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Hay lugares que no encajan con todo lo que sabemos de la prehistoria. La llamada Cueva 338, colgada a 2.235 metros en el Pirineo oriental, es uno de ellos. Allí, donde el frío muerde y el aire escasea, un equipo de arqueólogos ha encontrado algo más que restos dispersos, ha encontrado un extraño patrón. Fuego prendido durante generaciones, joyas, restos óseos de niños, minerales verdes quemados, y signos de humanos empeñados en regresar durante miles de años, que rompen la lógica de lo que sabíamos de nuestros antepasados.
El hallazgo más desconcertante está en los hogares. Hasta 23 estructuras de combustión repartidas en distintas capas del suelo, algunas superpuestas, como si generaciones separadas por siglos hubieran vuelto exactamente al mismo punto para encender fuego. Dentro de esos hogares, fragmentos de mineral verde, probablemente malaquita, aparecen alterados por el calor. Mientras otros materiales de la cueva permanecen intactos, estas piedras muestran signos claros de haber sido quemadas de forma deliberada. No fue accidente. Fue intencionado. Y esa intención, sostienen los investigadores, apunta a una forma primitiva de trabajar el cobre en un lugar donde, en teoría, nadie debería haberse quedado demasiado tiempo.

Detalle del colgante recuperado durante las excavaciones.IPHES-CERCA
«Durante mucho tiempo, los entornos de alta montaña fueron considerados marginales, lugares de paso ocasional para las comunidades prehistóricas», afirmó el profesor Carlos Tornero, del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social, autor principal del artículo publicado en Frontiers in Environmental Archaeology. «Pero hemos encontrado una secuencia arqueológica muy rica, que incluye múltiples estructuras de combustión y una gran cantidad de fragmentos de minerales verdes. No podemos precisar cuánto tiempo permanecieron las personas en cada ocasión, pero el uso repetido del espacio y la densidad de restos sugieren ocupaciones de corta a media duración, que se repitieron una y otra vez durante largos periodos de tiempo».
La alta montaña fue vista como un espacio marginal en la prehistoria, un territorio de paso. Peroa hora este yacimiento desmonta la idea. Las dataciones sitúan la actividad entre hace 5.500 y 3.000 años, con visitas recurrentes que implican planificación, desplazamientos organizados y conocimiento del entorno. No era una incursión esporádica, era una rutina intermitente repetida durante generaciones, por un motivo que sigue siendo un misterio.

Fragmentos de malaquita, un mineral rico en cobre, recuperado durante las excavaciones.IPHES-CERCA
Pero lo que convierte la cueva en algo más que un enclave minero es lo que aparece entre las cenizas. En una de las capas, los arqueólogos encontraron un hueso de dedo y un diente de leche pertenecientes, al menos, a un niño de unos once años. No hay, de momento, explicación clara. No se sabe si murió allí, si fue enterrado allí o si sus restos llegaron por otros medios. Tampoco se ha podido determinar si ambos fragmentos pertenecen al mismo individuo. La posibilidad de que la cueva oculte un espacio funerario más profundo sigue abierta, y con ella, una lectura mucho más compleja del lugar.
A esa dimensión simbólica se suman las joyas. Dos colgantes emergieron del sedimento: uno elaborado con una concha, otro con un diente de oso pardo. El primero remite a tradiciones compartidas con otros grupos prehistóricos de la región; el segundo, mucho más raro, apunta a algo distinto, quizá más íntimo, más local, más cargado de significado. No son objetos funcionales. Son objetos que cuentan historias, que señalan identidad, pertenencia o creencias.

Colgante elaborado a partir de un incisivo de oso recuperado durante las excavaciones.IPHES-CERCA
La cueva, en ese sentido, empieza a dibujar una escena difícil de clasificar. Un lugar al que se subía expresamente, donde se encendían fuegos para transformar piedra en metal, donde se dejaban o se perdían objetos personales, y donde, al menos en un momento dado, apareció un niño. Trabajo, rito y muerte comprimidos en un mismo espacio, repetidos a lo largo de siglos.
Los investigadores insisten en la prudencia. La identificación de la malaquita aún es preliminar y la excavación no ha alcanzado su profundidad máxima. Este verano continuarán los trabajos con la esperanza de aclarar el origen del mineral, la función exacta del enclave y la naturaleza de los restos humanos. Pero incluso con las incógnitas abiertas, hay algo que ya ha cambiado: la imagen de aquellas comunidades. Porque la Cueva 338 sugiere que la prehistoria no solo habitaba los valles fértiles. También subía. Subía con intención, con herramientas, con fuego y, quizá también, con sus muertos.
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