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El primer faraón Seti cumplió en vida los augurios de su nombre, consagrado al dios que velaba por el tumulto y el caos. Para su descanso eterno Seti intentó la armonía, la belleza, los dones del espíritu, erigió un templo tan desmesurado que las obras las concluyó su hijo Ramsés; monumentos y capillas, patios y jardines, homenajes a quienes le precedieron, un cenotafio en honor a sí mismo en el que se distingue una de las representaciones más antiguas de un reloj de sol, 13 siglos antes de que un nacimiento en un pesebre dictase quizá no un tiempo nuevo, sí el calendario por el que se regirían en tierras desconocidas las unas de las otras.
Pero ahí, en la bóveda de la cámara funeraria de un hombre que ordenó que extrajeran el corazón a su cadáver y lo situaran en el lado contrario para que no fallase en la existencia siguiente, ahí, un reloj de sol: las instrucciones para construirlo y para usarlo, la ambición o la necesidad de conocer el tiempo que transcurre, que se agota.
Lo pensé en la sala de espera de neurología. Se me ocurrió pensar sobre el tiempo, el reloj de arena, el faraón, porque me habían citado hora y cuarenta minutos antes y me anticipé, según indica la hojita con mis datos: unas dos horas en total. Ya había terminado el libro que guardé en la mochila -probé, y no aguantó la relectura-, el porcentaje de la batería se destacaba en rojo, así que retomé la observación de quienes charlaban, bostezaban, se restregaban los ojos con el puño cerrado. Casi todos ancianos, con su pareja o un hijo o una hija, con una cuidadora, entre los hombres abundaba la gorra como marca de la estación del año; yo, la más joven, aunque ya no lo sea. A las quejas sobre los retrasos, la administrativa prevenía, van todas tarde hoy, o consolaba, si por mí fuera, y su aspiración flotando tras el cristal que la separaba de los pacientes: un deseo por cumplir.
El hombre con la camiseta de Costa Cálida y la hija que bufaba, como si así insuflase energía a las doctoras, y la mujer no mucho mayor que yo -calculé- que preguntaba por un enchufe en el que cargar el móvil, y así el retrato -una pincelada por ronda- de cada una de las personas que aguardaban en la salita pequeña de la planta primera del edificio lateral; terminó incomodándome mi propia insistencia. De las paredes colgaban una serie de imágenes de lugares paradisiacos: una palmera dominando una playa de arena blanca recibiendo las aguas turquesas, globos aerostáticos cuyos tonos se confundían con los del amanecer, un perfil de rascacielos en el que la noche oscura se quebraba con el estallido de las vallas publicitarias cubriendo las fachadas. En otras especialidades, las paredes las adornan con algún póster de una campaña de prevención, vinculado a aquello que padezcas y a lo que te consuele; en otras, no más que el yeso y la pintura blanca.
Maldivas, Capadocia, Nueva York; una vista del Sena con la Torre Eiffel forzada al horizonte, un plato de espaguetis con tomate servidos en una mesa con un mantel de cuadros, las pirámides en la meseta de Giza. Me acordé de una mención al reloj de arena en el cenotafio de Seti I, en un artículo que había leído días antes, desde la que había saltado a los ortostilos que recorrieron milenios de la China de Tscheu-Kong hasta la Roma de Plinio el Viejo, los empeños de los griegos -la clepsidra, la Torre de los Vientos-, las velas de los fieros reyes anglosajones y los ángulos de los vikingos, desconecté en la época de los engranajes; prefiero el ingenio a la técnica.
En la sala de espera -ya dos horas y cuarto, y veinte- pensé sobre el faraón, el reloj de arena, el tiempo: el que gastábamos mientras no nos avisaban, fantaseaba en qué invertirlo, terminar un artículo, poner una lavadora, esmerarme en el almuerzo; a mi alrededor, supuse, el tiempo se medía de otra forma menos práctica. Me abandoné a la metafísica: alguien se pregunta qué sucede, por qué arriba se enciende y se apaga, por qué se transforma el cuerpo, débil, hasta extinguirse; alguien que descubre el tiempo, y alguien -¿él o ella, otra persona?- que decide medirlo, organizarlo en segundos, minutos, horas.
"Me abandoné a la metafísica: alguien se pregunta por qué se transforma el cuerpo, débil, hasta extinguirse; alguien que descubre el tiempo, y alguien que decide organizarlo"
Seti I confiaba en la vida perpetua, y por eso dispuso otro orden para su corazón y unas guías para aprovechar el regalo infinito. Atendí de nuevo a los carteles: Maldivas, Capadocia, Nueva York, París, algún callejón de Italia, El Cairo. Varían cada tres o cuatro meses: en revisiones anteriores me he entretenido mirando láminas antiguas de Madrid, capitales emblemáticas de América Latina, escenas del Hollywood clásico. Cada diciembre, espumillón de lado a lado, en la puerta de la sala un letrero -¡FELIZ NAVIDAD!- al que el uso resta purpurina.
Alguien se esfuerza por decorarla, por convertirla en un sitio amable para los 15 minutos, una hora, dos horas y media hasta que te llamen, temiendo una mala noticia o llevándola contigo. Aquellas imágenes que alguien recorta de catálogos de agencias de viajes, de juegos comprados en un bazar, constituyen un lenguaje del tiempo.
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