pero se diría que cada vez está fricativamente más cerca.
La bola negra se ofrece al espectador como un puzle de tres historias (una discurre en 1932, otra en 1937 y la última en la actualidad), cada una con su tono, naturaleza y hasta propósito, pero todas cosidas a la misma herida, la misma herida de la memoria. Es una película que por querer, quiere serlo todo, hasta manifiesto. "Hemos saltado de un pasado donde la homosexualidad estaba prohibida y oculta, en el que no existía la posibilidad siquiera de verbalizarla, a un presente en el que nadie ha pedido perdón de todas las humillaciones del pasado", dicen uno y otro Javi y, en el entusiasmo, dejan la certidumbre de un deseo que, hoy por lo menos, se antojó incluso más grande que la misma vida. Al final, fue bola blanca.
Hemos empezado por los Javis, pero obligado es reconocer que por delante va la Palma de Oro, la de Cristian Mungiu, que de este modo entra en el selecto grupo de los poseedores de dos. La primera la logró hace 20 años por 4 meses, 3 semanas, 2 días y ahora por Fjord. Se trata de una película de principio a fin pensada para desestabilizar e incluso la polémica. Se cuenta la historia de una familia profundamente religiosa compuesta por una pareja y cinco hijos en mitad de la Europa civilizadamente rica y perfecta de la muy laica Noruega. Un buen día, la hija adolescente llega al colegio con las marcas de unos golpes. Lo que sigue es una especie de pesadilla con tintes de laberinto kafkiano donde el rigor a la hora de aplicar la tolerancia a machamartillo se descubre como el más intolerante de los ejercicios. Mungiu ordena, tal y como nos tiene acostumbrados, los elementos de la trama de manera tan calculada y fría como hipnótica. Y todo ello para poner en evidencia a una civilización (la nuestra) ahogada en su propio progresismo, desarrollo y perfección. El planteamiento, en su rigor, provoca maremotos e infinitas dudas. El problema, que lo hay, es que el director en su empeño de equilibrar posturas acaba por cometer la ligera (o grande) impostura de ponerlo todo --fanatismo y sociedad reglada-- al mismo y muy equidistante nivel. Raro. Probablemente, hasta esto forme parte del íntimo mecanismo de provocación en el corazón de la película.
El resto del palmarés discurrió sin objeción posible. La dirección, premiada con los Javis, de Pavel Pawlikowski de Fatherland amplía el ideario de Ida y Cold War hasta convertir la pantalla en el escenario de memoria y sueño de la Segunda Guerra Mundial, esta vez a través de la figura de Thomas Mann. El siguiente premio en importancia, el del Gran Jurado, quizá sí sea la gran película de este Cannes, antes incluso que la Palma de Oro. Andrey Zvyagintsev, director de Minotaur, aventaja a todos, Javis incluidos, incluso en la imposibilidad casi física (rusos a un lado) de decir su nombre dos veces de la misma manera. No hay modo.
Su película en cambio no deja dudas. Todo lo que pronuncia lo hace con una claridad de pedernal que asusta. El autor de obras capitales como Leviatán o Sin amor se corona ahora con un nuevo ejercicio de cine transparente en su violencia callada; un cine donde la tragedia más negra se da de bruces con un concepto de la parodia descarnado, inmisericorde y muy cruel. La historia de un hombre de negocios acosado por la crisis, su Gobierno y la más elemental falta de escrúpulos alcanza a ser la perfecta descripción de la Rusia actual (el discurso que pronunció contra Putin sobre el escenario fue al menos tan demoledor como la propia cinta) y, dos pasos más adelante, de eso que el tiempo ha dado en llamar condición humana, que visto lo visto, no parece la mejor de las condiciones.
Sorprendió y gustó, las dos cosas, que el cine arrojado al límite, a la frontera, en el más radical de los sentidos, de la alemana Valeska Grisebach se hiciera con el Premio del Jurado por The Dreamed Adventure, una epopeya con aspecto de western entre la ficción y el documental, entre Bulgaria y Turquía, entre el drama y la desolación, sencillamente memorable. Supo quizá a poco que el soberbio trabajo de Emmanuel Marre por Notre Salut se quedara solo con la mención por el guion. Nunca antes el colaboracionismo francés ha sido retratado de manera tan cercana, comprensible incluso, pero sin compasión. Y poco o nada se puede decir de los premios interpretativos que Park Chang wook y los suyos quisieron que fueran dobles, los dos. Emmanuel Macchia y Valentin Campagne por Coward, de Lukas Dhont, y Virginie Efira y Tao Okamoto por Sudain, de Ryûsuke Hamaguchi. La primera dupla trabaja desde el exceso, la música y la emoción y da vueltas alrededor de un amor prohibido en plena Primera Guerra Mundial; la segunda se instala en la más absoluta e intensa de las paces desde el primer fotograma en el recorrido que, de repente (eso quiere decir el título), separa la vida de la muerte en el escenario demasiado olvidado de la vejez.
Así las cosas, Los Javis, ellos y la consonante fricativa velar sorda, como confirmación de un nuevo tiempo en el cine español. Algo se sigue moviendo.
Palma de Oro. Fjord, de Critian Mungiu.
Gran Premio del Jurado. Minotaur, de Andrey Zvyagintsev.
Premio del Jurado.The Dreamed Adventure, de Valeska Grisebach.
Dirección. Javier Ambrossi y Javier Calvo por La bola negra ex aequo con Pawel Pawlikowski, por Fatherland.
Guion. Emmanuel Marre por Notre Salut, de Emmanuel Marre
Actriz. Virginie Efira y Tao Okamoto por Sudain, de Ryûsuke Hamaguchi.
Actor. Emmanuel Macchia y Valentin Campagne por Coward, de Lukas Dhont.
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