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El Mundo
Eduardo Colom · 2026-04-25 · via Portada

Llegó en patera, con un móvil y una camiseta morada del Real Madrid. El sol le abrasaba la mirada cuando desembarcó. No es para menos: llevaba dos días navegando sin norte hasta que encontró la costa sur de Formentera y el faro de la Mola, una aguja en el pajar de olas del Mediterráneo. «Eso fue hace un año, el jueves 27 de marzo de 2025», recuerda con inusual precisión, como quien recita en voz alta la fecha de su nacimiento.

Yaya Coley lleva trece meses en España y cuando atiende a EL MUNDO, apenas unas horas después de que se abra el plazo para tramitar la regularización de inmigrantes, ya no lleva puesta la equipación del club merengue. Dice que hoy simpatiza más «por el Barça» y luce la camiseta de la Unión Deportiva Almería, la ciudad en la que ahora vive (o malvive) y donde sueña en voz alta con acogerse al proceso de legalización masiva que acaba de impulsar el Gobierno de España. «Quiero quedarme en España, me gustaría volver a Mallorca y poder trabajar de fontanero», declara mientras explica su historia.

«Ya he preparado los papeles, tengo el pasaporte y un certificado de la policía de mi país y los he llevado a la Cruz Roja para que me ayuden a tramitarlo todo», explica Yaya a este diario desde la ciudad almeriense, donde llegó tras un periplo que le llevó por varias regiones de España, siempre bajo tutela de organizaciones humanitarias, viviendo a caballo entre centros de acogida y, finalmente, la calle.

Yaya fue atendido primero en Formentera junto a sus 23 compañeros de patera (19 hombres, tres mujeres y un niño). La Guardia Civil y el 112 acudieron a rescatarles tras un accidentado desembarco en la costa rocosa de Es Caló. Uno de ellos tenía heridas en las piernas.

Allí iniciaron el proceso habitual en los casos de llegadas de embarcaciones irregulares, un limbo en el que los inmigrantes que proceden de Argelia no son expulsados al no existir protocolos de devolución. Aunque él fue retenido y arrestado durante unos días mientras se le investigaba por llevar el timón de la patera, al final quedó libre.

Él y sus compañeros de travesía declararon que los patrones argelinos les habían abandonado a su suerte en mitad del trayecto, en mar abierto, y finalmente quedó en libertad sin cargos y fue trasladado a Mallorca, a un centro de la Cruz Roja.

El joven gambiano, fotografiado en marzo de 2025 tras llegar en patera a Formentera.

El joven gambiano, fotografiado en marzo de 2025 tras llegar en patera a Formentera.Javi Parejo

En esa isla relató su historia a este periódico, sentado en la turística playa de S'Arenal, narrando su peligroso viaje desde Gambia, su país natal, del que huyó en busca de oportunidades de futuro siguiendo una ruta de 5.300 kilómetros hasta la costa mediterránea.

Recorrió media África a pie y en camioneta junto a otros emigrantes, en una odisea que duró un año y por la que pagó más de 2.000 euros. Por el camino estuvo retenido en Argelia, trabajando y durmiendo en una obra en condiciones insalubres y esperando su oportunidad para subirse a una patera.

«Algunos amigos murieron intentando cruzar a Italia en patera desde Túnez», revela ahora con una expresión singular, en la que casi siempre, hable de lo que hable, asoma una sonrisa alegre y algo desconcertante.

«NO VOLVERÍA»

A pesar del final, dice que si tuviera que volver a emigrar no emprendería un viaje tan arriesgado. No volvería a subirse a una patera: «Es demasiado peligroso».

Su historia es una más de las de las miles de personas que llegan al archipiélago balear por la ruta argelina de las pateras, la que más crece de España en términos proporcionales. Sólo en 2025 llegaron por esta vía 7.321 migrantes, cifra récord. De ellos, algo más del 50% eran de origen subsahariano, como Yaya, culminando un cambio de tendencia que ha desplazado a la inmigración magrebí.

La patera en la que llegó Yaya junto a otra veintena de personas.

La patera en la que llegó Yaya junto a otra veintena de personas.Javi Parejo

Semanas después de llegar a Baleares, este joven gambiano fue trasladado a Valencia en ferry y de allí se desplazó hasta Almería, donde se reunió con un grupo de compatriotas. Explica que durante cinco meses residió en un centro de acogida. Allí tenía cama y comida y aprendió español.

Cuando llegó a Mallorca, no entendía una palabra de castellano: chapurreaba su historia con dificultad en inglés gambiano. Hoy ya puede mantener una conversación básica en español y entiende el idioma.

Pasados esos cinco meses, y al ser mayor de edad, ya no pudo prolongar su estancia en un centro, detalla, por lo que acabó en la calle, buscándose la vida junto a varios amigos de su misma nacionalidad para tener un techo y algo de trabajo.

«Estuvimos viviendo dos meses en un parking pero hacía frío y entraba agua cuando llovía y por eso nos buscamos otro lugar», dice mientras as su lado asiente Lamine, otro inmigrante de Gambia con el que ha trabado amistad, y que llegó a España en 2024 tras desembarcar en un cayuco en la isla canaria de ElHierro.

Dormitorio improvisado en un local cerrado al público.

Dormitorio improvisado en un local cerrado al público.Javi Parejo

Yaya trabaja «dos o tres días por semana recogiendo tomates» en el campo almeriense. Así se gana la vida, dice. Estos días duerme junto a Lamine en la terraza de un bar en el barrio de las 104 viviendas, en la periferia de Almería, en la zona de Cortijo Grande. Los bloques de pisos edificados en los años 60 se alinean como colmenas en una arquitectura que recuerda a la vieja Europa del Este.

Los inmigrantes se reúnen en los parques de este barrio popular, donde matan el tiempo, charlan y juegan a fútbol en las horas muertas mientras siguen esperando el tren del futuro. Las colas crecen frente a la oficina de inmigración.

El local en el que pernocta Yaya es un bar que ahora está cerrado al público. Allí han colocado dos colchones, ropa y garrafas de agua. La caja de cartón de un televisor LG de 65 pulgadas equipado con IA les sirve de cabecero de cama.

«Tengo un certificado de la policía de Gambia», repite. Ese documento, que muestra a EL MUNDO, fue expedido el 25 de febrero de 2026 y en él se puede leer una declaración de la Policía de Banjul que dice que Yaya, natural de Sutu Sinjang, «nunca ha sido convicto» en un juzgado del país africano.

El chico acude a las oficinas de inmigración de la zona para buscar asesoramiento. Se siente perdido con el papeleo, no conoce el procedimiento, pero dice que le están ayudando los voluntarios de la Cruz Roja y tiene la esperanza de que el gobierno español le reconozca finalmente su derecho a regularizarse.

«Me gusta España, quiero quedarme aquí y luego volver a Mallorca, me gustó más que Almería», dice con su recurrente sonrisa, recordando aquellos días en la isla donde recaló su patera.