Entrevista
Tras anunciar su adi�s de la gran novela hace tres a�os el genial escritor irland�s regresa a la literatura por la puerta grande con ‘Nocturno de Venecia’, un destilado de su estilo y temas de siempre que es casi un capricho. "Sigo vivo y relativamente l�cido, �qu� har�a con mis d�as si no escribiera?"

El escritor irland�s John Banville.
Actualizado
"�Qu� puedo decir? Simplemente, no pens� que vivir�a tanto. Como sabes, mi esposa falleci� en noviembre de 2021, y despu�s de eso pens� que todo hab�a terminado. Pero sigo vivo, relativamente l�cido y estoy despierto 18 horas al d�a, �qu� har�a con mis d�as si no escribiera?, se excusa John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), tras ser reprendido. Y es que el escritor, uno de los grandes maestros de la literatura anglosajona contempor�nea, adem�s de un conversador amable, erudito e ingenioso a partes iguales, dijo hace cuatro a�os que se retiraba. Por suerte, no ha sido as�. "Mi esposa sol�a decir: 'S�, dejaraas de escribir, te meter�as en pol�tica y destruir�as el mundo'", bromea.
Su nueva novela, Nocturno de Venecia (Alfaguara), que bebe de la tradici�n g�tica victoriana, narra la historia de Evelyn Dolman, un escritor ingl�s mediocre y fracasado que logra casarse con una rica heredera estadounidense que se encapricha, en los estertores del siglo XIX en pasar su luna de miel en la capital del V�neto. Del Otelo shakespeariano a El placer del viajero de Ian McEwan, pasando por La muerte en Venecia de Thomas Mann, la ciudad de los canales es huespes literario de deseos imposibles y romances truncados.
Para saber m�s
De todo eso hay en esta novela en la que Banville, escudado en su legendaria prosa, aprovecha al m�ximo la atm�sfera sombr�a de la ciudad invernal y, si bien nos advierte expl�citamente que nos dirigimos hacia un desenlace inquietante, nos mantiene en la incertidumbre sobre su forma final.
Mientras Evelyn enloquece por culpa de dos gemelos siniestros, la hipn�tica Venecia de su novela, suspendida entre la belleza y la descomposici�n, semeja una imagen de Europa, una met�fora de nuestra civilizaci�n.
"El conocimiento de la muerte es grandioso, le da color, viveza y vitalidad a la vida y es lo que nos distingue de los dem�s animales"
- Ambienta su novela en una Venecia decimon�nica, suspendida entre la belleza y la descomposici�n, que es un personaje m�s, �que le atrajo de este escenario?
- No lo tengo muy claro. Siempre he tenido una relaci�n de amor-odio con Venecia. Llevo yendo all� desde los a�os 60, desde mis 18 a�os, y la verdad es que la odio [risas]. Es una ciudad horrible en muchos sentidos y los venecianos, generalizando, son muy codiciosos, parece que solo les interesa el dinero. La ciudad es un lugar singular y extra�o. Es decir, es la �nica ciudad que conozco donde, al llegar, te encuentras con que es como era hace unos 400 a�os. Como sabes, en Venecia nada ha cambiado. As� que resulta muy... desorientador encontrarse en una ciudad renacentista en la d�cada de 2020. Pero es un lugar realmente hermoso. Quiero decir, es extremadamente hermoso. Y extra�o. Siempre es extra�o. He tenido experiencias extra�as all�. Siempre me ha parecido una ciudad fantasmal.
- Evelyn Dolman, como muchos de sus protagonistas, es alguien odioso, narcisista y con quien es dif�cil empatizar, �por qu� lo escribi� as�?
- Es una criatura horrible, �verdad? Despreciable. Se merece todo lo que le ocurre. Pero al mismo tiempo, la gente que lo rodea es espantosa. Me di cuenta mientras escrib�a el libro de que todos los personajes son personas realmente espantosas. No hay ninguno que inspire simpat�a, as� que, en muchos sentidos, el libro es desagradable. No obstante, yo nunca pienso en los personajes m�s que como en criaturas hechas de palabras, que no tienen vida propia. Son todos aspectos de m�, tienen que serlo, porque soy el �nico material con el que puedo trabajar. No conozco la mente de nadie m�s, quiz� tampoco la m�a propia, pero mis personajes son siempre el reflejo de qu� quiero contar y de c�mo hacerlo, nada m�s.
- Sin embargo, los a�os aportan sabidur�a y experiencia. Al escribiar ahora, casi en los 80, �siente que mira a mira a esas criaturas con m�s indulgencia, lucidez, compasi�n...?
- Como digo, son criaturas hechas de palabras, productos de mi imaginaci�n, as� que no siento empat�a por ellos, ni compasi�n, ni aversi�n, ni amor. Simplemente los creo. Son como los personajes de nuestros sue�os. Estoy convencido de que todas las personas que vemos en nuestros sue�os somos, en realidad, nosotros mismos. Se parecen a otras personas, hablan como otras personas, pero creo que son uno mismo, que reflejan lo que llevamos dentro. Mucha gente me dice que recuerda mis personajes durante a�os, pero para m�, cuando termino un libro, dejan de existir para siempre.
- La novela recrea un mundo claramente victoriano, desde la ficci�n psicol�gica de su querido Henry James a la picaresca 'dickensiana' reflejada en los dos hermanos. �Qu� le atrae de ese mundo, de esa �poca, de ese lugar?
- Bueno, siempre he tenido querencia por toda esa literatura. Quiero decir, Henry James es para m� el gran novelista, el m�s grande de todos. Y me encanta su retrato de Venecia. Tiene un peque�o ensayo sobre la ciudad realmente precioso y, por supuesto, est� Los papeles de Aspern. Y es extra�o que cuando empec� a leer Retrato de una dama [novela de la que Banville escribi� una continuaci�n, La se�ora Osmond], fue en Venecia, a unos cien metros de donde Henry James se alojaba cuando empez� a escribirla. Me fascina su forma de retratar la sutileza humana, sus secretos ocultos, y la capacidad de las personas para hacerse da�o unas a otras, y quer�a hacer algo parecido. Esto su junt� con que siempre tuve la ambici�n de escribir una novela de fantasmas y tambi�n una historia con tintes er�cticos, y todo esto convive en esta novela, as� que estoy contento.
- Habla de cosas ocultas y sus personajes parecen siempre al borde de descubrir algo, sobre los otros o sobre s� mismos, que quiz� ser�a mejor no saber. �El conocimiento es, en el fondo, una forma de p�rdida, no s�lo de inocencia sino de humanidad?
- Bueno, siempre est�n a punto de descubrir algo, porque esa es la naturaleza de la vida en general. Nos pasamos la vida pensando: "Oh, estoy a punto de descubrir el gran secreto", y un d�a morimos, y el gran secreto muere con nosotros. Es extra�o... Los seres humanos somos extra�os. Creo que desarrollamos la conciencia por accidente. Desarrollamos el lenguaje por accidente. No creo que estuvi�ramos destinados a conocernos tan bien como nos conocemos. Por ejemplo, que estuvi�ramos destinados a saber que morir�amos. Y, por supuesto, el conocimiento de la muerte es grandioso. Es lo que nos distingue m�s claramente de los dem�s animales. Ser conscientes desde los cinco o seis a�os de que alg�n d�a moriremos es una gran ventaja para nosotros. Creo que la conciencia de la muerte le da color, viveza y vitalidad a la vida
- Hablando hace un par de a�os de la muerte me dec�a que no pensaba mucho en ella. �Ahora cada vez la siente m�s cerca?
- Hombre, es que cada vez est� m�s cerca [risas]. Quiero que me pase de una forma agradable y r�pida, no quiero demorarme en exceso. Sin embargo, siempre digo que es probable que me aferre a la vida en una decrepitud creciente, primero con muletas, luego en una silla y al final ya en la cama. Pero bueno, no me angustia mucho, simplemente soy realista: soy un peque�o resquicio de vida que estuvo aqu� durante 80 y tantos a�os y que pronto desaparecer�. Entonces solo ser� un problem�tico mont�n de cenizas para mis hijos, que dir�n: "�Qu� demonios hacemos con esto?".

John Banville durante la entrevista.Antonio Heredia
"La noci�n del yo proviene de la religi�n, igual que la idea del alma. No estoy seguro de existir, no creo que exista un yo, simplemente fingimos ser nosotros"
- Volviendo a los secretos, usted asegura que son la esencia de lo humano. �Escribir es una forma de proteger los secretos o de traicionarlos?
- Pues... no lo s�. Sabes, lo que pasa con una novela es que no se parece en nada a la vida. La gente no vive como los personajes de una novela. Una novela tiene un principio, un desarrollo y un final, pero en la vida, no recordamos nuestro nacimiento, no experimentamos nuestra muerte, y lo �nico que nos queda es este caos intermedio. Por eso, soy muy consciente de que la novela es un artefacto, algo creado y puesto en el mundo como un objeto. As� que no creo que... En realidad no me interesan los seres humanos. Ya sabes, siempre digo que no me interesa lo que la gente hace, sino lo que es. Intento ir m�s all� de lo que la gente hace, para encontrar algo esencial sobre nuestra extra�a condici�n, sobre este extra�o planeta y qu� demonios hacemos en �l.
- En este sentido, ha dicho tambi�n que su objetivo como artista es dar cuenta de lo que es estar vivo, pero en sus libros, la realidad siempre se siente un poco extra�a, como si no fuera del todo fiable. �Conf�a usted en la realidad o la considera una convenci�n humana m�s?
- Si me explicas qu� es la realidad, te responder� [risas]. No lo s�. Creemos vivir en el presente, pero el presente no existe, es algo que fluye y el futuro es la improbabilidad m�s grande, puede que nunca llegue. As� que vivimos en el pasado, que es lo �nico que tenemos. Constantemente miramos hacia atr�s, a lo que hemos hecho. Nos consideramos personajes de novelas, pero no lo somos, pues el nivel de detalle de los libros es imposible. Nadie recordar� el pasado de la forma en que un novelista describe a sus personajes. Ya sabes, el aspecto del cielo, la expresi�n de alguien, una palabra en particular. No recordamos esas cosas, los novelistas las inventamos. Por lo tanto, la novela es un mundo completamente inventado, una realidad creada para s� misma y tiene muy poca relaci�n con la vida humana. Y yo s� bastante de novelas, pero de la vida, de la realidad... no tanto.
- Otro tema que explora, como siempre, es la complejidad de la identidad, que define como una impostura m�s o menos sofisticada. En ese juego de m�scaras, �el escritor est� m�s cerca del impostor o del testigo?
- Siempre estamos fingiendo ser nosotros mismos. Me dedico a fingir que las cosas no son as�, pero no tengo ni idea de qui�n soy. Soy una mezcla de mis recuerdos, de mis esperanzas y miedos, todo eso, pero... no lo considero la realidad. Es una ficci�n que hemos inventado para poder vivir en el mundo porque no lo entendemos, no nos entendemos a nosotros mismos. De hecho, no estoy seguro de existir, no creo que exista un yo. La noci�n del yo proviene completamente de la religi�n, igual que la idea del alma. Cuando miro en mi interior, no veo a una sola persona, s�lo veo un conjunto de reacciones a lo que me sucede en el mundo. Cuando participo en eventos p�blicos y veo que la gente se me acerca despu�s con libros, los veo mir�ndome y pensando: "Es mucho m�s bajo de lo que cre�a, y mucho mayor". Y quiero decirles: "La persona cuyo libro leyeron no soy yo. John Banville deja de existir cuando me levanto de mi escritorio. S�lo soy este hombrecillo mugriento, no soy nadie". Quiz� por eso preferir�a no ser recordado. Me gustar�a que los libros perduraran, s�, pero que yo desapareciera.
"En esta �poca confundimos palabras con hechos. Decir algo desagradable sobre un grupo de personas, una raza o una religi�n son s�lo palabras, lo peligroso son los actos"
- Hablemos, pues, de libros. En un momento en que la literatura parece empujada hacia la velocidad y la transparencia, �qu� lugar queda para una escritura como la suya, lenta y ambigua? �Cree que el estilo puede ser una forma de resistencia frente a la banalidad del mundo contempor�neo?
- Bueno, quiero decir, el estilo de la prosa es... tiene muy poco que ver con el mundo. Quiero decir, el mundo no est� escrito en prosa. El mundo est� escrito en caos, desorden e incertidumbre. Mi frase es algo bellamente estructurado. No experimentamos eso en el mundo. Ahora la prosa, como todo arte, est� cada vez m�s controlada y en decadencia, pero es porque el mundo contempor�neo se ha vuelto banal, busca lo f�cil. Y la esencia de cualquier arte es la dificultad. No hay nada bueno, nada duradero y valioso que no sea dif�cil, las cosas sencillas son simplemente sencillas, pero las dif�ciles son mucho m�s que ellas mismas.
- Hablando de control, recientemente ha mostrado cierta inquietud ante lo que ha tildado de nuevas formas de censura cultural. �La literatura sigue siendo un territorio de libertad o se est� convirtiendo en un terreno cada vez m�s vigilado?
- Bueno, s�lo puedo hablar por m�, pero me espantan todos estos debates sobre la censura de libros y la correcci�n pol�tica. Eso es una tonter�a, la vida es como es. Puede que, ya sabes, nos refiramos a las personas con discapacidad como discapacitados o minusv�lidos en lugar de otros t�rminos m�s peyorativos del pasado, pero �esto hace que la vida sea menos terrible para las pobres criaturas que tienen alguna discapacidad? Vivimos en una �poca extra�a en la que confundimos las palabras con los hechos. Creemos que si decimos algo desagradable sobre un grupo de personas, una raza o una religi�n, de alguna manera les haremos da�o. Pero no, son s�lo palabras. Las palabras no tienen el peso que la gente imagina y, desde luego, no son acciones. Las acciones, como vemos cada d�a en la televisi�n, son algo completamente distinto y ciertamente destructivo.
- De toda su obra, se desprende que los seres humanos somos una especie cruel. En el mundo actual, cada vez m�s violento e incierto, �cree que la literatura, el arte, puede todav�a ofrecernos comprensi�n o consuelo?
- El mundo es inexplicable porque no tiene ning�n sentido, a pesar de que los fil�sofos sigan empe�ados en hall�rselo. Y lo que hacemos los artistas, o lo que hago yo, al menos, es intentar pensar en c�mo es estar vivo y ser un ser humano en este mundo con la esperanza de que cuando alguien lea mis libros tenga un sentido m�s consciente de esa experiencia. M�s all� de eso, no puedo hacer nada al respecto. Es decir, somos una especie extremadamente cruel. Matamos por placer y torturamos para divertirnos. Somos una especie espantosa, el virus m�s peligroso y destructivo que este planeta haya conocido. Y, sin embargo, de vez en cuando, reaparecemos, como un Mozart, un Henry James, un Lorca o un Vel�zquez. Cuando voy a Madrid y me paro frente a Las Meninas, pienso: �c�mo pudo alguien de nuestra especie crear algo tan extraordinario, exquisito, bello y misterioso? Somos una especie muy extra�a. El arte no nos mejora ni detiene guerras, no impide el abuso sexual ni para la inflaci�n. Por desgracia, vivimos en una �poca en la que exigimos que el arte sirva para todo esto, pero en el mejor de los casos, en su forma m�s aut�ntica, el arte s�lo nos permite intensificar el sentido de qu� es estar en el mundo, que no es poco. Es algo maravilloso, extra�o y terrible, lo �nico que tenemos.

John Banville en un pub de Dubl�n.Antonio Heredia
"Cuando miro ‘Las Meninas’, pienso: �c�mo pudo alguien de nuestra terrible y cruel especie crear algo tan extraordinario, exquisito, bello y misterioso?"
- Hablando de arte, su protagonista es un artista fracasado, seg�n usted alguien que puede ser muy peligroso. �Qu� hay en la frustraci�n creativa que puede volverse destructivo?
- Pi�nsalo, no hay nada m�s destructivo que un artista fracasado. Si nos fijamos en el siglo pasado, tengo un amigo jud�o que dice que si la escuela de arte de Viena le hubiera dado una plaza a Hitler, no habr�a habido Segunda Guerra Mundial. Stalin quer�a ser poeta. Mao quer�a ser poeta. Pol Pot quer�a ser poeta. Todos ellos fueron personas muy, muy, muy peligrosas. As� que cuidado con los artistas.
- As� que deber�amos desear que todos los artistas triunfen, sin embargo usted ha hecho bandera del fracaso como destino del escritor. �Sigue sintiendo, despu�s de tantos a�os, que cada libro es un intento fallido de alcanzar algo que se le escapa?
- S�, por supuesto. Quiero decir, estoy buscando la perfecci�n y, por supuesto, no puedo tenerla, siempre se me escapar�. Si escribiera la frase perfecta... seguramente me retiar�a y luego me dedicar�a a la pol�tica y destruir�a el mundo, como dec�a mi mujer [risas].
- Pero supongo que alguna vez ha pensado en qu� descubre un lector sobre s� mismo cuando termina una novela de John Banville...
- Me encanta saber que la gente ha le�do mis libros, pero escribo para m� mismo. El �nico prop�sito de una obra de arte es, ante todo, inspirar placer, deleite y, despu�s, dotar a la existenciade una mayor sensaci�n de vitalidad. El arte no nos ense�a a ser amables, no nos hace m�s atractivos ni m�s inteligentes, desde luego no m�s ricos. No sirve para nada excepto para ofrecernos una mayor sensaci�n de estar vivos, de sentirnos vivos. Como dije, criaturas extra�as en un planeta extra�o. Pero, ante todo, est� el deleite. Es decir, todav�a acudimos a las antiguas tragedias griegas para deleitarnos. Arist�teles estaba equivocado. No buscamos catarsis, comprensi�n, sabidur�a... Buscamos deleitarnos, puro placer, �qu� m�s se puede pedir?
- En este sentido, si pudiera reescribir un momento de su vida con la precisi�n con la que corrige una frase, �lo har�a… o preferir�a dejarlo en su imperfecci�n?
- Como dije antes, la vida no se parece en nada al arte. La obra de arte es un objeto acabado, como ya he dicho. Se crea y se pone en el mundo; tiene un principio, un desarrollo y un final. Es una forma. Siempre pienso en la obra de arte como si tuviera forma de huevo. Tiene una forma preciosa, un acabado impecable y est� llena de cosas buenas. Pero no se parece en nada a la vida. Si fuera una gallina, dir�a otra cosa, pero soy un escritor. La vida es mejor dejarla estar.
- Vistos sus antecedentes me da miedo preguntarle, pero �despu�s de Nocturno de Venecia, �habr� un nuevo libro o siente, ahora s�, que, de alg�n modo, ya ha dicho lo esencial?
- Esta vez no dir� que parar�, porque no creo que ocurra. Lo que estoy haciendo ahora es escribir mi propia biograf�a, supuestamente. He retomado un viejo juego que pienso desde hace a�os, escribir una autobiograf�a en la que todo est� equivocado: el a�o de nacimiento, el n�mero de hermanos, el nombre del colegio... Un c�mulo de mentiras, as� que es una novela, por supuesto. Me apetece que todo sea no exactamente falso, pero s� equivocado. Cuando uno envejece, se vuelve fr�volo. Adem�s, cada vez queda menos gente que pueda contradecirme, s�lo quiero disfrutar.






















