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La camiseta de los All Blacks, la mía es talla M, pesa unos 257 gramos. Pero ¿qué significa? Para empezar, curiosidad. Unos días antes de que en Valladolid se disputen las Series Mundiales de rugby a siete, he sido convocado -con ropa deportiva- para un encuentro con los All Blacks y las Black Ferns, las selecciones neozelandesas. Lo organiza la marca Tudor, que las patrocina con su filosofía 'Born to Dare', y se desarrolla en Arroyo de la Encomienda (Valladolid).
Cuando me preguntan si jugué al rugby siempre digo la verdad. "Rellené algunas alineaciones en el puesto de ala". Si alguien insiste en saber qué tal, recurro, como un auténtico ala, a la evasión. "Corría rápido". Han pasado 35 años. Pero ni entonces hubiera dado el pego a nuestros entrenadores. El inglés Sam Katz, ex jugador de El Salvador, uno de los mejores extranjeros que han llegado a nuestro país; y Perico Martín, ex internacional del VRAC y actualmente en el staff de la selección española de seven. Entre ambos dirigen los Arroyo Lions y este día, delicadísima misión, adiestran bajo el implacable sol castellano a una quincena de voluntariosos periodistas.
A Bradley Tocker, lo explicará después, ser un All Black le aporta "viajar, jugar en un escenario global y demostrar qué eres capaz de hacer". A Justine McGregor, su reciente incorporación a las Black Ferns le empuja a "fijarse nuevos objetivos". La camiseta del helecho supone un desafío de autoexigencia. Los invitados nos enfundamos en ella con respeto, salimos al campo, nos pasamos el melón, probamos una patadita, lo posamos en el suelo.
Al rato llegan en una elegante furgoneta, por supuesto negra, los protagonistas de verdad: Bradley Tocker, Regan Ware y Ngarohi McGarvey-Black. Minutos después aparecen ellas. Danii Mafoe, Justine Mc Gregor y Maia Davis. Al principio parecen tímidos, luego amables, siempre pacientes. Han entrenado antes y pese al cansancio muestran muy buena disposición.
"En el rugby se avanza en equipo". Lo recalcan Sam y Perico. Lo concreta la federación neozelandesa en sus normas sobre las imágenes de este encuentro: no pueden centrarse en un solo jugador o jugadora, tienen que salir al menos tres. En algunas aparecemos nosotros entre la compostura y la impostura, en mi caso sin riesgo alguno de confusión.

El redactor, con peto blanco y gorro, observa cómo se eleva al saltador en un saque de lateralTudor
Esa importancia del valor colectivo remite a los All Blacks y a las Black Ferns a sus raíces. Los jugadores acostumbran a entonar juntos una canción maorí antes de cada sesión. "Es una conexión con nuestra procedencia, la seguridad de que estamos en la misma onda", explica Ngarohi McGarvey-Black. Las jugadoras suelen bailar en círculo y, apunta Justin McGregor, hacen el pükana, ese gesto de extender la barbilla y mostrar el blanco de los ojos para compartir energía, proyectar fiereza. Maia Davis cuenta que en el túnel de vestuarios coge la mano de la jugadora que la precede y da la suya a la que va detrás. "Lo hacemos todas, de una en una".
Sam y Perico nos dividen para jugar un tocado (un partido informal y sin placaje) a lo ancho. Me dan un peto blanco que no aplaca el sentimiento All Black. Avanzar con el balón y encontrarse de frente con los 1,90 largos de Bradley Tocker anticipa el eclipse del 12 de agosto: de repente su camiseta negra envuelve el horizonte. Los neozelandeses añaden a su maestría una planta de superatletas. Las internacionales no llaman la atención por su envergadura, sí por su destreza para desplazar el balón. "Somos fans de cómo entrenan y compiten", dice de ellas el jugador Regan Wade. Porque si los All Blacks constituyen el equipo más carismático del planeta oval, las Black Ferns han conquistado los dos últimos oros olímpicos.
En el rugby a siete, comenta Ngarohi Garvey-Black, "el juego te encuentra a ti, simplemente dejas que fluya tu instinto natural y por eso es tan divertido de ver y jugar". En nuestro partidillo los neozelandeses facilitan el juego, tratan de que el balón circule de mano en mano. Aunque evitan movimientos bruscos, avanzan al trote y se divierten. Los demás derivamos hacia el caos, con más risas que carreras y alguna caída sin consecuencias.

Un momento del partidillo informalTudor
Los All Blacks desgranan la coreografía de fuerza y coordinación para elevar a los saltadores en los saques laterales. La sorpresa final es el drop, la estética patada a bote pronto. Los principiantes, desde la línea de 22 y frente a los palos. No parece muy difícil. Los neozelandeses y el anfitrión Sam se desvelan por descubrirnos las claves. Ni así. Con cada balón desviado, y son muchos, vuela un poco de nuestra anhelada épica.
Al término de la sesión los All Blacks firman balones, responden con detenimiento a unas preguntas enviadas días antes. "Es un gran privilegio formar parte de las Black Ferns por toda la gran historia que nos precede", sentencia Danii Mafoe.
Para estos deportistas que la honran, su camiseta negra simboliza la superación, el vínculo con el equipo, el homenaje a las raíces, ese legado secular. Para mí es un regalo que la fortuna, caprichosa como el bote de un balón de rugby, hizo aterrizar en mis brazos sin más mérito que intentar informar sobre mi deporte favorito. Hoy me la he vuelto a poner, siento sus 257 gramos de inspiración, para recordar el día que me vestí de efímero, improbable All Black de pelo blanco.
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