


























Sara tiene 22 años y nació en Carboneras (Almería). No quiere dejarse nada en el tintero y, para asegurarse de que eso no sucede, pone sobre la mesa unos folios donde ha escrito lo que no quiere olvidar en esta entrevista. Digamos que prefiere no contestar al albur de la memoria, tantas veces azarosa, y agarrarse a la precisión de la letra escrita. Por esa meticulosidad, en el fondo y en la forma, y por la profusión de matices que aporta, suponemos que esta estudiante de Periodismo y Humanidades es como un reloj suizo.
Ahora está rematando su doble grado en la Universidad Carlos III, en Getafe (Madrid), y el 9,7 que tiene de nota media (hasta el pasado febrero) concuerda con el nivel de detalle de su discurso. Es lo que se conoce como una empollona y desde hace muy poco sabe, además, que tiene altas capacidades intelectuales. Su expediente académico (ya obtuvo un 10 rotundísimo en Bachillerato) la ha hecho beneficiaria de las becas del Proyecto Dorotea, un programa de la Fundación Adecco para apoyar a personas con sobredotación o expedientes brillantes y que además, se encuentren en situación de vulnerabilidad económica. La iniciativa cumple ahora su tercera convocatoria, abierta hasta el 8 de junio.
"Sé que tengo altas capacidades desde enero. Conseguí la beca por expediente y mi tutora me propuso hacer el test, pero ni yo ni mi familia sospechamos nunca nada. En los estudios he sido siempre muy constante y no respondo a los prejuicios de la timidez, entre otros. Sí tengo un rasgo frecuente: aprendí a hablar tarde, a los 2 años, aunque luego ya no paré", bromea. "O sea, que eres una superdotada muy normal", proponemos. "A lo mejor...", responde discretísima la andaluza. "No deja de ser una etiqueta que te encasilla y yo no encajo en algunos prejuicios, como el fracaso escolar o el aburrimiento en clase", dice, aunque al mismo tiempo reconoce: "Esa misma etiqueta también ayuda a entender que tu cerebro funciona diferente y que influye en la personalidad. Yo, por ejemplo, tengo hipersensibilidad y alta empatía, y soy muy autoexigente y perfeccionista".
Estadísticamente, los superdotados (CI superior a 130) suponen el 2% de la población, y las personas con altas capacidades (superior a 120), el 10%. Sara tiene un 128, que se dispara al 141 en comprensión verbal.

Esta universitaria que no encaja en el retrato robot de superdotado (si acaso esta cosa existe) también reniega del mito de que todo es fácil para ellos: "Muchos creen que tenemos el éxito garantizado, pero tenemos que convivir con complicaciones como el estrés y la ansiedad que causa la autoexigencia". Reconoce que le da demasiadas vueltas a las cosas, que arrastra culpas por si alguna vez ha requerido a otros lo que se pide a sí misma, que le cuesta priorizar en la lista de asuntos importantes y otras pegas que le complican la existencia y que intenta mejorar con una psicóloga. Saber que tiene altas capacidades la ayuda a conocerse y quizá a explicar(se) episodios del pasado: "En Bachillerato sentía mucha presión, estudiaba mucho y tuve dolores de cabeza por estrés".
"¿Algún punto luminoso le verás?", preguntamos. "Tengo mucha curiosidad e interés por las cosas y por la carrera que estudio", dice casi a trancas y barrancas. "Siempre me ha gustado aprender y eso me motiva para estudiar", prosigue. Otra clave para obtener esas calificaciones de infarto está en su necesidad de tener el control: "Cuando llego a un examen necesito tener seguridad. Por eso estudio de modo constante, sin atracones", añade.
Por si acaso, lanzamos una cuestión improbable: "¿Alguna vez has suspendido algo?". "Yo también tengo altibajos, pero que yo recuerde no. El día que me toque, tendré que afrontarlo. Para mí, que un examen me salga mal es sacar un 6 o un 7. También es porque estudio con becas y siento esa presión", afirma.
Sara persigue la precisión de forma insistente. "Es por dar contexto", repite varias veces. No le gustan las generalizaciones ni, aunque estudie Periodismo, los titulares sonoros. Muestra sus notas a esta redactora como prueba no pedida. Hay muchas emes. "¿Qué significan?", inquirimos. "Matrículas de honor", responde como si nada.
Los últimos coletazos de su dobre grado consisten en los dos Trabajos Fin de Grado que debe defender para terminar la carrera. El de Humanidades, cuenta, versa sobre el metateatro y la influencia y trayectoria en España del actor, cantante y transformista romano Leopoldo Fregoli. El de Periodismo, añade, abordará cómo desde un medio local se cubren grandes casos de corrupción, compitiendo con periódicos nacionales por las exclusivas. "He estado investigando y no hay trabajos parecidos. Quiero explicar al lector cómo es el trabajo de los periodistas. Salvando las distancias, algo así como Todos los hombres del presidente [libro y película donde se narra la trastienda del caso Watergate, la investigación de The Washington Post que acabó con la dimisión del presidente estadounidense Richard Nixon]". Ahí es nada.
Sara ha hecho prácticas en La Voz de Almería, donde rápido debieron ver su valía. Allí continuó como redactora en plantilla unos meses más, mientras iba y venía en el bus nocturno que une su provincia natal con su vida universitaria en Madrid. Un ritmo de locos en el que siempre la prioridad ha sido sacar sus asignaturas adelante. Le gustan el reporterismo y los temas sociales. Dar voz a asuntos peliagudos de Sanidad y Educación y, si no hay más remedio, cubrir sucesos, "que tanto gustan" a los lectores.

Además de ser beneficiaria del Proyecto Dorotea, Sara pudo pensar en salir de su pueblo de 8.000 habitantes y matricularse en Madrid gracias a las becas de la Junta de Andalucía y después del Ministerio de Educación. Por eso, sacar buenas notas no es baladí. "Mi madre siempre ha estado pendiente de mi hermana y de mí para que pudiésemos estudiar, pero Madrid es más caro que otros sitios y esta universidad, también. Es un sacrificio para mi familia, que vive de una pequeña empresa de pesca. Sé que ella habría hecho lo que fuera para que yo pudiera estar aquí, porque Madrid es una ciudad estupenda para hacer Periodismo, pero si no es por las becas...", admite.
Sara pudo acumular algunos ahorros trabajando "un verano en Mercadona, vendiendo en un kiosco, de monitora infantil...". Con la Dorotea le cuadran un poco mejor las apuradas cuentas a esta alumna brillante: "Comparto piso con dos compañeros y pago 300 euros ("por suerte Getafe es más barato que Madrid capital" y también te cubre si necesitas un ordenador, fotocopias de apuntes, transporte si vives fuera... Todo justificado con facturas", insiste en precisar la almeriense.
Casi al final de la larga conversación con Sara se atreve a confesar sus nervios por la entrevista. "Sólo mi familia sabe que tengo altas capacidades. Yo también he tenido prejuicios con eso y me da miedo lo que la gente pueda pensar de mí cuando se enteren o que me traten de modo diferente", admite. Esa necesidad de tener el control le genera inseguridad y también por eso, sabe que tiene mucho que agradecer a sus padres y al resto de su familia ("mi abuelo ha leído todo lo que yo escribía en el periódico"), a sus amigas del pueblo y a sus compañeros de piso: "Pero sobre todo a mi madre, que ha sido mi lectora más fiel. Se ha leído todos mis trabajos de Bachillerato, las noticias de La Voz de Almería y hasta mi TFG antes entregarlo. Necesito su opinión porque si no, no me quedo tranquila", cuenta. "El 2 de julio me gradúo, si todo va bien", dice con pertinaz cautela.
Con su expediente, nada podrá fallar.
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