Tras su primera novela, la escritora madrileña publica Animal print, siete fábulas entrelazadas que desnudan la extrañeza de lo LGTB: "Se lo debía a la adolescente perdida que fui, nunca tuve referentes"

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Como podría pasar en uno de sus cuentos, empezamos la entrevista en un supermercado de barrio. «¿Te gustan las fresas?», lanza mientras serpentea los pasillos angostos. «¿Nivel de intensidad del café? Yo no tomo». Irene Cuevas (Madrid, 1991) llega tarde a la cita en su propia casa. Avisa en un mensaje: «¿Me dais 10 minutos más?», y un emoji de corazón blanco. Es la segunda vez que una periodista visita su piso, una herencia familiar reformada que, es fácil adivinar, la convierte en la inquilina más joven del edificio. «¿Alicia, cómo estás?», toma con cariño el brazo de una mujer que tiene dificultades para salir del portal. «Ha tenido cáncer, la pobre, si ves cómo se le puso la cara...», aclara después, en el ascensor.
Es Irene Cuevas, escritora y columnista de EL MUNDO y YoDona, una firme defensora de la ternura y se esfuerza por ser todo lo consecuente que la vida le permite. Después de concebir a la asesina de ancianas más cuqui de la historia para su primera novela regresa a su territorio natural para desnudarse y exponer sus traumas, que son los de muchas mujeres de su generación. «Yo soy cuentista», reconoce, sonríe con dulzura y se encoge de hombros.
Después de preparar un bol de fruta digno de Instagram y de poner unos bombones hipercalóricos y profundamente infantiles -elegidos por la redactora, de eso ella tampoco toma- en un tazón no menos reflexionado, se sienta en su coqueto balcón con vistas a un frondoso parque y, antes de lanzarse a hablar de Animal print (Reservoir Books), se acuerda de cuando unas palomas decidieron fundar su hogar en el mismo rincón que ella ocupa ahora y la atacaban cada vez que intentaba salir a mirar cómo llevaban el nido. «Eran mis inquiokupas», y asoma otra vez la sonrisa dulce. De animales va la cosa, desde la lámpara mono que corona el sofá hasta el libro sobre serpientes que reposa en la mesita de café. «Necesitaba inspiración», alega.
Todo empezó justo después del confinamiento, cuando imaginó la historia de una chica que caminaba por la calle vestida con un pijama de leopardo. En aquel cuento un coche la atropellaba al confundirla con un felino real y amenazador. Seis años después, el destino tiene otros planes para ella en el arranque de un libro concebido como un disco con siete canciones independientes pero entrelazadas por un sonido común, uno que asoma bajo la piel de un animal fuera de contexto. Uno que borbotea amor incomprendido. «Una chica con un disfraz agresivo en una fiesta llena de pijamas inocentes. ¿Qué lesbiana no se ha sentido así alguna vez?».
- No saliste del armario hasta los 20. Es un largo tiempo disfrazada.
- Ese cuento nace de mí, de mi emoción. Siempre me sentí una chica distinta, como en una fiesta de pijamas en la que todo el mundo se me quedaba mirando diciendo: «¡Qué extraña está esta persona!». Esa masculinidad que, de alguna manera, salía de mí cuando era pequeñita la identifico aquí con el disfraz de leopardo.
- ¿Sigue contigo ese disfraz como mujer adulta?
- Sí, sí. Lo he hablado con un montón de amigas lesbianas y es común. Seguimos sintiendo esas miradas. Esas amigas hetero que te ponen ojos de: «Bueno, no te enamores de mí». Esa sensación de estar siempre alerta, de que pueda pasar algo en cualquier momento. Ser lesbiana es vivir atenta a que alguien pueda lanzarte cualquier violencia. Me han tirado una botella por la calle, me han insultado por ir cogida de la mano de mi chica, me han llamado maricona, me han escupido, me han propuesto tríos con hombres... Me ha pasado de todo.
- Da la impresión de que los hombres gays están más normalizados en la sociedad. ¿Quizá han tenido mejor marketing?
- Tienen mejor marketing porque se han apropiado bastante del movimiento LGTB, les encanta estar ahí... Son mucho más visibles para las dos cosas, tanto para la violencia como para el respeto. Un hombre gay recibe muchísima más violencia explícita que la que recibe una mujer lesbiana. A ellos les dan una paliza, vaya. Lo que pasa con las lesbianas es que somos invisibles, con todo lo que eso conlleva. Si no existes, no puede ser. Ese «bueno, sois amigas, será una fase»...

- En los últimos años, en cambio, hay una cierta reivindicación del amor entre mujeres en la cultura: Sara Torres en la literatura, Rosalía comentando sus romances femeninos, Sandra Barneda en la televisión, Dulceida desde las redes sociales...
- Se han creado un montón de referentes nuevos. Yo soy una lesbiana de los años 90, fui adolescente en los dos miles, mi referente lésbico era el beso de Britney Spears con Madonna en la Superbowl, que ni siquiera son lesbianas. No teníamos series, ni películas, ni nada. Animal print habla de las identidades, es el libro que a mí me hubiera gustado que alguien me regalara cuando era adolescente o en mis 20 años. Una parte de mí le debía esto a la Irene que fui. No tuve un amor adolescente, imagínate, así que he tenido que imaginarlo. Se me negó porque no podía ser lesbiana, eso no existía.
- Tus cuentos son abiertamente 'queer', pero ese disfraz social, en realidad, lo llevamos un poco todos. ¿Qué ganamos y qué perdemos con tanta etiqueta identitaria?
- Yo creo que ganamos todo y no perdemos nada. Hemos ganado posibilidades creativas de estar en el mundo y eso da esperanza en un mundo que se agota al momento, en el que no sabemos qué pasará mañana. Las identidades queer suponen imaginar un universo de posibilidades.
- ¿Es el cuento, por tanto, un buen género para retratar lo 'queer'?
- Me gusta, sí, por lo que tiene de híbrido. Puedes hacer un montón de cosas en el cuento. Por ejemplo, yo considero que La metamorfosis de Kafka es un texto súper queer. Él no lo escribió así, por supuesto, pero ese hombre que se siente súper extraño y se levanta un día convertido en insecto... Es que ese hombre hemos sido todas las lesbianas.
"Escribir cuentos es una forma de habitar otros mundos más habitables que este. La fantasía es un lugar increíble"
- ¿Es la literatura, para ti, una forma de encontrar tu lugar en el mundo?
- Sí, y sobre todo, de habitar otro mundo que no sea este. Porque este mundo es bastante inhabitable, a veces, así que la fantasía me parece un lugar increíble. Las personas LGTB somos personas muy fantasiosas porque, precisamente, tuvimos que fantasear un montón de cosas que no pudimos vivir. Llevo 20 años escribiendo cuentos y la animalidad es una metáfora que me ha acompañado siempre, esa metamorfosis, esos cambios de piel, esas pieles superpuestas de las que te vas deshaciendo. Además, me interesa que Animal print se pueda publicar en un futuro pero que sea otra cosa, que mute, que yo saque y ponga cuentos nuevos. Esto es lo que estoy sintiendo ahora. Luego sentiré otra cosa y estará bien. Me encantaría que el libro se convirtiera también en un animal que muta y sigue vivo.
- El fenómeno 'therian' explotó mientras escribías este libro. No puede ser casualidad...
- No entiendo por qué a la gente le ha resultado tan agresivo. Yo no me haría therian pero les entiendo, entiendo por qué sienten esa necesidad de escapar, de generar una comunidad fuera de esto. Otra cosa que he notado, quizá estoy sugestionada, es que veo gente vistiendo animal print por todas partes, se ha vuelto a poner de moda. La nueva tendencia, además, es llevar estampados más tiernos, más suavitos. La piel más imitada en 2025 ha sido el Bambi, ese dibujo de ciervo en lugar de leopardo. A mí esto me habla mucho de una generación que quiere sacar su parte animal, pero desde la ternura. Se ha vuelto tan bestia el mundo humano que al final tenemos que regresar a lo animal para encontrar un instinto tan básico como la ternura. Mira que está denostado ese término últimamente, que se percibe como cursi y ñoño, pero si sacamos los cuidados del centro de nuestras decisiones, de nuestras comunidades, acabamos en este mundo bélico imperialista que va a terminar con la extinción de todos nosotros. Así que yo lo reivindico. La ternura, hoy más que nunca, es revolucionaria.
- Tu primera novela apelaba a esa ternura desde el título, 'Un momento de ternura y de piedad', aquí todo es más duro, más cruel. Nada más empezar encontramos una violación grupal.
- El primer cuento lo escribí hace seis años, cuando salíamos de la pandemia y habíamos puesto los cuidados en el centro, veníamos del Me Too, del Black Lives Matter, de todas esas revoluciones sociales que apelaban a la unión de la sociedad contra las injusticias. Los personajes se salvaban, no estaban tan manchados, todo tenía un tono mucho más positivo. Cuando lo retomé me di cuenta de que se había quedado súper antiguo. Hoy este cuento ya no funcionaba, en medio del teatro de la crueldad al que asistimos. Así que metí mucha más crueldad y añadí un epílogo en el que llevaba a los protagonistas a esa rave que es como un purgatorio.

- Dices que este libro lo has escrito bailando...
- ¡Literal! A veces me ponía techno para escribir y encendía las luces rojas. Me compré incluso una mesa alta con ruedas para escribir mientras danzaba por la casa.
- ¿Tiene la literatura algún poder para cambiar las cosas?
- Yo creo que sí. La ficción, en general. Si te fijas, últimamente hay muchísimas películas bélicas que vienen a contarnos el mundo de ahora. Espero que pronto vuelvan las utopías.
- Tus columnas también nos cuentan el mundo. ¿En qué se parecen a tus cuentos, si es que les encuentras parecido?
- Quizá en que ambos tienen que tener alguna revelación. Una muy buena columna es la que aporta una opinión reveladora. Son pocas, ocurren muy de vez en cuando, pero cuando ocurren todos lo sabemos. Y el cuento también llega a ese lugar que que alguien te tenía que enseñar.
- No es un lugar muy agradable este que nos muestras...
- Ya, porque lo he escrito ahora. A lo mejor en unos años, cuando el mundo sea mejor, lo transformaré en otra cosa. Sigo teniendo esperanza en que podamos construir un lugar donde vivir. Siempre con ternura.

























