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Desde que las vidas de Jose Polo y Toño Pérez se cruzaron en el instituto El Brocense de Cáceres, su historia de amor no ha hecho más que crecer en todos los sentidos. En pleno franquismo se enamoraron y así se lo hicieron saber al mundo. Sin complejos, disfrutones y con una sonrisa a todo lo que estaba por llegar, que ha sido mucho y bueno. Todo conseguido de cero, a golpe de intuición y perseverancia. Este año celebran los 40 años de Atrio, el gastronómico que puso su ciudad en el foco foodie y en el mapa cultural -ellos convencieron a Helga de Alvear, la galerista y coleccionista alemana para que llevase su impresionante colección de arte contemporáneo a la ciudad-.
Su tres estrellas Michelin y un hotel de diseño contemporáneo firmado por Tuñón y Mansilla que se instaló para brillar en el casco histórico, pese a la oposición inicial de buena parte de la ciudad, componen ese mundo que han ido alimentando en estos años. Cada día celebran casi todo; lo conseguido, el presente, la vida. «Aquí hay una emocionalidad que no la hay en ningún sitio», presume Jose, que anda entusiasmado con la obra de Mattisse que acaba de adquirir. El arte es otra de las patas de Atrio; en pocos sitios duermes en una habitación con un Picasso.

Una de las suite, con los caprichos de Goya, del Palacio Paredes Saavedra.
De jóvenes, Toño quería hacer Bellas Artes y Jose, Filosofía. Este último militaba en las Juventudes Comunistas; Toño, en la Milicia de Santa María. Nada se interpuso en su historia. Aún recuerdan entre risas su primera visita a Torremolinos en 1976, en un cuatrolatas: «Aquello era la luz para nosotros, no tenías que esconderte de nadie, la homosexualidad se vivía en libertad y no en sótanos oscuros».
En el hotel, empiezan a bajar los primeros huéspedes a desayunar. Las migas con huevos que preparan en la primera comida del día gozan de fama dentro y fuera de Cáceres. Toño, que ha llegado antes de las 6 de la mañana, se mueve por allí saludando de mesa en mesa. «Hay mucha gente que viene a desayunar solo. Un sábado podemos tener 25 reservas; el 20% de nuestra facturación viene de venta de tarjetas regalo», cuenta Jose, relaciones públicas nato y observador de primera. «Una constante en nuestras vidas ha sido estar en el momento y lugar adecuados. La vida nos ha ido llevando».

Pase de perdiz al modo Alcántara del menú degustación.
El sueño de la universidad lo aparcaron para no separarse, se alistaron para hacer la mili y después empezaron a trabajar en el obrador del padre de Toño. «Con lo que ganábamos, nos íbamos de viaje», recuerda Jose. Generalmente, se acoplaban en casas de amigos. De vuelta de una escapada a París, Jose verbalizó su sueño. «Tenemos que hacer un restaurante para que la gente sea feliz, un concepto diferente». Ahí quedó. Mientras veían y aprendían fuera, en el obrador iban incorporando cambios. «Recuerdo cuando llegaron los primeros kiwis a España y los metimos en los pasteles. Los clientes se pensaban que eran tomates verdes». El anhelo de montar algo propio seguía ahí.
En 1986, recién incorporado el país a la Comunidad Económica Europea -hoy UE-, Jose vio un local en la parte antigua que le gustó. «Cuando abrieron el parador intentamos llevar el restaurante, pero no teníamos currículum ni nada», reconoce entre risas. Sólo ganas de hacer y eso no era suficiente.

La bodega de Atrio guarda 35.000 botellas.
Solicitaron las primeras ayudas que daba Europa, a punto de que vencieran los plazos y sin saber muy bien lo que tenían entre manos. «Nos dieron 12 millones de pesetas para montar nuestro comedor». Corría el mes de junio y, tras meses de obras y cierto agobio por el retraso en el cobro de las ayudas, inauguraron en diciembre. «Fue un 25 de diciembre y resultó un desastre. Entonces no diferenciábamos una merluza de una lubina». Todo lo que podía salir mal, salió. «Hasta se nos jodió el extractor de humos».

Flan de papada y caviar.
Lloraron un rato y después se fueron a una discoteca a ahogar las penas. «Al día siguiente abrimos. La gente venía para ver cuándo íbamos a cerrar». El resurgir vino de la mano del dueño del Figón, comedor de referencia entonces en la ciudad y competencia: «Él nos dijo: uno tiene que estar en sala y otro en cocina. Si no, estáis vendidos». Y así lo hicieron.

Toño y Jose, de jóvenes.
Toño se metió en las cocinas de Arzak y Jockey; también se fue a Bruselas. Aprendió a cocinar en tiempo récord. «Abríamos todos los días de la semana, éramos muy apañados». Pudieron emprender en Madrid, ofertas no les han faltado, pero apostaron por su tierra. «La primera estrella llegó en 1994, la segunda en 2004 y la tercera en 2022». El olimpo gastronómico les abrió las puertas por todo lo alto: «Nuestra propuesta ha defendido siempre la cocina de nuestra tierra».
Pero en este tándem siempre hay una mirada que va más allá. El mundo de los hoteles les encantaba. Otro sueño al que Jose quiso dar forma. «Era una manera de completar la experiencia del restaurante», dice. La oposición al proyecto arquitectónico de parte de la ciudad y las reticencias de la Unesco, que acabó pidiéndoles disculpas, les hizo pasar unos años «jodidos». «No dormíamos, todo el día en tensión y tirando de Prozac», afirma Jose delante del dossier en el que guarda todas las apariciones en prensa de aquellos años. Porque fueron años demasiado largos. Hoy no se entiende la ciudad sin su edificio, sin su hospitalidad, sin Carmina Márquez, directora de Atrio, que pertenece a la cadena Relais&Chateaux, y alma del equipo.

Una de las habitaciones de Atrio.
Pese a celebrar 40 años, los sinsabores han sido pocos pero intensos. El robo en octubre de 2021 en su exclusiva bodega -45 botellas de vinos únicos valoradas en más de 1,6 millones- les arrebató la calma y un poco la ilusión. «Yo pensaba que en unos días pasaría todo, pero no fue así», recuerda Jose, quien además de comprar vinos que son auténticas joyas desde los inicios también ha hecho una colección de arte -las obras que cuelgan de las paredes dan fe de ello- digna de un museo. «Hemos sido muy hormiguitas». Se consideran afortunados en todo: «Hemos tenido la vida más hermosa que podíamos tener». Su forma de trabajar pasa por mostrar su manera de entender el mundo, «la cosa va de compartir y disfrutar». Eso sí, echan muchas horas en el tajo -además del gastronómico y el hotel, llevan Torre de Sande-.
Su última aventura la han emprendido con la Fundación Atrio Cáceres, en la que llevan la música y el arte a escuelas, hospitales y residencias. «La cultura debe estar al alcance de todo el mundo». Es el reto que tienen por delante. En la memoria se queda el lomo doblao del menú, esencia extremeña..
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