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Una lectura moderna de lo espiritual. Uno de los grandes aciertos de esta película es el título, repleto de evocación y delicada sugestión. La potencia del domingo, tanto para los creyentes como para los no creyentes, culmina y recubre la semana con una especie de halo blanco como si sobre él planeara la toca de las novicias. Durante mucho tiempo ha sido el día preferido de la infancia. Para ese momento se reservaba "el vestido de los domingos" o se estrenaban unos zapatos nuevos. En mi infancia el domingo irradiaba esplendor. Y para mucha gente aún continúa irradiándolo. Luz de domingo llamó a esta sensación el escritor Ramón Pérez de Ayala en una novela de 1916. Y en esa luz especial el mundo de la iglesia ha concentrado su poder espiritual para penetrar en almas ansiosas de fe y esperanza, tal vez de algo más allá de nosotros mismos.
No ha necesitado la directora y guionista del film, Alauda Ruiz de Azúa, de alardes sentimentales, a las dos actrices (Blanca Soroa y Patricia López Arnáiz) les han bastado desplegar sutiles miradas y gestos para transmitir tensión, fragilidad y verdad. Imágenes protagonizadas por silencios que marcan una austeridad que proporciona densidad a la narración. Y desde esta sencilla contención aborda la complejidad de las relaciones familiares, de la identidad, de la juventud y la necesidad (más allá de las vocaciones religiosas) de encontrar el bálsamo de la espiritualidad en el convulso mundo de hoy.
Quizá es por esto que la película funciona, porque captura muy bien esa edad en la que el afecto se convierte en una búsqueda casi física. La necesidad de que alguien confirme que una importa, que tiene lugar en el mundo, que no está completamente aislada dentro de sí misma. Y los grupos religiosos, políticos, espirituales, incluso amistosos, entienden perfectamente ese vacío. Y además ofrecen algo que hoy escasea muchísimo: atención.

Una acertada representación de la escalera social. Este fin de semana he vuelto a ver la película coreana Parásitos, del cineasta Bong Joon-ho. No es actualísima, se estrenó en 2019, pero no importa, sigue tan vigente como el primer día o más porque el presente cada vez se parece más a ella: los alquileres desorbitados, la obsesión por un éxito esclavizante, los trabajos que exigen entusiasmo emocional además de horas, la vergüenza silenciosa de no llegar nunca del todo a no se sabe dónde. Como a sus personajes, nos acechan el agotamiento y la inestabilidad en todos los sentidos. La familia Kim sobrevive literal y físicamente abajo, en los sótanos de la opulencia, con la picardía, ingenio y desvergüenza que ya nos demostró el Lazarillo de Tormes sin ser coreano.
Porque la marca social del nacimiento atraviesa el tiempo y el espacio con sus pequeñas o grandes humillaciones y rebeldías, como las de esta astuta familia, que simplemente nació demasiado abajo. Y en el capitalismo contemporáneo nacer abajo a veces significa dedicar mucha vida a fingir que no pasa nada. La película entendió antes que muchos sociólogos que la desigualdad moderna es estética. Hay que saber hablar, moverse, decorar una mesa, pedir vino, sonreír sin parecer desesperado. Incluso el cansancio tiene clase social. Los ricos de Parásitos pueden permitirse el lujo de ser ingenuos porque hay alguien que arregla sus desastres. Los pobres, mientras tanto (desde los tiempos de las casas de campo de Jane Austen y antes), desarrollan talentos extraordinarios para desaparecer: limpiar rápido, mentir bien, oler poco, ocupar el menor espacio posible.
Arriba y abajo. Todo el mundo sube o baja constantemente por una escalera filmada como si fuera una condena bíblica. El dinero también funciona así: decide quién recibe luz natural y quién aprende a convivir con la humedad. Hay una escena donde la lluvia cae sobre la ciudad y cada clase social la siente de una manera distinta. Para unos, una noche acogedora. Para otros, una inundación. Difícil resumir mejor el mundo. Y esa forma de lograr que la tragedia nos arranque una sonrisa con escenas derivadas de absurdos comportamientos entre criados y señores: personas adultas escondidas debajo de una mesa mientras una pareja rica habla de ellas como si fueran parte del mobiliario.
Todo el mundo debería verla al menos una vez. Algunas películas entretienen, otras explican una época. Parásitos hace algo peor: deja la sensación de que alguien observó el mundo con demasiada atención.

Una mirada vigente sobre un problema del pasado. El otro día la vi en Netflix esta película escrita y dirigida por Aaron Sorkin . Como Parásitos (2020) no es de ayer. Pero se podría decir que es de hoy y también de mañana por todo lo que está ocurriendo en Estados Unidos. La historia cuenta un juicio que ocurrió hace más de cincuenta años y, aun así, parece hablar exactamente del presente. Manifestaciones convertidas en amenaza pública, políticos utilizando el miedo como estrategia, policías reaccionando con violencia y medios simplificando conflictos complejos hasta convertirlos en espectáculo.
Hay algo agotador en darse cuenta de que ciertas imágenes nunca desaparecen del todo en Estados Unidos. Solo cambian de formato. Lo interesante es que la película no intenta convertir a los personajes en héroes perfectos. Discuten, se contradicen, poseen egos enormes y maneras distintas de entender la protesta. Se parecen bastante a cualquier grupo político real. La gente suele imaginar los movimientos sociales como algo ordenado y coherente cuando normalmente se abastecen de personas cansadas intentando hacer algo útil mientras discuten entre ellas.
También deja bastante claro que el poder necesita enemigos visibles. Siempre hace falta alguien a quien señalar como "radical", "peligroso" o "antipatriótico" para evitar hablar de lo que verdaderamente provoca el conflicto, un mecanismo en auge en la mayor potencia del planeta. Y todo está contado con esos diálogos tan rápidos, casi teatrales con que Aaron Sorkin nos desliza hacia un final con una sencilla explicación: la sensación de que la justicia depende más de quien tiene el control que de quien tiene la razón. Un aspecto que dota de inquietud no solo a la película sino a nuestras vidas.
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