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El Mundo
Pedro Sim�n · 2026-06-19 · via Portada

El alcohol, primero: ingentes cantidades de líquido hasta llenarlo todo de lagunas. El cannabis, después: porros y más porros hasta adentrarse en una niebla donde ya nada se ve. Las benzodiacepinas, al final: para tratar de domar lo ingobernable.

De todo eso sabe Alejandra desde la pubertad. A esa edad en que otras comienzan a salir de casa, ella ya no sabía dónde meterse.

Este es un encuentro entre una estudiante de Psicología que sufrió abuso sexual y acabó siendo adicta a los 14 y un filósofo que, a sus 86, se puede dar el lujo de un poco de whisky a diario.

Alejandra, que hoy tiene 22 y hace seis que está limpia. Alejandra, que iba para cadáver y ahora luce una vida resucitada y una palabra arrolladora. Alejandra, que escala, estudia, retuerce hierros, lee, sonríe.

Aquí charla con el filósofo y pedagogo José Antonio Marina, quien acaba de publicar La vacuna contra las adicciones (Ariel). Podría ser perfectamente la conversación de un abuelo preocupado por su nieta, pero ya leerán que es mucho más.

-Siento que he vuelto a nacer -le dirá Alejandra al final-. Estoy muy orgullosa del entorno que he creado.

-La inteligencia no consiste en no equivocarse (porque nos vamos a equivocar todos), sino en aprender de las equivocaciones.

Para saber más

Alba Calero.

Pregunta. ¿Cómo comenzó tu adicción?

Alejandra Ruiz. Es difícil marcar el inicio de una adicción, porque no está condicionada por una acción concreta, sino por la personalidad, y yo siempre tuve tendencia a determinados extremos que me llevaban a estilos de vida depresivos... A los 12 años empecé a consumir alcohol de una forma recreativa, veía que aquello me hacía sentir muy bien, me llevaba a determinadas emociones, estaba anestesiada, desinhibida. Fueron meses de mi vida que están en negro... Luego, a los 13 años, vino un salto al cannabis de la misma manera: algo lúdico con amigos. En principio, yo veía todo inofensivo, pensaba que nada malo me iba a pasar. Pero llegó un momento en que mi cerebro entendía que necesitaba aquello para sobrevivir.

P. ¿Cómo fue ese momento?

A. R. Tuve un brote psicótico con 14 años durante un verano. Me llevaron al psiquiátrico, pero conseguí engañarlos y, al final, no me ingresaron: salí de la situación pensando que estaba ilesa y que no me había pasado nada... Pero sí que acabé en la consulta de una psiquiatra y aquella mujer me recetó benzodiacepinas. Allí comenzó el descenso. Sucedió un mes de octubre: tenía todo el combo de opioides en el cuerpo y a mí me encantaba. Entonces abusaron de mí. Así comenzó una espiral de tristeza, dolor, anestesia, vacío. Y, en esa espiral, tuve una relación de amor adicto con otra persona adicta: vivía con mucha violencia. Los síntomas fisiológicos eran horribles: vomitaba sangre, estaba destrozada, me lo veía en los ojos, no tenía lustre en el pelo, pesaba cuarenta y tantos kilos, dormía horas y horas... Hay un momento en que no paraba de estar hospitalizada, porque mi cuerpo no soportaba aquello. Si hubiese seguido unos años más, no habría sobrevivido... Estuve así hasta los 16 años. Tras otro ingreso hospitalario, llegué a mi casa y al fin me dije: «No puedo más».

José Antonio Marina. Las historias son múltiples, pero creo que hay un esquema común en todas ellas. Las adicciones no son un problema, son una mala solución a un problema. Entonces lo que hay que ver es cuáles son los problemas. Es un proceso que siempre es el mismo: se empieza por un consumo lúdico o casual, muchas veces por un «No me entiendo» o un «No me entienden», esa desvinculación... ¿Por qué pasamos de un consumo agradable al abuso? El abuso se caracteriza por tener un efecto nocivo, pero el siguiente paso ya es el grave: cuando el abuso se convierte en adicción y esa sustancia se presenta como la única solución que tengo en la vida... Vivimos en una sociedad adictiva, que fomenta las adicciones. Una de las razones que dan los adictos para no quererse curar es que no saben qué van a hacer con su vida si dejan las adicciones.

"Empiezas a consumir porque te sientes bien, pero hay un momento en que lo haces para no sentirte mal"

Alejandra Ruiz, estudiante de Psicología

A. R. Es algo curioso, porque hay un momento en el que empiezas a consumir porque te sientes bien, pero hay un punto en el que te levantas adicta y ya no consumes para sentirte bien, sino para no sentirte mal... Parte de mi familia ha sido adicta y mi madre sabía perfectamente lo que me estaba pasando: «Tú estás enferma», me decía. Al principio, lo ocultas, vives de mentir a los demás y empiezas a estar con personas que no son tus amigas, sino colegas de consumo.

P. ¿Cómo lo dejaste?

A. R. Yo no tenía voluntad, fue supervivencia. Veía que me estaba muriendo... Para mí, la adicción es la ausencia de voluntad, yo era absolutamente esclava de una sustancia, yo no tenía libertad de elección... ¿Por qué crees tú, José Antonio, que una persona abre una ventana a la esperanza y otra no?

J. A. M. Se dice de una persona que «No tiene voluntad» como sinónimo de que es culpable... Antes se pensaba que la voluntad era algo con lo que nacías; ahora sabemos que es una facultad aprendida. Y que, por tanto, la vacuna contra la adicción ha de partir de la idea de que nuestros chicos y chicas configuren esa estructura psicológica que es la voluntad. Porque eso les va a permitir poner barreras. Tienes que aprenderlo. Lo mismo que la libertad.

P. ¿Crees que a este capitalismo voraz le interesa que seamos adictos y compulsivos para así ganar más y más?

A. R. Estamos en una sociedad que promueve el abuso, pero que te castiga por ser adicta. La economía necesita que la gente abuse (de lo que sea) para así seguir aumentando más y más el lucro. El azúcar, el alcohol, las pantallas... Se facilita la dependencia. Pero, luego, a nivel social, el adicto se encuentra en una realidad hostil, donde se le penaliza... Nos direccionan hacia ciertos comportamientos, pero no hay una cura cuando estos comportamientos se vuelven enfermizos.

J. A. M. Hay que distinguir entre dependencia y adicción. La dependencia no es todavía el enganche cerrado de la adicción, es un estadio previo, prepara para ella, reblandece tu capacidad de defensa. Lo que está por todas partes es el fomento de las personalidades dependientes, personas que sean crédulas. Incluso instituciones que son magníficas -como la democracia- producen como efecto secundario personalidades dependientes. La democracia se basa en el voto. El voto se basa en la opinión pública. Y el político dice: «Tengo que manejar la opinión pública para conseguir el voto. Entonces, para manejar la opinión pública, me interesa que esa opinión no sea ni ilustrada ni crítica». La sociedad opulenta se caracteriza por que se fabrican más cosas de las que se necesitan. Entonces tengo que organizar todo un sistema de publicidad para crear necesidades buenas y para crear deseos imperiosos y efímeros. Imperioso y efímero es el mecanismo de la droga. Lo que hace alguien que consume droga es tener una satisfacción inmediata y prescindir de las metas a largo plazo.

P. Y así llegamos a las tecnologías.

J. A. M. Todas las tecnologías son diseños adictivos. Hace unas semanas, un juzgado de Los Ángeles condenó a Meta y a Google por haber creado sistemas adictivos que habían perjudicado a la querellante, una chica con la edad de Alejandra que estaba enganchada a la redes sociales desde los 13 años. El mismo inventor dijo que sí, que había creado la primera tecnología adictiva de diseño, el scroll infinito.

P. Alejandra, ¿cuánto hace que no tomas nada?

A. R. Seis años.

P. ¿Y te toca dar explicaciones de por qué no te tomas una cerveza?

A. R. Desde luego, la gente nunca entiende. Tienes que decirles por qué. No les vale un no. A veces me canso y les digo que tengo una enfermedad en el hígado para que me dejen en paz [ríe]. Llegas a una tesitura en la que piensas: «¿De verdad tengo que decirte que soy adicta y que, si me tomo una cerveza, es que me voy a beber cinco?».

P. ¿Habría que educar a la gente a decir que no?

J. A. M. La gente tiene que organizarse la vida y decidir sobre ella. A determinadas personas esto les produce una especie de angustia, el no saber qué hacer con su vida, pensando que es mucho mejor que se la organicen... Los mayores antes organizaban la vida de los más jóvenes. Ahora estamos en un invento rarísimo: hemos ampliado mucho la adolescencia como época educativa y, una vez ensanchado ese espacio, no hemos sabido qué hacer con él... Entonces se produce un fenómeno extraño: a los adolescentes les educan los adolescentes. Como caigas en un grupo que te eduque para consumir, estás perdido.

P. ¿Alguien que mira ocho horas al día una pantalla tiene un problema de adicción?

J. A. M. Yo creo que tiene un problema de abuso. Todos somos dependientes del móvil. La adicción es cuando centras tu vida sobre el móvil y, al quitártelo, por ejemplo, amenazas de muerte a tu madre.

A. R. ¿Tú crees que se tiene que ver en términos tan extremos? Porque a veces hay adicciones muy silenciosas. La compulsión es no poder inhibir un acto repetitivo a pesar de las consecuencias.

J. A. M. En un congreso de adicciones en el que estuve se estaba tratando entonces la adicción al tabaco. En un momento dado, se levantó una persona que dijo: «Es absolutamente indignante para mí, que soy alcohólico, que se piense que la adicción a la nicotina es como la adicción al alcohol». Lo dijo con violencia: «La adicción a la nicotina es mala, producirá cáncer, pero es que los alcohólicos somos capaces de matar a nuestro vecino por una copa».

P. ¿Qué notaste en ti al liberarte?

A. R. Que podía dormirme tranquila. Yo no podía dormir si no era con sustancias. Mi cerebro aprendió que yo necesitaba un opioide para poder dormir. A lo que más miedo tenía era a no poder dormir. Eso fue lo que más noté. Que no hay mejor almohada que una conciencia tranquila.

P. ¿Queda la culpa?

A. R. Lo que tienes es mucho sentimiento de deuda. Contigo y con los demás. Pero a mí no me gusta la palabra culpa, sino la palabra responsabilidad. Tienes que ser consciente de que tus acciones tienen consecuencias. Yo me he saltado muchísimas veces mis límites morales y no he querido afrontar ninguna consecuencia.

P. ¿Queda el miedo?

A. R. Sí, a día de hoy yo todavía tengo ganas de consumir. Es una cosa que no se va. Tienes que aprender a hablarte. No puedes olvidarte de dónde vienes. Yo me puedo olvidar de hechos muy concretos de mi pasado, pero no me puedo olvidar de mi sufrimiento. Y eso es muy importante en la recuperación: asumir la responsabilidad, ser honesta, ser humilde. Y no olvidarte. Formar una identidad teniendo en cuenta todo tu relato autobiográfico.

J. A. M. Una de las consecuencias de las adicciones es que se pierde cualquier sentido de la responsabilidad, incluso muchas veces se va a las drogas para librarse del sentido de responsabilidad. La irresponsabilidad aparece como una liberación. La adicción me libera de esa carga. A ti la responsabilidad te pudo servir para buscar ayuda.

P. ¿Son peores las adicciones con sustancia o sin sustancia?

A. R. Con la sustancia hay un plus de dificultad, porque esas sustancias pueden ser psicoactivas o no psicoactivas. Pero ambas son muy parecidas. De hecho, el pronóstico en adicciones comportamentales es a veces más difícil porque una persona adicta al sexo, a las compras o a las nuevas tecnologías va a tener que seguir consumiendo aunque sea un poco, no le puedes quitar el motivo de su adicción para siempre. Va a tener que comprar sí o sí, va a tener que mirar una pantalla sí o sí...

"No podemos actuar sin estar movidos por el deseo, nuestro GPS, pero no nos podemos fiar de él. Si fuera fiable, todos los deseos serían beneficiosos"

José Antonio Marina, filósofo

J. A. M. Hay que hablar de las chapuzas evolutivas del ser humano. Nuestro sistema de recompensas es muy frágil y muy disparatado. No podemos actuar sin estar movidos por el deseo, que es nuestro GPS fundamental, pero el caso es que no nos podemos fiar de él. Porque, si fuera fiable, todos los deseos serían beneficiosos. Y la adicción lo que te dice es que el deseo que yo tengo de consumir es destructivo y no salgo de ahí.

P. «El responsable de la adicción no eres tú, es la jaula en la que vives». Lo decía Bruce Alexander.

A. R. Cuando, en los grupos de ayuda, me toca hablar con personas que han dejado de consumir hace poco, yo siempre hablo del tema de la libertad. Jamás me he sentido tan esclava como cuando estaba consumiendo. De hecho, con el tema del abuso sexual mientras estaba drogada, lo que más me dolió no fue el tema mental o físico, sino el hecho de que no me habían dejado elegir... Me habían quitado la capacidad de elección. Te fuerzan. No puedes elegir. Y eso es algo que está presente en las adicciones.

J. A. M. Has citado a Bruce Alexander. Él hizo un experimento conocido como Rat Park. Tenía unas ratas condicionadas para que fueran consumidoras [en jaulas sin ningún entretenimiento, donde solo había agua con morfina que era consumida hasta la sobredosis]. Él decía: ¿qué pasa si estas ratas, que son tan proclives a aprender adicciones, las ponemos en un ambiente natural que tenga los estímulos naturales y no en una caja donde hemos puesto una palanquita que tocan para que les caiga la droga?

A. R. Se volvían locas, porque hacían refuerzo intermitente y a veces había droga y otras no.

J. A. M. Lo que vio es que, cuando estaban en un entorno natural, no contraían adicciones, estaban muy entretenidas... Llegó a la conclusión de que el hecho de estar en un ambiente muy pobre de estímulos era un desencadenante de la adicción. Eso tuvo además una corroboración con los soldados americanos en Vietnam. Cuando volvían a su país, el 20% venía con adicciones, sobre todo a la heroína. Habían previsto que iba a ser un gran problema: decenas de miles de personas heroinómanas... ¿Qué ocurrió? El 95% de esos adictos dejó el consumo cuando volvió... Una sociedad con pocos estímulos nos convierte en esas ratas que solo quieren tocar la palanquita que les proporciona la droga, encerrados con un solo juguete, como decía Marsé.

P. ¿Peligra la democracia por las adicciones? ¿Cuánto tienen que ver los populismos y el tecnofascismo con la anulación del yo?

J. A. M. Las personalidades débiles son muy vulnerables y muy manejables. Y tienen que ver con el concepto de una felicidad fácil. Todo lo que estamos viviendo es como un gran eslogan publicitario: «No esperes a poder tenerlo, tenlo ya», «Tú te lo mereces»... Lo que te están diciendo en el fondo es: «Tú no te preocupes, que yo te voy a arreglar los problemas». El solucionismo de las redes sociales. Claro, en el momento en que te dicen que la felicidad tiene que ser algo fácil eso va en contra de los tres grandes proyectos que ha hecho la Humanidad. El proyecto de ser lúcido, el proyecto de ser libre y el proyecto de ser justo. Esos son proyectos muy difíciles y tienen que ver con la democracia... En el momento en que nos dicen que todo tiene que ser fácil nos volvemos crédulos, dependientes e injustos. Porque es con lo que venimos de fábrica. De tal manera que la felicidad fácil va contra la democracia. Cerca del 40% de los jóvenes españoles de menos de 30 años ve con buenos ojos una dictadura. ¿Por qué? Porque les facilita las cosas.

P. ¿Te consideras adicto a algo, José Antonio? Me refiero a alguna adicción que no hable bien de ti, claro.

J. A. M. No. Tengo una especie de mecanismo interno de tal manera que, cuando siento que voy a perder el control, me vuelvo atrás. Yo todos los días tomo de aperitivo whisky. En el momento en que me tomo más de dos y medio, ya empieza a darme señales el cuerpo... Yo le propuse a Tráfico lanzar una figura: la del bebedor pasivo. Para evidenciar la tolerancia tan grande que existe en España con el alcohol. Igual que existe el fumador pasivo, hablar más del bebedor pasivo: yo no bebo, pero puedo tener un bebedor al lado que me dañe, que me atropelle con el coche, que me hable mal.

P. Alejandra, ¿a qué te consideras adicta hoy?

A. R. No creo que sea adicta en activo de ninguna sustancia ni de ningún comportamiento. Sí que soy dependiente de las pantallas, de mis propios pensamientos, de mis rumiaciones. Pero adicta en activo, no... Yo siento que he vuelto a nacer. No siento que haya continuado con la otra vida, sino que he vivido vidas diferentes. Una, la adicción. Otra, los dos años y medio primeros de recuperación. Otra, la vida que tengo ahora... Hoy, lo que más agradezco es la libertad de poder hacer, ver que las cosas son más realizables. Consolidar nuevos hábitos es increíble: la escalada, escribir, leer, trabajar con metales, estudiar... Estoy muy orgullosa del entorno que he creado.

J. A. M. Eso es una muestra de inteligencia... La inteligencia no consiste en no equivocarse (porque nos vamos a equivocar todos), sino en aprender de las equivocaciones.