


























«María Jesús, Benidorm siempre serás tú!». Se hace el silencio en cuanto alguien se percata de su presencia. Los abuelos rompen filas y se arremolinan alrededor de ella. Todo son sonrisas, todo son abrazos. Cualquiera diría que son viejos amigos. «¿Nos harías una foto? Esta mujer es una institución, ¿sabes?». Pasear por Benidorm con María Jesús requiere tiempo y paciencia, pero merece la pena. «Hace 10 años yo no podía ni caminar por aquí y ahora la mayoría ni me conoce», dice ella, con un deje de nostalgia. La realidad se empeña en contradecir sus palabras mientras trata de infiltrarse entre los jubilados del Coro Poniente que entonan su particular versión local del mítico Clavelitos en una de las entradas a la playa que les da nombre: Ya piden los cancioneros,/ rápidos ponen su voz,/ quieren llevarse a su tierra,/ los cantos de Benidorm. El anonimato le dura lo que tarda en sonreír a una mirada curiosa por encima del libreto.
«Es ella, ¿verdad?».
Sí, es ella.
María Jesús Grados Ventura, a quien España rebautizó muy pronto María Jesús y su acordeón, cumple hoy 70 años pero no está para mucha fiesta. «Antes esperaba un par de días para celebrarlo con mi madre, que era del 31 de mayo. Desde que se fue no tengo muchas ganas de hacer nada…», dice, y se le ensombrece la sonrisa. Aparta los pensamientos oscuros con la mano y su rostro vuelve a lucir: «Bueno, algo habrá que hacer». De momento, el próximo jueves presentará aquí mismo, en su Benidorm, un largo repaso de su vida con el puzle de recuerdos propios y de amigos que componen el documental Pajaritos forever, producido por Facilito TV, un proyecto audiovisual dirigido a personas con discapacidad intelectual del que es madrina.
Sin acordeón pero con un carisma arrollador aparece María Jesús por una esquinita del Parque de Elche e inmediatamente pide una bolsa de gusanitos. «La gente se queja mucho, pero a mí estos animalitos me parecen deliciosos. Mira qué preciosidad, todos ahí, a su bola», suelta mientras se riega el cuerpo de migas y se le encaraman las palomas, ahora enredadas en el pelo, ahora posadas sobre el hombro, ahora colocadas en la punta de los dedos respondiendo a un beso tirado al aire mientras el fotógrafo dispara sin parar. La vida de esta mujer cacereña de nacimiento pero valenciana de adopción ha sido siempre un poco eso: un cúmulo de casualidades que ni el mejor guionista hubiera planificado.
¿Cómo no iba ella a arrancar esta entrevista entre pajaritos?
La historia de la mujer que puso a mover la colita a una España en plena Transición es, apunta Éric Doireau, director del documental, la de tantas familias de la posguerra: «Por eso conecta de esa forma con el público, ella es un faro. Pequeñita en altura pero con un corazón enorme». La mayor de seis, su infancia fue tan humilde que su hermana Pili, que siempre ha vivido con ella, desarrolló una discapacidad intelectual de pura desnutrición. «Qué suerte tengo de tener un ángel así conmigo», dice. «Es la reina de mi casa. Una niña, una niña mayor».
Y vuelve a aquellos días de apreturas. «El día del bautizo de mi hermano Santiago, mi padre le dijo a mi tía: ‘Dile a tu hermana que me he ido a buscar trabajo’. Y se fue andando de Cáceres a Madrid con lo puesto», cuenta. Con material de desecho de las obras en las que iba encontrando faena, el señor Juan se construyó una chabola en Las Ventas, instaló a toda la familia y allí nació Pili. «No teníamos para nada, el pobre estaba desesperado por conseguir dar de comer a sus hijos», continúa el relato. «De allí, nos fuimos a Valencia, al Pantano del Generalísimo, donde Franco construyó viviendas sociales». María Jesús tenía entonces ocho años y aprendió a tocar, a escondidas y de oído, el acordeón con el que su padre entretenía a los niños mientras su madre servía mesas en algún restaurante del Paseo Marítimo. Sin saberlo, estaba forjando una carrera que sacaría a los suyos de la pobreza y la convertiría en uno de los personajes más queridos de la cultura popular española. «Un día a alguien se le ocurrió pasar un platillo y llegaron tantas monedas que mi padre decidió invertirlas en clases particulares». Había nacido La Xiqueta de la Malvarrosa.
«¿Tú sabes la cantidad de artistas a los que he pasado el platillo y con los que después he compartido cartel?», pregunta, y enumera: «Luis Mariano, Massiel, el Dúo Dinámico… He pasado muchas penalidades, pero fíjate qué recompensa recibí cuando Dios puso Los pajaritos en mi camino». Aquella niña pizpireta siempre pulcramente peinada y vestida empezó a cargar con un instrumento casi igual de pesado que ella de pueblo en pueblo, de verbena en verbena, en carro, en burro, en lo que consiguiera que le prestaran los vecinos. Y si no lograba transporte, iba a pie. Siempre con su padre, que la acompañaba a la batería. Hasta que una noche, tras otra actuación memorable en Alfaz del Pi, se les acercó el cura, don José Vallarta, que era profesor en el instituto de un Benidorm en los albores del bum turístico: «¿Pero cómo no está esta niña tocando en los hoteles?». 60 años después, María Jesús contempla a un grupo de hombres descamisados y achicharrados por el sol repanchingados en una terraza viendo algún partido repetido de la Premier League. «Esa era la cafetería Arenas. 30 años he pasado yo ahí día tras día con mi acordeón, a tope de gente. Estaba actuando y veía el mar, mi mar. Ahora no sé ni pronunciar lo que pone en el cartel... Supongo que las cosas van progresando y hay que adaptarse, pero doy gracias por haber vivido una época tan bonita».
Suena un móvil: tininininininí. Sí, María Jesús tiene como tono de llamada Los pajaritos. «¡Claro, a esa canción le debo todo!». Y guiña un ojo. «Disculpa, voy a responder». Atiende la llamada sin perder la sonrisa. «Es una mujer de Tarragona. Tiene 90 años y me llama a diario para contarme sus cosas. Hace años veraneaba en Benidorm y no se perdía ninguna actuación. ¿Por dónde íbamos?». Estamos llegando al Balcón del Mediterráneo, el celebérrimo mirador en el que decenas de turistas hacen cola para fotografiarse. Esperamos nuestro turno y nuestra protagonista se carga de glamur con unos posados dignos de la estrella que es. «En este templete me hice las primeras fotos que llevaba conmigo para firmárselas al público. Entonces se hacía así, date cuenta de que no había teléfonos móviles», señala, «y ahí vino la televisión a entrevistarme en el año 80. Me había intoxicado con un brasero y pasé tres días en coma profundo en el Perpetuo Socorro de Alicante. Tardé tres meses en aprender a caminar de nuevo, un hermano me cogía de un brazo y otro, del otro, y yo practicaba, y practicaba. Cuando me recuperé mi padre tiró la casa por la ventana y se trajo a todo el equipo de Televisión Española, a Marisa Abad, a Jesús Villarino... El alcalde me entregó una placa superbonita».

Cuando María Jesús recuerda a su padre se le ilumina la mirada. De él aprendió el oficio con esa sabiduría de refranero que, dice, ahora se escucha a sí misma repetir. «Eso se consigue con la edad», ríe. «Cuando salgo a actuar siempre me persigno y miro para arriba. Le digo: ‘Papá, a ver hoy qué tal’. Y le escucho a él: ‘Aprieta el culo y para adelante’». Él la llevaba y la traía de Valencia a Benidorm en un 600 destartalado con un agujero remendado con una tabla en el suelo, justo a los pies de su asiento, cuando su leyenda empezaba a despegar pero aún no daba para comprar un apartamento. «Con los baches las pasábamos canutas, le daba miedo perderme por el camino». Él volaba con ella en la avioneta privada fletada por el Circo Mundial para que pudiera llegar a sus tres o cuatro actuaciones diarias cuando todos querían a la chica del acordeón. «He llegado a hacer ocho hoteles en una jornada, de un lado para otro con la acordeón a cuestas, que ahora pesa 19 kilos pero entonces pesaba más de 25», rememora.
–Un momento, ¿la acordeón, en femenino?
–Le digo el acordeón o la acordeón, según tenga el ánimo. En masculino sólo cuando me cae mal. Como el otro día, que en un trasbordo lo olvidé en el control de seguridad del aeropuerto y me di cuenta en la puerta de embarque: «¡Ay, que me he dejado el acordeón!». ¿Ves? El.
La familia ha sido siempre el pilar fundamental de una nómada con un hogar muy claro al que regresar. También en los últimos años, cuando dormía con su madre nonagenaria y le concedía todos sus caprichos. «Tú siempre estás por ahí, y yo… ¿Dónde he ido yo?», preguntaba María madre, y María hija devolvía la pregunta: «¿Dónde quiere ir?». Y se la llevaba a Peñíscola a cambiar de aires, o a Madrid a ver a su hermana, o a cenar por ahí al fresco, o a ver a sus nietos. «Me he recorrido toda España, pero la estoy descubriendo realmente ahora. Y oye, cómo es de bonita, ¿eh?».
Por cuidar de María puso fin María Jesús a medio siglo ininterrumpido de actuaciones en Benidorm un par de meses antes de la pandemia. Por estar con ella cerró incluso su restaurante, El Rincón de María Jesús y su Acordeón, lugar de peregrinaje para sus fans que hoy contempla desde la puerta, convertido en steak house. «Mis padres me dieron la vida y yo hubiera dado la mía por ellos», asegura. La decisión la tomó en plena actuación para estupor de todos. Estaba con su acordeón poniendo banda sonora a las bodas de plata de unos amigos, y… «¿Cuántos años decís que lleváis juntos? ¿50? Los mismos que yo con Benidorm. Esta noche me despido». La sala entera sacó el móvil. Su mánager, Pedro Tomás, casi se desmaya. «Pues ahora, igual. Cualquier día lo dejo. Y no habrá vuelta atrás». Su mánager, Pedro Tomás, suspira.
«Yo pensaba que me iba a morir con el acordeón puesto en esta ciudad. Hace ya seis años que me fui y no ha pasado nada extraño, ¿sabes? Eso te da la medida de las cosas». El hecho es que, aunque efectivamente dejó los escenarios benidormenses, María Jesús está lejos de haberse jubilado. Su agenda de bolos por toda España marearía a la mismísima Rosalía. «Antes venían a verme a mí a Benidorm y ahora voy yo a verlos a ellos», explica, como si fuera algo de justicia. Pero entonces, ¿se retira? ¿Hay noticia? «No puedo decirlo así de tajante porque luego soy una cobardica y no puedo vivir sin el escenario. Venga, prometo que el día que lo decida te daré la exclusiva». Y a su mánager se le escapa una sonrisa.
12 de junio: Albalat dels Sorells (Valencia)
13 de junio: Alcalá de Henares (Madrid)
18 de junio: Lanjarón (Granada)
11 de julio: Benidorm
25 de julio: Frailes (Jaén)
8 de septiembre: Solórzano (Cantabria)
13 de septiembre: Padul (Granada)
18 de septiembre: La Aparecida (Orihuela)
12 de octubre: Ludiente (Castellón)
13 de octubre: Zaragoza
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