

























Cuando est� en Espa�a, Esperanza Santos (Madrid, 1979) no utiliza despertador; desde 2006 es enfermera en el Hospital Gregorio Mara��n de Madrid y trabaja en los turnos de tarde o noche de oncohematolog�a. En Sud�n, el pa�s donde m�s tiempo ha vivido despu�s del nuestro, tampoco lo necesita, pero por motivos bien distintos; all� no tiene horarios y es dif�cil saber cu�ndo comienza o termina su jornada o siquiera el lugar donde la llevar� a cabo: "Voy apagando fueguitos y los ritmos de trabajo los marca el sol", explica.
Esperanza es coordinadora de emergencias en M�dicos sin Fronteras (MSF) y desde que lleg� al pa�s africano, tambi�n en 2006, alterna su trabajo en la sanidad p�blica madrile�a y su labor humanitaria en Sud�n con la ONG, gracias a un permiso administrativo que le permite desplazarse a la zona durante largos periodos de tiempo.
Yendo y viniendo -desde 2024 apenas ha pasado en Espa�a unos meses-, es una de las personas que mejor conoce la realidad de un pa�s asolado por una guerra civil que acaba de cumplir cuatro a�os y que se libra en buena parte a costa de la vida de las mujeres y las ni�as, v�ctimas de una violencia sexual sistem�tica ejercida por todas las fuerzas armadas en conflicto; ellas son el 97% de los supervivientes atendidos por MSF.

Esperanza Santos en las oficinas de M�dicos Sin Fronteras de Madrid.ELENA IRIBAS
Darfur Sur, uno de los lugares donde m�s trabaja, dista mucho del epicentro de los combates, pero las violaciones forman parte de la vida cotidiana y se ejercen como un modo de castigo colectivo muy lejos del frente, en mercados, carreteras, en zonas de cultivo o en los masificados campos de refugiados: Tawila, una ciudad de 150.000 habitantes, acoge hoy en ellos a un mill�n de desplazados. "En Sud�n no hay un lugar seguro para las mujeres, que no s�lo se enfrentan a la violencia sexual. Con un sistema sanitario colapsado, quiz� no mueran por una bomba o un disparo, pero s� por una complicaci�n del embarazo o del parto. Y no s�lo precisan atenci�n psicol�gica y sanitaria, tambi�n necesitan justicia, que se las proteja y se persiga a los responsables de los delitos", afirma.
Con ese prop�sito compagina sus dos vidas, la de aqu�, sustentada en su trabajo y con su familia, su pareja y amigos como pilares, y la que lleva en Sud�n. "Estar lejos es duro y el trabajo es muy diferente, porque por mucho que me esfuerce e implique aqu� en lo que hago y aunque nunca sea capaz de desconectar, desde la comodidad de tu cama el d�a a d�a es distinto", dice.
Lejos de las pautas ordenadas que sigue en el hospital cuando est� en Espa�a, en el pa�s africano cada ma�ana se enfrenta a algo nuevo. "Nos movemos seg�n lo que surge, que puede ser desde una campa�a de vacunaci�n a repartir equipamiento en los desplazamientos masivos que provoca el conflicto o a combatir el c�lera o el sarampi�n..., la jornada es imprevisible y se trata de ayudar; si no hay nadie para montar una tienda o distribuir esterillas, tambi�n me pongo yo a hacerlo", a�ade.
Aunque mucho m�s rutinario, su trabajo en Madrid tampoco es f�cil. "Tengo mi turno, de tres de la tarde a 10 de la noche, pero al final la enfermer�a es una labor humanitaria, aqu� y all�. Cada persona que est� en un hospital lidia con sus circunstancias y un paciente diagnosticado de leucemia o que necesita un trasplante de m�dula tiene sus necesidades. No son las mismas que las de una mujer en un campo de desplazados, pero tampoco menos importantes", asegura.

Repartiendo art�culos de primera necesidad en 2019, con sus compa�eros de la ONG.IGOR BARBERO/JUAN CARLOS TOMASI/GIUSEPPE LA ROSA/MSF
Ella escucha, est� en un sitio u otro; en Espa�a, para apaciguar los miedos de los pacientes; en Sud�n, con el objetivo de poner voz a sus mujeres, porque la suya "por desgracia, tiene m�s valor y llega m�s lejos", dice. Con ella difunde las historias que le cuentan, como la de una chica de 27 a�os, en Tawila: "Dos mujeres de nuestro grupo fueron violadas por milicianos delante de nosotras, cuatro o cinco hombres que lo hicieron juntos. Una ten�a 22 a�os y muri� all� mismo".
Tanto en Sud�n como en el hospital madrile�o, la carga psicol�gica que soporta Esperanza es dur�sima y la sobrelleva gracias a una red que le sirve para descargar y compartir: "Soy una persona muy social", afirma. En Espa�a pueden ser unas ca�as con los amigos; en Sud�n, una conversaci�n en casa con los compa�eros con los que comparte vida.
"Lo normal es que todos, 10 o 15 personas de distintas nacionalidades, estemos en la misma vivienda. El ocio se centra en charlar y conocernos, por seguridad y porque no hay otra opci�n. Nuestros juegos son preguntas sobre la vida diaria en nuestros pa�ses de origen, del tipo 'qu� se come en tu casa en Navidad'", explica. Ella habla cinco idiomas, adem�s del espa�ol, ingl�s, franc�s, italiano y un poquito de �rabe, "lo b�sico para entenderse", a�ade.
Aunque en Sud�n sean un lujo, las casas alquiladas donde reside poco tienen que ver con la suya de Madrid. "No hay agua corriente y la ducha la hacemos con un cubo. Tampoco tenemos electricidad, dependemos de un generador y del tiempo que nos d�, as� que ponemos todas las cosas a cargar en esos ratos. Pero no me quejo, mis condiciones de vida no son comparables a las de las sudanesas, yo voy porque quiero y s�lo por un tiempo, ellas no pueden elegir", afirma.

La enfermera atiende a un beb� en Sud�n del Sur (2006), empezaba su trabajo en el pa�s africano.IGOR BARBERO/JUAN CARLOS TOMASI/GIUSEPPE LA ROSA/MSF
Tambi�n se considera afortunada por la corta distancia que separa el hospital del lugar donde vive mientras est� en Sud�n, algo que cuando trabaja en Espa�a, a pocos pasos del madrile�o Parque del Retiro, le es irrelevante. "La vida de los civiles y del personal internacional no le importa a ninguno de los dos bandos en conflicto. Cada vez existe menos respeto por la ayuda humanitaria, hay mucha impunidad y los ataques contra los hospitales son frecuentes, tan habituales que ya no son noticia. De eso nunca te olvidas, siempre lo tienes en mente", asegura.
�Se pasa miedo? "S�, pero no dejas que te paralice o te condicione. En Madrid tambi�n tienes riesgos aunque sean diferentes, y manejas tu d�a a d�a sabiendo d�nde est�n e intentando evitarlos�, responde. No obstante, Sud�n es especialmente peligroso, por eso MSF es una de las pocas organizaciones que contin�an all�. �Nunca nos desplazamos sin una autorizaci�n expresa. Los bandos en conflicto conocen en todo momento nuestras rutas y si no nos garantizan la seguridad no salimos", asegura. �Es mayor el riesgo para ti por ser mujer? "El de violencia sexual, s�, pero mis compa�eros tienen otros: somos testigos inc�modos", responde.
En breve Esperanza vuelve a su puesto en el Gregorio Mara��n, un par�ntesis hasta que regrese a Sud�n. "Es donde me nace estar y mi familia y mi pareja me apoyan. A mi madre cada vez le cuesta m�s tenerme lejos, pero lo entiende", afirma.

Esperanza Santos junto a los veh�culos de MSF que utilizan para desplazarse.IGOR BARBERO/JUAN CARLOS TOMASI/GIUSEPPE LA ROSA/MSF
En �frica la espera su otra familia, formada a lo largo de 20 a�os. "Sud�n no es oscuro, su cultura es inmensa y debemos darla a conocer, porque s�lo as� importar� preservarla. �Alguien sabe que tiene m�s pir�mides que Egipto? Son acogedores, te abren las puertas de sus casas, te cuidan y siempre sonr�en. Yo les digo: 'Si se viera lo bonicos que sois, no os suceder�a esto'. Paso por situaciones dif�ciles, pero disfruto estar all�", dice. Igual que aqu�, gran parte de sus compa�eros de trabajo son sanitarios. Como Awadiya, la matrona que para salvarse tard� siete d�as en recorrer una distancia de cinco horas, "necesit� cuatro para cruzar un puente entre llamas, cad�veres y bombas. Es la historia de las mujeres en Sud�n", concluye.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。