


























Pocos investigadores pueden vanagloriarse de haber descubierto una nueva enfermedad en el transcurso de su carrera. Menos aún pueden presumir de haber sacado a la luz varias. Y son verdaderamente excepcionales ejemplos como el del neurooncólogo español Josep Dalmau (Sabadell, 1953), que podría haberle puesto su nombre a más de una decena.
El científico, que desarrolló gran parte de su carrera en EEUU y hoy dirige el Grupo de Neuroinmunología Experimental en IDIBAPS y CaixaResearch Institute de Barcelona, identificó en 2007 la primera encefalitis autoinmune, una terrible enfermedad inflamatoria en la que el sistema inmunitario ataca por error a las neuronas. Gracias a su trabajo, hoy se conocen 17 tipos diferentes de este trastorno, 11 de ellos descritos en su propio laboratorio.
Él, sin embargo, enseguida le resta heroísmo a la hazaña y subraya que «nada de esto hubiera sido posible sin todo el trabajo de un gran equipo, de muchos compañeros que participaron con un esfuerzo enorme».
En estos descubrimientos «no hubo un momento Eureka, en el que de repente todo encaja», remarca, sino que los avances fueron fruto de mucho tesón y «muchas horas viendo pacientes».
Precisamente de estos enfermos «que han sido una guía» se acordó Dalmau antes de ayer al recoger el Premio Lección Conmemorativa Jiménez Díaz, un galardón con el que la Fundación Conchita Rábago de Jiménez Díaz reconoce cada año a destacados investigadores en el campo de la Medicina y la Biología.
Algunos de esos casos clínicos permanecen imborrables en su memoria. Como el de la joven estadounidense de 26 años con la que todo empezó.
La paciente estaba ingresada en el Hospital de la Universidad de Pensilvania (EEUU), el centro donde Dalmau trabajaba después de haber pasado más de 15 años como neurooncólogo en el Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York. «Esta joven estaba en la UCI, con ventilación mecánica y se había hecho todo lo posible para ver cuál era la causa del proceso inflamatorio del sistema nervioso que padecía, pero todo sin éxito», recuerda.
"Los pacientes son mi guía. Me considero un neurólogo clínico con un poco de suerte en el laboratorio"
Repasando el historial, Dalmau comprobó que la joven había ingresado con lo que parecía un cuadro psiquiátrico: ideación paranoide, comportamientos inapropiados, conducta agresiva... Más tarde había desarrollado también problemas neurológicos; y además padecía un pequeño tumor benigno de ovario -un teratoma-, que fue lo que encendió una mecha en el cerebro de Dalmau. «Todo el cuadro me recordó a otras tres pacientes que nos habían consultado antes y tenían muchas cosas en común», rememora, cerrando un poco los ojos al echar la vista atrás.
Por su experiencia previa con pacientes con cáncer que presentaba complicaciones en el sistema nervioso medidas por el sistema inmune, Dalmau planteó la hipótesis de que aquellas pacientes también podrían estar padeciendo una inflamación inmunomediada en el sistema nervioso.
Y los análisis corroboraron su idea. Tal como comprobaron muchas horas de trabajo después, las cuatro pacientes presentaban anticuerpos frente al receptor de un neurotransmisor denominado NMDA, que resulta clave para la comunicación neuronal.
Habían descubierto una nueva enfermedad: la encefalitis autoinmune por anticuerpos anti-NMDA.

Es este un trastorno «raro y terrible», que afecta fundamentalmente a jóvenes y niños -la edad media de aparición son los 21 años- y predomina en mujeres. Debido al ataque que el sistema inmunitario ejerce sobre las neuronas, los primeros síntomas se parecen a los de la psicosis, con agitación, cambios en el habla, comportamiento errático etc, por lo que «puede pasar camuflada bajo un trastorno psiquiátrico si no se piensa en la posibilidad de la encefalitis autoinmune».
Vivió en sus carnes esta capacidad que tiene la enfermedad para disfrazarse de trastorno de salud mental la periodista del New York Post, Susannah Cahalan, que sufrió un cuadro de encefalitis anti-NMDA en 2009, cuando tenía 24 años y solo habían pasado dos desde el descubrimiento de la enfermedad.
Los comportamientos extraños, el insomnio y las paranoias que Cahalan empezó a sufrir repentinamente -como el convencimiento de que su casa estaba infestada de bichos- intentaron al principio explicarse bajo todo tipo de problemas psiquiátricos, pero su cuadro no hacía más que empeorar.
«Arrastraba las palabras. Babeaba. No podía controlar la deglución... Mantenía los brazos extendidos en posturas antinaturales. En un momento dado, parecía la novia de Frankenstein: mantenía los brazos rígidos. Iba lenta. Apenas podía caminar, y cuando lo hacía, necesitaba ayuda... Empecé a comportarme de forma muy psicótica. Creía que podía envejecer a la gente con la mente», recuerda Cahalan en un artículo.
Afortunadamente, añade, tras un mes espeluznante, sus médicos en el Hospital NYU Langone dieron con la causa de la enfermedad.
La periodista contó su experiencia en el libro Cerebro en llamas, en el que recrea lo vivido y reflexiona sobre la cantidad de personas con esta enfermedad que durante años habrán quedado olvidadas en unidades psiquiátricas sin saber que no era un trastorno mental lo que padecían.
«Susannah vino a verme a Philadelphia desde Nueva York cuando decidió escribir el libro. Incluso me pidió que escribiera unos textos de soporte, con explicaciones más científicas, pero finalmente los editores decidieron eliminarlos», apunta Dalmau, quien subraya que todo lo que la periodista cuenta en la obra es correcto, excepto la referencia al médico que hizo el diagnóstico. «Ella cita al jefe de servicio, pero la verdadera artífice fue una joven doctora que se había formado con nosotros en Penn y conocía la enfermedad. Fue ella quien nos envió las muestras de líquido cefalorraquídeo que confirmaron el diagnóstico», relata.
De la versión cinematográfica sobre el libro que se estrenó en Netflix en 2016 prefiere no hablar: «La verdad es que no pude ni acabarla...».
Como le ocurrió con Cahalan, Dalmau recibe todas las semanas correos de pacientes que quieren agradecerle haber descubierto unos trastornos que, de no ser por él, seguirían en la sombra.
«A partir de la descripción inicial de las encefalitis autoinmunes empezó a sucederme algo que nunca antes me había pasado; llamadas y correos de pacientes que en muchos casos ni siquiera había visto, pacientes de todo el mundo que querían agradecerme su recuperación y que querían ofrecerme su ayuda y toda la información que pudiéramos necesitar», explica.
Así es como conoció a Jeyden Liuzza, una niña canadiense que fue diagnosticada con encefalitis autoinmune anti-NMDA a los 3 años. «Pocos días después de su tercer cumpleaños empezó a torcer un pie y andar un poco mal. A los dos días estaba ingresada en un hospital, con un comportamiento muy agresivo, mordiendo a sus padres y golpeando a los médicos, con movimientos anormales y crisis epilépticas. Sus padres me enviaron al menos 20 vídeos de toda esa fase y de cómo se recuperó después, tras el diagnóstico». En 2023, a los 18 años, ella misma le entregó a Dalmau el premio de la American Brain Foundation por su trayectoria. «Fue muy emocionante».
"Siempre me han gustado los desafíos. Por eso elegí la Neurología. El cerebro siempre me ha fascinado"
Para Dalmau, los pacientes siguen siendo lo primero, la antorcha que guía toda su carrera. «Yo me considero un neurólogo clínico con un poco de suerte en el laboratorio», zanja.
«Hemos podido hacer cosas importantes en investigación, desarrollar modelos animales, hacer estudios sofisticados de cómo los anticuerpos afectan a las sinapsis, pero todo ha ido siempre a remolque de las observaciones clínicas», remarca. Y añade: «Creo sinceramente que si yo no hubiese sido clínico, no habría descubierto nada de esto. Lo habrían hecho otros, pero no yo».
De momento, no tiene ninguna intención de dejar de investigar. Porque «todavía hay muchas cosas que se desconocen sobre estas enfermedades», explica.
«Aún no conocemos muy bien por qué el sistema inmunitario dispara a lo que debería proteger. Sabemos que en algunos casos el desencadenante es la presencia de un tumor que expresa proteínas que también están en el cerebro. El sistema inmunitario inicia una respuesta inmunológica contra las proteínas del tumor, pero como estas proteínas también están en el cerebro acaba atacándolas también», explica Dalmau.
En otros pacientes, aclara, existe cierta predisposición genética para el desarrollo de estas dolencias. Y también se sabe que algunos cuadros pueden iniciarse por una infección vírica, por ejemplo debida al virus del herpes. «Estos son mecanismos que conocemos, pero todavía hay mucho que desconocemos», reconoce, con la ilusión intacta por seguir investigando.
«Siempre me han gustado los desafíos». Por eso, sostiene, tras licenciarse en Medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona, se decidió por la Neurología y quiso seguir formándose en EEUU.
«El cerebro siempre me ha fascinado. Quería conocer no solo las enfermedades neurológicas, sino cómo funciona un cerebro normal», plantea.
«Sigue siendo un reto fascinante conocer cómo funciona este órgano procesador de datos tan perfecto que tenemos. Esto siempre se lo digo a los jóvenes investigadores. Si te interesa la investigación sin límites, qué mejor que profundizar en este órgano que nos permite pensar, que nos permite darnos cuenta de nuestra identidad, que nos permite recordar lo vivido, recrear momentos y casi ver los recuerdos, entre otras muchas cosas», reflexiona, invitando a las nuevas generaciones a interesarse por la Neurología.
«El cerebro nos sigue planteando muchos retos, sigue guardando muchos misterios», continúa. «Hemos aprendido mucho, pero en el terreno patológico por desgracia todavía hay mucho por hacer, por ejemplo para saber cómo tratar las enfermedades neurodegenerativas. Ese es un gran desafío que todavía tenemos por delante y que me sigue fascinando».
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