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Inmaculada se pasó el Día de la Madre esperando un milagro. En su imaginación, su hija Leticia lograba salir del nicho en el que yace desde hace exactamente ocho años en el cementerio de Tábara, recorría los 800 metros que la separan de la plaza Mayor y se abrazaba a ella fuertemente. Y las dos hacían planes en esa nueva oportunidad para disfrutar de una nueva vida, juntas las dos, desgranando la promesa dulce de los nuevos retos, de los amores, de los nietos por venir.
Por unas décimas de segundo, Inmaculada Andrés, «con mucha rabia contenida», «llena de impotencia», quiso tener el domingo ese regalo desolador y brutal mientras organizaba el homenaje a su hija, Leticia Rosino, a pocas horas de que su asesino saliese de prisión para, él sí, seguir adelante sin que en su expediente consten sus antecedentes penales y con la única limitación de no acercarse durante cinco años ni a Tábara ni a la vecina Castrogonzalo, el lugar donde abordó a Leticia, la violó, le destrozó la cabeza machacándola con piedras de gran tamaño y la abandonó tirándola por un barranco; el lugar donde todavía residen el padre y el hermano de él.

Inmaculada Andrés en el homenaje a su hija Leticia Rosino el pasado domingo.EFE
Cuando Diego cometió esa atrocidad tenía 16 años y desde entonces la madre de Leticia, de un modo incansable, organiza actos desde la fundación que creó en recuerdo de su hija. Y recoge firmas para conseguir que los políticos le hagan caso y endurezcan las leyes contra los menores que, siendo perfectamente conscientes de la gravedad de sus actos, cometen este tipo de delitos. «Es que no es justo. Llevo peleando todo ese tiempo porque no es normal que le pongas a una vida el precio de sólo ocho años de cárcel. ¿Tan poco vale una vida? En este caso el asesino sólo ha hecho un paréntesis en el centro de menores de Zambrana para después ingresar en Topas cuando cumplió los 18 años. Tenía 16 años y sale con 24. Si llega a los 80, ¿qué son ocho años de su vida perdidos? ¡Nada! Y perdidos, tampoco, porque ha tenido todo tipo de posibilidades que, según sabemos, no ha aprovechado, y ahora tiene una segunda oportunidad de la que las víctimas carecen», razona para Crónica Inmaculada Andrés.
-—¿Y qué es lo que le parecería justo?
—Una vida por otra vida, la cadena perpetua, pero en España no existe y yo me pregunto por qué no. Perdonarle la vida, pero entre rejas y en régimen cerrado porque él ha estado disfrutando de salidas de prisión mientras Leticia no puede venir a verme una vez al mes. Yo creo en la reinserción, hay que reeducar, pero hay que distinguir entre delitos. Si robas una bicicleta, rompes un banco de la calle o quemas un contenedor, puedes ser reeducado. Sin embargo, en casos tan violentos, en los que se acaba con una vida, en los que son menores que saben que hacen daño, que está mal, pero que lo hacen porque no les va a pasar nada, no pueden ser condenados a tan poco. Lo material se puede sustituir, lo humano, no.

Diego, el asesino de Leticia Rosino, con 16 años acudiendo al juicio en el que fue condenado.
Inmaculada Andrés, que tiene una atalaya inmejorable desde la fundación que dirige, asegura que las leyes actuales están resultando ineficaces y contraproducentes. Que sabe de multitud de casos de niñas y jóvenes violadas que permanecen encerradas en sus casas con su trauma, su vergüenza y con su miedo porque sus agresores son menores y por tanto inimputables y siguen con su vida en completa libertad. «No sabes la cantidad de casos que hay», enfatiza. Y ha recogido, ella y otras cuatro familias, 130.000 firmas para solicitar a los políticos que aborden unas modificaciones que considera necesarias aplicando la empatía. «Que se enfrenten a estos casos como si los asesinados fuesen sus hijos y tuviesen que decidir. ¿De verdad se conformarían con los ocho años de prisión, que habrían sido apenas cinco si no hubiese existido violación? Ahora mismo no están por la labor, aunque dos partidos me han dicho que están de acuerdo con nuestras reivindicaciones; pero yo creo que un problema semejante merece que se reúnan y que se pongan de acuerdo para sacar una reforma adecuada», insiste tras años de llamadas infructuosas y de haber sido ignorada.
La vida de Leticia Rosino quedó irremisiblemente quebrada a media tarde de un 3 de mayo cuando la ingeniera técnica agrícola de 32 años paseaba por la vera del río de Castrogonzalo, el pueblo donde había encontrado trabajo, tras adquirir experiencia en Londres. En ese lugar se encontró con Diego, el hijo de El Fostrón, que pastoreaba el rebaño de 200 ovejas de una familia. Testigos contaron entonces a Crónica que Diego había escapado con los animales de la ira de su padre, un hombre malencarado y alcoholizado, que al enterarse de que no había asistido a las clases del centro de educación especial para adultos, la había emprendido con él a golpes con una vara alcanzándole a la cabeza. Cuando por la noche el novio de Leticia, a punto de comenzar la batida para buscarla, preguntó a Diego si la había visto, llamó la atención de los presentes la frialdad con la que respondió que no.
Una vez la investigación llevó al entorno de El Fostrón, el hijo incriminó al padre asegurando que había sido el autor de la violación y del asesinato y que él sólo había ayudado a ocultar el cuerpo. Con tan mala suerte que el padre tenía testigos que le habían visto en el bar a la hora del suceso. En el pueblo se comentó entonces que el menor había perpetrado la aberración para incriminar a su padre y vengarse de la paliza que le había propinado.
Según las fuentes consultadas, el comportamiento de Diego en prisión no mueve a la esperanza. Se le trasladó de Topas a la prisión de Vitoria, localidad en la que tiene familia, porque aseguraba sentirse amenazado. Y no ha querido asistir a ninguno de los programas de reinserción o rehabilitación psicológica proporcionados por la administración penitenciaria.
En la retina y en el corazón de Inamculada Andrés persisten las sensaciones del domingo. La plaza del pueblo llena de personas a las que importa dispuestas a respaldarla y cuya mera presencia atenaza su garganta por la emoción. Sus palabras, y la pancarta con el lema Tu sonrisa es nuestra fuerza... «Va a tener vida normal, va a poder acceder a un puesto de trabajo y nadie va a saber lo que ha hecho. Sólo pido a los políticos que piensen como legislarían si los asesinados hubiesen sido sus hijos o pudieran serlo», insiste horas después de otro, el octavo, Día de la Madre amargo.
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