Cr�nica del juicio
El empresario dio cuenta de una trama paralela de corruptelas que funcionaba mientras el Gobierno traficaba en p�blico con buenas intenciones

V�ctor de Aldama, este mi�rcoles, a su llegada al Tribunal Supremo.
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V�ctor de Aldama podr�a haber entrado al Tribunal Supremo con Canci�n del Mariachi sonando por megafon�a. Era El Matador. El Topuria de los chivatos. Iba acompa�ado de su entourage, un s�quito compuesto por su hermano, vestido de riguroso negro, un hombre peinado hacia atr�s y un consultor pol�tico. Los tres le hac�an la esquina, camuflados entre el p�blico que acudi� a escuchar su relato. Era el d�a grande de los asuntos polarizadores: Aldama tuvo la mejor entrada en el espect�culo de la corrupci�n del Gobierno engendrado contra la corrupci�n. All� estaba, como enviado especial de todos cuando ocurrieron los hechos que han arruinado, junto a la pandemia, la salud mental de la mitad del pa�s, lleno ahora de magnicidas de smartphone. Al calor de S�nchez ha florecido un nuevo g�nero del periodismo y un nuevo ciudadano muy politizado. A la hora en que Aldama empez� a largar, las dos variantes surgidas del sanchismo all� congregadas lo escuchaban como escuchan los futbolistas el himno de la Champions.
Aldama no necesitaba apuntes para recordar su gran aventura como nadie cuenta las an�cdotas de su Erasmus echando mano de un esquema. La primera respuesta dur� cuatro horas, un fresco de su vivencia al lado de los pol�ticos, las memorias m�s valoradas del momento. Los pol�ticos quedan siempre en estos casos mal, como seres nacidos para hacer el rid�culo a cambio de dinero f�cil. Aldama lo fue todo para �balos y Koldo; la persona que los conoc�a a fondo. Se le agradece la sinceridad: cuando empezaron los negocios a ponerse turbios no se sinti� "c�modo pero tampoco inc�modo".
Aldama dio cuenta de una trama paralela de corruptelas que funcionaba mientras el Gobierno traficaba en p�blico con buenas intenciones, todas esas grandilocuencias dise�adas por Iv�n Redondo, que iba de listo, pero quien influ�a de verdad era Koldo, un tipo a a�os luz de la politolog�a. Casi por eso se merece la absoluci�n el botarate descrito por Aldama como entregado y sobreexcitado, un poco el retrato robot que podr�a hacerse de los trolls que sal�an en David el Gnomo. �balos y sus chicas eran solo una tapadera: Koldo era el hombre de Pedro S�nchez. Hasta el juez Marchena mir� dos veces al asesor para contrastar lo que acababa de escuchar.
Desde el Congreso, a la misma hora, el 1, o sea S�nchez, disputaba la atenci�n con Aldama con un veredicto de sus casi diez a�os en Moncloa, dirigido al mismo publico, la Espa�a Horizonte: hacen falta otras dos legislaturas. Nadie le hizo caso. Todos estaban a lo importante. Al otro lado de Madrid, su estafa piramidal estaba siendo expuesta al detalle como solo puede hacerlo alguien emocionado al evocar sus mejores y peores momentos al rebufo de dos sinverg�enzas: nadie le quitar� a Aldama haber sustituido a Zapatero como voz autorizada en Venezuela.
























