El grupo debuta en Galicia con más de 40.000 espectadores, un repertorio cargado de himnos y la certeza de haber dejado atrás su momento más duro

Emily Armstrong, durante la actuación de Linkin Park en el festival 'O Son do Camiño', en Santiago.EFE
Juan B. Cañellas Santiago de Compostela
Actualizado
Nombrar a Linkin Park es evocar toda una época. Los primeros MP3, las habitaciones empapeladas con pósters arrancados de las revistas, la rabia adolescente y esa extraña sensación de que nadie en el mundo podía entenderte mejor que un grupo de chavales empeñados en expulsar sus frustraciones a golpe de guitarras afiladas y gritos imposibles de contener. Luego llegó 2017.
La muerte de Chester Bennington detuvo en seco a uno de los colosos del rock del siglo XXI y dejó la impresión de que algunas historias, sencillamente, no podían continuar. Pero este viernes, en el Monte do Gozo, más de 40.000 personas han podido comprobar de primera mano que estaban equivocadas.
Era, además, una noche especial. Nunca antes Linkin Park había actuado en Galicia. Las luces se apagaron y Crawling cayó sobre el recinto como una descarga eléctrica. Los bajos resonaban con tanta fuerza que vibraba el suelo bajo los pies del público. Los focos barrían la noche compostelana, las pantallas alternaban destellos blancos y rojos y el Monte do Gozo se convirtió por momentos en una gigantesca caja de resonancia. Mike Shinoda, recorría el escenario con una sonrisa tranquila, disfrutando quizá de algo que durante años pareció imposible: tocar sin que todo girase alrededor de la ausencia.
Porque si algo ha dejado claro esta gira es que Linkin Park ha entrado en una nueva fase. Atrás quedaron las preguntas sobre si la banda podría sobrevivir a la pérdida de Bennington o si sería capaz de escribir un nuevo capítulo sin traicionar su identidad.
Y eso se percibe especialmente en Emily Armstrong. A estas alturas ya nadie habla de sustituciones ni de comparaciones permanentes. La vocalista se mueve con autoridad, alternando la furia y la vulnerabilidad que siempre formaron parte del ADN del grupo. En Santiago volvió a quedar patente la conexión con Shinoda, construida a base de kilómetros, escenarios y meses de convivencia. Hay complicidad en las miradas, en la forma de repartirse las canciones y en la sensación de que la banda ha dejado atrás definitivamente el vértigo de los comienzos. Ya no se trata de demostrar nada. Se trata, sencillamente, de disfrutar.
El público lo agradece. Burn It Down, Waiting for the End, Breaking the Habit, One Step Closer o What I've Done fueron recibidas como viejos himnos que se niegan a envejecer. Canciones que hace veinte años acompañaban trayectos en autobús al instituto y que ahora corean adultos que han crecido con ellas. Pero la noche no vivió únicamente del recuerdo. También sonaron Stained, Good Things Go y Unshatter, temas de From Zero, el disco con el que la banda inició oficialmente esta segunda vida. Un trabajo cuyo título no podía ser más apropiado: empezar desde cero sin renunciar a la identidad que convirtió a Linkin Park en una de las bandas más influyentes de las últimas décadas.
El concierto de Santiago llega además en un momento especialmente dulce para el grupo. La gira From Zero World Tour está llenando estadios y recintos por todo el planeta y dentro de apenas unos días llegará Madrid, una de las citas más esperadas del verano musical. A ello se suma la expectación por Unshatter, el documental que mostrará desde dentro cómo Shinoda y sus compañeros lograron reconstruir una banda que muchos creían condenada a vivir únicamente del recuerdo.
Pero este viernes, en Galicia, no hubo espacio para la nostalgia triste. Hubo ruido, bajos atronadores, focos atravesando la noche y miles de gargantas cantando al unísono. Y hubo también algo más difícil de explicar: la sensación de estar viendo a una banda que, después de atravesar su momento más oscuro, ha aprendido a ser feliz otra vez.


























