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La intimidad con la que algunos dirigentes históricos y fundadores de Ciudadanos celebraron este sábado en un local de Barcelona el veinte aniversario de su constitución como partido, un acto en el que intervinieron Arcadi Espada, Teresa Giménez Barbat, Jordi Cañas, José Domingo, Carlos Carrizosa y Rafael Arenas, pero al que no acudieron Albert Rivera ni Inés Arrimadas entre otros, contrasta con la evidente similitud de la actual situación política en Cataluña y España con la de entonces: la misma alianza entre la izquierda y el nacionalismo para expulsar de las instituciones a la derecha y avanzar en una modificación, formal o de facto, de la arquitectura constitucional y su filosofía. De la «España plural» de Rodríguez Zapatero a la «España plurinacional» de Pedro Sánchez.
Los compases iniciales de Cs surgieron también para dar respuesta a la demanda de un proyecto político moderno para construir «una sociedad libre de las ideologías románticas y del colectivismo reaccionario». Porque si algo pretendió ser y logró representar durante más de una década Cs en Cataluña, donde resistió y creció gracias a la determinación y habilidad de Rivera como su líder parlamentario, fue un canto a la modernidad frente a los virus identitarios.
La presentación el 7 de junio de 2005 del manifiesto Por un nuevo partido político en Cataluña, síntesis de las conversaciones que un grupo de quince intelectuales de un amplio espectro ideológico -desde la socialdemocracia de Francesc de Carreras y Félix de Azúa, al liberalismo de Espada, Barbat, Xavier Pericay y Ferran Toutain, el conservadurismo de Horacio Vázquez Rial o el marxismo de Félix Ovejero-, que habían mantenido en el reservado del restaurante El Taxidermista, y su constitución el 9 de julio de 2006 como Ciutadans, supuso la aparición de un OVNI político que sacudió las turbias aguas del oasis catalán que el PSC de Pasqual Maragall había heredado del pujolismo para que todo siguiera en su lucrativo orden.

Acto de celebración del veinte aniversarioMUNDO
Desde un primer momento el establishment silenció y despreció el proyecto de Cs, acusándole de ser un reducto de nietos del franquismo y nuevos lerrouxistas, seguramente porque la élite catalana supo entender antes y mejor que los propios fundadores de Cs y sus primeros dirigentes el peligroso potencial de cambio que contenía aquella incipiente revuelta cívica. En 2018, con Arrimadas como candidata, aquellos «inadaptados» que en 2006 entraron contra pronóstico en el Parlament con tres diputados -un voto de castigo a la traición del PSC y la apatía del PP-, más un movimiento cívico y algo toca cojones que una organización política al uso, convirtieron a Cs en la primera fuerza de Cataluña, con un voto diverso votada muy diverso en lo ideológico y los social, para poner por primera vez en cuestión el status quo catalán. Como resumió el dramaturgo Albert Boadella, uno de los padres fundadores de Cs, fue «una traición a la nación inventada».
UN MILLÓN DE VOTOS
Precisamente, haber conseguido lo que parecía imposible, y sin dinero, siendo pocos y enfrentándose a todos los medios de comunicación de Cataluña, agrandó la sensación de oportunidad perdida al no haber aprovechado ese millón votos de 2018 para llevar a cabo una «desnacionalización» de la Generalitat y sus estructuras de «construcción nacional» como TV3 o la subvencionada «patum cultural» o el sistema escolar. Arrimadas no logró en 2018 la mayoría absoluta para la investidura, bloqueada por el nacionalismo y el PSC, pero tenía un patrimonio de un millón de votos que Cs, más centrado en el salto a la política española, no supo emplear.
«Después de 23 años de nacionalismo conservador, Cataluña ha pasado a ser gobernada por el nacionalismo de izquierdas». Con esta frase que abría el manifiesto fundacional comenzó la historia de un movimiento contra una anomalía catalana: la connivencia de la izquierda con el nacionalismo, que hoy ya es una anomalía española. En un artículo publicado en El Periódico, Félix de Azúa señalaba que el único precedente en el que la izquierda y el nacionalismo se fusionaban había sido en Alemania a partir de 1930. Cataluña es diferente y pionera en todos los ismos políticos que irrumpen en España, como la reedición de ese nuevo «frente popular» que supuso en la práctica el pacto tripartito de Pasqual Maragall con ERC e Iniciativa, y su Pacte del Tinell, para expulsar a la derecha española -no a la amiga Convergència- de las instituciones y la vida pública.
Una de las conclusiones cuando se cumplen dos décadas de su fundación es que Cs fue un artefacto punk que pudo cambiar el sistema en Cataluña, al menos lo zarandeó y permitió que muchos catalanes hablaran desacomplejadamente contra la casta nacionalista. Un descaro que fue determinante a la hora de frenar el golpe de Estado de 2017 siendo el partido que abanderó las dos grandes movilizaciones constitucionalistas en Barcelona. Uno de los legados de Cs es que el nacionalismo perdió el patrimonio de la ley del silencio.
Rivera no tuvo el mismo éxito en su intento de conquista de Madrid cuando intentó sustituir al PP como el macho alfa de la derecha española. Así, lo que no lograron los poderes fácticos catalanes -acabar con ese molesto partido de «lerrouxistas»-, lo hizo sin miramientos y velozmente el poder madrileño cuando Rivera dejó de serles útil en el proceso de sustitución de Mariano Rajoy en la Moncloa. Rivera y su equipo no contaban con la experiencia, ni la estructura territorial, ni los apoyos para una empresa que acabó desnudando su bisoñez.
El mal morir de Cs, con la dimisión de Rivera en noviembre de 2019, tras perder más de 1,6 millones de votos respecto a las elecciones generales del 28 de abril -una debacle sin precedentes-, y el posterior fracaso de Arrimadas, sumado a la desafección de muchos de los intelectuales fundadores ante las ruinas del proyecto naranja, oscurece la vigencia de su ideario político. Así como la existencia de un espacio de centro liberal, europeísta, conectado a la realidad global del siglo XXI y sus avances tecnológicos, que espera ser representado por algún partido como sucede en el resto de países europeos.
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