

























Hoy puede ser el día en que descubras qué tipo de apego tienes y cómo afecta esto a tus relaciones. Pero antes de ponerle nombre, merece la pena entenderlo. Sirve para cualquier persona, pero me centraré en nosotras, las mujeres, porque también necesitamos cuidarnos, querernos, y que nos quieran bien.
Hay mujeres que aman desde la calma, otras desde la ansiedad. Algunas desde la autosuficiencia extrema, y otras, desde una mezcla desconcertante de deseo y miedo. No es casualidad. Es apego.
El psiquiatra británico John Bowlby formuló la teoría del apego para explicar cómo los vínculos tempranos configuran nuestra manera de relacionarnos. Más tarde, la psicóloga Mary Ainsworth identificó distintos patrones observables en la infancia. Décadas después, Cindy Hazan y Phillip Shaver demostraron que esos mismos estilos aparecen en el amor adulto.
La conclusión es incómoda y liberadora a la vez: no elegimos solo desde la atracción, sino desde nuestro sistema de apego, del que existen cuatro grandes estilos:
Diversos estudios han observado que, en promedio, las mujeres tienden a puntuar más alto en ansiedad de apego, esto se traduce en miedo al abandono o necesidad de reafirmación, mientras que los hombres lo hacen en evitación, por ejemplo, con dificultad para expresar vulnerabilidad. Pero estas diferencias no son universales ni biológicas. La teoría original de Bowlby no establecía distinciones por sexo, pero sí hay matices que emergen del contexto social.
No es casual que a muchas mujeres se nos haya educado para sostener emocionalmente el vínculo y temer perderlo, mientras que a muchos hombres se les ha reforzado la autosuficiencia afectiva. Cuando una niña aprende que su valor está en ser querida y un niño aprende que su valor está en no necesitar a nadie, el apego no se construye en el vacío.
La socialización diferencial, aun atravesada por inercias patriarcales, favorece que ellas internalicen la hiperresponsabilidad emocional y ellos, el distanciamiento afectivo. Luego llamamos "intensa" a una y "frío" al otro, cuando en realidad estamos viendo el resultado de una educación emocional desigual.
Entenderlo es importante, pero reconocerte en ello lo cambia todo. Muchas veces no elegimos a la persona que nos conviene, sino a la que confirma lo que ya conocemos.

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Reconocerte en un estilo de apego no es una etiqueta definitivo, solo un punto de partida.
A lo largo de la vida existen ventanas de aprendizaje emocional: se trata de momentos vitales, experiencias significativas o relaciones que nos permiten cuestionar lo aprendido y construir nuevas formas de vincularnos. A veces es una relación que nos muestra otra manera de amar. Otras, un momento de crisis que nos obliga a mirarnos de frente.
El apego no es destino, es historia; y toda historia puede reescribirse. Desde la práctica clínica sabemos que los estilos de apego inseguros, cuando generan sufrimiento o relaciones desadaptativas, pueden trabajarse en terapia. No se trata solo de entender lo que nos pasa, sino de intervenir sobre ello.
En mi caso, una de las técnicas que más utilizo en consulta es el EMDR, siglas en inglés que se traducen en Reprocesamiento y Desensibilización a través del Movimiento Ocular. Fue desarrollada por Francine Shapiro, y es especialmente eficaz en el abordaje del trauma. Permite trabajar las experiencias tempranas y las creencias que se construyeron a partir de ellas: "No soy suficiente", "Me van a abandonar", "No puedo confiar". No son pensamientos sin más, son huellas emocionales que siguen activándose en la vida adulta.
Desde mi enfoque en Mindfulsex®, un modelo de atención plena aplicado a la sexualidad, propongo algo distinto: no reaccionar, sino elegir. Porque el objetivo no es cambiar quién eres, sino cómo te relacionas con lo que sientes. Te propongo una práctica sencilla: detente cuando sientas activación (ansiedad, celos o impulso de huir). Respira lento, alargando la exhalación. Identifica el miedo de fondo: abandono, invasión o rechazo. Exprésalo desde la calma: "Cuando pasa esto, me siento... y necesito...".
No es reprimir. Es regular. Porque el amor, o el vínculo, no fracasa por exceso de emoción ni por falta de carácter. Fracasa cuando repetimos, sin cuestionar, lo que nos enseñaron a sentir. Amar desde la conciencia es el verdadero acto revolucionario; todo lo demás es repetición.
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