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El adi�s literario de Julian Barnes (Leicester, 1946) promete arrancar alguna l�grima hasta a los m�s duros. Lo ha dicho en entrevistas y lo ha dejado claro al principio de Despedidas (Anagrama y, en catal�n, Angle): �Este ser� mi �ltimo libro�. En la �ltima p�gina habla directamente a su lector, con una met�fora preciosa y conmovedora. �Habitualmente, siempre le doy m�s vueltas a la primera p�gina. Pero con este libro la �ltima ha sido la que m�s me ha costado. La reescrib� muchas veces para encontrar el tono exacto�, confesaba ayer un risue�o Barnes en CaixaForum Barcelona.
Pr�cticamente su saludo al llegar a la rueda de prensa fue un comentario sobre el Bar�a-Madrid del domingo: �Un Cl�sico incre�ble, ha producido mucha felicidad en el mundo, os lo aseguro�. Por la tarde, fue uno de los grandes protagonistas del Festival en Otras Palabras con un di�logo con la periodista y escritora Luc�a Lijtmaer significativamente titulado El sentido de un final: despedidas y literatura, que juega con una de sus grandes obras, El sentido de un final, que recibi� el Booker en 2011.
Para saber m�s
�Pero de verdad este va a ser su �ltimo libro? Se lo preguntan esc�pticos los periodistas, los lectores, los amigos... El escritor sonr�e flem�ticamente. �He dicho todo lo que ten�a que decir, dejarlo aqu� es lo correcto. �Sab�is?Al principio escrib� 'esta ser� mi novela final', pero luego cambi� a 'este ser� mi �ltimo libro' porque me parec�a m�s sencillo y menos melodram�tico. '�ltimo' suena m�s a una constataci�n tranquila que a un drama�, expone. Los periodistas espa�oles sacamos el ejemplo de Eduardo Mendoza, que lleva a�os diciendo que se retira pero luego vuelve: �Estoy jubilado, �qu� voy a hacer con mi tiempo si no escribo?�, suele decir. Barnes sonr�e y cuenta una an�cdota: �Cuando mi querido amigo Ian McEwan se enter� le dijo a su mujer [pone un tono de voz m�s profundo, imit�ndole]: '�Y ahora qu� va a hacer todo el d�a?'. Todav�a no he encontrado la respuesta, pero consigo llenar el tiempo con viajes a Espa�a... No siento una p�rdida terrible. Si alg�n d�a escribiera otro libro, tendr�a que titularse Perd�n, era broma�.

VICT�RIA ROVIRA / ARABA PRESS
Lo cierto es que su �ltima p�gina suena a despedida definitiva. �No me gustaba la idea de que se publicara despu�s de mi muerte porque entonces no podr�a ir a la fiesta de presentaci�n. A ver... No es que vaya a dejar de escribir. Siempre he sido periodista al mismo tiempo que novelista y seguir� escribiendo ensayos y rese�as mientras me lo pidan�, explica.
Con Despedidas ha escrito otro h�brido entre la ficci�n y el ensayo, como el alabado El loro de Flaubert. Aunque este es m�s confesional e �ntimo, una reflexi�n sobre la memoria y el pasado. Barnes habla con total serenidad de su c�ncer de sangre (�incurable pero tratable�) y de sus visitas al hospital. A pesar del dramatismo de la enfermedad sigue escribiendo como siempre: con su deliciosa iron�a, ese humor tan britishque forma parte de su ADN. �En mi pa�s nos tomamos las cosas mucho m�s en serio cuando son divertidas. Nuestro mayor escritor, Shakespeare, nunca falla: incluso en las obras m�s serias o tr�gicas, siempre hay un personaje c�mico o un buf�n que termina diciendo la verdad. Ser gracioso es, en el fondo, una forma de ser serio. Esa es para m� la gran innovaci�n�, considera el brit�nico, capaz de hacer bromas sobre su propia muerte en un estilo a lo Monty Python.
�Algunos tienen �ltimas frases famosas. Mi favorita es la de un arist�crata ingl�s que, muri�ndose, le dijo a su mujer [ahora pone voz algo estridente, como de lord preocupado]: 'Estamos muy bajos de mermelada'. Me parece maravilloso tener un pensamiento tan banal en el momento en que se te apaga el coraz�n. Espero que mis �ltimas palabras sean algo como '�Hemos ganado el Mundial!'�. Algo que ser�a bastante �pico... porque hay que remontarse a 1966, cuando Barnes ten�a 20 a�os, para recordar a Inglaterra ganando una Copa del Mundo frente a Alemania Occidental y el pol�mico gol fantasma que rebot� en el travesa�o: los alemanes claramente recuerdan que el bal�n no entr�, pero los brit�nicos y el �rbitro lo consideraron ciertamente dentro de porter�a.
Pero el recuerdo de todos ellos -y el del propio Barnes- habr� cambiado con el tiempo, como le sucede a sus personajes: compa�eros de universidad que se reencuentran d�cadas despu�s. �La memoria est� mucho m�s cerca de la imaginaci�n que de la recreaci�n exacta de un hecho. Sobre todo nuestros recuerdos favoritos. Los que m�s contamos son los menos fiables porque los vamos modificando ligeramente cada vez que los explicamos. La neurociencia ha demostrado que cada vez que un recuerdo se reactiva en el cerebro, este lo modifica un poco�, apunta Barnes, que empieza su Despedidas citando a Proust y su famosa magdalena empapada en una taza de t� que le hace volver a su infancia en Combray en su monumental En busca del tiempo perdido. �No puedes escribir sobre la memoria sin referirte a Proust�, admite el escritor. Aunque sea para cuestionarlo: porque el efecto magdalena para un Julian ni�o que creci� en el barrio obrero e industrial de Acton, al oeste de Londres, m�s bien ser�a �el olor a pegamento y barniz cuando constru�a maquetas de aviones o el del beicon fri�ndose�.
El caso es que Barnes rescata a sus amigos del pasado y en una divertida escena de complot act�a cual Celestina: concierta una cita con Jean, la chica de la que su colega Stephen se ha pasado media vida enamorado y, claro, aparece casualmente en la misma cafeter�a unos minutos despu�s. No se puede contar m�s sin spoilers.
Barnes bebe un sorbo de su taza de caf� con leche y suspira: �No escribo para sentirme mejor, ni para resolver problemas, ni para buscar consuelo. No he visto ning�n libro que proporcione consuelo ante la muerte, al menos ninguno que me consuele a m��. Pero Despedidas al menos consuela a sus lectores.
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