

















Hubo un tiempo en que Barcelona rechaz� con rotundidad la obra de Antoni Gaud�. Durante el franquismo, la burgues�a despreciaba la huella del arquitecto, hasta el punto de que en 1967 se instal� un bingo en la Casa Mil�, m�s conocida como La Pedrera.
Este edificio solo fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984. Hasta entonces su imaginativa fachada luc�a de un turbio color marr�n, casi negro, a causa de la negligencia municipal en limpiarla. Fue durante esos a�os, los previos al estallido ol�mpico, cuando la percepci�n sobre el genio empez� a cambiar y se centr� sobre todo en su originalidad, id�nea para atraer al turismo desde una imagen de marca capaz de generar ingentes beneficios para la Ciudad Condal.
Al principio los japoneses fueron los m�s entusiastas con el reclamo, pero poco a poco el fen�meno se globaliz�. El escritor Rafael Argullol cree que el mito de Gaud� exist�a incluso antes de su muerte, acaecida el 10 de junio de 1926 como consecuencia del atropello de un tranv�a en la Gran V�a de la capital catalana. Esa leyenda permaneci� difusa durante decenios, redescubri�ndola, seg�n afirma el autor de Mi Gaud� espectral (Acantilado, 2015) los extranjeros, entre otras cosas porque �en Barcelona hay mucho talento, pero en general se le tiene miedo o terror y suele privilegiarse la mediocridad�. Adem�s, apunta el pensador, �existe otro factor con el personaje, que no era demasiado nacionalista para los nacionalistas ni demasiado cat�lico para los cat�licos, as� como tampoco demasiado moderno para lo que deseaban los modernos del lugar�.
Sin embargo, a lo largo de este siglo se ha producido un fen�meno que ha alcanzo su c�nit en 2026: el del encumbramiento de Gaud� como producto transmedia que vale casi para cualquier cosa menos para profundizar en sus contribuciones art�sticas, como si fuera un cuerpo a trastear para vaciarlo de su contenido esencial.
Para saber m�s
Basta con pasear un poco por las calles para darse cuenta de la mercantilizaci�n del protagonista de este art�culo. En el metro, un cartel que lo muestra como si fuera una mezcla entre el pensador de Rodin y una especie de rey pescador anuncia una experiencia inmersiva en la catedral, id�nea para aquellos con ganas de sumergirse en su taller durante los �ltimos d�as de su existencia mediante la realidad virtual.
En 2018, el d�o H�rpo, compuesto por Lucas Mil� y Arcadi Poch, pintaron un mural en la fachada del Hotel Sagrada Familia con una imagen mastod�ntica de Gaud�, quien sostiene en su mano un suvenir de su edificio m�s emblem�tico, consagrado como bas�lica en 2010 por Benedicto XVI, ilustre visitante al que se a�adir� ahora el papa Le�n XIV.
Para el arquitecto Alessandro Scarnato, Premio Ciudad de Barcelona de ensayo por Barcelona Supermodelo (Comanegra, 2016), es indudable que el rebautizado como �arquitecto de Dios� ha quedado eclipsado por el personaje, pero a�ade m�s matices para comprender su atractivo para los turistas, entre ellos, que la Sagrada Familia es incomparable con otros monumentos mundiales al poder apreciarse su construcci�n en vivo. Se pregunta si el italiano si la marea de visitantes disminuir� una vez el templo quede terminado, algo que est� previsto para 2033.
En cambio, para su compa�ero de profesi�n David Garc�a-Asenjo la imagen que se vende de Gaud� es apta para visitas expr�s, ideales para aumentar el n�mero de turistas seducidos por la atracci�n. Esta sobreexposici�n aleja el foco de los motivos que hacen valiosa su obra y distancian al p�blico que pueda estar de verdad interesado en comprenderlo. Su opini�n concuerda con la de Argullol, para quien se ha producido un proceso de vampirizaci�n propio de la sociedad contempor�nea con los genios del pasado, as� como con la de la doctora en Arquitectura y profesora en la Universitat Internacional de Catalunya Nuria Prieto, para quien el detalle radica en el verbo. Gaud�, seg�n asegura, �se vende en vez de divulgarse, populariz�ndose su imagen hasta el extremo de convertirse en icono�, lo que afecta no solo a la percepci�n de su obra, sino tambi�n a la fagocitaci�n de personajes cercanos como Josep Maria Jujol, �estrecho colaborador de Gaud� y autor de firma m�s que singular�.
"La arquitectura de Gaud� es absolutamente extraordinaria en el sentido etimol�gico del t�rmino: fuera de todo aquello ordinario"
Para Prieto, en el caso que nos concierne se deber�a trazar una divisoria entre el autor y el icono, es decir, �retroceder unos pasos para que este �ltimo vuelva a ser el autor y para que la comercializaci�n de su imagen se transforme en divulgaci�n y difusi�n�.
Gaud�, por lo dem�s, es v�ctima de muchos males contempor�neos. Uno de ellos podr�a ser la p�rdida de influencia del catolicismo en la sociedad actual, que empuj� a Oriol Bohigas (Barcelona, 1925-2021) a juzgar carente de sentido la finalizaci�n de la Sagrada Familia en nuestra centuria, algo que hab�a esgrimido en 1965 en una carta a La Vanguardia espa�ola firmada por nombres de la cultura barcelonesa y europea como Le Corbusier, Carlos Barral, Gio Ponti, Jaime Gil de Biedma, Santos Torroella o, incluso, Camilo Jos� Cela.
En ese texto se consideraba que el templo era inoperante a nivel urban�stico y social. Continuarlo era absurdo al no existir planos detallados y se juzgaba mucho mejor construir m�s parroquias en vez de apostar solo por una para descentralizar y dar vida a los barrios como n�cleos de evangelizaci�n.
Por supuesto, todas estas apreciaciones se formularon en un contexto donde a�n no acud�an millones de visitantes para reverenciar la bas�lica, que en los �ltimos tiempos no ha perdido su potencial para la pol�mica al empecinarse sus promotores en acabarla con una escalinata que comportar� la expropiaci�n, prevista desde el Plan General Metropolitano de 1976, de bloques de viviendas en la calle Mallorca.
Este aspecto no es tan controvertido como la perversi�n de los proyectos originales, advertida en primera instancia por la carta de 1965. La fachada de la Pasi�n, cuyo encargo recibi� el escultor Josep Maria Subirachs en 1986, es el paradigma de la adaptaci�n contempor�nea a lo pensado por Gaud�, quien se mov�a desde otros preceptos est�ticos.
"En Barcelona hay talento, pero se le tiene miedo"
En 2008 estas cr�ticas alcanzaron su apogeo a trav�s del manifiesto Gaud� en alerta roja, impulsado por el FAD, Fomento de las Artes Decorativas y del Dise�o, en el que se denunciaba la manipulaci�n de su legado y la desvirtuaci�n de las obras originales, entre ellas la Sagrada Familia, critic�ndose los planes para la fachada de la Gloria, la Colonia G�ell, la Casa Batll�, cuya reconversi�n le resulta a Rafael Argullol una experiencia kitsch, y el Park G�ell.
Este �ltimo quiz� indique un cambio de tendencia que haga recuperar a Gaud� para la ciudadan�a barcelonesa. Desde finales de marzo cualquier persona empadronada en Barcelona puede visitar el parque de manera gratuita mediante el pase verde. Con anterioridad, el sistema de acceso era mucho m�s arduo y no favorec�a a los habitantes de la capital catalana, algo que aprovechaban muchos turistas, reyes incontestados de la ciudad jard�n que no fue.
El problema Gaud� se puede diseccionar desde m�ltiples �ngulos. Los grados de Arquitectura de las universidades p�blicas catalanas lo ignoran o, como mucho, tiene cabida en un subtema de matem�ticas o en asignaturas opcionales.
Los entrevistados son un�nimes en condenar esta marginaci�n acad�mica. Para Scarnato, docente en la ETSAB, �la arquitectura de Gaud� es absolutamente extraordinaria en el sentido etimol�gico del t�rmino, es decir, fuera de todo aquello ordinario�, lo que implica merecer la atenci�n de cualquier estudiante de arquitectura para entender c�mo pueden estirarse los l�mites de las normativas, materiales, tecnolog�as y convenciones est�ticas del momento para avanzar hacia nuevos territorios.
Para Prieto, la utilidad de estudiarlo se manifiesta por razones no solo hist�ricas, sino tambi�n porque �en su obra se articula la transici�n del modernismo can�nico hacia un expresionismo org�nico�, sin olvidar c�mo los espacios creados por Gaud�, as� como sus t�cnicas, combinan la tradici�n constructiva catalana con el ingenio y la vanguardia de los materiales, explor�ndose caminos que conducen a la experimentaci�n arquitect�nica.
Por su parte, Argullol lamenta que no se le estudie al mismo nivel que a Brunelleschi, Leon Battista Alberti o Le Corbusier, algo que atribuye al doble fen�meno de la �acumulaci�n de mediocridades y a privilegiar la funcionalidad, algo propio de cretinos, est�pidos y necios� que desestima una caracter�stica de Gaud�: la sensualidad de sus curvas, que son liberadoras.
Garc�a-Asenjo, que trabaja como profesor ayudante en la Universidad Rey Juan Carlos, pondera la capacidad de Gaud� para dominar formas complejas dentro de una geometr�a controlable, lo que permit�a construcciones razonablemente claras. De hecho, incide, �el control de la geometr�a permit�a que sus estructuras funcionaran, integr�ndose de este modo sus hallazgos espaciales y formales en un sistema �nico que daba lugar a edificios singulares�.
A la casi invisibilidad del arquitecto en los estudios de su oficio se une una peculiar bibliograf�a en la que escasean las firmas locales y predominan libros infantiles o c�mics. Este a�o Taurus ha reeditado el antiguo estudio biogr�fico Antoni Gaud�, del neerland�s Gijs Van Hensbergen y Roca propone Gaud�, el arquitecto del alma, de Jos� Manuel Almuzara P�rez.
Estos nuevos vol�menes no ocultan la carencia de una obra referencial, tal como remarca Garc�a-Asenjo. Su argumento lo comparten los dem�s especialistas. �Nadie es profeta en su tierra�, comenta Argullol, �y menos en Catalu�a, aquejada de varios problemas en este sentido�, como demostrar�a omitir durante a�os a Josep Pla. El autor de El cuaderno gris, uno de los dietarios m�s influyentes de la literatura espa�ola, no tuvo una biograf�a digna de todas sus contribuciones hasta la reciente de Xavier Pla, Un coraz�n furtivo (Destino, 2024). Prieto remata la cuesti�n desde una l�gica de tama�os. �Deber�a producirse tanto un volumen amplio de informaci�n como una adaptaci�n que la simplificara, haci�ndola accesible a todos los p�blicos�.
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