An�lisis
El estadounidense tiene m�s urgencias que su anfitri�n, lo que debilita su posici�n negociadora

Donald Trump y Xi Jinping, en el Templo del Cielo, en Pek�nAP
Mario Esteban*
Actualizado
Aunque ha pasado casi una d�cada desde la anterior visita de un presidente estadounidense a China, este viaje de Trump probablemente no ocupar� mucho espacio en los libros de Historia. No se esperan grandes acuerdos geopol�ticos. M�s bien, peque�os avances en negociaciones transaccionales, cuya significaci�n magnificar�n ambas partes. La agenda es clara: prolongar la tregua comercial, obtener compromisos chinos de compra de productos estadounidenses, explorar un alivio de las restricciones de Washington a la exportaci�n de tecnolog�a avanzada, sondear hasta d�nde puede llegar la colaboraci�n de Pek�n en la crisis iran� y calibrar el margen para una eventual reducci�n del apoyo estadounidense a Taiw�n.
Trump, con una tasa de aprobaci�n negativa de m�s de 20 puntos, llega a Pek�n con m�s urgencias que su anfitri�n, lo que debilita su posici�n negociadora. La guerra de Ir�n, que ya le oblig� a posponer la visita hace un mes, espolea los precios de la energ�a y erosiona la imagen de control que intenta proyectar el presidente Trump. Xi tambi�n afronta dificultades significativas, con debilidad del consumo interno, tensiones inmobiliarias, sobrecapacidad industrial, y dudas sobre la disciplina dentro del aparato militar, pero no est� condicionado por ciclos electorales ni depende de titulares diarios para sostener su autoridad. Las diferencias en la actitud mostrada por ambos l�deres en su primer contacto dan buena prueba de ello: Trump abri� la cumbre con elogios personales a Xi, mientras que el presidente chino adopt� una l�nea dura sobre Taiwan.
Trump necesita victorias a corto plazo, de cara a las elecciones de mitad de mandato que se celebrar�n el pr�ximo noviembre y Xi puede conced�rselas por el precio adecuado, priorizando lo estructural sobre lo inmediato. As�, mientras el presidente estadounidense buscar� grandes contratos para empresas de su pa�s, en sectores como el agr�cola y el aeron�utico, Pek�n perseguir� objetivos de mayor alcance: estabilidad comercial, menor presi�n sobre Taiwan y, sobre todo, alivio de los controles tecnol�gicos, en particular los vinculados a semiconductores avanzados e inteligencia artificial. La incorporaci�n a �ltima hora de Jensen Huang, presidente de Nvidia, a la delegaci�n estadounidense, apunta precisamente a que Washington podr�a estar dispuesto a negociar en este terreno.
Otra ventaja para Xi es la evoluci�n de la conversaci�n global sobre el lugar que ocupan ambas superpotencias. Desde el inicio de la segunda Administraci�n Trump, China ha necesitado muy poco para aumentar su prestigio internacional y su atractivo como socio. M�s que convencer al mundo de que Pek�n encarna un orden internacional benigno, le basta con esperar a que Trump erosione el orden que Estados Unidos ha liderado durante d�cadas. Cuando Washington se muestra err�tico con sus aliados, convierte los aranceles en doctrina, militariza la diplomacia y se atasca en una guerra dif�cil de explicar en Ir�n, el discurso chino sobre estabilidad, paz, no injerencia y un orden mundial m�s inclusivo gana audiencia no solo en el Sur Global, sino tambi�n entre socios tradicionales de Estados Unidos.
Por eso, la pregunta clave no es si Trump saldr� de Pek�n cantando victoria a los cuatro vientos. Seguramente lo har�. La cuesti�n es qu� habr� entregado para poder decirlo. Pek�n puede ser claro ganador de esta visita sin hacer grandes concesiones. Le bastar�a con administrar la debilidad del presidente Trump, dej�ndole confundir espect�culo con estrategia.
*Mario Esteban es investigador principal para Asia Oriental del Real Instituto Elcano y catedr�tico de la Universidad Aut�noma de Madrid.



















