Feria de San Isidro

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Cuando la aguja del reloj pasaba las nueve y media de la noche, �lvaro Serrano atravesaba la Puerta Grande con toda su impactante revelaci�n a cuestas. Madrid lanzaba a un torero bajo la luz de las farolas de la desbordada calle de Alcal� , los flashes de los tel�fonos y las luces de la esperanza del ma�ana.
Hac�a mucho tiempo que un novillero no me impactaba de tal modo: �lvaro Serrano sorprendi� por su preclara cabeza, por su soltura y concepto y, sobre todo, por su determinaci�n. A las 20:14 h paseaba una oreja de un peso may�sculo. Atr�s quedaba una estocada ejecutada con un pu�etazo como colof�n a una lidia que hab�a arrancado con un sensacional saludo a la ver�nica, tan hundido, y un quite por el mismo palo, tan bien acompasado el lance. La media revolera para colocar al novillo en el caballo cobr� un airoso brillo, pero es que la larga con la que remat� otro quite fue un pasaje deslumbrante. Una fotograf�a extraordinaria. La faena descoll� por varios motivos, cimentada en un valor sin figuras en mitad de aquel vendaval. Trag� much�simo con el utrero de Montealto, a veces toreando apenas con media muleta, todo por abajo. Esa importancia creci� sobre la mano izquierda, por donde la embestida ven�a siempre por dentro, durmi�ndose. La espera para que rompiese adquiri� un m�rito may�sculo. Y todo queriendo hacer el toreo por su camino. Admirable. De chap�. Rindi� Madrid. Cuando enterr� la espada con una rectitud b�rbara, ces� el viento y estall� una tormenta de pa�uelos. Pidieron las dos orejas con fuerza; una tuvo el peso de lo aut�ntico. Llov�a en la clamorosa vuelta al ruedo.
Casi una hora despu�s, con media Puerta Grande abierta, salt� al ruedo un novillo alto, malandado de principio, muy voluminoso pero simpl�n de cara. Escond�a, sin embargo, las mejores calidades de la movida novillada. O m�s entrega que ning�n otro. Sobre todo por la mano izquierda. �lvaro Serrano volvi� a ser el desparpajo en persona, la listeza vivaz, los resortes, los recursos y los detalles toreros, con la varita de la conexi�n con la gente por encima de las imperfecciones l�gicas y, en esencia, con un llamativo sentido del toreo. Todo brota desde una colocaci�n muy de verdad. Y desde ese punto de partida, engancha las embestidas, gobierna y liga. La faena tuvo momentos deslumbrantes —especialmente al natural— y otros donde el coraz�n se aceleraba. Una trinchera qued� en la retina como un fogonazo. Atac� con la espada a tumba abierta, pero la estocada se hundi� con traves�a y trajo una muerte lenta. Qu� digo lenta; ag�nica, con el puntillero fallando y levantando al toro mientras ca�an los avisos, dos exactamente. Un golpe de descabello atron�, por fin, al buen novillo. La oreja era irrebatible. Como la Puerta Grande a la revelaci�n de �lvaro Serrano.
De pronto, la presencia de Tom�s Bastos en San Isidro se convirti� en su despedida de novillero de Madrid. Veinticuatro horas antes de esta comparecencia se conoci� la fecha y la feria de su alternativa: 24 de julio en Santander. Hace 28 a�os su apoderada, Cristina S�nchez, confirmaba alternativa como primera mujer de la historia, con Curro V�zquez de padrino y David Luguillano como testigo. Los toros fueron de Mar�a Lourdes Mart�n de P�rez Tabernero, a quien tanto admiro, pero Ans�n recuerda siempre con espanto un sobrero gigantesco de El Sierro. Bastos apech� con un primer novillo amable pero no bonito —como la primera mitad de la novillada, realmente fuerte en su segunda parte: una corridita—, que se movi� muy descompuesto por el pit�n derecho, algo m�s acompasado por el izquierdo. Por esa mano, Bastos logr� los pasajes m�s notables. Pero no hab�a clase ni calidad en el movimiento. Lo mat� con firmeza, saliendo apurado del volapi�. Precisamente, la espada se le encasquill� con un cuarto con aspecto de toro. No ten�a mal aire, mucho mejor que el anterior y que otros, pero se vino muy abajo. El portugu�s principi� faena de rodillas, por cambiados, arrebatado; pasado el arrebato, aquello apenas trep�.
Mart�n Morilla se present� en Madrid precedido de un ambiente que no justific�. Su primero fue un novillo m�s feote que agresivo, simplemente pasador. El sevillano se preocup� m�s de componer la figura que de torearlo. Manej� la espada malamente. Fue el quinto un se�or tremendo, desabrido y levantisco, pero cuando alcanz� el �ltimo tercio no se com�a a nadie aunque tampoco val�a. A la gente le gust� mucho la novillada, tan movida. A m� no por su falta de entrega y, en definitiva, verdad. Pero me alegro por Agust�n Montes. Ovacionaron fuertemente al mayoral como despedida.






















