
























Actualizado
La moda, as� en general, se puede entender como la m�s exquisita y sofisticada de las manifestaciones de nuestra muy exquisita y sofisticada cultura depredadora o, justo al rev�s, como la prueba m�s evidente de que el capitalismo (aspiracional, colonialista, extractivista o todo junto) es muy imaginativo a la hora de inventar bolsos caros y mecanismos de supervivencia, de autolegitimaci�n y de explotaci�n. George Simmel, uno de los primeros te�ricos del asunto, manten�a que eso de la moda sirve tanto para que un grupo se diferencie de sus rivales, sociales o de clase, como para cohesionar a los iguales. Separa tanto como une. El diablo viste de Prada, la pel�cula de David Frankel de hace ahora 20 a�os, hac�a suya esta interesante (o cuanto menos ocurrente) dial�ctica para componer una suerte de comedia no necesariamente rom�ntica que actualizaba el esquema de Armas de mujer (Mike Nichols, 1988) desde el universo poco retratado y peor entendido de, en efecto, las revistas de moda y las din�micas de poder que atraviesan por igual redacciones y pasarelas. R�pidamente, m�s all� de sus valores cinematogr�ficos, la pel�cula se entendi� como un manifiesto de muchas cosas: del siempre humillado becariado, de la autoexplotaci�n, del feminismo de tac�n de aguja y hasta del azul cer�leo.
Volver dos d�cadas m�s tarde a ese mismo universo donde tantas cosas han cambiado (desde el periodismo al feminismo pasando por el capitalismo de antes --este en verdad no ha cambiado tanto--) se puede entender a) como una revisi�n necesaria y oportuna de cada error del pasado; b) como una ocasi�n perfecta para levantar acta de la err�tica deriva de casi todo; c) como un nuevo escaparate para la siempre rentable y disculpable nostalgia o, lo peor, d) como una estrategia comercial bastante poco pudorosa. Frankel, y con �l todo el reparto encabezado por la imperial Meryl Streep, se apunta a esta �ltima opci�n: la d). Y lo hace sin rubor, sin sentido de la medida y sin un guion m�nimamente coherente o solo defendible. S�, hay apuntes cr�ticos y algo viejunos a la degradaci�n del periodismo y ah� est� la ya obligada mofa de Elon Musk y sus secuaces, pero la pel�cula no va de eso. La secuela de El diablo viste de Prada no solo es err�tica, confusa, fr�vola sin gracia y bastante oportunista, sino que ni siquiera tiene claro qu� quiere ser m�s all� de la �ltima prueba de la paulatina degradaci�n del ya degradado blockbuster.
Ha pasado el tiempo y cada uno de los personajes est� donde m�s o menos se qued� al final de la primera entrega. Lo que ha cambiado de manera radical es el mundo que les (y nos) rodea. Miranda-Streep dirige la revista que dirig�a, pero su influencia ya no es la misma en un ecosistema donde las redes han acabado con cualquier tipo de jerarqu�a. La crisis de los mediadores lo llaman. Tampoco ella es la misma por la sencilla raz�n de que su comportamiento abusador y t�xico ha dejado de ser gracioso para ser delito. Andy-Anne Hathaway es ya la periodista de prestigio que siempre quiso ser, pero sin medio con reputaci�n y cr�dito en el que ejercer (todos han cerrado). Y as� hasta que un d�a es requerida por su antigua publicaci�n para que la salve. Y vuelta a empezar. A su lado, tanto Emily-Emily Blunt como Nigel-Stanlkey Tucci siguen a lo suyo: la primera trepa que te trepa y el segundo aguanta que te aguanta. Y en medio, el reci�n llegado Kenneth Branagh tocando el viol�n. Eso pasa.
Sobre el papel, se dir�a que pocos planteamientos tan coherentes. O al menos resultones. Se trata simplemente de utilizar una plantilla antigua y de sobra conocida para jugar a los contrastes. Que son muchos y todos ellos entre ofensivos y muy sorprendentes. El problema es que todo lo que en su sencillez (muy cerca de la simpleza) funcionaba en la primera entrega ahora se enreda en un alborotado ir y venir entre autohomenajes, romances improvisados, rivalidades mal explicadas, carreras fren�ticas a ninguna parte y chistes algo a destiempo. Y todo ello mientras la pel�cula se esfuerza en convencernos de que lo que dec�a la primera pel�cula de su tiempo, lo dice esta del nuestro. Y no es as�.
El diablo viste de Prada 1, con todas y cada una de sus contradicciones, hablaba de un momento en el que para hacerse valer en el mundo laboral (sobre todo si se era mujer) no hab�a m�s remedio que renunciar a todo lo dem�s ("Av�same cuando tu vida est� destrozada. Es el momento de un ascenso"). Hablaba de eso y de un universo, el de la moda, transformado en el escenario en el que sublimar todos y cada uno de los fracasos de un sistema donde el ascensor social es sustituido por el espejismo de la pobreza de lujo. En verdad, hablaba de c�mo todas estas disfunciones empezaban a asomar la patita. Pero la pel�cula, sabiamente, otorgaba el beneficio de la catarsis tanto a su protagonista como al propio p�blico.
Pues bien, si algo ha demostrado el paso del tiempo es que todos los peligros que anunciaba la cinta original de manera m�s o menos indiciaria y algo blanda son ahora certezas claras y muy duras. La uberizaci�n de la econom�a no ha hecho nada m�s que extremar las contradicciones, pauperizar el trabajo y limitar hasta el extremo las aspiraciones m�s modestas. Pero no, Frankel elige el m�s intrascendente y culpable de los caminos para simplemente celebrar ante los fans, convencidos y fashion victims (sea esto lo que sea) que, al final, todo se soluciona con un bonito fular, un poco de buen gusto y, lo m�s importante, un rico (o rica) de buen coraz�n y mejor gusto. Sin olvidar, claro, a Meryl Streep que siempre est� bien que vuelva despu�s de tanto tiempo (cinco a�os ya). Algo bueno ten�a que pasar.
A la paradoja de Simmel del principio se le podr�a sumar otra m�s: el lujo (como ep�tome de la moda) se puede entender como la quintaesencia de lo corrupto en una sociedad donde la opulencia de unos pocos se soporta sobre la escasez de la mayor�a o, como manten�a Bataille, cabr�a explicarlo como la expresi�n revolucionaria de lo innecesario, lo excesivo e in�til en un sistema gobernado por la grisura est�pida de lo rentable, lo efectivo o lo provechoso. Y as�.
Digamos que la decepci�n se multiplica a poco que uno imagine, argumento sobre argumento, todo lo que El diablo viste de Prada 2 podr�a haber sido y, sin embargo, renuncia a ser entregada como est� a arruinar un bonito recuerdo. L�stima.
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Director: David Frankel. Int�rpretes: Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci. Duraci�n: 120 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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