






















Bajo una espesa neblina de humedad pequinesa y con la inmensa Plaza de Tiananmen blindada, Donald Trump fue recibido con toda la liturgia ceremonial con la que China trata de impresionar a sus invitados. Frente a la monumental fachada de columnas ocres del Gran Sal�n del Pueblo, el edificio donde el Partido Comunista celebra sus grandes congresos y recibe a los jefes de Estado extranjeros, una alfombra roja recorr�a la explanada hasta las escalinatas de la Puerta Este, donde Xi Jinping aguardaba inm�vil.
La limusina presidencial estadounidense, conocida como La Bestia, se detuvo lentamente frente al cord�n de soldados del Ej�rcito Popular de Liberaci�n. Trump descendi� del veh�culo ajust�ndose la chaqueta azul marino y avanz� hacia Xi entre el estruendo de una salva de 21 ca�onazos que retumb� sobre el coraz�n pol�tico de Pek�n. Ambos l�deres estrecharon la mano durante varios segundos, sosteniendo la sonrisa r�gida de las grandes ocasiones mientras las banderas de Estados Unidos y China ondeaban a ambos lados de la entrada principal.
Pero tras la escenograf�a imperial y los gestos de cordialidad, los protagonistas de esta cumbre dejaron claro desde el primer momento que las cuestiones m�s explosivas de la relaci�n bilateral segu�an intactas. Xi lanz� una dura advertencia sobre Taiwan, el asunto que Pek�n considera la l�nea roja absoluta de su pol�tica exterior. El presidente chino traslad� a Trump que un mal manejo de la cuesti�n taiwanesa podr�a conducir a "enfrentamientos" entre Pek�n y Washington y describi� la isla como "el tema m�s importante" de toda la relaci�n bilateral.
En paralelo, ambos mandatarios intentaron exhibir una posici�n com�n sobre Oriente Pr�ximo y la guerra con Ir�n. Seg�n el comunicado difundido posteriormente por la Casa Blanca, Trump y Xi coincidieron en que Teher�n "nunca deber� tener armas nucleares" y defendieron la necesidad de garantizar la reapertura plena del Estrecho de Ormuz al tr�fico energ�tico internacional, sin tasas ni restricciones que amenacen el comercio global.
El mensaje reflejaba un inter�s compartido: evitar que el conflicto termine golpeando la econom�a mundial y las cadenas de suministro en un momento especialmente delicado para ambos pa�ses. Adem�s, Trump declar� a Fox que Xi habr�a accedido a "ayudar a resolver la crisis de Ir�n".
Xi tambi�n quiso enviar una se�al tranquilizadora a la poderosa delegaci�n empresarial estadounidense desplazada a Pek�n junto a Trump. En un encuentro posterior con varios ejecutivos y magnates tecnol�gicos, el l�der chino asegur� que las puertas de China "se abrir�n cada vez m�s" para los negocios extranjeros, en un intento de seducir a Wall Street y Silicon Valley en medio de la guerra tecnol�gica y comercial entre ambas potencias.
En una reuni�n que dur� m�s de dos horas, bajo las enormes l�mparas de ara�a y frente a una larga mesa adornada con arreglos florales rojos y amarillos, Xi tom� primero la palabra planteando una de las obsesiones intelectuales que desde hace a�os sobrevuelan la relaci�n entre ambas potencias: la llamada trampa de Tuc�dides, la teor�a popularizada en c�rculos acad�micos estadounidenses seg�n la cual una potencia emergente y otra dominante est�n inevitablemente destinadas al conflicto. En un tono pausado y solemne, el presidente chino lanz� la gran pregunta que sobrevolaba toda la cumbre: si China y Estados Unidos ser�an capaces de evitar ese destino hist�rico y construir una convivencia estable entre las dos mayores econom�as del planeta.
"Siempre he cre�do que nuestros dos pa�ses tienen m�s intereses comunes que diferencias", afirm� Xi mirando directamente a Trump al otro lado de la mesa. "China y EEUU tienen mucho que ganar con la cooperaci�n y mucho que perder con la confrontaci�n. Debemos ser socios, no rivales". El dirigente chino insisti� varias veces en la idea de "prosperar juntos", una f�rmula recurrente en la narrativa diplom�tica de Pek�n, y apel� a la responsabilidad hist�rica de ambos l�deres en un momento de "cambios sin precedentes en un siglo", otra de las expresiones favoritas del aparato ideol�gico chino para describir el actual proceso de transformaci�n del orden mundial.
"Como l�deres de dos grandes pa�ses, debemos responder juntos a las preguntas de nuestro tiempo", continu� Xi. "Debemos encontrar la manera correcta de llevarnos bien entre nosotros y construir un nuevo camino para las relaciones entre grandes potencias". Era un mensaje dirigido a m�ltiples destinatarios. Hacia fuera, Xi intentaba proyectar a China como un actor racional y estabilizador frente a un escenario internacional cada vez m�s ca�tico. Hacia dentro, reforzaba la idea de que Pek�n ya negocia con Washington desde una posici�n de igualdad estrat�gica, algo fundamental para el relato nacionalista impulsado por el Partido Comunista.
Trump respondi� con un tono completamente distinto: menos doctrinal, m�s personalista y pensado claramente para las c�maras. Con las manos apoyadas sobre la mesa barnizada y rodeado por buena parte de su poderoso gabinete econ�mico y de seguridad, el presidente estadounidense elogi� repetidamente su relaci�n personal con el l�der chino. "Tenemos una relaci�n fant�stica. Es un honor ser tu amigo", asegur�. "El presidente Xi es un gran l�der y un hombre muy respetado". Luego elev� todav�a m�s el tono grandilocuente que suele reservar para las grandes ocasiones: "Vamos a tener un futuro fant�stico juntos. Algunos dicen que quiz� esta sea la cumbre m�s importante de la historia".
Trump insisti� en que las relaciones entre Washington y Pek�n "van a ser mejores que nunca", una frase pronunciada despu�s de semanas de nuevas amenazas arancelarias, sanciones cruzadas y tensiones militares alrededor de Taiwan. Pero precisamente ah� reside una de las singularidades de la relaci�n entre ambos l�deres: la capacidad de alternar la confrontaci�n m�s agresiva con los elogios personales m�s efusivos, mientras alrededor de ellos se mueven intereses econ�micos, estrat�gicos y tecnol�gicos de dimensiones colosales.
Esa realidad pod�a verse perfectamente en la composici�n de la delegaci�n que acompa�aba al presidente estadounidense en el Gran Sal�n del Pueblo. Detr�s de Trump y Xi, sobre la gigantesca escalinata del edificio, aguardaba el n�cleo duro pol�tico de Washington en una visita considerada ya como la m�s importante del segundo mandato del republicano. All� estaban el secretario de Estado, Marco Rubio; el secretario del Tesoro, Scott Bessent; el jefe del Pent�gono, Pete Hegseth; el representante comercial Jamieson Greer; el embajador en Pek�n, David Perdue; Stephen Miller, convertido en uno de los hombres m�s influyentes de la Casa Blanca; adem�s de Eric Trump y Lara Trump, integrados tambi�n en el viaje presidencial.

Xi Jinping saluda a la delegaci�n estadounidense.Kenny HolstonAP
Pero la imagen m�s reveladora aparec�a unos metros m�s atr�s, entre empresarios, banqueros y ejecutivos tecnol�gicos que observaban cada gesto de la ceremonia conscientes de que buena parte de sus negocios depende de lo que ocurra durante estas 48 horas de reuniones en Pek�n. Elon Musk levantaba el m�vil para fotografiar el desfile militar mientras conversaba con Jensen Huang, el consejero delegado de Nvidia, en una escena que resum�a mejor que cualquier comunicado oficial el verdadero trasfondo de la cumbre: la batalla por el comercio, la inteligencia artificial y el control de las cadenas globales de suministro que sostienen la econom�a mundial.
En un gesto inusual, como muestran im�genes emitidas por la televisi�n estatal china, los l�deres empresariales de la delegaci�n estadounidense entraron a la sala de reuniones donde Xi y Trump manten�an conversaciones. En su discurso de apertura, Trump dijo que hab�a tra�do a los principales l�deres empresariales de su pa�s para "rendir homenaje a Xi y a China".
Las profundas diferencias entre ambas potencias quedaron reflejadas incluso en la forma de contar la propia cumbre. Mientras el comunicado oficial difundido por Pek�n puso el foco en la seguridad y en la advertencia de Xi sobre Taiwan, la versi�n de Washington evit� cualquier referencia directa a la isla y se concentr� casi exclusivamente en cuestiones comerciales, energ�ticas y econ�micas.
La lectura de la Administraci�n Trump destac� el inter�s chino en aumentar las compras de petr�leo estadounidense e insisti� en la cooperaci�n contra el tr�fico de precursores del fentanilo. Pek�n, por su parte, present� la reuni�n como el inicio de un nuevo marco de "estabilidad estrat�gica constructiva" entre ambas superpotencias, una formulaci�n diplom�tica completamente ausente en el comunicado estadounidense y que refleja hasta qu� punto China intenta proyectar la idea de una relaci�n entre iguales con Washington.
Tras las conversaciones en el Gran Sal�n del Pueblo, la caravana conjunta de Xi y Trump abandon� el coraz�n pol�tico de Pek�n atravesando avenidas completamente vaciadas de tr�fico rumbo al Templo del Cielo, el complejo imperial del siglo XV donde los emperadores de las dinast�as Ming y Qing rezaban por buenas cosechas. Entre pabellones de madera lacada, cipreses centenarios y tejados circulares cubiertos con tejas azules, ambos l�deres realizaron un breve paseo cuidadosamente coreografiado para las c�maras oficiales.
Pek�n quiso utilizar el simbolismo del lugar para proyectar una imagen de armon�a y continuidad hist�rica en una relaci�n bilateral marcada en los �ltimos a�os por los aranceles, las sanciones tecnol�gicas y las tensiones militares. Trump, fascinado desde hace tiempo por la grandilocuencia ceremonial china, se mostr� especialmente c�modo durante el recorrido, deteni�ndose varias veces para contemplar la arquitectura imperial mientras Xi ejerc�a de anfitri�n solemne y contenido.
Horas m�s tarde, ya ca�da la tarde sobre la capital china, ambos mandatarios regresaron al Gran Sal�n del Pueblo para asistir al gran banquete de Estado. La mesa principal, decorada con flores de loto y peque�as reproducciones de monumentos emblem�ticos de Pek�n, fue dise�ada al detalle para subrayar la importancia hist�rica que el Partido Comunista quiso otorgar a la visita. Frente a una larga fila de empresarios, ministros y altos cargos de ambos pa�ses, Xi levant� su copa durante el brindis y pronunci� uno de los mensajes m�s pol�ticos de toda la jornada.
El presidente chino defini� el viaje de Trump como "una visita hist�rica" y lanz� un gui�o cuidadosamente calculado al universo pol�tico del mandatario republicano al afirmar que "la gran revitalizaci�n de la naci�n china y el regreso de Estados Unidos a la grandeza pueden coexistir, complementarse y beneficiar al mundo".
La frase, interpretada inmediatamente en Pek�n como una referencia directa al lema trumpista Make America Great Again (MAGA), buscaba presentar la competencia entre ambas potencias no como un juego de suma cero, sino como una convivencia posible entre dos proyectos nacionales ambiciosos. "Ambos creemos que la relaci�n entre China y EEUU es la relaci�n bilateral m�s importante del mundo", a�adi� Xi. "Debemos hacer que funcione y nunca arruinarla".
Trump respondi� con un tono mucho m�s emocional y personal, colmando nuevamente de elogios a Xi Jinping y alabando la "incre�ble hospitalidad" china. El presidente estadounidense asegur� que nunca hab�a visto "una recepci�n tan espectacular" y afirm� que la relaci�n personal entre ambos ser� clave para evitar una escalada entre Washington y Pek�n.
Al final de su intervenci�n, Trump invit� a Xi y a la primera dama, Peng Liyuan, a visitar la Casa Blanca, indicando la fecha del 24 de septiembre.
Detr�s de las sonrisas, los brindis y la escenograf�a imperial, ambos l�deres trataban de transmitir al mundo una idea fundamental: que, pese a la rivalidad creciente entre las dos superpotencias, ninguno est� dispuesto -al menos por ahora- a empujar la relaci�n hacia una ruptura irreversible.
El cara a cara del jueves entre los dos l�deres m�s poderosos del mundo, en medio de las actuales turbulencias globales, desnuda una l�nea indiscutible en estos momentos: pese a la guerra comercial y la pugna tecnol�gica, las dos superpotencias, a�n muy dependientes la una de la otra, siguen condenadas a entenderse. Tanto Trump como Xi necesitan proyectar fortaleza y vender resultados ante sus respectivas audiencias, aunque las urgencias pol�ticas son muy distintas a ambos lados del Pac�fico.
El presidente estadounidense, sometido al pulso permanente de las encuestas y del calendario electoral, sabe que necesita regresar a Washington con titulares concretos: grandes compras chinas de productos agr�colas, industriales y energ�ticos estadounidenses, adem�s de promesas de inversi�n capaces de presentar la visita como un triunfo econ�mico personal.
Xi, en cambio, juega otra partida. En una China donde el poder se ha concentrado como nunca alrededor de la figura del l�der del Partido, su posici�n interna no admite contestaci�n. Pek�n no tiene prisa electoral; tiene paciencia estrat�gica. Y precisamente por eso, Trump llega a esta cumbre sabiendo que, esta vez, es �l quien necesita m�s un acuerdo visible.
En el patio geopol�tico, Washington quiere que Pek�n utilice su influencia sobre Ir�n para empujar conversaciones de paz y garantizar la reapertura plena del Estrecho de Ormuz, la arteria mar�tima por la que transita aproximadamente la mitad de las importaciones chinas de petr�leo. Pek�n ha observado el conflicto iran� con cautela calculada. Pero la crisis energ�tica tambi�n amenaza directamente a China.
El otro gran asunto inevitable es Taiwan. Durante la reuni�n, Xi manifest� que la isla es el "tema m�s importante en las relaciones de China y EEUU". A�adi� que la "independencia de Taiwan y la paz en el estrecho son incompatibles".
En diciembre, Washington aprob� un paquete r�cord de armas para Taip�i valorado en 11.000 millones de d�lares, aunque parte de esos env�os contin�an paralizados. Pek�n presiona desde hace meses para modificar incluso el lenguaje diplom�tico estadounidense sobre la isla: ya no le basta con que Washington "no apoye" la independencia taiwanesa; aspira a que Estados Unidos se oponga expl�citamente a ella. En Zhongnanhai, el complejo donde reside la �lite del Partido, existe la percepci�n de que Trump podr�a mostrarse m�s flexible que administraciones anteriores si obtiene concesiones econ�micas significativas a cambio.
Sobrevolando toda esta cumbre aparece tambi�n la nueva guerra fr�a tecnol�gica. EEUU y China ya no compiten �nicamente por comercio o influencia militar: compiten por dominar la inteligencia artificial, los semiconductores y las cadenas globales de innovaci�n. La Casa Blanca acusa a Pek�n de robo masivo de propiedad intelectual en laboratorios de IA estadounidenses; China responde denunciando el bloqueo tecnol�gico impulsado por Washington.
"En una guerra comercial no hay ganadores. La esencia de la relaci�n econ�mica y comercial entre China y EEUU es el beneficio mutuo y la cooperaci�n en la que todos ganan", le dijo Xi a Trump durante las conversaciones, seg�n recoge la agencia Xinhua.
La visita de Trump est� marcada por un definido car�cter econ�mico. El republicano se encuentra en Pek�n acompa�ado por la delegaci�n empresarial m�s poderosa jam�s vista en un viaje presidencial estadounidense a China. En el Air Force One viajaron directivos de Tesla, Nvidia, Apple, BlackRock, Boeing, Goldman Sachs, Citigroup, GE Aerospace, Qualcomm, Micron Technology, Blackstone y Cargill. Gigantes corporativos con una capitalizaci�n combinada superior a los diez billones de d�lares y una exposici�n anual al mercado chino que supera los 300.000 millones.
Cada ejecutivo aterriz� en Pek�n persiguiendo algo concreto. Elon Musk necesita evitar nuevos aranceles que destruyan los m�rgenes de Tesla en Shangh�i. Jensen Huang busca licencias que permitan a Nvidia seguir vendiendo chips en el mayor mercado de IA del planeta. Tim Cook intenta preservar la compleja cadena de suministro china de Apple, valorada en decenas de miles de millones. Boeing aspira a desbloquear pedidos congelados desde 2019. Wall Street, mientras tanto, presiona para acceder plenamente al sistema financiero chino.
M�s que una visita diplom�tica, la delegaci�n parec�a una gigantesca misi�n de rescate corporativo. Y Xi lo sabe. Despu�s de a�os resistiendo la presi�n arancelaria de Trump y utilizando como arma las exportaciones de tierras raras -esenciales para la industria militar y tecnol�gica estadounidense-, Pek�n acog�a esta cumbre con el convencimiento de que el tiempo juega a su favor.
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