























Durante siglos, los emperadores chinos cruzaron en procesi�n las puertas del Templo del Cielo envueltos en seda azul y escoltados por una corte silenciosa que avanzaba entre humo de incienso, m�sica ritual y antorchas encendidas. Llegaban hasta un altar de m�rmol blanco para ejecutar uno de los ceremoniales m�s sagrados del imperio: el sacrificio al cielo.
All�, en cada solsticio de invierno, degollaban toros y bueyes, ofrec�an jade, seda y vino, y rezaban de rodillas para garantizar buenas cosechas y preservar la armon�a entre el universo y la tierra. Si las lluvias no llegaban o las hambrunas arrasaban provincias enteras, no era solo un desastre agr�cola: significaba que el soberano hab�a perdido la legitimidad divina sobre la que descansaba el poder imperial chino.
El Templo del Cielo era el coraz�n espiritual del imperio. Construido a comienzos del siglo XV por la dinast�a Ming, el complejo fue concebido como una representaci�n f�sica de la cosmolog�a china: las estructuras circulares simbolizaban el cielo; las cuadradas, la tierra. Cada n�mero, cada escal�n y cada piedra obedec�an a un orden matem�tico pensado para conectar al emperador con las fuerzas celestiales. Mientras la Ciudad Prohibida representaba el poder terrenal, este era el lugar donde ese poder buscaba la aprobaci�n de los dioses.
Este jueves, cinco siglos despu�s de aquellos rituales imperiales, el viejo santuario recibi� a los dos hombres m�s poderosos del mundo. All� donde la sangre de los astados degollados serv�a para preservar la armon�a, Xi Jinping y Donald Trump pasearon rodeados por un despliegue de seguridad que blind� buena del sur de Pek�n.

Mucha seguridad el jueves en la entrada del Templo del Cielo, que permanece cerrado hasta el fin de semana.Lucas de la Cal
Desde primera hora de la ma�ana, el parque Tiantan -como lo llaman los pequineses- apareci� rodeado por un per�metro imposible de franquear. Furgones apostados en cada esquina, polic�as, militares, agentes de paisano hablando por pinganillos. Tambi�n hab�a grupos de curiosos y turistas agolpados tras las vallas met�licas intentando adivinar por d�nde entrar�an las comitivas.
Despu�s de m�s de dos horas de reuni�n en el Gran Palacio del Pueblo, en la plaza de Tiananmen, la caravana oficial de Xi y Trump atraves� el centro de Pek�n rumbo al Templo del Cielo. All�, rodeados por decenas de funcionarios, int�rpretes y agentes de protocolo, ambos l�deres posaron frente al Sal�n de Oraci�n por las Buenas Cosechas, el edificio circular de tejados azules que se ha convertido en la imagen m�s reconocible del recinto.
Las im�genes difundidas por la televisi�n estatal mostraron a las delegaciones de ambos pa�ses subiendo lentamente las escaleras de m�rmol blanco antes de entrar al templo. El momento m�s inc�modo lleg� cuando un periodista grit� en ingl�s a Trump una pregunta sobre Taiwan. El presidente estadounidense evit� responder y continu� caminando junto a Xi entre los flashes de las c�maras.
Poco despu�s, preguntado por c�mo hab�an transcurrido las conversaciones, Trump resumi� la jornada con su estilo habitual: "Genial. Un lugar magn�fico. Incre�ble. China es preciosa". La escena condensaba el objetivo de Pek�n: envolver una relaci�n marcada por la desconfianza estrat�gica en la solemnidad de la historia imperial china.

Trump y Xi durante su visita al Templo del CieloBRENDAN SMIALOWSKIAFP
"Trump siempre trae mucho ruido", dec�a entre risas fuera del recinto un jubilado apellidado Zhao. "Pero Xi sabe manejarlo. China ahora es un pa�s igual de fuerte que Estados Unidos". A pocos metros, una estudiante universitaria que se identific� como Lin aseguraba que, al ver toda la comitiva y seguridad, se hab�a acercado "por curiosidad", por si pod�a tomar alguna foto a lo lejos de Trump.
El Templo del Cielo, donde el emperador (se le conoc�a como el "hijo del cielo") actuaba como intermediario entre el orden celestial y la tierra, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1998. Mientras Trump y Xi entraban por los senderos bordeados de cipreses centenarios que rodean a los patios, el contraste con la antigua liturgia imperial y la pol�tica moderna resultaba inevitable. Donde antes ard�an ofrendas rituales, ahora se exhibe como un escenario de fraternidad despu�s de negociar aranceles, semiconductores y equilibrios militares.
No es la primera vez que Pek�n utiliza sus atracciones hist�ricos como decorados diplom�ticos para impresionar a Washington. Los medios chinos recuerdan que Henry Kissinger, el arquitecto del acercamiento entre Washington y Pek�n durante la Guerra Fr�a, era un visitante habitual del recinto. Dicen que acudi� m�s de una docena de veces. Ya en su viaje secreto de 1971, el que abri� la puerta a la hist�rica visita de Richard Nixon un a�o despu�s, Kissinger aprovech� un descanso en las negociaciones para recorrer este lugar.

Entrada vallada en el Templo del Cielo.Lucas de la Cal
No muy lejos de all�, en 2014, Barack Obama mantuvo largas conversaciones nocturnas con Xi en la isla de Yingtai, dentro del complejo de Zhongnanhai, el coraz�n del poder comunista chino. Tres a�os despu�s, fue Trump, en su primer mandato, quien recibi� una bienvenida excepcional en la Ciudad Prohibida. Entonces, Xi y la primera dama Peng Liyuan acompa�aron al republicano y a la primera dama, Melania Trump (ausente en este viaje) a tomar t� en el Bao Yun Lou, un edificio imperial de estilo occidental construido en 1915 con fondos devueltos por EEUU bajo la presidencia de Theodore Roosevelt.
Las cr�nicas de aquella visita cuenta que, en medio de un ambiente estudiadamente �ntimo, Trump ense�� orgulloso un v�deo de su nieta Arabella vestida con un qipao (vestido tradicional chino), cantando canciones en mandar�n y recitando poes�a cl�sica china. La recepci�n de 2017 fue tan extraordinaria que marc� la primera vez desde la fundaci�n de la Rep�blica Popular en 1949 que China cerraba la Ciudad Prohibida para recibir a un jefe de Estado extranjero.
Hoy el ambiente es mucho m�s fr�o entre las dos superpotencias. Pero Pek�n contin�a recurriendo a la misma estrategia: envolver la pol�tica contempor�nea en la profundidad ceremonial de cinco siglos de historia imperial.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。