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Hola, España. El Mundial ya conoce por fin a la vigente campeona de Europa. La selección apareció en el torneo con algo de retraso respecto a las expectativas generadas tras conquistar la Eurocopa, pero lo hizo con una actuación contundente, llena de energía y personalidad. Frente a Arabia Saudí se vio una versión completamente distinta a la del estreno: más dinámica, más agresiva en la presión y mucho más decidida con el balón. Hubo velocidad, intensidad, ambición y una alegría colectiva que se echó de menos en el primer encuentro.
Durante los primeros minutos, España mostró exactamente la imagen que se esperaba de ella antes del campeonato. El equipo jugó con ritmo, atacó con convicción y sometió a su rival desde el inicio. Los goles llegaron como consecuencia natural de esa superioridad y sirvieron para despejar las dudas que habían surgido tras el debut. En apenas veinte minutos de gran fútbol, la selección se llevó por delante tanto a Arabia Saudí como a las incertidumbres que rodeaban su rendimiento. Uno de los grandes símbolos de esa recuperación fue Lamine Yamal.
El joven talento volvió a sonreír sobre el terreno de juego y, con él, sonrió toda España. Cuando Lamine disfruta y desequilibra, la selección gana confianza y transmite una sensación de peligro constante. Su protagonismo fue una de las mejores noticias de una noche que devolvió la ilusión a la afición. Aunque la clasificación para las eliminatorias todavía no es matemática, España tiene prácticamente asegurado su billete para los dieciseisavos de final. Ahora queda por definir su posición definitiva en el grupo, algo que se resolverá en el duelo frente a Uruguay. Sin embargo, más allá de las cuentas, la sensación que deja este triunfo es que España ya ha aterrizado en el Mundial. Llegó un partido más tarde de lo esperado, pero lo hizo con fuerza y con la promesa de crecer a medida que avance el torneo.




























