

























El bañador -y todas sus variantes- ha sido una de las prendas más temidas del armario femenino. La que expone algo íntimo bajo la mirada -y a menudo el escrutinio- de los demás, la que obliga a mirarse al espejo como si fuera un examen y la que, en demasiadas ocasiones, ha estado asociada a complejos e inseguridades. Hay una imagen que resume bien esta sensación: ir corriendo de la toalla al agua para que nadie te vea demasiado. "Eso ya no debería formar parte del verano", asegura Belén Larruy, directora creativa de Guillermina Baeza.

Belén Larruy.
Pocas personas han vivido tan de cerca la evolución de Guillermina Baeza como Belén Larruy. La hija de la fundadora ha aprendido que hay cosas que cambian cada verano y otras que permanecen. Las tendencias van y vienen, pero el deseo de sentirse cómoda, segura y bella permanece. Esa es, precisamente, la misión que guía a la marca desde sus inicios. "No es la prenda la que da el poder. Es la mujer la que le da el poder a la prenda", resume.
Belén Larruy lleva toda la vida observando a las mujeres en bañador. Creció entre tejidos, patrones y pruebas de fitting acompañando a su madre, Guillermina Baeza (Tánger, 1939), una de las pioneras de la moda de baño española. Fundada en los años 70, la firma catalana fue una de las primeras en reivindicar que sus diseños no eran simples complementos, sino prendas con la misma capacidad de vestir y emocionar que cualquier otra pieza del armario.
Su continuada presencia en las pasarelas y su manera de entender la moda han dado forma a un estilo propio, femenino, sofisticado y profundamente vinculado al imaginario mediterráneo.
Cuatro décadas después, Larruy lidera el equipo creativo manteniendo intacta esa filosofía. "El baño es una prenda de prêt-à-porter. No es un complemento y tampoco es sólo una prenda para ir a la playa o bañarse. Tiene que hacerte sentir algo", asegura.

Lo que ha permanecido todos estos años no es una silueta concreta, un estampado reconocible o un color de temporada. Lo que se mantiene es la voluntad de hacer sentir bien a quien lleva un diseño de Guillermina Baeza.
Y eso obliga a mirar más allá de la moda para hablar de la carga emocional del bañador: acompaña a las mujeres en distintas etapas de la vida y refleja también la manera en que se relacionan con su propio cuerpo. "He visto cómo ha ido cambiando la aceptación del cuerpo y espero que siga cambiando más", explica. La presión estética sigue ahí, pero las mujeres parecen cada vez más dispuestas a cuestionarla. "Cada vez aceptan más su cuerpo, quieren tapar menos y prefieren potenciar aquello que consideran bonito y femenino".
Un cambio de mentalidad que la diseñadora celebra porque, durante mucho tiempo, la moda de baño estuvo demasiado vinculada a la idea de disimular. Actualmente la conversación es otra.

Según Larruy, las clientas siguen buscando belleza, pero también comodidad y libertad. "Ya no quieren ir encorsetadas a la playa. Quieren sentirse cómodas, llevar tejidos que no las opriman, potenciar su silueta y embellecerla con el diseño de la prenda", detalla.
El relevo generacional en Guillermina Baeza no ha supuesto una ruptura, sino una ampliación del legado familiar. Si Guillermina revolucionó la moda de baño española apostando por diseños alejados de las normas establecidas, Belén ha querido abrir todavía más el foco. "Mi madre siempre tuvo la visión de romper y sorprender, de crear un baño que no tuviese nada que ver con el que dictaban las normas del momento. Yo he intentado llevar esa idea un paso más allá: que la marca llegue a todas las mujeres, sin cerrarse a una edad, un estilo o un tipo de cuerpo", explica.
Esa apertura se refleja también en las clientas de la firma. Las hay que descubrieron Guillermina Baeza hace décadas y otras que llegan atraídas por las nuevas colecciones cápsula o las redes sociales. Diseñar para todas ellas sin perder identidad es uno de los mayores retos del equipo creativo.

La diversidad, insiste Larruy, empieza mucho antes de una campaña publicitaria. En el patronaje, en la búsqueda de tejidos con las elasticidades adecuadas y en pequeños ajustes capaces de hacer que una misma prenda funcione en siluetas muy diferentes. "Queremos que una mujer se enamore de una prenda y no piense que sólo puede llevarla la modelo que ha visto en la pasarela".
La diseñadora reivindica también la importancia de escuchar. Además de dirigir la firma, ejerce la docencia y procura rodearse de equipos jóvenes y miradas diversas. "Creo que es imprescindible escuchar muchas voces: la experiencia, pero también los nuevos talentos. Eso te obliga a mantener una visión abierta y a no arraigarte a cómo se hacían las cosas antes".
Las tendencias cambian cada verano, pero no todas las prendas tienen fecha de caducidad. Cuando se le pregunta por los básicos imprescindibles del armario estival, Belén Larruy desmonta uno de los grandes tópicos de la industria: "Esa idea de que los básicos prevalecen y los diseños especiales no, en nuestro caso es mentira". La directora creativa lo dice convencida. "Los bañadores de Guillermina Baeza no pasan de moda y además tienen una durabilidad de más de 20 años. Conozco a muchísimas clientas que todavía conservan ese modelo que se compraron hace dos décadas y les sigue ilusionando y haciendo sentir maravillosas".
Esa manera de entender la moda se refleja también en la colección actual llamada Heritage, donde el protagonismo vuelve a recaer sobre el bañador de una pieza, aunque reinterpretado desde una mirada mucho más atrevida. Escotes profundos, el regreso del aro con copa, diseños palabra de honor, aberturas estratégicas y asimetrías conviven con bikinis triángulo y bandeau -los preferidos de las más jóvenes-, mientras las braguitas reducen ligeramente su tamaño sin renunciar a la comodidad.
A ello se suma una mayor riqueza en los tejidos y las texturas, juegos de transparencias, detalles artesanales y bordados que reivindican el valor del oficio. "Es muy bonito ver que el público aprecia la calidad, la artesanía y el tiempo que hay detrás de una prenda", afirma Larruy.
La moda de baño, además, ha dejado de pertenecer exclusivamente a la playa. Cada vez se diseñan más piezas pensadas para acompañar al bañador fuera del agua: en una terraza, una comida de verano o incluso un festival.
La celebración de los 40 años de la firma culminará en marzo próximo con una exposición en El Museo del Traje de Madrid. Al mismo tiempo, Guillermina Baeza estudia la apertura de una tienda propia en Barcelona. A pesar de estos planes, Belén Larruy mantiene la mirada puesta en el presente. La firma continúa creciendo a través del canal multimarca, el comercio online y nuevas colaboraciones, mientras busca reforzar su presencia en Europa y abrirse a mercados en Latinoamérica, donde la temporada de baño se prolonga durante más meses del año.
Más allá de los objetivos inmediatos, la diseñadora se queda con una enseñanza heredada de su madre. "Algo maravilloso que he aprendido de ella es que no hay que arraigarse al pasado y a cómo se hacían las cosas antes, sino que hay que estar muy presente en la vida", explica. Y en ese vaivén de tiempos, Larruy recuerda una frase que Guillermina le repite desde hace años: "Hay que vivir y hay que trabajar al ritmo de la respiración". Quizá esa sea también la razón por la que la firma ha logrado mantenerse durante cuatro décadas: porque ha sabido adaptarse sin dejar de ser ella misma y construir, verano tras verano, un imaginario de elegancia y libertad a orillas del Mediterráneo.
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