

























Tirando de metáfora literaria, personifica un cauteloso pero actualizado guardián entre el centeno, el custodio de su luz y sus reflejos iridiscentes. Es Rubén Fabuel (Madrid, 1982) artista desacostumbrado y rara avis, quien ha encontrado su lugar en el panorama creativo en la frágil paja de este cereal que galvaniza sus sueños y reviste sus creaciones. Se afana con sus finas hebras, sus delicados tallos secos. Los corta, alisa, tiñe, bruñe y empalma con la precisión de un cirujano. Recubre, forra y tapiza con tan delicado forraje bandejas, expositores, cajas de puros, joyeros, cabeceros, biombos y paneles, formidables lámparas, baúles, esculturas como geodas y hasta enormes menhires que se tarifan por un potosí y que espejean de luz, cambiantes según por donde se contemplen.
Su talento, que ha eclosionado tardío, levanta admiraciones de amplio espectro: desde Pedro Almodóvar o la Reina Letizia hasta una casa de ilustre champán, Bollinger, con la que ha colaborado en un evento de postín. Pero ¿de dónde ha salido este artista de trazabilidad sinuosa y oficio ignorado y extinto? ¿En qué cueva estaba oculto este desempeño y de qué trata? "Soy marquetero de la paja de centeno, un oficio que según la historia nace en Europa en el siglo XVII -o quizá en la Ruta de la Seda- y que tuvo su esplendor en Francia en pleno art déco con nombres como Jean-Michel Frank, Jean Roger o André Groult. Para mí, la paja del centeno da mucho más juego que la madera. Tiene una luz única porque contiene sílice de manera natural. De tal modo que, dependiendo hacia donde dirijas la hebra va a resaltar un tono, va a brillar o se va a apagar. Resulta un maravilloso juego tridimensional, dependiendo del ángulo por donde mires la pieza cambia a cada momento", argumenta desde su showroom en Aplika Studio, en el barrio de Moncloa (Madrid). "Tengo taller en Casarrubuelos, Toledo, un lugar maravilloso, lo estoy acabando de adecentar porque estaba un poco caótico", se disculpa.
Cuarta generación de una saga dedicada al mueble doméstico y con un bisabuelo tornero, Fabuel vivió y creció en el barrio de San Fermín, al sur del sur de Madrid. Tras patronear y estudiar Diseño de Moda, Relaciones Públicas, dejarse llevar «por donde me llevaba el viento» y cortar el cordón umbilical de la familia carpintera, el de San Fermín encontró la epifanía en una feria de antigüedades en IFEMA. "Fue en Feriarte en 2017. Iba paseando y en un stand vi un mueble azul, presumiblemente francés, que a cada paso que daba cambiaba de tonos, de luz. Me quedé superalucinado, me obsesioné. Y estuve casi tres años buscando dónde aprender ese oficio. Quería embellecer mis propias piezas, darles ese toque artístico que no encontraba en la carpintería comercial", rebobina.

Un joyero realizado por Fabuel.
Y esa fe ciega lo llevó hasta Mansilla de Las Mulas, León. Allí, en la asociación Homofaber encontró un Centro de Formación de Oficios Artesanales, aquellos de los que quedan menos que linces o urogallos. "Me enseñó Manuel Romero, un maestro granadino taracero, una técnica, otro tipo de marquetería, en la que se incrusta hueso, marfil, nácar, etcétera, sobre madera para crear diseños geométricos", explica Rubén.
Aquello sólo supuso un primer paso. La siguiente escala lo condujo al epicentro de este gremio desconocido que se pierde en la Europa de las guerras, las rutas remotas y los comerciantes en pleno siglo XVII. En París fue al encuentro, casi como polizón, de Lison de Caunes, cuyo atelier es la meca, la quintaesencia de la paja del centeno con vocación de marquetería de lujo. Dicho taller, enclavado en el Distrito VI de la Ciudad Luz, a dos pasos de los Jardines de Luxemburgo, trabaja para casas como Cartier, Guerlain, Porsche o Bvlgari.
Interiorismo de altísimos vuelos y acabados de muchos cientos de euros. "Lison es la reina. No hay nadie como ella", refiere quien bebió de su magisterio. Con la Legión de Honor en la pechera, De Caunes es nieta del diseñador art déco André Groult y se la considera la referencia mundial en este arte, que fue revitalizado en la década de 1930 por el legendario diseñador Jean Michel Frank y del que ella misma restaura muebles, paneles y otros objetos. La paja de centeno a la que recurre Lison de Caunes se cosecha una vez al año en Borgoña y es teñida con mimo por la Manufactura Real de Bonvallet, en Amiens.
Fabuel pretende cerrar el círculo él mismo. "Tenemos una parcelita en Torrijos (Toledo) donde estoy cultivando centeno, todo en ecológico, sin pesticidas ni nada. Se trata de un un tipo de centeno especial que crece hasta casi dos metros. Cada paja tiene muchas secciones, con nudos entre medias, y para este oficio necesitas secciones largas que no estén rizadas. Se recolecta antes del verano, un pelín verde, que no esté seco del todo para que no pierda la humedad; luego se deja secar a la sombra. Lo limpias de espigas, quitas nudos, camisas, y trabajas con su interior. Se hierve con mordientes, que son químicos minerales como sales de aluminio, para abrir la fibra y que de ese modo pueda agarrar el color. Utilizo tintes naturales (cáscara de cebolla, remolacha, azafrán) y químicos (anilinas) solo para tonos como el azul. El kilo de paja de centeno en Francia hoy en día está a 180 euros, y son apenas dos fardos. Alguna que otra vez he usado también paja de avena, pero es muy fina y quebradiza, se parte muchísimo, aunque a cambio da unos tonos nacarados increíbles", detalla Fabuel.
Con tan frágil materia prima, espantando sus propios nervios y sumergiéndose en una rutina de mindfulness, Fabuel resistió, ensayo y error, hasta aprehender la excelencia. Sus primeras creaciones fueron lámparas de mesa, que vendía en plan friends & family y que expuso en el Torreón de Atocha. "Una lámpara pop de este tipo", señala una con motivo Bowie momento Ziggy Stardust, «la vendo por 800 euros y me lleva 10 horas de trabajo durante una semana completa; mientras que en Francia una lámpara alcanza entre 1.500 y 2.000 euros", lamenta.

Uno de los menhires de Fabuel.
Poco a poco su estilo y obra fueron cogiendo vuelo e impacto. Arribó a Casa Decor, donde se alzó con la segunda Mención del Premio a Diseño Original con un poético biombo separador de cuatro paneles giratorios. Lo ideó el artista Miguel Muñoz y él lo recubrió con una paleta cromática inspirada en un amanecer en la soledad de alta mar. Precio: 8.000 euros. Casi al doble se tarifa su enorme Soft Menhir, símbolo del recorrido milenario del arte, desde lo más primitivo hasta la vanguardia: 15.000 euros. "Estuve casi cuatro meses sólo con la marquetería", recuerda sobre la pieza.
Sin casi tiempo a asimilar cierto éxito, un tal Pedro Almodóvar se interesó por su trabajo cuando expuso durante el FORMA Design Matadero. "Ver una pieza mía en una película suya sería una locura", anhela.
Antes de que tan fílmico logro pueda cristalizar sobrevino un hito mayúsculo: un joyero para la Reina Letizia. Ocurrió en el contexto del Madrid Design Festival en un evento de Alianza para la Lana en febrero de este mismo año. "Fueron cinco días de trabajo intenso, casi sin dormir. El joyero, rematado con marquetería de paja dorada, negra y rosa, fue un obsequio del Gobierno de Castilla-La Mancha a la Reina. Su patrón geométrico está inspirado en un trineo expuesto en la Galería de las Colecciones Reales, un dragón con el que jugaba Isabel II de niña, al que añadí escamas negras. Cada rombo está tratado con tiras de espiga, y tuve que multiplicar los cortes del bisturí. Es un trabajo tremendo, de micras. Si hay que ponerle precio estaría entre los 1.000 o los 1.200 euros", detalla el artista /artesano.
A raíz del obsequio, Casa Real le ha solicitado un dossier por aquello de futuros regalos institucionales. Mientras tanto, Fabuel proyecta sus horizontes sobre un campo de centeno toledano. Se parapeta, fija la mirada y sus dedos en tan yermo como delicado cereal, al acecho estajanovista en su taller cual guardián entre centeno.
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