


























Alguien ha subido a YouTube la actuación de Arde Bogotá el año pasado en el Mad Cool, el festival que se celebra en Madrid. Interpreta Qué vida tan dura, una de sus composiciones más populares. Es la cuarta canción más escuchada de la banda en Spotify, con casi 38 millones de reproducciones. Hasta el móvil que graba desde las primeras filas llega la voz de otro fan. «¡Es mi favorita!», dice cuando Antonio García, el vocalista, anuncia el tema. La letra repite el mantra Qué vida tan dura con guiños a la crisis de la mediana edad: «Estoy tan lejos de casa/ Que estoy considerando mudarme a la Luna/ Tan subido, tan NASA». Alrededor del minuto 2:40, cuando el grupo ya ha calentado a la gente lo suficiente, Antonio García mueve la varita mágica. Sustituye parte de la letra por un carrusel de oes, cierra los ojos, parece un momento inolvidable, todo se hace intenso y cuando el cantante vuelve en sí, el público crepita alrededor del momento himno. ¿Pero es un himno?
Arde Bogotá es una de las bandas más solicitadas como cabeza de cartel en el verano efervescente de los festivales de provincias. En 2024 actuó en 24 festivales. Ofrece un espectáculo que encaja como un guante en la demanda de directos exportables como experiencias. «Pienso que hay un género específico de festivales. Las bandas de festivales son las nuevas orquestas de pueblo. Hablo de la función que cumplen. El público se divierte, baila y se emborracha a gusto. Un festival no es una sala, adonde la gente llega con una o dos cervezas. Hay una tensión diferente», explica el productor Ángel Luján por qué es tan eficaz este sonido.
La receta lleva un poco de «coro fácil para el público, como ha ocurrido siempre en el pop más tradicional y comercial. Se lo han llevado a un sitio más hooligan. Es muy parecido a lo que ocurre en el fútbol. Son cánticos de fútbol adaptados. Y ahora el lo-lo-lo está en las canciones de todas la bandas. O le ponen letra para que sea parecido a esa fórmula hooligan». Hay que añadir un poco de estrofa con gancho, otro puñado de puente y unas gotas de estribillo. «La estrofa introduce sin desvelar. El puente te genera una pregunta. Y el estribillo lo resuelve». Sabe de lo que habla. Giró con Vetusta Morla cuando los festivales no eran todavía una tendencia mainstream, ni había tantos grupos españoles colocados en las mayúsculas.
«Viví en primera persona el auge de los festivales cuando empezaron a funcionar masivamente. De alguna forma abrimos esa puerta. Vetusta Morla tenía Saharabbey Road». La canción canon. «Hasta ese momento los festivales eran para bandas minoritarias, tenían una propuesta ecléctica y estaban pensados para personas melómanas. Ganaban algo, pero no mucho, sobre todo en comparación con el dinero que hacen ahora. Vetusta Morla tuvo tanto éxito que empezaron a ir a festivales y lo reventaban. Antes de 2008 los festivales grandes, como el Primavera Sound, contrataban bandas extranjeras».
Y ahí nace un formato de banda muy concreto. Tan resultón como rentable. «Empiezan a aparecer bandas que interesan más que las extranjeras. Hay un movimiento evidente de lanzamiento y un desplazamiento de cachés», explica Luján. Quienes adaptan antes el género festival, ganan más. «Poco a poco entraron personas con intereses estrictamente comerciales que dieron lugar al género».
Santi Balmes, frontman de Love of lesbian, otra banda que contribuyó al hallazgo del modo festival, lo considera un accidente. «Llegamos de casualidad. Hicimos un disco, 1999, que tocó la tecla de la que hablas. A partir de ahí estábamos en boca de todos. Fue a partir de 2011 o 2012. No existía Instagram. Las viralizaciones se hacían más por el boca a boca, no por el fomo de ahora mismo», considera. Cita a Lori Meyers, otro eslabón de la cadena. «Hubo una búsqueda inconsciente. Lo hacía Lori Meyers. Nosotros teníamos John Boy, Algunas plantas. Son canciones inspiradas en el bombo a negras: tuchipá, tuchipá. Fue un divertimento por el que no pasamos hasta el tercer disco y nos hacía mucha gracia. No puedo decir que las siguientes bandas intentaron emular esto, pero sí que había un intento de poder tener canciones de repertorio que sonaran a las 2 de la mañana en un festival. Algunos lo hicieron de manera espontánea, otros lo hicieron ex profeso».
"Las instituciones y los medios han creado contenedores estilísticos de lo que funciona. Los artistas deben adaptarse"
Kini, productor y manager
Según los datos del Anuario de Estadísticas Culturales, en 2025 se celebraron 889 festivales. «Puede haber la excesiva dependencia de los festivales, así como las bandas de los 80 dependían de las fiestas mayores. Hubo un momento en España hace unos años en que las fiestas mayores se llamaban San Bartolo Fest. No creo que la gente se canse. Las bandas no deben obsesionarse con tocar en escenarios grandes. Nosotros hemos intentado seguir con nuestro discurso, para bien o para mal», añade Balmes.
El camino hasta la decantación de la banda perfecta para festivales tiene más antecedentes. «El estilo de música es un pop rock al que la gente llama indie. Lagartija Nick. Surfin Bichos. Dover. Los Planetas. Después vinieron Deluxe, Sidonie, La Habitación Roja. Y después apareció Vetusta Morla», cita de carrerilla Kin, como todo el mundo conoce en la industria al promotor, manager y productor gallego Joaquín Martínez Silva. Controla todo el proceso. Monta festivales -como O Son do Camiño-, representa bandas -como Vetusta Morla o Xoel López- y produce nuevos talentos. En el cocinado del género que más volumen de público congrega también metieron mano desde fuera. «Las instituciones y los medios han intervenido en crear la moda. Han creado contenedores estilísticos de lo que está funcionando», reflexiona. A su juicio, la decantación comenzó hace algunas décadas. «Hubo una escisión de aquel pop rock clásico que pasó de la Movida a alcanzar otros sonidos anglosajones. Instauraron un nuevo sonido con nuevos planteamientos», explica.
Producir los artefactos ligeros y cantables ha acabado por acostumbrar el oído de los asistentes a los festivales. «Lo que está pasando es que los artistas, si quieren estar en los festivales, deben adaptarse al receptor. No hay libertad artística lo suficientemente deseable. Muchos artistas que no cumplen los criterios de los festivales se quedan en tierra de nadie», confiesa Kin. Este género es, en cierto modo, una condena. «Realmente hay una alineación de los festivales con ciertos estilos y desarrollos que hacen un estilo de música muy definido. Ha habido una línea que se ha ido creando desde los primeros festivales, que eran una versión española de los festivales y artistas del mundo anglo. Una copia», aclara.
Desde su oficina en México, está al tanto de otras formas de afrontarlo. «En Argentina hay festivales de rock argentino, reggae y ska. Si vas a México en los festivales programan corrido tumbado. Arrasan hasta el punto de que en los charts mexicanos los número 1 importantes son narcocorridos. Es un estilo que escucha la gente. Hace 15 o 20 años los festivales eran de metal y new metal. Había grupos como Sober. ¿Qué ha pasado con la música folk? Antes estaba en todos lados. ¿Qué ha pasado con toda la música fusión, como Macaco o Amparanoia? Apenas quedan festivales. Se ha ido estrechando. Es un peligro. La gente ahora hace una música pop rock, medio bailonga, con estructuras determinadas y que suena a guiri. O tienes eso o no entras en el catálogo. ¿Hablas de fórmula? A mí parecer es un estrechamiento perverso. Genera riqueza y diversidad cultural con parámetros puramente industriales».
Los festivales pusieron a funcionar a Shinova. Entraron, por primera vez, en un festival en el Sonorama de 2015. A ese concierto fueron alrededor de 20 personas. «Después de pasar mucho tiempo siendo rechazados por los festivales, fuimos a Sonorama. Era muy tempranito. Había unas 20 personas. Para una banda desconocida como nosotros estuvo bien porque nos vio un público nuevo», cuenta su vocalista, Gabriel de la Rosa. Hasta entonces, habían girado sin mucha fortuna por todo el país. «Venía a vernos poco público. Tocábamos de bar en bar. El concierto de Sonorama fue horrible, no hicimos prueba, fue cortito, pero bajamos de aquel escenario felices y apuntando lo que habíamos hecho bien y mal para mejorar. Empezamos a notar que cada vez venía más gente a vernos. En 2018, lanzamos el disco Cartas de navegación. Hicimos la presentación en FNAC y estaba a reventar. Tuvimos que salir fuera a atender a la gente que no había podido entrar. Todo ocurrió de forma escalonada».
¿Qué descubrieron en Cartas de navegación? «No hay un patrón. Para nada. Funcionó bien y ya está. El single más corto era una canción de cinco minutos. Las bandas que hacen canciones con estribillos que se repiten todo el rato lo hacen porque lo sienten. En estos tiempos de algoritmos e inteligencia artificial funcionan bien las fórmulas. Ahora que la atención es menor debemos captar antes al público, pero si piensas en eso, no haces lo que quieres. Cada banda tiene una voz propia», defiende.
Shinova tardó un tiempo en ser rentable. «Hicimos giras deficitarias. Después de muchos, es otra cosa. Y podría no haber ocurrido. Si no vendes entradas, pues te pagan menos. Actuar en festivales sale más rentable. Nuestro caché es equilibrado. Tanto lo que cobramos en una sala como lo que cobramos en un festival es muy parecido. No hemos inflado el caché. Es mejor ser honestos», aclara.
Paco Loco, el mítico productor, es más directo: «La banda de estilo festival debe tener un repertorio que se pueda cantar. Que pueda haber oé, oa, oé. Coldplay es la banda esencia de festivales. No lo digo de manera mala. También lo fue en un momento dado Australian Blonde en los 90».
Las bandas que tienen éxito en serie no van con él. «No estoy muy al tanto. Al revés. En realidad no sé cuánto éxito es mucho éxito. ¿De qué me hablas, de Arde Bogotá? Son capaces de conectar con su generación. Hacen música que cuando pasa se crea un efecto rebote. Entran en una cosa social en la que tiene que gustarte ese grupo y si no te gusta estás un poco fuera. Independientemente de que sean mejores o peores. También le pasa a Viva Suecia. Conecta con la gente de manera especial. No son mejores ni peores». Si tuviera que crear de cero uno grupo festivalero no está muy seguro de saber hacerlo. «Tener buenas canciones es clave. Una buena actitud en directo. Tener una imagen más o menos atractiva. Yo creo que al final no podría porque tengo la teoría de que los grupos deben ser transgresores o arriesgados. Probablemente sería demasiado comercial y se lo quitaría. Y, al final, no tendría ningún éxito», resume.
La libertad creativa tiene un límite cuando cada grupo nuevo requiere una inversión de 250.000 euros para funcionar. «Doy libertad, pero también opino. Nos estamos jugando el dinero y la honestidad», señala Kin. Ángel Lujan no es tan pragmático. Tiene la sensación de que el género festival ha asfaltado las propuestas artísticas. «Si hay un solo tipo de música en lo festivales, desplazan a muchas bandas que hacen cosas buenas. Antes había más estilos».
Arde Bogotá ha rechazado participar en el reportaje. «Está en un proceso creativo y además este año no va a participar en festivales», se ha excusado su sello.
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