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Joaquín Rodríguez, de Los Nikis: "No estamos en contra de Dios, pero sí en contra de Bunbury"
ÁNGEL NAVARRETE · 2026-05-07 · via Portada

Piloto de Iberia y autor de canciones como 'El imperio contraataca'. Tras lanzar el segundo álbum de su proyecto de música 'country', Los Nikis de la Pradera, acaba de publicar su primera novela, 'Spandex' (Liburuak).

Joaquín Rodríguez, de Los Nikis: "No estamos en contra de Dios, pero sí en contra de Bunbury"

Actualizado

¿Por qué en España la palabra "Nike" la pronunciamos "niki", en un primer momento, y "naik", después, cuando en realidad sería "naiqui"?
No sé, a mí me gustan las palabras como Firestone. Nadie en su sano juicio en España ha dicho "fairston", "colgueit" o cosas así.
¿Qué le vio al country?
Es la bomba, y es una música muy entretenida. Al final es 0-5-7, son los acordes de Ramones tocados de otra manera. Y nuestra única aportación ha sido cantar country en España con letras sobre gilipolleces.
¿Cómo es su segundo disco con Los Nikis de la Pradera, ‘Llorica’, comparado con el primero?
Country, pero menos country. La canción ‘Llorica’ es bastante rockabilly, en realidad. Ahí lo mezclamos con canciones de los años 50, que a Mauro Canut [cantante de la banda] le gustan mucho. A mí también. Quizá sea un disco un poco más variado. Las letras siguen siendo sobre tonterías, porque las hago yo; eso ya es como el papel pintado. Pero en las músicas intentamos que haya ritmos distintos, que no sean todas iguales. Tenemos unas cuantas de ‘trote cochinero’ con escobillas en la batería, tanto en el primer disco como en el segundo; quizá en este menos, pero también. Y eso nos divierte mucho.
¿Qué le parece el humor en la música?
Tengo fobia al rock ‘tuno’, cuando ya eres demasiado bromista. Creo que todo el mundo tiene ahí una gama de grises donde se posiciona. Por ejemplo, me gustan mucho las películas de Quentin Tarantino porque, además de estar muy bien, tienen ese toque de humor negro. Y me gusta ‘Breaking Bad’ por lo mismo. De hecho, en este disco hay una canción sobre la serie que sólo el que la haya visto entiende que habla de eso y que se llama ‘El peligroso soy yo’. Me gustan las cosas con un punto de sentido del humor, como Ramones. Por ejemplo, empecé a ver ‘Sons of Anarchy’ y la dejé porque tenía cero sentido del humor. Y con los grupos me pasa igual: no me gustan esos en los que parece que está prohibido reírse, que lo convierten todo en algo súper intenso. Eso me repatea.
¿Qué nos puede decir de ‘Spandex’, que acaba de publicar en Liburuak?
Es una novela que, según Emilio, el cantante de Los Nikis, es como una letra de Los Nikis descomprimida. Yo siempre he tenido la limitación de los dos minutos en las canciones, donde cuento ochocientas mil cosas: nudo, trama y desenlace. Aquí, de repente, he podido escribir sin esa limitación. Es una novela muy cafre, sobre música y con una historia detrás, pero también con cierto sentido del humor, claro.
¿Cómo valora las cejas levantadas de los puristas?
Es muy patético. Al final, los grupos españoles estamos copiando a los anglosajones. Salvo que hagas flamenco, lo demás es todo un quiero y no puedo. Como nosotros con Ramones. Entonces, ser purista siendo de Burgos... no sé yo. Nosotros haciendo country somos lo más impuro que hay. No hay nada más impuro que unos burgueses semijubilados de Madrid haciendo canciones que se hacían en los montes Apalaches hace 100 años. Es impostura total, pero por lo menos lo reconocemos. Incluso Bob Dylan es impuro. El único puro es el que inventa un estilo, y de esos quedan tres o cuatro y ya están muertos.
¿Qué se siente cuando Metallica tocan en directo una canción que ha compuesto uno, como sucedió en una ocasión con ‘Brutus’ en Madrid?
Me estás llamando de tú cuando, desde ese día, deberías tratarme de usted... [ríe] No te puedes imaginar algo así. Yo no era fan de Metallica -ahora sí-, pero ellos tenían la costumbre de tocar canciones ‘locales’: en Barcelona hicieron una de Peret, en Suecia una de ABBA... y aquí tocaron una de Los Nikis. No sé muy bien por qué, porque no nos parecemos mucho, pero fue un honor. Al día siguiente tenía un madrugón de Iberia, de esos de las seis de la mañana, y antes de acostarme un amigo me escribió: "Me ha dicho un colega que Metallica ha tocado una canción de Los Nikis". Yo respondí: "Ja, ja, ja". Pero cuando me levanté y vi el móvil tenía trescientos mil whatsapps. Lo más interesante fue descubrir que aquello no era una coña.
¿En qué se parece surcar los cielos con un avión y surcar la música con un grupo?
Yo creo que es casi lo opuesto. Cuando haces un vuelo tienes que intentar que salga de la manera más estándar y rutinaria posible, sin salirte una coma de lo escrito. En cambio, cuando haces música intentas justo lo contrario: romper moldes o inventarte algo que nadie haya hecho antes. La aviación, afortunadamente, es muy poco creativa. No hay nada más peligroso que pilotos creativos. Y en la música sería un desastre que todo estuviera tan estandarizado.
Bruce Dickinson, de Iron Maiden, también es piloto. Igual que Travolta.
En Los Nikis había otro piloto, Rafa Cabello, que también estuvo en Los Nikis de la Pradera, pero no estaba muy motivado y ha sido sustituido por Ricardo Moreno, de Los Ronaldos, que es un superfichaje.
Lo es.
Lo bueno de Ricardo es que ha tocado con tantos grupos y está, como todos nosotros, camino de la jubilación, así que ya sólo hace cosas que le apetecen. Somos amigos desde tercero de BUP. Y si a eso le sumas que después de ensayar siempre tomamos torreznos religiosamente, el plan de ensayo más torreznos le ha parecido muy apetecible. A estas alturas, el éxito a Ricardo se la barniza totalmente. Y a nosotros también. Porque nadie en su sano juicio monta un grupo de country, y menos viniendo de Los Nikis, cuando lo tendríamos facilísimo para reunirnos, pegarle un ‘estacazo’ al fan con la entrada, tocar en el Movistar Arena y convertirnos en señores de sesenta años cantando canciones que hicimos en tercero de BUP. Eso no tiene mucho sentido para nosotros.
Pero alguna vez se vuelven a juntar, ¿no?
Yo entiendo que los fans de Los Nikis no eran muchísimos, pero sí muy talibanes. Y para que nadie pudiera decir que somos unos perros por no tocar nunca, hemos ido haciendo apariciones muy puntuales, siempre dejando claro que eran por sorpresa y sin cobrar. Hemos salido como teloneros sorpresa de grupos como Airbag, Aerolíneas Federales o, la última vez, Carolina Durante.
También ha hecho cosas con Carlotta Cosials, de las Hinds.
Carlotta es encantadora. Se lo pedí hace mil años porque conocía a su madre, y sabía que escuchaba a Los Nikis de pequeña porque su madre los ponía en el coche. Accedió enseguida a colaborar, pero también porque, ya lo he dicho, es encantadora.
¿Por qué tiene este tirón entre la chavalería?
Lo de la gente joven me da muchas vueltas en la cabeza. Cuando mis hijas tenían once años, que fue la época en la que empezaron los primeros reproductores MP3 pequeños, ya me decían que sus amigas escuchaban a Los Nikis. Y eso me sorprendía muchísimo en aquellos años. Pero ha seguido pasando generación tras generación. Yo creo que es porque las canciones son muy melódicas, muy tontas, muy sencillas y muy parecidas a ‘Susanita tiene un ratón’, a las canciones de Gaby, Fofó y Miliki. Son aptas para niños, y lo digo con honra, porque a mí me habría encantado componer ‘Susanita tiene un ratón’; canciones pegadizas y buenísimas. Y que a un niño de once años le guste me parece un honor, porque no está mediatizado por modas. Simplemente le entra la melodía. Las letras seguramente ni las entiende. Creo que también ayuda que nunca hemos sido nada pretenciosos. Emilio era muy campechano: en la segunda canción ya habías empatizado con él porque pensabas "este tío podría ser yo". No éramos Enrique Bunbury.
En absoluto.
Cada uno tiene su personaje. Bunbury o Loquillo tienen el suyo, lo hacen y les va bien. Bienvenido sea. Pero hay otros que no podemos. Y con Los Nikis de la Pradera menos todavía. Somos unos suicidas, unos ‘mataos’: hacer country en España ya sabíamos que era ir abocados al fracaso. Siempre hemos hecho lo que nos ha apetecido, sin presión de discográficas, modas ni nada. Todo lo que hay en un disco nuestro está ahí porque nosotros hemos querido. Con Los Nikis de la Pradera eso está elevado a la enésima potencia: hacemos lo que nos da la gana. Sabemos que no es una apuesta comercial. Simplemente queremos pasarlo bien. Ensayando lo pasamos muy bien, tocando lo pasamos muy bien. Somos antidioses. No es que estemos contra Dios; estamos contra Bunbury. Aunque ya no me gusta meterme con grupos, porque llevo treinta años haciéndolo y luego los conoces, descubres que son encantadores y te entra remordimiento.
Volvamos, pues, al redil.
Desde luego, no va con nuestro credo subirnos a un escenario pensando que somos más que el público. Al contrario: muchas gracias por venir y por pagar una entrada.
¿Hasta qué punto condiciona ganarse los garbanzos fuera de la música?
Steve Albini, el productor, decía algo muy inteligente: "Ojo con los grupos que no necesitan vivir de la música. Porque esos son los que componen sin presión monetaria y hacen exactamente lo que quieren transmitir al público". Como pidiendo un poco de respeto para los grupos que lo hacen por hobby, como nosotros. También tuvimos la suerte de empezar muy pronto, en el 79, y hasta el 85 toda esa cosa tan cacareada de la Movida todavía no era rentable. Era casi algo endogámico: no había salas, no había sitios para ensayar, apenas había grupos ni público. Si escuchabas música ya eras raro; y si tocabas en un grupo, directamente un marciano. La gente joven piensa que los 80 eran una explosión de color y que todo el mundo iba vestido como Alaska, y eso es mentira. La gente iba con chaqueta de pana y conducía un Simca 1000. Todo era tristísimo y gris. Tocábamos en el Jardín o en el Rock-Ola y el público eran, básicamente, otros músicos. El pelotazo nos llegó en el 85, cuando ya llevábamos cinco años de grupo. Eso nos pilló curtidos. Luego ya empezamos a trabajar, pero nunca cambió nuestra filosofía, porque siempre tuvimos clarísimo que no íbamos a vivir de la música. Incluso quienes han vivido muy bien de ella acaban teniendo una mala vejez: sostener eternamente un personaje juvenil es durísimo. Por eso el country es maravilloso: puedes estar agonizando en una mecedora y sigues encajando perfectamente en la imagen.
En ‘Soy tan feliz’ cantan sobre un descarrilamiento de tren.
Siempre me dicen que soy premonitorio. Pasó con ‘La amenaza amarilla’ y con otras canciones. Lo achaco a una ventaja: tengo prohibido internamente hacer canciones de amor, que es lo que hace todo el mundo. Y como tengo que escribir sobre cualquier otra cosa, termino hablando de doscientos mil temas. Y si llevas doscientas letras a tus espaldas es como jugar todos los números de la ruleta: alguna se cumple. En ‘Yates y Lamborghinis’, por ejemplo, hablábamos de corrupción y luego salió aquella noticia del policía que tenía no sé cuántos Lamborghinis. En ‘Soy tan feliz’ también aparece un jardín de infancia donde explota un proyectil. Eso acabará pasando, si no ha pasado ya.
Vivimos en un mundo horrible...
No pienso que el mundo sea horrible. De hecho, uno de los últimos libros que he leído es ‘The Rational Optimist’, de Matt Ridley, y plantea que el ser humano siempre termina encontrando soluciones. Imagínate haber nacido en 1900: tragarte la Primera Guerra Mundial en una trinchera y luego ver cómo tu hijo se come la Segunda, si es que alguno de los dos sobrevive. Ahora sigue habiendo guerras, claro, pero son muy puntuales. Es una mala suerte nacer ucraniano, sí, pero antes daba igual ser belga, español, francés o inglés: te ibas a comer una o dos guerras seguro. No creo que estemos tan mal. Lo que pasa es que ahora nos enteramos absolutamente de todo. Si violan a alguien en Burkina Faso, lo sabes. Antes seguramente ocurrían trescientas mil barbaridades más, pero se vivía en la ignorancia. Y eso también va un poco de lo que habla aquella canción: si vivo en la ignorancia, soy feliz. En la pandemia pasaba mucho: quien estaba todo el día viendo las noticias acababa deprimido. No es ignorar las cosas porque te den igual, pero preocuparte no las cambia. Yo soy comandante de Iberia y a veces te toca un marrón monumental: dos horas de demora, maletas perdidas, pasajeros protestando, slots que pierdes, averías... Y en esos momentos hago una especie de viaje astral: me veo desde arriba, como un dron, observando a Joaquín metido en ese follón mientras como palomitas.
¿Cómo valora que su canción ‘El imperio contraataca’ se convirtiera en un himno ‘facha’?
Realmente me da igual. Yo hago una canción, se publica en un disco y, en ese caso, encima fue un número uno. En su momento se entendió como lo que era: una chorrada chauvinista más.
Igual que ‘Las ventajas de ser de aquí’.
Igual. Y luego, con el tiempo, todo fue cambiando. También ayudó mucho aquel vídeo surrealista de Televisión Española, que hoy gana todavía más con los años. En los 80, después de cinco años tocándola, jamás se interpretó la canción como se hizo más tarde. Eso llegó en los 90, ya ‘post mortem’. Empezaron a ponerla en discotecas para pasar de la sesión juvenil a otra más adulta. En la sala Elite de Chamartín, por ejemplo, la pinchaban y todo el mundo levantaba el brazo. Me lo contó mi sobrina y yo flipaba. Luego hubo incluso un bando municipal que prohibía símbolos fascistas y no sé cuántas cosas, y el DJ dijo algo así como: "Nos han prohibido pinchar esta canción, pero no van a impedir que la cantemos". Y toda la discoteca se puso a cantarla a capela con el brazo en alto. A mí eso me da risa. Y, oye, bienvenido sea también, porque si Los Nikis siguen teniendo más de cien mil escuchas mensuales cuarenta años después, algo tendrá que ver ese doble sentido que acabó adquiriendo la canción.
¿Qué le parece el contexto político? ¿Le tocan cosas como, yo qué sé, el quilombo en Cataluña con el procés?
Lo que me cuentan amigos catalanes es que antes se podía hablar de cualquier cosa y ahora una cena puede acabar fatal. Incluso ha habido familias que se han roto por posicionarse de manera extrema en un sentido o en otro. Yo no comulgo nada con esta polarización. La verdad es que da pena.