



















A miles de musulmanes de Ceuta y Melilla los despojaron de sus apellidos cuando por fin accedieron a la nacionalidad española. La Administración los documentó con los nombres del padre y del abuelo paterno en lugar de con los apellidos de sus familias. En las escuelas, además, a muchos niños les cambiaban también el nombre de pila por otro español. Fue una de las consecuencias de la primera gran regularización masiva, la impulsada por el gobierno de Felipe González en 1985. Cuatro décadas después, esa doble desposesión de ciudadanos con apellidos falsos ha llegado al Congreso con una PNL que busca reparar el daño y exige perdón institucional por una injusticia histórica.
En los años 80, Ceuta contaba con una importante comunidad musulmana. Más del 70% de sus miembros había nacido allí, con padres también nacidos en Ceuta o arraigados desde hacía años, y con abuelos que llevaban décadas formando parte de la vida de la ciudad. En 1985, esa comunidad sumaba unos 12.000 habitantes, pero apenas un millar tenía la nacionalidad española. El resto llevaba años —a veces generaciones— viviendo allí sin derechos civiles.
Esa historia venía de atrás. Arrancaba en las guerras africanistas y continuó durante el Protectorado, cuando miles de habitantes de Marruecos fueron reclutados por el Ejército de África y otros llegaron como mano de obra a Ceuta y Melilla. Muchos acabaron instalados en asentamientos como El Príncipe o en terrenos de las Murallas Reales. Allí empezaron una vida ceutí, tuvieron hijos que durante años no fueron reconocidos como ciudadanos españoles. En su lugar, les dieron tarjetas estadísticas que servían para registrarlos, pero no les otorgaban derechos políticos ni administrativos.
La regularización que vino después, entre 1985 y 1986, les abrió por fin la puerta de la ciudadanía, pero, según la memoria de muchas familias, lo hizo a costa de otra mutilación: la pérdida de sus apellidos originales, sustituidos en los papeles por el nombre del padre y del abuelo paterno.

Abdeselam, hijo de un miembro de Regulares que tampoco puede presumir de su verdadero apellid0Antonio Sempere
«Me llamo Mohamed El Hisho Lemmague y en mi DNI pone Mohamed Mustafa Ahmed». Quien habla es el actual líder de Ceuta Ya! y diputado en la Asamblea de Ceuta, heredero político de una reclamación que su espacio lleva años sosteniendo. Antes la defendió Mohamed Alí desde Caballas. Ahora la encarna él, al frente de la formación regionalista que recogió aquel testigo y lo ha llevado hasta el Congreso.
Mohamed Mustafa —«Moha», como le conocen en Ceuta— sitúa el conflicto en esa fractura entre el nombre impuesto por la Administración y los apellidos originales de su familia. Recuerda que ya en 2016 se aprobó en el Pleno de la Asamblea de Ceuta una iniciativa para que los musulmanes ceutíes pudieran recuperar sus apellidos. La propuesta salió adelante por unanimidad e incluía también la creación de un órgano de la ciudad que sirviera de enlace con el Gobierno de España para facilitar el proceso. Nada de eso se movió después. «No se ha hecho nada. Ni el Partido Popular, que gobierna la ciudad, ni los demás partidos nacionales con representación en la Asamblea ceutí han hecho nada», denuncia.
Para él es una vieja herida arrastrada durante décadas por miles de españoles musulmanes de Ceuta y Melilla que, cuando por fin accedieron a la nacionalidad, los inscribieron con otra identidad. En su caso, el apellido paterno es El Hisho y el materno, Lemmague. Ninguno figura así en su documentación. Las familias sabían cuáles eran sus apellidos, pero durante aquellos procesos, sostiene, a miles de ceutíes de origen árabe-amazig se les sustituyeron los apellidos familiares por los nombres del padre y del abuelo paterno. «Eso ya venía produciéndose antes, de manera extraoficial», recuerda Moha, que define la llegada del asunto al Congreso como algo «reparador» porque supone que el Estado reconoce por primera vez su participación en la pérdida de los apellidos familiares y admite que «se ha hecho algo mal».
La conversación se interrumpe un momento. Descuelga el teléfono y llama a un amigo que estudió en un colegio en el barrio de El Príncipe, hoy convertido en guardería municipal. Al otro lado de la línea, el hombre no vacila y dice: «Cuando los niños musulmanes llegaban con sus nombres de pila árabes o amazig, los maestros se los cambiaban por otros españoles». Mustafa pasaba a ser Pepito. Larbi, Fernando. Asís, Jesús. Mohamed, Antonio. Y Sabah, Isabel.
Fernando, un vecino de Ceuta, se acuerda de Abdeselam, su amigo ya fallecido. A Abde lo recuerda como un niño muy inteligente, un compañero con el que compartió mucho más que pupitre. Un día lo vio llegar triste al colegio. No entendió por qué. Mucho tiempo después comprendió lo que podía haber detrás de aquel silencio. «Con el tiempo comprendí que su padre o su madre debieron de contarle que aquellos no eran sus apellidos, que el nombre que figuraba en su papel estadístico no era el suyo», rememora sobre el episodio.
«Cuando los niños musulmanes llegaban con sus nombres de pila árabes o amazig, los maestros se los cambiaban por otros españoles»
Durante la clase, el maestro pasó lista con el nombre que la Administración le había puesto en los papeles. Abde no contestó. El profesor repitió. Luego se acercó a su mesa y le preguntó si era sordo. El niño le respondió que aquel no era su nombre, que él se llamaba Abdeselam Ben Yousuff Medina. La respuesta fue una bofetada. Fernando está convencido de que el profesor sentía animadversión hacia los niños musulmanes. Por eso nunca vio aquella bofetada como un simple castigo escolar, sino como la expresión de un desprecio que iba mucho más allá de Abde y alcanzaba a otros niños como él.
Manal, una joven ceutí que participa en Ceuta YA!, cuenta la historia de su familia como otra común entre muchos musulmanes de la ciudad. «Hemos ido heredando de nuestros padres y de nuestros abuelos unos apellidos que no son nuestros apellidos. Son los nombres de nuestros abuelos», dice. Sus abuelos llegaron a Ceuta para trabajar, formaron aquí su vida y, en el proceso de nacionalización de los años ochenta, perdieron los apellidos con los que habían llegado. «La persona que llegó de joven y se instaló en la ciudad no ha sido la misma que acabó falleciendo aquí porque no coincidían los apellidos».
Manal habla de identidad. «Los apellidos siempre llevan consigo una historia. Nos remiten a una herencia familiar. Eso forma parte de quién eres». Por eso entiende esta reclamación como una forma de memoria y de justicia. «Reivindicarlo es también honrar la memoria de nuestros abuelos. Es una forma de resistir al olvido. Mi nombre debería haber sido Manal Ibrahimi Bentaher».
El documento de identidad de Abdeselam, tambien ceutí de nacimiento que trabaja con su ONG, Alas Protectoras, lo identifica como Abdeselam Mohamed Hossain. Él sostiene que su verdadero nombre es Abdeslam Ayad Solti. Tampoco ha olvidado el día en que lo echaron del colegio. Coincidía, además, con su cumpleaños. Acababa de cumplir 14 años cuando el director del antiguo Convoy de la Victoria, uno de los centros de referencia en la barriada de Hadú, apareció con un listado en la mano y le comunicó que ya no podía seguir estudiando allí. «Ya tienes 14 años y puedes ir a trabajar al mercado», recuerda que le dijo. La frase se le quedó grabada.
Él no había sido escolarizado hasta los nueve años. Afirma que era lo normal en aquella época para los niños musulmanes. Su partida de nacimiento, expedida en Marruecos, lo identifica como Abdeslam Ayad, nacido en Ceuta el 22 de mayo de 1960, hijo de Mohamed Hssaine, militar de Regulares, y de Saadia Mohamed Solti. Sus apellidos estaban en el documento antes de que se los cambiaran.
Abdeselam aporta otra prueba de cómo trataban a los ceutíes musulmanes en aquella época. Para viajar necesitaban un salvoconducto expedido por la Policía. No podían salir de Ceuta sin autorización del Estado. Lo pidió en 1980 para viajar a El Puerto de Santa María. La Constitución llevaba ya dos años en vigor, pero los suyos seguían sin poder moverse libremente fuera de la ciudad sin un permiso de la autoridad.
«El inicio de lo que podíamos llamar la amputación de los apellidos fue durante la época del Protectorado»
Farid también lleva esa herida en el nombre. «Mi nombre es Farid Haldid Tunsi, pero en mi DNI aparece como Farid Abdeselam Mohamed», dice. Su madre nació en Ceuta y sigue viviendo en el Poblado de Regulares. Su padre, también ceutí, nació en el Ángulo, en las Murallas Reales. Pero los papeles no trataron igual a los dos. «Mi madre, sorprendentemente, sí conserva sus apellidos. Con mi padre, que era militar en Regulares, hicieron lo que les dio la gana. En unos sitios Haldi, en otros Septi y en otros Buifrahi», cuenta. Lo que cuenta Abdeselam no le parece a Farid extraño. Le devuelve, más bien, a una época que conoce bien. En su casa también causó daño. Sus hermanos mayores no pudieron ir a la universidad. No tenían DNI.
Farid dice que la amputación de los apellidos no empezó con la nacionalización de los años ochenta, sino bastante antes. «El proceso de nacionalización vino como una segunda parte. El inicio de lo que podíamos llamar la amputación de los apellidos fue durante la época del Protectorado». En su familia, añade, casi todos los mayores estuvieron ligados al estamento militar. «Mis abuelos formaban parte de los antiguos Regulares, de lo que entonces llamaban tropas indígenas, falsamente, porque la mayoría eran nativos de la ciudad». No eran forasteros llegados de fuera, sino ceutíes nacidos en Ceuta.
Moha recuerda, por último, que un tío suyo, enfermo del corazón, tuvo que ser trasladado a Granada para ser tratado. La familia quiso ir a verlo, pero todos tenían tarjeta de estadística. Para cruzar a la Península tuvieron que pedir en la delegación del Gobierno un salvoconducto. Sin ese papel no podían viajar. También ahí se medía la desigualdad. En la escuela les cambiaban el nombre. En los documentos los despojaban de sus apellidos. Y cuando una enfermedad grave obligaba a una familia a cruzar el Estrecho, ni siquiera entonces bastaba con ser de Ceuta. Había que pedir permiso. España ya era una democracia, pero ellos no podían votar. Por eso la lucha de hoy no se reduce a una cuestión registral. Remite a un tiempo en que a una parte de los ceutíes se la contaba, se la vigilaba y se la documentaba sin reconocer sus derechos. Primero tuvieron que pelear por existir en los papeles. Ahora pelean por recuperar su verdadera identidad.
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