


























Inma LidónEnviada especial Houston
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«Fue una sensación extracorporal, de felicidad absoluta». El pasado 31 de marzo, Graham Potter describía así lo que sintió cuando obró el milagro de clasificar a Suecia para la Copa del Mundo. Los nórdicos habían completado una fase de clasificación horrible y llevaban camino de sumar un segundo Mundial consecutivo que tendrían que ver por la televisión. Si la final perdida ante la Brasil de Pelé en 1958 queda lejos en la memoria, también lo está la semifinal ante la canarinha en 1994, cuando Henrik Larsson, Tomas Brolin y Martin Dahlin encandilaron al mundo entero. Después, y pese a tener a uno de los mejores delanteros de las últimas décadas, Zlatan Ibrahimovic, nunca fueron protagonistas.
Ahora en el campo cuentan con Viktor Gyökeres y Alexander Isak, junto a Lindelöf, Hien, Starfelt o Elanga, pero ni así lograron encarrilar la clasificación. De hecho, únicamente sumaron dos puntos de 18 gracias a dos empates y fueron los últimos de un grupo donde se midieron a Suiza, Kosovo y Eslovenia. El desastre era absoluto. Recurrieron a un entrenador que también generaba dudas, pero en el que se puso fe ciega. Qué remedio.
Potter tomó las riendas del equipo, ya desahuciado, en octubre de 2025, cuando la única esperanza era avanzar por la ruta B, en dos eliminatorias ante Ucrania y Polonia. No llegaba en su mejor momento emocional. Pocos días antes, el West Ham había rescindido su contrato. Por segunda vez en dos años y medio era despedido, porque el Chelsea, que lo buscó para sustituir a Thomas Tuchel, prescindió de él en apenas seis meses.
Era la primera vez que su carrera se torcía y Suecia le abría las puertas. Potter emergió con dos temporadas brillantes en el Swansea y el Brighton, con números históricos en puntos y goles y el ojo para apostar por jugadores como Marc Cucurella, al que fichó para el Brighton y se lo llevó al Chelsea.
Sin embargo, su carrera como entrenador no despegó en el fútbol inglés, sino en el sueco. Por eso no es un técnico extranjero enrolado en una selección, es mucho más: «Me siento muy sueco. Dos de mis hijos nacieron allí», explicaba poco antes del Mundial, cuando confirmó que pretendía aprender el himno para cantarlo cuando sonara en los estadios.
Potter llegó al fútbol sueco por la puerta del Östersunds FK. Fue Graeme Jones, ayudante de Roberto Martínez en el Swansea, quien se lo recomendó al presidente, que no dudó en atender la sugerencia. Fueron siete temporadas en las que ascendió al equipo desde la cuarta categoría, lo llevó a pelear por el título y lo hizo campeón de la Copa de Suecia. Por eso, para la Federación no se trataba de una apuesta a ciegas ni para los jugadores un técnico desconocido. De hecho, a sus dos estrellas las ha visto crecer.

Isak y Gyokeres, tras uno de los goles contra Túnez.AFP
A Gyökeres hace tiempo lo tuvo en el Brighton como un delantero «adolescente y ansioso por jugar». A Isak lo recuerda con una anécdota. «Jugábamos contra el AIK y estábamos contentos porque, en lugar de su delantero, iba a jugar un chaval de 16 años. Nos marcó dos. Me lo recuerda siempre», relata el técnico.
El reto del Potterball, como bautizaron su estilo por el trato del balón, la presión y la fluidez en el juego, pasa ahora por lograr encajar a sus dos grandes estrellas en el once inicial. Ante la selección de Túnez efectivamente lo hizo y le endosó un 5-1 que, tras el empate de Países Bajos y Japón, les puso primeros de su grupo. «Han jugado poco juntos, pero creo que se entendieron bien, así que mejorará cuanto más jueguen. Es bonito que marquen goles, porque les confirma que van por el buen camino».
Ese contundente resultado que abrió y cerró Yasin Ayari, el centrocampista de origen tunecino del Brighton, ha hecho olvidar alguna crítica surgida por haber dejado fuera de la lista a Hugo Larsson, mediocampista del Eintracht Frankfurt y Roony Bardghji, el hábil extremo del Barcelona.
Suecia tiene este sábado ante Países Bajos la oportunidad de poner pie y medio en la fase eliminatoria y eso es, en parte, obra de la confianza de un entrenador que, como licenciado en Ciencias Sociales con especialización en inteligencia emocional, sabe hacer grupo. Con su primer equipo sueco aplicó técnicas como la obligación de la plantilla de escribir relatos que se incluirían en un libro colectivo o bailar El Lago de los Cisnes en público ante un auditorio.
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