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El Mundo
I�ako D�az-Guerra · 2026-06-22 · via Portada

A principios de los 90, era la mujer de moda, pero el teléfono dejó de sonar. "Fue de la noche a la mañana y cuando estaba en lo más alto. No entendía nada y me hundí", explica tras afrontar una reinvención absoluta

Miriam Díaz Aroca: "Soy la única que ha sido chica Hermida, chica Chicho y chica Almodóvar. Toqué el Olimpo... y desaparecí"

Actualizado

Miriam Díaz Aroca (Aranjuez, 1962) tuvo un inicio de carrera fulgurante. En cinco años, de los 25 a los 30, saltó a la fama junto a Jesús Hermida, se convirtió en presentadora estrella en Cajón desastre, asumió el mando legendario del Un, dos tres y entró en el cine por la azotea de la mano de Almodóvar y el Oscar de Belle Époque. Estaba en la cima y convencida de que se iba a comer el mundo… pero no.


A partir de ahí, todo fue cuesta abajo. De aquella crisis profunda y prolongada ha emergido una mujer nueva que hace teatro (protagoniza La casa del maren el Infanta Isabel de Madrid), escribe, dirige, ejerce de coach y resume este proceso en la primera línea de su bío de Instagram: "Ahora que por fin soy yo…".

¿Quién eras antes?
Era una mujer en función de los demás. Hacía siempre lo que otros querían de mí hasta que me di cuenta de que yo no era ese personaje que había ido construyendo desde niña para ser querida, amada, reconocida y validada. Necesité tocar fondo para darme cuenta de que esa no era yo, empezar a disolver el personaje y ser quien realmente soy, poniendo mi verdadera personalidad por encima de lo que los demás esperan de mí. Me rebelé contra el exterior y, ahora, por fin soy yo.
Entiendo que ese personaje es el que todos hemos conocido durante tus años de fama.
Sí, pero el problema viene de antes, incluso. Siempre he sido muy dependiente emocionalmente de que me reconocieran y me miraran. De niña, mi hermana mayor era el tsunami de casa, la que acaparaba toda la atención, y mi hermana pequeña siempre fue superindependiente y esto le daba igual, pero a mí, que era la del medio, sí me afectaba que mi padre no me hiciera tanto caso como yo requería. Sin quererlo ni beberlo, un día empecé a hacer el tonto y la payasa, empecé a hacer obras de teatro los fines de semana y noté que mi padre se reía mucho conmigo. Entonces, si mi padre me miraba porque hacía el tonto, esa era la clave para que el mundo entero me mirara. Desde ahí empecé a construir un personaje divertido, payasete y que sabía hacer de todo. Cantar, actuar, deportes… Todo para lograr una admiración por parte de mis progenitores.
¿Y eso lo arrastraste luego a tu vida profesional?
Sí. Creces creyendo que ese personaje eres tú y lo incorporas a tus grupos, a tu vida sentimental y a tu vida laboral. Seguramente, ese personaje me llevó a la fama, pero un buen día sientes que algo pasa, que no estás bien por dentro. Todo lo demás funciona y el catálogo de bendiciones está completo, tienes una casa bonita, una pareja bonita, unos hijos bonitos y unos padres sanos, pero no eres feliz. Sentía un vacío gigantesco que nunca había mirado y que tenía una única pregunta: ¿Qué quieres tú?
¿Cuál fue el punto de inflexión?
Digamos que el batacazo, el darme cuenta de que estaba mal, llegó en un momento profesional donde no había tanta abundancia de ofertas como yo esperaba por todo lo que había trabajado y logrado. Estaba haciendo todo lo que supuestamente tenía que hacer, tenía un videobook y un representante, iba a los eventos y sonreía a todo el mundo, era conocida y había tenido éxito... ¿Qué estaba haciendo mal para que no me llamaran? Me machacaba mucho, era un desgaste emocional gigantesco y, como no encontraba respuesta, me rendí. Y en ese momento en que lo das todo por perdido y sueltas el control, es cuando te viene la claridad: puedo generar mis propios proyectos, soy periodista, dirigí y escribí teatro y me di cuenta de que ya no dependía de los demás. Desde ahí, soy como yo quiero ser, con mis luces, mis sombras, mis días gloriosos y mis días más oscuros. Dejé de juzgarme, rebajé mucho la autoexigencia y recuperé el control de mi vida.
¿Y qué Miriam surge de ese proceso?
Una Miriam que empieza a enamorarse del silencio y de la soledad. Pasé de ser una persona muy dependiente de estar rodeada de gente y tener planes, a no necesitarlo. Una mujer que se ha reconciliado con la niña que necesitaba ser querida porque la he liberado de esa carga.
‘La casa del mar’, la obra que estás representando, trata de una mujer cuya vida se desmorona de golpe. Te verás reflejada.
Claro, he podido aportar mucho a mi personaje por todo lo experimentado y por todas las heridas que he curado. Como yo, ella se queda vacía porque se ha dedicado a ser lo que los demás querían y cae al abismo. Un abismo que conozco y donde practicas con gozo el victimismo y el quejismo haciendo culpables a los demás sin atreverte a afrontar tus miserias. Yo creo que no llegué a caer en la depresión, pero he conocido ese vacío gigante y he entendido a quienes toman decisiones drásticas en su vida para acabar con todo.
A tu personaje lo rescata una joven con la que comparte sus experiencias. ¿Qué consejo darías a la Miriam de 20 años?
Confía en ti, no te compares con nadie, eres única.
¿Te comparabas mucho?
Todo el rato. Siempre está la competición con el exterior porque nos han educado en eso. Lo que pasa es que antes me afectaba mucho y ya no. Ahora sé que si no me cogen para un trabajo porque eligen a otra persona, no me quita valor. Yo no dejo de brillar aunque no cuenten conmigo. No dejo de ser oro para mí. Nos han educado a vivir siempre anhelando el oro, pese a que ya lo somos, y nos hemos creído plomo.
Vayamos a aquel principio en los años 80. ¿Cómo pasaste de licenciarte en Periodismo a presentar programas en tan poco tiempo?
Estudié Periodismo como última opción. Yo quería ser artista. En concreto, artista de circo porque es lo que veía de pequeñita. Las luces, el escenario, los aplausos, el público, los trapecistas y los trajes de brillos, porque nada me gusta más que un brillibrilli. Lo que pasa es que ser actriz o artista a principios de los 80 era algo traumático. No estaba bien visto, era como un submundo, prácticamente como ser prostituta. Siempre teníamos esa sombra encima de que en el mundo del artisteo no vas a conseguir nada si no entras por el aro sexual. Era mentira, por cierto.
¿Nunca tuviste propuestas de ese tipo?
Jamás en la vida. No puedo hablar por todas mis compañeras, pero a mí no me pasó. Yo era hipertímida menos cuando tenía mi disfraz de payaso o hacía guiñoles. Ahí no tenía vergüenza, pero me quitaba la nariz roja y me moría, era incapaz de hablar, pero cuando manifesté en casa que quería ser actriz y me dijeron que no, que una carrera universitaria. Quise estudiar restauración de arte, no había plaza y, como me encantaba escribir, acabé en Periodismo. Un buen día, salió un casting para periodistas en televisión, me presenté y cuando me puse delante de la cámara encontré un compañero de juegos. Nunca tuve ningún shock. Me contrataron y empecé directamente con Jesús Hermida en ‘Por la mañana’.
Díaz Aroca, junto al director Fernando Trueba y el resto del reparto de 'Belle epoque' en Barajas con el Oscar que ganó la película en 1994. EFE

Díaz Aroca, junto al director Fernando Trueba y el resto del reparto de 'Belle epoque' en Barajas con el Oscar que ganó la película en 1994. EFE

Iniciaste la casa por el tejado.
Totalmente. Hermida, luego me dan ‘Cajón desastre’, que fue un programa infantil inolvidable e irrepetible, y de allí salté al ‘Un, dos, tres’. Cantaba, bailaba, actuaba… Era feliz.
¿Sufriste mucho choque generacional con Hermida?
Era un gurú, un personaje genial que abre una puerta a una forma de hacer televisión muy singular, con muchísimo carisma. Marcó un antes y un después con la tele en directo y era un programa de mucha exigencia. Lo que pasó es que él no estaba pasando su mejor momento personal, su situación familiar era de órdago y eso se notaba a la hora de relacionarse con nosotros. Había momentos muy tensos, muy duros, no fue del todo agradable, pero me sirvió de entrenamiento. Empezar así curte.
‘Cajón desastre’ fue el sustituto de ‘La Bola de Cristal’ y mantenía una virtud de la tele infantil de los 80 que se ha perdido: tratar a los niños como seres inteligentes.
Fue maravilloso. No hace falta tratar a los niños diciendo "el patito y la casita" con vocecita aguda. Yo entré directamente a jugar, era mi parque de atracciones, era la jefa de la pandilla y hacía lo que me daba la gana porque a mis compañeros y mi director les encantaba mi creatividad. Fue el trabajo más sencillo y más gratificante de mi vida.
La gran diferencia con ‘La Bola de Cristal’ es que se rebajó el tono político de una villana como la Bruja Avería gritando: "¡Viva el mal, viva el capital!". ¿Fue buscado?
Haces eso en un programa infantil de la tele actual y a media España le estalla la cabeza [risas]. No se nos dio un mandato de aflojar, simplemente el programa era distinto. Yo, desde luego, no pensaba en eso porque vivía mi profesión como una gran fantasía y esas otras facetas no entraban en mi universo.
Me descubristeis a Faemino y Cansado, así que no hay queja por mi parte.
[Risas] Tampoco serían los cómicos que hoy tendría un programa infantil.
¿Idealizamos aquellos años o erais tan modernos y tan felices como se suele vender?
Yo era muy feliz, eso seguro. Con las gafas de ver de lejos te das cuenta de que aquella época fue hermosa y maravillosa. Una televisión con valores y ética donde no todo valía. Y eso estaba en línea con lo que estaba ocurriendo en toda la sociedad y que se ha perdido. Ahora vale todo y todo huele mal. Tengo el honor y el privilegio de haber triunfado en la mejor época de la televisión en la mejor época de España. Era un país más familiar y más unido, una España familiarmente unida. No te hablo de banderas ni de colores, sino de que éramos más barrio, más calle y más "hola, ¿qué tal?". Ahora estamos robotizados, aislados y vamos por la vida anestesiados.
¿Cómo fue trabajar con Chicho Ibáñez Serrador en la resurrección del ‘Un, dos, tres’ de 1991?
Chicho era el rey soberano de la televisión y trabajar con él era llegar al cielo. Chicho era un rey absoluto y el plató era su reino. Muchas veces era un chincha rabiña que te lo hacía pasar mal, pero luego era un ser humano que estaba cuando lo necesitabas. En plató, era muy duro y muy controlador, era muy puñetero muchas veces, pero a la hora de la verdad siempre cuidó de mí y de mi familia. Lo que pasa es que me puso a prueba desde el primer momento porque, esa es la realidad, él no me quería en el programa.
¿Le impusieron tu presencia?
Sí y me lo dijo en nuestra primera reunión: "Los jefes de TVE han decidido que tú presentes junto a Jordi Estadella, pero yo no te quiero aquí, nena". Pensó que eso me iba a machacar, pero a mí me pareció divertidísimo. Me ponía pruebas para desanimarme y le llamó la atención que no me achantaba; al contrario, me partía de risa. No sé la de veces que me dijo que no servía y yo me reía porque para mí aquel programa era un sueño divertidísimo: bailaba, cantaba, hacía todo. Además, Jordi fue un grandísimo compañero que me cuidó y me protegió. Había días en que salía llorando, pero como nuestra memoria es muy selectiva, he ido borrando lo feo y mi recuerdo de la experiencia es el de una época hermosa y preciosa.
Era una televisión, se ha ido entendiendo con los años, machista, pero has comentado antes que nunca tuviste una mala experiencia.
¿Sabes lo que pasa? Que cada cual hacía lo que quería y aceptaba lo que aceptaba. Yo nunca tuve una mala proposición ni que escapar de una situación incómoda, pero sé que hay compañeras que han contado otras experiencias. No te digo que no sean ciertas, sólo que a mí no me pasó. Nunca me han obligado a ponerme un bikini, me lo he puesto porque me ha dado la gana. Hacía lo que a mí me gustaba y en el cine, lo mismo. Escenas de desnudos que me parecían innecesarias, lo negociaba con el director y ya está. Mi experiencia es que todo eso se podía controlar.
Llegaste a hacer una célebre sesión desnuda que fue portada de ‘Interviú’.
Fue una aventura muy hermosa que me ayudó a romper muchas barreras que tenía con mi cuerpo y con la desnudez. Acepté porque estaba Teresa Viejo en la dirección y me sentí respetada. Para mí fue una experiencia maravillosa, el resultado estético fue precioso e hice las paces con mi cuerpo. Fue un momento muy importante profesional y personalmente en el que me sentí cero sexualizada o cosificada.
En el cine te pasa como en la tele, empiezas directamente por arriba. Tu primera película es con Almodóvar, ‘Tacones Lejanos’ (1991), y la segunda gana el Oscar, ‘Belle Époque’ (1992), de Fernando Trueba.
No podía creerme que un señor como Almodóvar se hubiera fijado en mí haciendo un programa de niños. Pensé que era una broma de mi agencia. El primer día iba como cuando vas a ver los juguetes la mañana de Reyes Magos y quería descubrir por qué Pedro me había cogido. Fue muy divertido. Me preguntó si estaba nerviosa y le respondí que lo que estaba era sorprendida de que hubiera elegido sin prueba ni nada a una chica que nunca había hecho cine. Me explicó: "Mira, es muy sencillo, un día haciendo zapping, te vi y dije que esa es la cara que quiero para este personaje. Sin más".
Estabas de moda.
Sí, así que allí acabé, estudiando el lenguaje de los sordomudos y ensayando en la casa de Pedro con Miguel Bosé, Marisa Paredes y Victoria Abril. Eso sí, el primer día de rodaje tomé conciencia de la envergadura de donde estaba y con quién estaba y me empezó a dar un medio vahído. Almodóvar lo notó y dijo: "Cortamos para bocadillo". Ahí aterricé de verdad en aquella aventura y, al poco, me llamó Fernando Trueba otra vez por una cosa mágica. Su hijo Jonás me veía en la tele y le había dicho: "Papá, esta chica te viene bien para tus películas".
¿Fue ‘Belle Époque’ el momento álgido de tu carrera?
Fue una barbaridad. Ya en el rodaje aquello era especial, todo iba bien, no parábamos de reír. De ahí a los Goya y a los Oscar y te vuelves con la estatuilla. Ahí yo estaba en el globo total. Pensaba que no iba a parar de trabajar, que iba a hacer todo lo que quisiera hacer tanto en España como en Hollywood, que el resto de mi vida iba a ser coser y cantar…
Y no.
No. Era el cuento de la lechera y el jarrón se me rompió de inmediato. Soy la única que ha sido chica Hermida, chica Chicho y chica Almodóvar. Eso es decir mucho. Toqué la gloria y el Olimpo de la televisión y, luego, del cine… y desaparecí. Esa explosión que yo esperaba, esa expectativa gloriosa, no se cumplió. No sé si para el resto de mis compis de película fue mejor, pero para mí fue una decepción tremenda. Dejaron de llamarme de la noche a la mañana cuando estaba en todo lo alto. No entendía nada. ¿Qué está pasando? ¿Qué estoy haciendo mal? Ahí fue cuando me hundí y me cuestioné todo, como te contaba al principio.
Ahora que ya ha pasado el tiempo, ¿qué crees que pasó? ¿Gestionaste mal la fama? ¿Fue mala suerte?
Yo no hice nada mal, de verdad lo creo. Es más, creo que ese planteamiento tan terrenal de lo sucedido es muy limitado,. Hay una lectura mucho más sutil que es que una fuerza superior decide que te va a dar lo máximo y luego te lo va a quitar para que aprendas a gestionar el oro que eres sin necesidad de que te lo digan los de fuera.
¿Qué fuerza superior? ¿Dios? ¿El karma? ¿El destino?
Tu bitácora de vida. Yo creo que todas las almas venimos aquí a experimentar ser hombre o mujer, congoleño o español, zapatero, actriz o presidente. Vienes a evolucionar. Con el tiempo he entendido que fue muy necesario perder todo el lujo exterior, que es muy efímero y muy pequeñito, para generar mi felicidad por mí misma. Me convertí en el oro y me convertí en el lujo, con lo cual ya no dependía de nada externo. Fue una lección maravillosa que sólo podía aprender de esa forma.
Desde el punto de vista menos espiritual, sigue resultando extrañísimo que, tras cinco años de éxitos constantes, dejaran de llamarte de golpe.
No hay ninguna razón especial, las cosas pasan. Yo creo que no existe la mala suerte, hay aprendizaje y un momento donde te ponen a prueba porque en la comodidad nunca evolucionas. Pasó y ya está y gracias a eso desarrollé mi talento como escritora, guionista, productora y directora. Si hubiera seguido trabajando, me habría conformado con ser una versión mucho más incompleta de mí misma pese a tener más éxito, más fama o más dinero. No me planteo las causas sino que disfruto de las consecuencias.
¿Echabas de menos la popularidad?
No, porque nunca dejé de ser reconocida por la calle. Curiosamente, me olvidó la profesión, pero no la gente. Se cree que si no estás en la tele, estás muerta, pero a mí me pasó todo lo contrario. Cuando empecé a desvanecerme en el panorama televisivo, es cuando más cosas empecé a hacer. Tenemos las orejeras tan apretadas que, para la gente, si no sales en la tele, ya no haces nada. Si alguien no me ha visto en estos años será porque no ha querido. Ahí me han ayudado mucho las redes. Abrí Instagram, me reconecté con el planeta entero y me abrió un mundo laboral extraordinario que no tiene nada que ver con salir en la tele. Aun así, hace poco tuve otro punto de inflexión.
¿Qué pasó?
Decidí retirarme de la profesión no por vanidad, sino por necesidad existencial. Dejé a mis representantes y mis redes, necesitaba resetearme y silencio. Ocurrió una cosa personal en mi vida muy fuerte que lo cambió todo. Entra en mi vida una compañera de piso ya para siempre: mi madre, que tiene una salud maravillosa en su cuerpo físico, pero su mente empieza a fallar. Eso implica un esfuerzo gigantesco de entender su proceso degenerativo. Hay días de pajaritos y días de dragones y cuando venían los dragones malos, me arrasaban. Tuve que ponerme en manos de una terapeuta para que me enseñara a llevar ese proceso sin arrastrarme emocionalmente. Ahí corté todo porque tenía que entrenarme para poder convivir con esa señora que es mi mamá, pero ya no lo es y también seguir acompañando a mi hija en su carrera. Me di cuenta de que lo importante en esta vida es muy poquito.
Pero has vuelto.
Sí, pero de otra manera mucho más selectiva en lo visible y lo invisible, en mi forma de pensar y en mi forma de hablar. Llevo muchos años en esto y decidí que sé gestionar mis contratos e iba a hacerlo yo. Desde ese momento, no te puedes imaginar la cantidad de ofertas de trabajo que he recibido. Un montón. En este momento de mi vida solamente voy a asumir aquello que me aporte, que me haga brillar y que pueda hacer brillar a los demás. Se acabó el miedo de antes a que te dejen de llamar o a que alguien se tome a mal un no. Ahora mando yo.
Y tras todo este proceso interno, ¿cuándo miras al exterior qué ves en la sociedad, en España y en el mundo?
Veo una sociedad que debe hacer el mismo trabajo de reconstrucción que he hecho yo. En esta sociedad hay mucha falta de coherencia, mucha gente que se vende y complace, mucha falta de autenticidad… Pero cada vez veo un mayor deseo de conquistar la coherencia. Veo mucho movimiento y la gente se cuestiona lo establecido de antemano. Nos han convencido de que todo lo que nos vendía el sistema era lo correcto y ahora sabemos que no es así. Tengo fe en el ser humano y adoro a mi país, adoro esta geografía española maravillosa y a sus gentes. Tenemos un país que es un tesoro. No hablo de banderas ni de colores. Creo en el ser humano y creo que la raza española es una raza especial y bonita. Es verdad que somos una gente criticona y envidiosa, pero tenemos un carácter envidiable, sociable y acogedor que se impone.
¿No te interesa nada la política?
Nunca jamás. Yo tengo mi propio gobierno, que es el de mi casa y el de mi entorno, y estoy encantada de compartirlo con otros gobiernos vecinos que estén alineados en los mismos valores: la autenticidad, la verdad y la transparencia. ¿Dime tú en qué partido político encuentras eso? Como adulto consciente y con salud mental, lo máximo que puedo hacer es beneficiar a mi entorno y ser honesta porque los estamentos políticos van a hacer y deshacer lo que les dé la gana. Me limito a preocuparme de lo que depende de mí, porque el pastel político se reparte el planeta entero sin preocuparse por nosotros. El poder está en posicionarte contigo mismo y con tu entorno.
Pero nadie es ajeno a la realidad política.
Yo tengo un criterio, voy a escuchar a todos y, si me parece bien lo tuyo, lo voy a probar, pero si mañana veo otra cosa que creo que es más favorable, no tengo problema en cambiar. Estamos en constante evolución. Abre la mente, open mind... ¡Open mind!